LAS ÁGUEDAS
De nuevo, el
calendario se desayuna señalando que estamos en el día llamado de las Águedas.
Y el imaginario, esa escala de valores oculta que ha ido creando en nosotros la
costumbre y que, de manera genérica, llamamos cultura popular lo concreta en la
repetición de unos actos que vienen a representar algo con lo que estamos más o
menos de acuerdo, o al menos, algo con lo que hemos convivido durante mucho
tiempo.
También en la ciudad
estrecha se celebra esta festividad; lo hace un grupo de mujeres (concreto: un
grupo) que se visten de manera especial, salen a la calle todas juntas, se
acercan a la alcaldía, donde representan una simulación de toma de poder
femenino, no se abstienen de la misa tradicional, de la procesión habitual, de
la comida de hermandad y supongo que del baile correspondiente. Vale.
Cada cual tiene su
pensamiento -o su dejarse llevar por la inercia-; pero, sea el que sea, este
pensamiento responde a una manera de pensar espontánea o meditada. Por
supuesto, también posee cada cual el derecho de expresarse a su manera y de dar a conocer su forma de ver y de vivir la vida. Lo mismo que los demás a considerar respetuosamente la
suya y la de los otros para, de esa manera, enriquecerla y elegir aquello que
considere mejor para sí y para los demás. Eso es lo que hago en estas breves
líneas.
Desde ese presupuesto,
este tipo de celebraciones me parece viejuno y pasado de tiempo. Tengo la
impresión -por decirlo con atenuación- de que manifestar un solo día la
necesidad de que la mujer debe ejercer el mismo poder que el hombre, porque
posee los mismos derechos por el simple hecho de ser persona, y después
volverse a la cocina el resto del año, en poco o en nada hace avanzar esa
situación y esos derechos; y no sé si no se consigue precisamente lo contrario
de lo que se quiere alcanzar, si es que se quiere alcanzar algo.
Parece que existen
otras fórmulas para dar a conocer esas reivindicaciones, si es que lo son, que
el festejo callejero, la foto, la misa y la procesión. Echo en falta algún acto
de reflexión en el que se analice cuál ha sido la situación de la mujer en la
sociedad y cuáles han sido las ideas y los grupos sociales que la han
consentido, la han favorecido y hasta la han impulsado. Y, si se piensa y se
extraen consecuencias, tal vez después se actúe en coherencia individual y
colectivamente.
Una copla muy
reciente, creada por un tamborilero de esta provincia, alega lo siguiente: «El
día cinco de febrero, la que manda es la mujer, y, en el pueblo Santa Marta, el
que venga lo va a ver». La letra sirve para cualquier otro lugar. Les aseguro
que el citado músico toca mucho mejor la gaita y el tamboril que compone
letras.
La historia de la
mujer, en general -lo he escrito muchas veces- es para echarse a llorar.
Tampoco la del hombre es para tirar cohetes. No sé si va a avanzar mucho con
estos festejos.
A pesar de todo, a
divertirse y a pasarlo bien.