ECLIPSADOS
En sentido literal y
de Perogrullo, uno solo puede ser eclipsado por un eclipse. Hoy estamos todos eclipsados
en esta piel de toro porque se produce un eclipse de sol. ¡Y es total!
El término “eclipse”
procede del griego ékleipsis (ἔκλειψις), que significa «desaparición» o
«abandono». A su vez, este término procede del verbo ekleipein (ἐκλείπειν),
formado por el prefijo ex- (de fuera) y leipein (dejar o abandonar).
Literalmente se interpretaba como «dejar de ser visible» o «fallar». Disculpas
por el prurito filológico, pero siempre he defendido que hay que partir de la
etimología para después tratar de comprender cuál ha sido el recorrido
histórico de la palabra y cuántos y cuáles han sido los añadidos de todo tipo
que se han pegado a su sentido originario para entender a todo lo que se
refiere hoy: superado, ensombrecido, ocultado, empequeñecido...
O sea, que algo
desaparece, se queda fuera de foco y se abandona. En este caso, el sol. Y nosotros,
como pánfilos, todo el tiempo mirando al sol y dependiendo de él para ahora
sentirnos también abandonados por un momento por su presencia. Y, a pesar de
que tan solo es un momento, parece que el mundo se va a acabar y que no hay un
mañana. ¿Será que tanto lo necesitamos?
El caso es que esto no
es nada nuevo. Todas las culturas han predicho algún eclipse. Así mayas, caldeos...;
o, entre los griegos, aquel Tales de Mileto, que aprovechó para forrarse con
sus cálculos.
Llevamos no sé cuántas
semanas con la tabarra del eclipse, hasta le punto de que este hecho nos ha
dejado eclipsados ante todo lo demás. Y el mundo sigue moviéndose, continúan sucediendo
cosas, el fenómeno durará apenas un minuto. Después volverá la repetición, el
día y la noche, el gozo y la tristeza, el bien y el mal..., la pertinaz rutina
y la costumbre.
Mientras tanto, esa
superestructura que aplasta y eclipsa todo lo demás, y que exalta y engrandece
lo que le da la gana, es decir, los medios de comunicación, nos tiene imbéciles
y alelados en espera del santo advenimiento del eclipse: preparaciones
múltiples, desplazamientos, derroches de combustibles, desgaste de la naturaleza,
negocio a gogó... Y olvido y “eclipse” de casi todo lo demás.
Los asuntos de
planetas y estrellas tenían en la antigüedad muchas más implicaciones que las
que tienen ahora: la defensa de una teoría o de otra significaba un modelo de
vida y una escala de valores específica. No pocos pensadores pagaron con su
vida la defensa de la evidencia física ante las creencias religiosas. Hoy todo
eso anda medio (solo medio) superado.
El fenómeno, por extraño,
llama la atención en muy diversos grados e intensidades. Extraordinario e
importantísimo para los investigadores del espacio; espectáculo tonto y
comercial para la mayoría de los ciudadanos, que lo verán de muy diversas
maneras; entre otras, desde el sillón del comedor de casa, pues la televisión
lo repetirá numerosas veces.
Si sirviera al menos
para echar a andar nuestro pensamiento acerca de lo que puede significar el
universo y el eco debilísimo que de él somos cada uno de nosotros. Si nos
diéramos cuenta en nuestra vida diaria de la importancia del sol y de cuánto seguimos
dependiendo de él. Si nos diera por analizar en qué medida debemos ajustarnos a
las leyes de la naturaleza y cuánto debemos respetarla y cuidarla. Si
pensáramos...
Pues nada, que siga el
espectáculo. Cada uno sabrá dónde pone sus ojos, su mente y su butaca. Y, si el
eclipse nos deja eclipsados, que sea solo por ese minutito extraordinario; pero
que nos devuelva pronto a la luz y al
sol de la razón.