HISPANIDAD
El diccionario de la
RAE define este término como «carácter genérico de todos los pueblos de lengua
y cultura hispánicas». Y, en una segunda acepción, como «conjunto y comunidad
de los pueblos hispánicos».
Se celebra hoy esa
fiesta que se acoge al marbete de «Hispanidad», y se hace de diversas maneras,
según el contexto y las fuerzas sociales y políticas que la representen:
algunos se emocionan y otros están dispuestos a trabajar gratis con tal de que
no los inmiscuyan en tal celebración. Unos se escandalizan y otros aplauden con
las orejas. Unos arrasan sacando los colores a la historia que la propicia y
otros proclaman y exaltan su valor. Así andamos.
El sufijo -dad, o
-idad hace siempre referencia a elementos abstractos, no materiales. Para este
ejemplo, nos llevaría a pensar en todo aquello que compone la esencia de España
o de lo español. Asunto farragoso, complejo y hasta peligroso. Pero es evidente
que el sentido se nos queda corto, pues casi todo el mundo tiene en mente que
su aplicación tiene que ver con los países americanos en los que España dejó su
huella histórica. Por eso se habla de carácter, de idiosincrasia, religión...,
pero también de lengua, de costumbres, de organización política, de represión,
de rebelión o de independencia... Toda una ensalada de elementos tanto
materiales como inmateriales. Y por eso también la paleta de colores con los
que se encara esta fecha entre los españoles y los habitantes de Hispanoamérica
(valdrá en este contexto el término Hispanoamérica y dejaremos para otra ocasión
los de Iberoamérica o Latinoamérica).
A mí no me hace
ninguna gracia que me echen en cara todos los desaguisados que se pudieron
producir en la conquista o en la época de las colonias: no estuve allí. Como no
estuve tampoco en el pecado de Adán y Eva y me echan a la espalda el peso del
pecado original, coño. Muchos de los que ahora tanto protestan son los
descendientes de aquellos dirigentes encomenderos, funcionarios de la corona,
comerciantes o aristócratas indígenas. A otro perro con ese hueso.
Pero tampoco estoy
dispuesto a negar los desmanes e injusticias que padecieron los nativos. Como
por desgracia sucede en todo proceso de conquista y de colonización. Incluso la
historiografía no deja demasiado mal parada esta conquista en comparación con
otras. De modo que vamos a pedir disculpas, vamos a pensar en no repetir
errores y vamos a mirar para delante a ver si podemos exprimir un poco el
fututo en favor de todos.
Cualquiera que, en una
postura snob, reniegue de todo el pasado de sus ancestros estará cometiendo el
mismo error que aquel que los defienda y los libere de toda reflexión y
propuesta de mejora. En el mismo saco los patriotas de pacotilla y bandera,
exclusivistas y emocionales, que aquellos que olvidan cualquier elemento que se
mantenga como símbolo de cierta unión y consenso, mientras al mismo tiempo se
dejan llevar y seducir por las imbecilidades que proceden del imperio.
A mí también me duele
España. Me duele como historia compartida, llena de aciertos y de desaciertos.
Me duele como comunidad que, después de tantos siglos, sigue en período de
construcción. Me duele que las fuerzas se nos vayan, en muy buena parte, en tensar
la soga de la deslealtad en lugar de ver la manera de hallar puntos de
encuentro. Me duele España en su falta de unión de fuerzas en busca de un
futuro común y participativo. Me duele España en sus desigualdades y en su
espíritu cainita, esa en la que tantas veces interesa más el mal del contrario
que el bien propio. Me duele España en el olvido de tantas personas que dieron
su mejor inteligencia y buenas intenciones y cuyas aportaciones hoy duermen el
sueño del olvido. Me duele España en esa escala de valores que ensalza al más
imbécil y desprecia y olvida a quien propone pensar y razonar como método menos
malo para la convivencia. Me duele España en ese papanatismo de
pseudointelectuales que adoran cualquier elemento que proceda de otras culturas
y olvidan tantísimo bueno que tienen a la puerta de su casa. Me duele España al
observar tanta opinión catastrofista que no resiste comparación con la
realidad, siempre mejorable, pero ni mucho menos tan negativa como se pinta. Me
duele España en muchas variables.
Tal vez la mejor
fiesta de la Hispanidad sería reflexionar acerca de estas y de tantas otras
cosas que han tejido la convivencia en el pasado y que la configuran ahora
mismo. Sin histrionismo, sin exaltaciones exageradas, sin negaciones totales,
sin arrepentimientos absolutos, con la mirada puesta en el bien común y no en
los beneficios particulares, sin aldeanismos ni universalismos vacíos.
La Hispanidad, tanto
en su vertiente española como en lo que se refiere a las relaciones con los
países hispanos tiene que ser un camino de búsqueda serena y no una batalla de
golpes que no conducen a ningún puerto seguro.
Si no es así,
tendríamos que dar la razón a Gil de Biedma cuando, desilusionado, escribía
estos versos: «De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste
es la de España, / porque termina mal. Como si el hombre, / harto ya de luchar
con sus demonios, / decidiera encargarles el gobierno / y la administración de la
pobreza».