NI CONTIGO NI SIN TI
Cada ser humano va
forjando su camino en la vida y, con él, la escala de valores que conforman una
manera de pensar. Algunos sesudos pensadores defienden que todas las verdades
terminan siendo reales a pesar de la diferencia de elementos que incorporen y
que defiendan. Así, la verdad de un creyente en un dios único es verdad para el
que lo cree, su verdad, porque se ha ido construyendo con los elementos que el
individuo ha ido acumulando y que le encajan para su bienestar y para su
interpretación del mundo. A mí no me parece un asunto sin importancia, si al
menos este camino particular estuviera basado no en la costumbre pastueña y la
repetición de actos por el hecho de que se vienen haciendo así. Si no le
exigimos actos de reflexión y de razonamiento, estamos perdidos y nos confundiremos
en una infinita variedad de verdades personales, todas con el mismo valor, pero
con mayor poder de imposición por parte de aquellos que tienen más poder en el
desarrollo de la vida diaria.
Y tal vez exista un
peligro mayor en esta multitud de verdades: el de que las convirtamos en
absolutas y desde ellas neguemos el valor de las demás.
Tengo la impresión (la
realidad diaria me lo enseña) que esta segunda situación es la que se está
produciendo en España. Cada cual tiende a cuadrar su pensamiento (o algo que se
le parezca) en algo que se iguala con la verdad. La verdad es su verdad. El
siguiente paso es hacer esa verdad absoluta y única e intentar eliminar de raíz
cualquiera otra que haya salido a pasear. La consecuencia social es eso que
llamamos polarización o negación de forma absoluta de los que opinan de otra
manera y la apertura de toriles para que salga a la plaza cualquier cinqueño
con total libertad para dar cornadas a diestro y siniestro, sin atender a
razones ni justificar en absoluto cualquier herida que pueda producir. Con esa
libertad absoluta en la mano, las verdades y la ética recorren el camino
inverso y en forma descendente: se pierden los referentes y cualquier decoro
mental y formal. En ese momento y en ese nivel, el insulto no tiene que pedir
permiso pues se hace moneda de cambio y se cuela por todas las esquinas. Las consecuencias
inmediatas son las del desencanto y el refugio en el bando que mejor acoja a
cada cual, o al menos en el que menos se sienta extraño, con el peligro de
diluir parte de su verdad en la verdad del grupo y anular parte de su propia
visión de la vida. Si los tiempos se vuelven difíciles y la situación se pone
de espaldas, el peligro de esa disolución es mayor y el peligro aumenta.
La vida es un vaivén y
una suma de contrarios que, bien tomados, nos dan un balance de cierta
seguridad y a la vez de cierta desconfianza en lo que pensamos y en lo que
hacemos. En saber cocinar ambos ingredientes nos va mucho para una mejor
convivencia. Por lo demás, la condición humana nos exige relación y
sociabilización, escucha y atención, templanza en las exigencias y buenas
formas en las manifestaciones. Si no hay un buen grado de tales cosas, tal vez
tengamos que recordar con desánimo las palabras que se atribuyen a Tomás de
Aquino, aquel aristotélico que parecía tener solución para todo: «Para
quienes creen, ninguna explicación es necesaria; para quienes no creen, ninguna
explicación es posible».
Él seguía dándole
vueltas a la existencia de Dios y a la demostración de la misma. Yo me conformo
con imaginarlo para la convivencia diaria y el grado de exclusión al que hemos
llegado en esta comunidad en casi todos sus niveles.