EL ALGORITMO NO SE EMOCIONA
Ando estos días como
un niño con zapatos nuevos, descubriendo algunas de las cualidades de la IA. Ya
he leído antes algún libro que describe sus posibilidades y sus peligros. Pero
ahora lo experimento personalmente, aunque sea en pequeñas dosis y en un campo
muy concreto, el de la creación de canciones a partir de mis poemas. Con un
programa que me han proporcionado mis hijos (ellos son profesionales
informáticos) hago mis pinitos en este mundo que se me presenta apasionante.
El procedimiento es
tan sencillo como esto: yo le ofrezco al programa una letra, le sugiero algunas
sencillas indicaciones de lo que quiero, y su algoritmo me regala la música.
Las dos partes forman una canción.
Supongo que también es
posible hacerle alguna sugerencia y pedirle que te regale tanto la letra como
la música. Ni se me ocurre intentarlo: ¿cuál sería entonces mi participación?
Lo que hago es pedir ayuda desde mis textos poéticos. El algoritmo se encarga
de ajustar melodías al significado y al ritmo de esas letras. No me sentiría
bien si no fuera así. En muy poco tiempo la fórmula algorítmica me da su
resultado.
Lo dicho, como un niño
con zapatos nuevos. Mi fondo de creación es tan abundante, que puedo elegir
temas y resoluciones casi de cualquier tipo.
Pero no todo el monte
es orégano. La fórmula, que parece mágica, también se resiente. ¿Cuál es su grieta
más visible? Pues que, curiosamente, aquello que parece más exacto se vuelve
más inexacto. Quiero decir que la inteligencia trabaja con la lógica, pero se
halla carente de sentimientos. El algoritmo no se emociona. Una de las
cualidades fundamentales de la creación poética, si no la más importante, es la
de provocar emoción, la de hacer nudos en la garganta. Y esto se consigue casi
siempre rompiendo los caminos lógicos y llamando a la sorpresa y a la imagen
inesperada; es decir, rompiendo la lógica. A esto todavía no llega la IA. Tal
vez ni falta que hace, porque entonces nos suplantaría en casi todo y nos
anularía como seres capaces de crear algo nuevo. Por todo ello, las músicas que
genera el algoritmo se muestran algo rígidas y no siempre se acompasan al ritmo
y a la distribución del poema ni de su contenido. Sin embargo, los beneficios
superan en mucho a los perjuicios.
Hay un aspecto muy
positivo en lo que me regalan la IA y su música; se trata de la fuerza con la
que se realzan las palabras del poema. Muchas veces los poemas se leen mal;
pero, incluso cuando se leen bien, las palabras resultan menos sonoras que
cuando lucen con música a su lado. He elegido casi al azar algunos de mis
poemas y reconozco que me suenan con más potencia sonora y significativa al
lado de los sonidos y formando canciones. Mi imaginación vuelve a los primeros
tiempos, en los que los poemas eran cantados y parece que lo entiendo mejor
ahora desde la experiencia propia.
Supongo que habrá
muchas personas entrando en el mundo de la IA. Esto no ha hecho más que
empezar. Con sus ventajas y con sus evidentes peligros de todo tipo. La misma
consideración de siempre: los adelantos técnicos son buenos si bien usásemos de
ellos.
Yo, de momento, tengo
al algoritmo ahí al lado, para que me ayude y siempre para divertirme, nunca
para que me sustituya. Entre otras cosas, porque no tengo claro que la IA pueda
nunca crear en poesía mucho más que ripios mecánicos. O sea, pobreza poética.
Está muy claro: la IA
no se emociona. Ni falta que nos hace.
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