INTIMIDAD Y EXTIMIDAD
Casi a diario procuro
escribir cuarenta o cincuenta líneas en las que plasmo una anécdota que aspira
a alzarse hasta el valor de una idea o de un símbolo. En este ejercicio no hago
otra cosa que dar cuerpo a algo que anida en mi interior y que ha logrado
cifrarse no sé si solo por mi cuenta o por cuenta de todo lo que me rodea.
Después, una vez a la semana más o menos, subo a una red social el contenido de
una de estas ideas.
Si bien lo considero,
no hago otra cosa que dar a los demás algo que, de entrada, solo me pertenece a
mí. ¿Por qué lo hago?
Acostumbro a decir que
escribo en principio para mí. De hecho, cuando acabo, echo una mirada rápida,
releo lo que he escrito y le doy una vuelta por si tengo que integrar en mi acción diaria algo de
lo que he desarrollado. Lo que no sube a la red tiene
cabida al cabo de un año en un libro que recoge la producción de los 365 días.
Así van ya casi veinte libros.
Con mayor o menor
pudor, en mis escritos me desnudo y dejo al descubierto buena parte de mi
intimidad y de aquello que me define y me configura. Y lo hago ante los demás.
Mi timidez me impide manifestarme sin filtros, pero no puedo negar que las
bases de mi manera de ser están en ellos.
Tengo la conciencia de
que vivo y vivimos en un mundo en el que la intimidad ha estrechado sus
dominios y nos hemos convertido en seres a los que poco les importa manifestar
los secretos más íntimos a los demás; como si no fuéramos dueños de nada y nada
valiera si no lo compartimos con los otros.
Es verdad que no se
puede concebir el ser humano si no es en comunidad: ”animal social”. Pero es
que hacemos gala de todo lo poquito que poseemos y nos esforzamos en que los
demás sean conocedores de todas nuestras glorias y de todas nuestras miserias.
¿Qué otra labor cumplen todas las redes sociales sino esta precisamente?
¿Cuántos individuos dan todo lo que poseen con tal de alcanzar el grado de
famosetes, influencers de tres al cuarto y no sé qué otras zarandajas y
banalidades? Como el acceso es tan fácil, el peligro ronda hasta en las mentes
menos racionales y peor formadas.
La intimidad se ha
transformado en extimidad, la intimidad se ha hecho externa y compartida, el
ser humano parece que solo se solidifica y se asienta como tal cuando desnuda
ante los demás sus elementos más personales. Bien sé que los límites, una vez
más, son borrosos y que los círculos, según su extensión y capacidad, están dispuestos a
compartir ideas más sesudas o cosicosas sin ninguna importancia. La situación
actual da para pensar que hemos sobrepasado todos los posibles límites y que el
teatrillo del mundo está lleno de hilillos que van y vienen sin sustancia y que
se desvanecen casi antes de ser descritos.
X tomando el aire en Z,
dice cualquier fotografía con pie de página. ¿Y a mí qué me importa? Como si
camina bajo la lluvia y se deja empapar por ella. Como mucho, interesará a
quien tenga que lavarle la ropa, es decir, al círculo más reducido y próximo. Y en este plan.
La vida sin
comunicación termina por carecer de sentido. Pero habrá que saber con quién se
comunica y qué es lo que se comunica. Una reflexión razonada poco tiene que ver
con trasladar a los demás tonterías y hechos que nada aportan, pues son solo un
fugaz relámpago de la vanidad y de la insignificancia. Los filtros para la
selección de destinatarios y de hechos que se comunican tendrían que poseer la
fuerza de una urdimbre metálica. Lo demás es hacer del mundo un teatrillo con
personajes vacíos, vanos, tontos, imbéciles, prescindibles...