jueves, 5 de marzo de 2026

NO WAR

 

NO WAR

Suenan vientos de guerra en una sinfonía desafinada, estridente e inagotable. El tiempo pasa y todo se repite: la fuerza frente a la razón, el dueño sobre el siervo, el esclavo que quiere ser digno y el esclavo agradecido, el que ve solo intereses propios y el que levanta la mirada por encima de su ombligo y la proyecta en el futuro.

Hace ahora exactamente veintitrés años (cuánto tiempo), escribía mi colaboración en el desaparecido periódico El Adelanto. Tiene fecha de domingo, 18 de febrero de 2003. La guerra de Irak. Otros gobernantes diferentes en España (a cada uno lo suyo, que las posturas son ahora en el Gobierno de España totalmente diferentes a aquellas serviles y egoístas del presidente de entonces), Otros similares en USA. Solo voy a cambiar el nombre de Irak por el de Irán; el resto lo repito literalmente. El fondo, y casi las formas, siguen siendo los mismos.

NO WAR:

¿Cómo suspender el ánimo ante esta marea humana, que mira horrorizada las consecuencias de una guerra llamada preventiva? ¿Cómo intentar ser neutral sin saber muy bien qué significa eso cuando aprietan los miedos y el corazón se encoge? ¿Por qué no intentar ser radical, si esto significa algo así como acercarse a las raíces de las cosas?

No me atrevo a decir demasiadas cosas, por mi relativismo congénito, pero algunas sí, y no debo dejarlas en el fondo del fango. Uno tiene la impresión de que el ser humano ya no vale como ser humano sino como algo colocado en unas circunstancias, y son estas circunstancias las que imponen el valor de ese ser. De este modo, no hay guerras a secas, sino guerras pongamos justas o injustas, largas o cortas, sofisticadas o chapuceras, y en este plan. Uno venía tradicionalmente dando mucha importancia a los ambientes en los que se producen los hechos porque pensaba que los condicionaban y los explicaban.

Pero lo había hecho siempre pensando en que solo desde esos contextos justos era desde donde se podía desarrollar con armonía la capacidad humana, de todo ser humano, por el hecho de serlo, sin más. Ahora todo se hunde y se somete a una moral dictada desde el poder omnímodo del gigante occidental y de sus fieles canes lamedores (y eso que ellos dicen que ladramos nosotros).

No tengo muchas dudas a la hora de alinearme con una configuración de valores entre los que observo en Occidente y en Oriente. Me tapo la nariz con frecuencia, pero elijo lo que me parece menos malo. Y esto es Occidente.

Pero reniego de muchas cosas: reniego del te mato por si acaso; hago ascos a la zafiedad de presentar una guerra como salvaguarda de no sé qué valores cuando lo que realmente importa es el petróleo y las cuentas de dividendos de las grandes compañías (casi todas en manos USA); estoy hasta el gorro de que el tío Sam me dicte casi todo, y, si es  a través de la coca-cola y del cine de Hollywood, ya ni te cuento; sospecho que en Irán los dividendos ni se reparten, porque se los queda todos el salvador iluminado; me entristece que la amenaza enemiga ciegue la razón y empuje a todo un pueblo, el iraní, a refugiarse bajo las alas de quien lo controla a su antojo... Estoy hasta el cogote de tantas cosas...

Si sirviera de algo, le pediría al tío Sam y al presidente de mi país que pensaran algo más en personas y menos en números y en victorias o derrotas, que invirtieran más en desarrollo democrático y humano como camino verdadero hacia la paz. Una cosa sí tenemos clara: es precisamente este modelo propugnado por los países ricos el que nos tiene en una situación continua de injusticia y de desigualdad. Porque, mientras prevenimos con una guerra, estamos matando de hambre y de miseria a muchas comunidades humanas.

Y hablo, claro, no solo de miseria económica, que también, sino de la otra, de esa que jibariza al ser humano hasta convertirlo en un superviviente errabundo y sin ninguna dignidad, solo al pairo de los números y de la imagen, de la cadena de producción y del ocio papanatas.

Hay que invertir, claro, pero en democracia y en dignidad, en igualdad de oportunidades, en democracia real no nominal ni farisea, en educación, por ejemplo, como campo de igualdad entre todos los seres humanos. Aunque no lleguemos al déficit cero, coño, que eso no es más que un pobre factor numérico, y la vida es algo mucho más rico ¿O no se dan cuenta de que, con estos cuentos y con tanta cuenta, se nos están descubriendo ustedes como una poza vacía de agua y de hondura, como algo seco y enjuto, mísero e insuficiente.

Y al otro señor, del que tengo menos datos, pero casi todos negativos, hay que exigirle sencillamente que deje vivir y viva, que no se erija en salvador de nada, y menos en nombre de Alá o de no sé qué zarandajas, que se pase una temporadita como uno de sus súbditos, sin medicinas ni educación, sin palacios ni servidores, y sin aires oscuros de grandeza. Otro mísero que tal baila. Y una petición más por elevación. A Alá y a Jehová, patrones reclamados de ambos bandos. ¿No podrían dejarnos en paz por un rato para que nos equivoquemos nosotros solitos? Porque hay que ver las que preparan. Para divertimentos, prefiero quedarme con los juegos de los dioses griegos, tan juguetones ellos, tan casi humanos. Déjennos, por favor, por una temporada, no nos inspiren tanto, que nos tienen las cabezas llenas de serrín y no nos aclaramos. O, al menos, dejen de “iluminar” a estos jefecillos salvadores de no sé cuántas patrias. Porque -casi repetiré unos versos de Comendador- “mirad, colegas, / como dice mi padre, / se hacen las cosas bien, / o no se hacen”.

NO WAR, coño.

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