CONTRA ESTO Y AQUELLO
En esa manía que tenía
el filósofo Unamuno de protestar “Contra esto y aquello” y el reconocimiento
por su parte de lo que de él se pensaba: “La leyenda de ser yo un escritor
atrabiliario, siempre en contradicción, no satisfecho con nada ni con nadie y
dedicado más a negar y destruir que a afirmar y reconstruir. Lo cual es falso”
me merece un breve comentario.
Creo que de la lectura
de sus escritos sí se puede deducir esa predisposición a buscarle tres pies al
gato y a ponerle puntos sobre las íes a casi toto. Pero es que a mí este
sambenito no me parece que sea ningún desdoro, sino más bien una muestra de
sentimiento positivo y casi de orgullo.
Ser propenso a la
crítica no está reñido con estar abierto también a la comprensión, pero con el
ánimo de no detenerse ahí, sino de aspirar a superar y a mejorar lo que se trae
entre manos. Me parece que esta era la actitud del filósofo. Y debe ser la de
cada uno de nosotros.
¿Por qué se metía en
todos los fregados y opinaba de todo lo humano y lo divino? Seguramente por al
menos estas dos razones. La primera se debe a su interés por todo lo que le
concernía como persona individual (que es todo) y como elemento activo de la
comunidad. La res publica para Unamuno no era otra cosa que la forma de
proyectarse y de dar salida a su pensamiento y a su manera de vivir; lo más
personal se convierte en lo más universal, según escribía en su obra cumbre
“Del sentimiento trágico de la vida”. La segunda tal vez se explica por el
nivel de conocimiento, que no es otra cosa que el nivel de conciencia y de su
actividad, tan elevado y tan superior en él a la media de los componentes de su
momento temporal. Este cóctel seguro que le empujaba a dar opinión acerca de
todo lo que se le ponía por delante. Otras causas de segundo nivel, aunque no
menos justificadas, tenían que ver con la necesidad material de aportar medios
de vida para su familia numerosa y el no escondido empuje de la vanidad al
sentirse solicitado por todo y por todos.
Me pregunto en qué
medida cada cual se puede sentir empujado también a dar opinión y a echar su
cuarto a espadas acerca de esto y de aquello, de lo uno y de lo otro. Al fin y
al cabo, ¿de qué se compone en su mayor parte la vida si no es de esta manera de
intercambiar palabras y las opiniones que estas encierran?
Hacerlo desde las dos
premisas apuntadas antes para Unamuno no nos daría tal vez mal resultado.
Cuidado, que nos tienen que interesar las cosas públicas y proyectarnos en
ellas. Y hay que hacerlo con algún grado de reflexión y de conocimiento.
Porque, de lo contrario, deberíamos aplicar aquella máxima de Wittgenstein que aconseja:
“Lo que se puede decir de alguna manera, puede ser dicho con claridad;
y de lo que no se puede hablar, de eso es mejor callar”.
Inmediatamente, como
siempre, le entran a uno ganas de aplicarlo al presente personal y social.
Habrá que echarle leña al fuego personal por el interés social, y habrá que
hacerlo con cuidado y aspirando a un nivel de claridad, de comprensión y de
deseo de mejorar las cosas. Y habrá que pedirle a todo lo que pulula por el
mundo de parlamentos, redes sociales de toda calaña, corrillos, tertulias,
salones, paseos y hasta sobremesas que cuiden también estos dos aspectos. Nos
va a todos un poco la vida en ello.