OCHO DE MARZO
Ocho de marzo. Día de
la mujer. Manifestaciones, eslóganes, declaraciones: nadie quiere quedarse al
margen por si lo señalan. Muchísimas variables que considerar (no *a
considerar, coño). Yo sigo sin entender alguna de ellas; hasta el punto de que
me parece que se vuelven contra aquello que se quiere conseguir.
Pero una cosa es un
aspecto parcial y otra el fondo general en el que se asienta el movimiento. Lo
he escrito muchas veces: la historia de la mujer, en conjunto, es para echarse
a llorar y hasta para salir a la calle con un grito ensordecedor. Tampoco la del hombre es para reír a carcajadas.
Pero que nadie crea
que este mediterráneo se ha descubierto en estos últimos años; porque esa misma
historia, tan deprimente en lo que a igualdad de género se refiere, está
moteado de mujeres que también salieron a su manera a la calle y fueron
pioneras de estas aspiraciones. Y, sobre todo, lo hicieron en unas condiciones
absolutamente más dificultosas que las que existen ahora mismo en los países de
occidente.
Un par de breves
muestras contrapuestas. La primera dibuja el desprecio hacia el género
masculino, incluso por aquellos teóricamente mejor preparados en su formación.
Se trata de Séneca en sus Consolaciones a Marcia. La segunda suma unas
cuantas frases de Lisístrata, aquella comedia de Aristófanes en la que
las mujeres mostraban sin tapujos su iniciativa, su ingenio, su realidad y
hasta su poder sexual, ante una guerra que, como todas, no es más que muestra
de insensatez, de sinrazón, de fracaso y de imbecilidad
Son ejemplos
deliberadamente tomados del mundo clásico, tan lejano en el tiempo, pero tan de
actualidad ahora mismo. Podíamos haber hecho lo mismo con ejemplos de mujeres
españolas que jalonan nuestra historia y que tuvieron pocos reparos en mostrar
su opinión y en ejercer su poder.
Vamos con los
ejemplos:
Séneca en sus Consolaciones:
«Si no te supiera,
Marcia, tan alejada de la debilidad del carácter femenino como de sus demás
defectos, y que tus costumbres se tienen como un ejemplo antiguo, no me
atrevería a enfrentarme a tu dolor, en el que incluso los hombres de buen grado
se estancan y languidecen, ni habría esperado, en una ocasión desaconsejable,
ante un juez tan desfavorable, frente a una acusación tan desagradable, poder
conseguir que absolvieras a tu suerte».
Las mujeres en Lisístrata,
de Aristófanes:
«Si nos dejarais
dirigir la ciudad como dirigimos el hogar, todo iría mejor: no malgastaríamos
recursos y mantendríamos la paz».
«Si los hombres no
pueden controlar su deseo, entonces nosotras podemos controlar la guerra.».
«Somos nosotras
quienes llevamos la carga cuando los hombres dilapidan el dinero en guerras».
«Si los hombres no
pueden dejar de pelear, nosotras sí podemos unirnos».
Mucho hecho. Mucho por
hacer. Mucha mejora en la explicación. No exclusión, sino complicidad e
inclusión. Más estudiar y descubrir las raíces y los principios, que son los
más sólidos y duraderos, y los que explican y pueden ayudar más y mejor a mejorar
cualquier situación diaria.
Y, siempre, igualdad
entre las personas, tan solo y sobre todo, por el hecho de serlo.
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