¿Y AQUÍ CÓMO NOS LLAMAMOS?: SEGUNDA PARTE
El anuncio de la
convocatoria de nuevas elecciones generales parece que ha paralizado todo y que
ha puesto foco solo en aquello que toca más directamente a lo que pueda
resultar de este proceso. Yo también cedo a la tentación de dejarme llevar por
la marea y de dedicar líneas y consideraciones al asunto, en detrimento de
otras ocupaciones. Es mucho lo que hay en juego y, a pesar de todos los pesares
-y no son pocos-, dejaré que mis opiniones ocupen en estos días algunas
páginas.
Ahí va una.
Reitero con frecuencia
mis reticencias en todo lo que tiene que ver con lo que llamo “el asunto
territorial”. Las sigo manteniendo intactas y tal vez hasta aumentadas. No
entiendo cómo se pueden proponer y aprobar disposiciones legales si antes ni
siquiera tenemos claro cuál es el territorio en el que tal cuerpo legislativo
se va a aplicar ni cómo se va a hacer. Mi opinión no es precisamente muy
positiva: sigo pensando, para mi desconsuelo, que este territorio tan antiguo
sigue siendo un país sin construir.
En las últimas
legislaturas, los partidos que se dicen a la izquierda del PSOE (¡cuánto habría
que aquilatar este concepto!) han tenido serias dificultades para ahormar una
lista electoral conjunta. Lo más simbólico de todo este asunto se produjo hace
unos años, cuando uno de sus dirigentes máximos preguntó en un territorio en el
que iba a pronunciar un discurso electoral: «¿Y aquí cómo nos llamamos?“. La
anécdota resume muy bien todo el batiburrillo que se esconde tras tanta sigla
y tanta división territorial.
Para colmo, en esta
última convocatoria, se ha estado jugando -hoy mismo no tienen solucionado el
asunto- con la posibilidad de que un dirigente INDEPENDENTISTA encabece las
listas conjuntas de todas estas formaciones.
Yo me froto los ojos y
sigo viendo visiones. ¡Es como juntar agua y aceite! ¡Esto cómo se mezcla si
son elementos que se repelen!
No les niego su mejor
voluntad, pero esto no lo supera ni el mito de Sísifo.
En la ceremonia de la
confusión se suman la atomización territorial, los personalismos, las distintas
concepciones que del Estado se tienen, las necesidades de cada dirigente, la
posible desaparición de alguna de las formaciones del espectro político...
Personalmente echo de
menos la fuerza de una Izquierda Unida de carácter nacional y hasta
internacional, que se ha desdibujado en toda una ensalada de siglas y hasta de
conceptos y que ha perdido ser la referencia histórica de ideas sociales antes
que de disputas territoriales y particulares.
Hay un voto dormido
que tiene su referencia en una izquierda determinada. No sé si se le están
dando señales para que se despierte o para que siga en el sueño, mientras sus
dirigentes siguen en la ensoñación.
En la conformación de
las mayorías todo esto tiene unas consecuencias muy importantes, pero me parece
que esto, sin que sea olvidado, es posterior a la creación de un espacio
unificado, con propuestas sociales claras y con miradas nacionales y no casi aldeanas.
Después, la aritmética parlamentaria dictaminará las alianzas y los acuerdos
oportunos.
Creo haber escrito en
alguna ocasión una reflexión con este título: «¿Y aquí cómo nos llamamos?».
Es inevitable que repita título, con el apellido de segunda parte.