CARNES - TOLLENDAS
Escribo estas líneas
en las horas de la tarde del martes de Carnaval, fin de estos días que abarcan
desde el jueves Lardero hasta el Miércoles de ceniza, este último ya como
contraste y entrada en un período contrapuesto. Como el latín ha pasado a mejor
vida -en el imaginario, que no en la realidad-, casi nadie utiliza este término
y se queda con el de carnaval. Poco importa, pues ambos terminan encontrándose
en el mismo camino etimológico: carnes tollendas, carne-vale o carne-levare.
De un modo o de otro, “quitar las carnes”.
Si nos quedáramos en
el sentido más físico, no sé muy bien de qué carnes se pueden quitar los más
pobres, si sus medios no les dan para adquirir carnes en ninguna fecha. Habrá
que pensar en los más pudientes y en el esfuerzo que debían practicar para alimentarse
con otras viandas en el tiempo de abstinencia o cuaresma. Claro que, llegaron
las bulas, las dispensas, y aquí paz y después gloria. Ni Lutero logró
evitarlas con sus rebeliones y sus 95 famosas tesis. Qué tiempos, qué
imposiciones, qué manera de asustar, de imponer y de atemorizar.
Tal vez algo diferente
resulta de imaginar eso de la carne como algo metafórico. Si así fuera, todo el
mundo de la sexualidad se nos aparece de repente, aunque el análisis nos
llevaría a conclusiones similares a las de la carne anterior. Ufff.
La peña, desde casi
siempre, se lo ha tomado como unos breves días en los que el desenfado, la diversión
y el incumplimiento de la norma personal y social toman el mando y abren el
campo para que cada uno abra espita y se muestre como le gustaría ser y no como
la comunidad le deja ser. Por eso los disfraces y las diversiones de todo tipo;
por eso las concesiones y el mirar para otro lado.
Tampoco este enfoque
nos deja en el mejor lugar, pues vendría a suponer que el resto del año no
somos lo que queremos, sino una representación en la que las imposiciones
cuentan mucho y nuestras actuaciones tal vez no sean del todo sinceras.
Sí parece claro que la
influencia de la iglesia ha disminuido, si es que le queda alguna; pero, como
su sombra ha sido muy alargada, los restos todavía se huelen. Es este tal vez
uno de los mejores ejemplos que nos muestran, una vez más, que el origen tiene
que ver con lo pagano, que la religión trató de domesticarlo y que el tiempo ha
vuelto por donde solía para dejarlo de nuevo en su sentido más originario.
Adentrarse en la
variedad de los disfraces, en su significado,, en la necesidad de los mismos y en
todo sus sentidos personales y sociales es algo que a mí me supera porque me
abre una ventana muy grande y me da indicios para consideraciones no del todo
positivas.
Hoy más que nunca el
mundo es pura representación y apariencia. El carnaval o carnestolendas es una muestra que se adorna con esa apariencia, una apariencia que, curiosamente,
no hace otra cosa que esconder aquello que en condiciones normales nos da pudor
mostrar. No oculto que a mí me resulta muy lejano todo este mundo, pero eso
poco importa.
Cada cual a su aire, a
la expresión de sus impulsos y de los elementos más simples de la naturaleza. No
estaría mal que incluso estas manifestaciones nos sirvieran también para pensar
en nosotros mismos, en nuestra naturaleza y en nuestra condición humana,
extraña mezcla de elementos de pasión, de ilusión, de rebelión..., y de razón.