FUESE Y NO HUBO NADA
El descubrimiento de
la verdad resulta muchas veces decepcionante. La vida es una suma de sucesos
encadenados. Esta suma encadenada nos permite adelantarnos en nuestra intuición
a lo que imaginamos para el futuro. Es como si realizáramos un ejercicio de
prestidigitación y acercáramos al presente aquello que solo existe en nuestro
deseo y en nuestra fantasía.
Cuando esto sucede, nos
hacemos dueños de las normas que han de regir en esa realidad no producida; las
adornamos y las concretamos a nuestra conveniencia y a nuestros intereses, agrandamos
y disminuimos sin tener en cuenta que la realidad nos puede jugar una mala
pasada, creamos una expectación solo alimentada por nosotros mismos.
Pero hay que pasar de
las musas al teatro, y eso ya no depende solo de nuestra voluntad. En la
realidad están implicados muchos más y los resultados no nos tienen en cuenta
porque se rigen por otras coordenadas que escapan a nuestro control.
Las soluciones también
nos pueden resultar más satisfactorias que lo que esperábamos, aunque sospecho
que menos veces: nuestro interés casi siempre atiende a nuestros deseos y esos
no siempre se cumplen porque siempre esperamos más.
La vida está llena de
estos descubrimientos. Mayores y menores, importantes o aparentemente poco
llamativos.
Recientemente se han
desclasificado -ya era hora- papeles que tienen que ver con el fallido golpe de
Estado del 23-F. Casi todo el mundo se ha quedado como en un aire; sobre todo
aquellos que esperaban cualquier mar océano de noticias extrañas en ellos o
comprobaciones, negro sobre blanco, de la participación de algunos personajes
públicos. Parece como si en el circo se hubieran negado a actuar los leones y
no hubieran querido comer a nadie. A ver si va a resultar que todo era algo
mucho más simple y que lo que queríamos no va a ser posible. Vaya por dios, qué
decepción, dirán algunos.
En cualquier nivel de
la vida podemos repetir el esquema, y así lo que esperamos para mañana en un
examen, en una compra en el mercado o en una entrevista de trabajo nos puede
resultar algo ilusionante o nos puede desanimar según se ajuste más o menos con
aquello que esperábamos.
Tal vez tendríamos que
templar gaitas con más frecuencia y no esperar demasiado de las cosas para no caer
en el abismo de la decepción.
¿Será verdad que no
sabemos todo lo que ocurrió aquella aciaga noche? Seguro que así es. Pero no
esperemos saberlo del todo nunca. De ningún suceso conocemos todo, pues siempre
se nos quedan detalles por el camino. ¿Tenemos derecho a seguir sospechando?
Pues claro; pero hagámoslo sin aspavientos, con templanza y sin esperar
descubrir mediterráneos en cada esquina; porque entonces la desilusión nos
visitará siempre. Y tampoco parece lo más sólido edificar castillos en el aire.
El ejemplo del golpe
de Estado es muy elocuente, pero a mí me interesa mucho más el discurrir de
cada día, ese en el que somos cada uno de nosotros actores principales.
Hay gente -medios de
comunicación sobre todo- que viven de elevar el ruido hasta los últimos
decibelios y de andar en el filo de la noticia no contrastada y en la
imaginación de que Troya se conquista cada día. Eso fomenta la emoción, atrae
la atención momentánea y poco sirve para serenar y razonar tranquilamente.
Sería bueno tomar distancia y contar hasta diez siempre.
En la obra don
Quijote, hay un episodio en el que el caballero tiene que salir al campo a
defender la honra de una dama. Pero, oh decepción, el otro contrincante (Tosilos)
se rinde antes de que los dos rivales se encuentren. Y buena aparte de los
espectadores se enfada por no asistir a la caída y al vencimiento de uno de
ellos, a la sangre derramada y al aplastamiento. La expectación se diluyó y
todo lo que anunciaba batalla, sangre y furia se quedó en retirada. Otro que «Y
luego, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo,
fuese, y no hubo nada».
Como el mundo es un
espectáculo, todo lo que no sea ruido y representación tiene escaso éxito. Y
pocos seguidores. Vaya por dios.