Y, SIN EMBARGO...
El caso es que ayer
mismo criticaba en esta ventana la existencia de esas superestructuras que nos
marcan el camino, que nos señalan metas, que ordenan nuestras costumbres y que
señalan hitos y campos en los que vamos desarrollando nuestra vida. Lo hacía con
el pretexto de tanto ruido informativo y social como ha producido el ya pasado
(y fue ayer mismo) eclipse solar.
Hoy, solo un día
después, sigo pensando lo mismo; pero creo que hay alguna otra puerta que abrir
y alguna ventana que no cerrar para que corra el aire y podamos contemplar el
campo.
Lo primero es
reconocer que esas losas o gotas malayas, que no te dan ni un momento de
respiro, han existido siempre, desde las más elementales asociaciones humanas,
incluso de cualquier organismo vivo: la convivencia exige cesión de poder y
sumisión a elementos que acaso no aplaudimos personalmente. La historia en
general está llena de ejemplos. Es verdad que pensamos sobre todo en la
religión y en los poderes económicos y políticos como superestructuras que
siguen ahí como martillos pilones y no tienen pinta de desfallecer en su
influencia e imposiciones; pero los ejemplos de segundo o de tercer orden
llenan nuestros días y todos los del pasado.
La segunda ventana
apunta al hecho, defendido por no pocos pensadores -pienso ahora en
Schopenhauer, por ejemplo-, de que “el ser humano más que racional es un ser
deseante”, de que anda en angustia permanente intentando buscar sentidos a la
vida, sentidos que acaso no tiene, o no los encuentra. En tal situación, el
aire de la angustia se levanta y corre por todas las esquinas en forma de pesimismo.
Acoto que este nivel de “ser deseante” tal vez lo debemos rebajar a ser
instintivo o escasamente reflexivo: Schopenhauer se enfadaría menos conmigo;
Nietzsche, en cambio, me animaría a elevarlo y a empujarlo más arriba, hasta la
altura de la voluntad.
Soportar ese pesimismo
con la cabeza alta y dispuestos a resistir el chaparrón del desencanto no es
nada sencillo. Acecha el peligro de una vía de escape golosa y egoísta: la de
dejarse llevar por la corriente y por la dirección en la que corra el aire que
más sople. Traducir esto a la vida diaria es dejarse arrastrar por las
costumbres que nos vengan marcadas, se siervos de la moda (de todo tipo, no
solo de la moda corporal) y sentirse uno más en el rebaño.
A las superestructuras
esto les viene como anillo al dedo, pues suman sus fuerzas y sus intereses a la
desgana y a la predisposición de los que no quieren cargar con su propio camino
y con sus decisiones personales. Se crea así un círculo vicioso que se
retroalimenta y que duerme el sueño del engaño y de la comodidad.
Pero, ¿quién está
dispuesto a romper ese círculo vicioso? ¿Quién tiene capacidad para romperlo,
si vive en una comunidad y es, ante todo, un ser social? ¿Se aísla uno y se
convierte en eremita hasta que se le agoten las hierbas del campo y se muera de
inanición? ¿Se pone cada mañana la coraza del rechazo a las modas y a las
indicaciones que le llegan, como cantos de sirena, del exterior?
No podemos exigir a
los demás que sean héroes, ni los demás nos pueden imponer lo mismo a nosotros.
De nuevo, lo menos malo (no lo mejor) se halla en un justo intermedio, que nos
abemos bien cómo definirlo ni en lo justo ni en lo intermedio, tan solo en algo
que intuimos y a lo que solo nos podemos aproximar.
¿Elimina esta breve
reflexión la oposición de ayer mismo a las superestructuras? Creo que de
ninguna manera. Tan solo advierto y me advierto de la imposibilidad de
eliminarlas del todo, de la necesidad de recordarnos a cada momento que hay que
ser críticos con ellas y de que una buena dosis de sentido común y de buena
voluntad siempre vienen en nuestra ayuda. Para el eclipse de sol, ya pasado, y
para todas las acciones de nuestra vida.