miércoles, 18 de marzo de 2026

CANTIDAD Y CALIDAD

 

 

CANTIDAD Y CALIDAD

Em casi todos los actos de la vida diaria solemos aplicar el concepto de cantidad como sinónimo de verdad, frente al de calidad, que nos queda en un lugar secundario. Tal vez sea porque la cantidad somos capaces de describirla y de controlarla con más facilidad que la calidad. Piénsese qué ocurre con las elecciones, con cualquier propuesta que se formule en un grupo para ser aprobada o rechazada, o para otra situación cualquiera.

Ayer mismo se celebraron elecciones políticas en Castilla y León; hace tan solo un par de días se eligió una junta directiva en un grupo determinado; casi a diario se defiende que aquello que tiene más partidarios -hoy habría que decir seguidores- o asistentes es lo mejor y así es alabado.

No sé si no podríamos decir que vivimos bajo una dictadura numérica. O, si prefieren, bajo una democracia reducida a la suma de dígitos y números. Y, sin embargo, seguimos defendiendo que esta es la forma menos mala para entendernos y para no sumergirnos en otras fórmulas peores.

Yo tampoco quiero que se elimine esta fórmula, que expresa la voluntad de las personas, elaborada de forma personal y vete a saber atendiendo a qué suma de intereses. Pero tengo mis dudas y me gustaría verla implementada con el reconocimiento de las minorías, de aquellas opiniones que son menos en número, pero que están argumentadas y representan los impulsos, los deseos o los pensamientos de otros miembros de la comunidad.

Si la verdad la igualamos con la mayoría, tal vez estemos negando la existencia de conceptos que son válidos por sí, con independencia de que sean defendidos o negados por un número mayor o menor de personas. Hay verdades que no se pueden sustentar en la mayoría ni en la minoría: son verdades o mentiras con independencia de las opiniones. ¿Cómo se puede decidir por mayoría si el agua funde a un número o a otro de grados? ¿Y decidir la existencia o inexistencia de Dios por mayoría de votos (es un ejemplo histórico)? ¿Y la divinidad de Jesucristo, como se hizo en el Concilio de Nicea? Mira que si no llegan a la mayoría ¿cualificada o simple?).

Si, a pesar de todo, negáramos el valor de los conceptos, habría que admitir que todo se haría relativo y que solo nos quedarían los intereses. Y, sobre todo, estaríamos dando validez a cualquier fórmula para conseguirlos: el fin (intereses) justificaría cualquier medio. Ya estoy imaginando y viendo el desarrollo de las campañas con fórmulas y actos que dan un poco de pudor y de vergüenza ajena al mirarlos.

¿Qué hacemos, de ese modo, con las minorías? ¿Les negamos que tengan parte de verdad en sus argumentos por el hecho de que numéricamente han obtenido resultados negativos? ¿Les empujamos a que, en próximos comicios, se olviden de las ideas que defienden y pasen a alabar aquello que la mayoría quiere oír, o dicen las encuestas que quiere oír? ¿Les empujamos directamente a la desaparición como formaciones sociales y políticas? ¿Los analistas sociales y periodistas de diverso pelaje analizan por ideas o por resultados?

Me parece que el asunto no es tan sencillo ni se puede reducir a una variable solo numérica. Si así fuera, todos los partidos no ganadores tendrían que reinventarse cada vez y basarse solo en criterios numéricos y de ganadores o perdedores. ¡Qué pobreza! Si la gente quiere bailar la sardana, pues a ello; si quiere que sea una jota, pues a ello, que la verdad y el razonamiento se han quedado en casa. Me parece más honrado presentar un programa de ideas en el que se basen las realizaciones concretas, porque eso es una visión de la vida que se considera más beneficiosa para la mayoría. Si este no es aceptado, se analizan las causas; y, si se sigue pensando lo mismo, a seguir con el esquema y con la propuesta. La victoria numérica no se puede igualar con la verdad; solo indica -y no es poco- que el gobierno se ha de someter a ella. Pero sin dejar de considerar cualquier razonamiento que se presente. Por eso, cada propuesta debe ser presentada y discutida. Algunos creen que por haber ganado numéricamente ya pueden olvidarse de estos requisitos y dirigen como si de una fábrica se tratara.

Hata la corriente filosófica del Utilitarismo defendía el bien común, aquel que alcanzaba al mayor número de personas. Y no de cualquier manera.

Porque, como defendía Unamuno, «no se trata de vencer, sino de convencer». También dejó dicho don Antonio Machado que «todo necio confunde valor y precio». Y ahí estamos.

Dicho lo cual, felicidades a los ganadores. Y a todos, a analizar los resultados y las ideas que se defienden. Buscando que sean ganadoras; pero, antes, que sean las que se consideran mejores. O menos malas.

1 comentario:

mojadopapel dijo...

Yo prefiero calidad que cantidad en todo, entendiendo que para tener calidad en un producto hay que entender del producto y no dejarse manipular por el interés del que lo ofrece, valorar por tí mismo con conocimiento de causa. Esto es traspolable a la politica. Desgraciadamente no hayo calidad en casi nada hoy día.