domingo, 15 de enero de 2012

NO HAY MANERA

Catarros o gripes familiares agudos me han dejado varado en casa durante todo el fin de semana. Tampoco está tan mal. Estos fríos del invierno… ¡Y por fin nieva! Me gusta ver la nieve tras los cristales e imaginar el campo blanco. Mañana no será sueño sino realidad pues cuaja en copos muy grandes y todo apunta a que dejará un poso muy visible. Ya era hora.
Entre atenciones, comidas, ropas y lecturas, algo más de tiempo he tenido para dejarme medio sepultado en el sillón mirando la caja tonta.
Hay un canal de pago en el que reponen películas antiguas, fundamentalmente españolas. Mi opinión acerca de este tipo de cine es mucho menos negativa que la que se escucha siempre en público. Por mejor decir, pienso que hay un tanto por ciento de películas estupendas y otro tanto por ciento que no sirve ni para jabón.
El azar me puso frente a una llamada “Las autonosuyas”. La vi durante unos veinte minutos. Enseguida recordé que había un texto, en el que supongo que se basa la película, del escritor de éxito, tanto como fascistoide, Fernando Vizcaíno Casas.
Esta película refleja muy bien, creo, la forma de actuar de cierta clase social, sociológica y política que, con sus intervenciones extremas y astracanadas al uso, lo que consigue en mi mente, y espero que en muchas más, es que cualquier elemento de coincidencia quede aparcado en el olvido y sea rechazado como forma de no verse uno relacionado con semejante pandilla.
Obviamente, en la película se presenta el asunto de la división autonómica y la diferencia de lenguas en España en el momento en el que se establecían las divisiones que hoy permanecen. Eran los primeros ochenta. Se trata de un asunto totalmente serio y de enjundia, que ha tenido un desarrollo muy desigual y sobre el que, sin duda, se puede discutir y cruzar opiniones.
Hace escasos días apuntaba la extrañeza positiva que me había supuesto oír a los dos candidatos a dirigir el PSOE hablar con reticencias acerca de la forma en que este partido había abordado el asunto durante los últimos treinta años. Con frecuencia he dejado escrito que no soy ningún entusiasta de este tipo de organización territorial y política, sobre todo porque supone, creo, una tensión continua entre territorios y entre cada uno de estos y el llamado poder central. Pero bien poco me importaría si realmente se demostrara que es la fórmula que mejor ayuda para el beneficio del ciudadano. Pienso también que la izquierda ha renunciado -y no se me alcanza la causa- a su carácter más general y hasta internacional.
Pero con esta gente no hay manera. Porque podemos pensar que Vizcaíno Casas era como era. Sin embargo, no era voz solitaria, ni mucho menos. En los primeros dos mil, cada vez que Aznar abría la boca, lo hacía en un tono y con unas formas, que multiplicaba los nacionalistas por diez. Otro tanto viene sucediendo con los medios de la derecha desde siempre.
En este plan, no es posible ni sentarse a pensar en nada; lo primero que a uno se le ocurre es suplicar algo así como “yo no sé qué es lo mejor, pero desde luego lo que dicen estos no, por favor”. De ese modo nos quedamos en voces en el extremo y en bullas por todas partes.
Y no es este solo el apartado en el que sucede lo que sucede. Por desgracia, los tonos y las formas son tan exagerados, que no cabe ni la aproximación, solo la huida y el rechazo.
El futuro no es demasiado halagüeño: los medios los tiene quien los tiene y los altavoces y los púlpitos también. Qué pena.

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