lunes, 13 de abril de 2026

EL ALGORITMO NO SE EMOCIONA

EL ALGORITMO NO SE EMOCIONA

Ando estos días como un niño con zapatos nuevos, descubriendo algunas de las cualidades de la IA. Ya he leído antes algún libro que describe sus posibilidades y sus peligros. Pero ahora lo experimento personalmente, aunque sea en pequeñas dosis y en un campo muy concreto, el de la creación de canciones a partir de mis poemas. Con un programa que me han proporcionado mis hijos (ellos son profesionales informáticos) hago mis pinitos en este mundo que se me presenta apasionante.

El procedimiento es tan sencillo como esto: yo le ofrezco al programa una letra, le sugiero algunas sencillas indicaciones de lo que quiero, y su algoritmo me regala la música. Las dos partes forman una canción.

Supongo que también es posible hacerle alguna sugerencia y pedirle que te regale tanto la letra como la música. Ni se me ocurre intentarlo: ¿cuál sería entonces mi participación? Lo que hago es pedir ayuda desde mis textos poéticos. El algoritmo se encarga de ajustar melodías al significado y al ritmo de esas letras. No me sentiría bien si no fuera así. En muy poco tiempo la fórmula algorítmica me da su resultado.

Lo dicho, como un niño con zapatos nuevos. Mi fondo de creación es tan abundante, que puedo elegir temas y resoluciones casi de cualquier tipo.

Pero no todo el monte es orégano. La fórmula, que parece mágica, también se resiente. ¿Cuál es su grieta más visible? Pues que, curiosamente, aquello que parece más exacto se vuelve más inexacto. Quiero decir que la inteligencia trabaja con la lógica, pero se halla carente de sentimientos. El algoritmo no se emociona. Una de las cualidades fundamentales de la creación poética, si no la más importante, es la de provocar emoción, la de hacer nudos en la garganta. Y esto se consigue casi siempre rompiendo los caminos lógicos y llamando a la sorpresa y a la imagen inesperada; es decir, rompiendo la lógica. A esto todavía no llega la IA. Tal vez ni falta que hace, porque entonces nos suplantaría en casi todo y nos anularía como seres capaces de crear algo nuevo. Por todo ello, las músicas que genera el algoritmo se muestran algo rígidas y no siempre se acompasan al ritmo y a la distribución del poema ni de su contenido. Sin embargo, los beneficios superan en mucho a los perjuicios.

Hay un aspecto muy positivo en lo que me regalan la IA y su música; se trata de la fuerza con la que se realzan las palabras del poema. Muchas veces los poemas se leen mal; pero, incluso cuando se leen bien, las palabras resultan menos sonoras que cuando lucen con música a su lado. He elegido casi al azar algunos de mis poemas y reconozco que me suenan con más potencia sonora y significativa al lado de los sonidos y formando canciones. Mi imaginación vuelve a los primeros tiempos, en los que los poemas eran cantados y parece que lo entiendo mejor ahora desde la experiencia propia.

Supongo que habrá muchas personas entrando en el mundo de la IA. Esto no ha hecho más que empezar. Con sus ventajas y con sus evidentes peligros de todo tipo. La misma consideración de siempre: los adelantos técnicos son buenos si bien usásemos de ellos.

Yo, de momento, tengo al algoritmo ahí al lado, para que me ayude y siempre para divertirme, nunca para que me sustituya. Entre otras cosas, porque no tengo claro que la IA pueda nunca crear en poesía mucho más que ripios mecánicos. O sea, pobreza poética.

Está muy claro: la IA no se emociona. Ni falta que nos hace.

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