lunes, 2 de marzo de 2026

FUESE Y NO HUBO NADA

 

FUESE Y NO HUBO NADA

El descubrimiento de la verdad resulta muchas veces decepcionante. La vida es una suma de sucesos encadenados. Esta suma encadenada nos permite adelantarnos en nuestra intuición a lo que imaginamos para el futuro. Es como si realizáramos un ejercicio de prestidigitación y acercáramos al presente aquello que solo existe en nuestro deseo y en nuestra fantasía.

Cuando esto sucede, nos hacemos dueños de las normas que han de regir en esa realidad no producida; las adornamos y las concretamos a nuestra conveniencia y a nuestros intereses, agrandamos y disminuimos sin tener en cuenta que la realidad nos puede jugar una mala pasada, creamos una expectación solo alimentada por nosotros mismos.

Pero hay que pasar de las musas al teatro, y eso ya no depende solo de nuestra voluntad. En la realidad están implicados muchos más y los resultados no nos tienen en cuenta porque se rigen por otras coordenadas que escapan a nuestro control.

Las soluciones también nos pueden resultar más satisfactorias que lo que esperábamos, aunque sospecho que menos veces: nuestro interés casi siempre atiende a nuestros deseos y esos no siempre se cumplen porque siempre esperamos más.

La vida está llena de estos descubrimientos. Mayores y menores, importantes o aparentemente poco llamativos.

Recientemente se han desclasificado -ya era hora- papeles que tienen que ver con el fallido golpe de Estado del 23-F. Casi todo el mundo se ha quedado como en un aire; sobre todo aquellos que esperaban cualquier mar océano de noticias extrañas en ellos o comprobaciones, negro sobre blanco, de la participación de algunos personajes públicos. Parece como si en el circo se hubieran negado a actuar los leones y no hubieran querido comer a nadie. A ver si va a resultar que todo era algo mucho más simple y que lo que queríamos no va a ser posible. Vaya por dios, qué decepción, dirán algunos.

En cualquier nivel de la vida podemos repetir el esquema, y así lo que esperamos para mañana en un examen, en una compra en el mercado o en una entrevista de trabajo nos puede resultar algo ilusionante o nos puede desanimar según se ajuste más o menos con aquello que esperábamos.

Tal vez tendríamos que templar gaitas con más frecuencia y no esperar demasiado de las cosas para no caer en el abismo de la decepción.

¿Será verdad que no sabemos todo lo que ocurrió aquella aciaga noche? Seguro que así es. Pero no esperemos saberlo del todo nunca. De ningún suceso conocemos todo, pues siempre se nos quedan detalles por el camino. ¿Tenemos derecho a seguir sospechando? Pues claro; pero hagámoslo sin aspavientos, con templanza y sin esperar descubrir mediterráneos en cada esquina; porque entonces la desilusión nos visitará siempre. Y tampoco parece lo más sólido edificar castillos en el aire.

El ejemplo del golpe de Estado es muy elocuente, pero a mí me interesa mucho más el discurrir de cada día, ese en el que somos cada uno de nosotros actores principales.

Hay gente -medios de comunicación sobre todo- que viven de elevar el ruido hasta los últimos decibelios y de andar en el filo de la noticia no contrastada y en la imaginación de que Troya se conquista cada día. Eso fomenta la emoción, atrae la atención momentánea y poco sirve para serenar y razonar tranquilamente. Sería bueno tomar distancia y contar hasta diez siempre.

En la obra don Quijote, hay un episodio en el que el caballero tiene que salir al campo a defender la honra de una dama. Pero, oh decepción, el otro contrincante (Tosilos) se rinde antes de que los dos rivales se encuentren. Y buena aparte de los espectadores se enfada por no asistir a la caída y al vencimiento de uno de ellos, a la sangre derramada y al aplastamiento. La expectación se diluyó y todo lo que anunciaba batalla, sangre y furia se quedó en retirada. Otro que «Y luego, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada».

Como el mundo es un espectáculo, todo lo que no sea ruido y representación tiene escaso éxito. Y pocos seguidores. Vaya por dios.

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