DE BOTELLONES Y PERREOS
Ya lo dijo el poeta: “Madrid
(es) rompeolas de todas las Españas”. Y es que Madrid es muy grande y diversa:
resulta ser el altavoz más potente de lo que sucede en este viejo país. En los
últimos días y semanas se vienen sucediendo acontecimientos tan multitudinarios
como la visita del Papa León XIV, o los conciertos de un tal Benito, conocido
en el negocio cono Bud Bunny. Poco antes los evangelistas han congregado en un
estadio a varios miles de personas para escuchar anuncios y experiencias
extrañas también de tipo religioso. Y así cada día y cada semana.
Sigo con atención el
recorrido y los discursos del Papa y la forma y contexto en los que se
producen. Estamos en medio de la visita y esto sigue. Comparto todas esas afirmaciones
generales que invitan al bien común, a no tener miedo y a defender la igualdad
de todos los seres humanos por el hecho de serlo ¡Cómo iba a predicar algo
distinto! Del tal Benito reconozco que no sé casi nada; si acaso he leído algunas
de las letras de sus perreos cuya reproducción me avergonzaría por mucho
tiempo; también leo descripciones de una llamada “casita” a la que aseguran que
acceden señoritas de buen ver y no sé si de buenas o de malas intenciones:
ellas sabrán; yo solo imagino y desconfío. Algo similar debo reconocer de los fieles
evangelistas, en lo que al escaso conocimiento que de ellos poseo.
Me parece que, a pesar
de todas las variantes que se le quieran echar al asunto, todos estos
acontecimientos tienen en común un seguimiento por parte de un grupo numeroso
de personas absolutamente dóciles y pastueñas, que acuden a dejar su voluntad y
su pensamiento a los pies de un líder que los ilumina y los sitúa en un estado
de aceptación sin condiciones de todo lo que se les diga.
En alguna ocasión he
calificado estas concentraciones de “botellones místicos”. Lo he hecho con los
asuntos religiosos y aún lo subrayaría más con los asuntos musicales de Benito
y similares.
Pero es que, si alzo
la mirada (tal es el lema de la visita del Papa), me sucede tres de los mismo.
Véase lo que pasa con distintas ¿estrellas? de la canción, o con deportistas no
menos ¿galaxias o galácticos? Y en este plan en casi todos los órdenes de la
vida.
Con todas las
acotaciones que se quieran hacer, y que yo también hago, me quedo con los rezos
religiosos y mando al cesto de los papeles a los perreos de Benito y a él con
ellos. Al menos los rezos nos invitan Al recogimiento y nos proponen una ética
y un comportamiento que invoca el bien común y no el instinto y la explosión de
lo inmediato e individual.
Luego ya vienen los
peros y el paso de las musas al teatro.
Los que tangan menos
claro el camino y no sepan si ir al rezo o al perreo debe tener cuidado porque
los acechan por todas las esquinas. Lo menos malo, como siempre, es ir a uno
mismo; y dejarse ayudar, pero en igualdad de fuerzas y dándole cabida a la
razón.
“El mundo como
voluntad y representación” que afirmaba Schopenhauer. Poquito de voluntad y
mucho de representación. Y de la más rancia y simplona.
Añado a mi
consideración la que hacía un lector en un periódico hace tan solo unos días.
No puedo dar su nombre porque no se identificaba, pero lo firmo del todo: Eso
sí, gritando que todo ello al cuadrado debe ser aplicado a Benito, a todos los
líderes de pacotilla y a las legiones de pastueños entregados a la liturgia de
una celebración en la que el impulso puede mucho más que la razón:
«Unos están a Rolex y
otros a setas. Cuando el papa baja del avión y es recibido en la escalinata, un
grupo de amigos come una buena ración de churros y los moja en el chocolate
salido de una formulación química de una pequeña productora local. Los chicos,
nerviosos, esperan a las puertas del Palacio Real a que llegue la comitiva. Han
llegado desde cualquier colegio de los Salesianos o de las Carmelitas de
cualquier lugar de España, con la mochila cargada de bocadillos y sin saber muy
bien qué significa la visita del Papa, pero ellos están a pasarlo bien. Una
mujer abre las ventanas de su casa de Getafe para airearla mientras se prepara
para hacer la limpieza semanal. Su marido agarra el carrito de la compra camino
del Mercadona más cercano en busca de pescado congelado, patatas, hamburguesas
y yogures de marca blanca. Sus hijos acaban de salir para jugar el partido de
balonmano en el polideportivo del barrio. La vida sigue en cualquier rincón de
nuestra existencia y la visita del Papa la celebran sobre todo políticos,
periodistas y la curia española, a la que le van a pasar el dedo por el mueble
para comprobar la espesa capa de polvo que nadie se atreve a limpiar.
Y cada cual va a su
liturgia, porque es la liturgia diaria la que sostiene este mundo desconcertante.