NO WAR
Suenan vientos de
guerra en una sinfonía desafinada, estridente e inagotable. El tiempo pasa y
todo se repite: la fuerza frente a la razón, el dueño sobre el siervo, el
esclavo que quiere ser digno y el esclavo agradecido, el que ve solo intereses
propios y el que levanta la mirada por encima de su ombligo y la proyecta en el
futuro.
Hace ahora exactamente
veintitrés años (cuánto tiempo), escribía mi colaboración en el desaparecido
periódico El Adelanto. Tiene fecha de domingo, 18 de febrero de 2003. La guerra
de Irak. Otros gobernantes diferentes en España (a cada uno lo suyo, que las
posturas son ahora en el Gobierno de España totalmente diferentes a aquellas
serviles y egoístas del presidente de entonces), Otros similares en USA. Solo
voy a cambiar el nombre de Irak por el de Irán; el resto lo repito
literalmente. El fondo, y casi las formas, siguen siendo los mismos.
NO WAR:
¿Cómo suspender el
ánimo ante esta marea humana, que mira horrorizada las consecuencias de una
guerra llamada preventiva? ¿Cómo intentar ser neutral sin saber muy bien qué
significa eso cuando aprietan los miedos y el corazón se encoge? ¿Por qué no
intentar ser radical, si esto significa algo así como acercarse a las raíces de
las cosas?
No me atrevo a decir
demasiadas cosas, por mi relativismo congénito, pero algunas sí, y no debo
dejarlas en el fondo del fango. Uno tiene la impresión de que el ser humano ya
no vale como ser humano sino como algo colocado en unas circunstancias, y son
estas circunstancias las que imponen el valor de ese ser. De este modo, no hay
guerras a secas, sino guerras pongamos justas o injustas, largas o cortas,
sofisticadas o chapuceras, y en este plan. Uno venía tradicionalmente dando
mucha importancia a los ambientes en los que se producen los hechos porque
pensaba que los condicionaban y los explicaban.
Pero lo había hecho
siempre pensando en que solo desde esos contextos justos era desde donde se
podía desarrollar con armonía la capacidad humana, de todo ser humano, por el
hecho de serlo, sin más. Ahora todo se hunde y se somete a una moral dictada
desde el poder omnímodo del gigante occidental y de sus fieles canes lamedores
(y eso que ellos dicen que ladramos nosotros).
No tengo muchas dudas
a la hora de alinearme con una configuración de valores entre los que observo
en Occidente y en Oriente. Me tapo la nariz con frecuencia, pero elijo lo que
me parece menos malo. Y esto es Occidente.
Pero reniego de muchas
cosas: reniego del te mato por si acaso; hago ascos a la zafiedad de presentar
una guerra como salvaguarda de no sé qué valores cuando lo que realmente
importa es el petróleo y las cuentas de dividendos de las grandes compañías
(casi todas en manos USA); estoy hasta el gorro de que el tío Sam me dicte casi
todo, y, si es a través de la coca-cola
y del cine de Hollywood, ya ni te cuento; sospecho que en Irán los dividendos
ni se reparten, porque se los queda todos el salvador iluminado; me entristece
que la amenaza enemiga ciegue la razón y empuje a todo un pueblo, el iraní, a
refugiarse bajo las alas de quien lo controla a su antojo... Estoy hasta el
cogote de tantas cosas...
Si sirviera de algo,
le pediría al tío Sam y al presidente de mi país que pensaran algo más en
personas y menos en números y en victorias o derrotas, que invirtieran más en
desarrollo democrático y humano como camino verdadero hacia la paz. Una cosa sí
tenemos clara: es precisamente este modelo propugnado por los países ricos el
que nos tiene en una situación continua de injusticia y de desigualdad. Porque,
mientras prevenimos con una guerra, estamos matando de hambre y de miseria a
muchas comunidades humanas.
Y hablo, claro, no
solo de miseria económica, que también, sino de la otra, de esa que jibariza al
ser humano hasta convertirlo en un superviviente errabundo y sin ninguna
dignidad, solo al pairo de los números y de la imagen, de la cadena de
producción y del ocio papanatas.
Hay que invertir,
claro, pero en democracia y en dignidad, en igualdad de oportunidades, en
democracia real no nominal ni farisea, en educación, por ejemplo, como campo de
igualdad entre todos los seres humanos. Aunque no lleguemos al déficit cero,
coño, que eso no es más que un pobre factor numérico, y la vida es algo mucho
más rico ¿O no se dan cuenta de que, con estos cuentos y con tanta cuenta, se
nos están descubriendo ustedes como una poza vacía de agua y de hondura, como
algo seco y enjuto, mísero e insuficiente.
Y al otro señor, del que
tengo menos datos, pero casi todos negativos, hay que exigirle sencillamente
que deje vivir y viva, que no se erija en salvador de nada, y menos en nombre
de Alá o de no sé qué zarandajas, que se pase una temporadita como uno de sus
súbditos, sin medicinas ni educación, sin palacios ni servidores, y sin aires
oscuros de grandeza. Otro mísero que tal baila. Y una petición más por elevación.
A Alá y a Jehová, patrones reclamados de ambos bandos. ¿No podrían dejarnos en
paz por un rato para que nos equivoquemos nosotros solitos? Porque hay que ver
las que preparan. Para divertimentos, prefiero quedarme con los juegos de los dioses
griegos, tan juguetones ellos, tan casi humanos. Déjennos, por favor, por una
temporada, no nos inspiren tanto, que nos tienen las cabezas llenas de serrín y
no nos aclaramos. O, al menos, dejen de “iluminar” a estos jefecillos
salvadores de no sé cuántas patrias. Porque -casi repetiré unos versos de
Comendador- “mirad, colegas, / como dice mi padre, / se hacen las cosas bien, /
o no se hacen”.
NO WAR, coño.
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