CANTIDAD Y CALIDAD
Em casi todos los
actos de la vida diaria solemos aplicar el concepto de cantidad como sinónimo
de verdad, frente al de calidad, que nos queda en un lugar secundario. Tal vez
sea porque la cantidad somos capaces de describirla y de controlarla con más
facilidad que la calidad. Piénsese qué ocurre con las elecciones, con cualquier
propuesta que se formule en un grupo para ser aprobada o rechazada, o para otra
situación cualquiera.
Ayer mismo se
celebraron elecciones políticas en Castilla y León; hace tan solo un par de
días se eligió una junta directiva en un grupo determinado; casi a diario se
defiende que aquello que tiene más partidarios -hoy habría que decir
seguidores- o asistentes es lo mejor y así es alabado.
No sé si no podríamos
decir que vivimos bajo una dictadura numérica. O, si prefieren, bajo una
democracia reducida a la suma de dígitos y números. Y, sin embargo, seguimos
defendiendo que esta es la forma menos mala para entendernos y para no
sumergirnos en otras fórmulas peores.
Yo tampoco quiero que
se elimine esta fórmula, que expresa la voluntad de las personas, elaborada de
forma personal y vete a saber atendiendo a qué suma de intereses. Pero tengo
mis dudas y me gustaría verla implementada con el reconocimiento de las
minorías, de aquellas opiniones que son menos en número, pero que están
argumentadas y representan los impulsos, los deseos o los pensamientos de otros
miembros de la comunidad.
Si la verdad la
igualamos con la mayoría, tal vez estemos negando la existencia de conceptos
que son válidos por sí, con independencia de que sean defendidos o negados por
un número mayor o menor de personas. Hay verdades que no se pueden sustentar en
la mayoría ni en la minoría: son verdades o mentiras con independencia de las
opiniones. ¿Cómo se puede decidir por mayoría si el agua funde a un número o a
otro de grados? ¿Y decidir la existencia o inexistencia de Dios por mayoría de
votos (es un ejemplo histórico)? ¿Y la divinidad de Jesucristo, como se hizo en
el Concilio de Nicea? Mira que si no llegan a la mayoría ¿cualificada o
simple?).
Si, a pesar de todo,
negáramos el valor de los conceptos, habría que admitir que todo se haría
relativo y que solo nos quedarían los intereses. Y, sobre todo, estaríamos
dando validez a cualquier fórmula para conseguirlos: el fin (intereses)
justificaría cualquier medio. Ya estoy imaginando y viendo el desarrollo de las
campañas con fórmulas y actos que dan un poco de pudor y de vergüenza ajena al
mirarlos.
¿Qué hacemos, de ese
modo, con las minorías? ¿Les negamos que tengan parte de verdad en sus
argumentos por el hecho de que numéricamente han obtenido resultados negativos?
¿Les empujamos a que, en próximos comicios, se olviden de las ideas que
defienden y pasen a alabar aquello que la mayoría quiere oír, o dicen las
encuestas que quiere oír? ¿Les empujamos directamente a la desaparición como
formaciones sociales y políticas? ¿Los analistas sociales y periodistas de
diverso pelaje analizan por ideas o por resultados?
Me parece que el
asunto no es tan sencillo ni se puede reducir a una variable solo numérica. Si así
fuera, todos los partidos no ganadores tendrían que reinventarse cada vez y
basarse solo en criterios numéricos y de ganadores o perdedores. ¡Qué pobreza!
Si la gente quiere bailar la sardana, pues a ello; si quiere que sea una jota,
pues a ello, que la verdad y el razonamiento se han quedado en casa. Me parece
más honrado presentar un programa de ideas en el que se basen las realizaciones
concretas, porque eso es una visión de la vida que se considera más beneficiosa
para la mayoría. Si este no es aceptado, se analizan las causas; y, si se sigue
pensando lo mismo, a seguir con el esquema y con la propuesta. La victoria
numérica no se puede igualar con la verdad; solo indica -y no es poco- que el
gobierno se ha de someter a ella. Pero sin dejar de considerar cualquier
razonamiento que se presente. Por eso, cada propuesta debe ser presentada y
discutida. Algunos creen que por haber ganado numéricamente ya pueden olvidarse
de estos requisitos y dirigen como si de una fábrica se tratara.
Hata la corriente
filosófica del Utilitarismo defendía el bien común, aquel que alcanzaba al
mayor número de personas. Y no de cualquier manera.
Porque, como defendía
Unamuno, «no se trata de vencer, sino de convencer». También dejó dicho don
Antonio Machado que «todo necio confunde valor y precio». Y ahí estamos.
Dicho lo cual,
felicidades a los ganadores. Y a todos, a analizar los resultados y las ideas
que se defienden. Buscando que sean ganadoras; pero, antes, que sean las que se
consideran mejores. O menos malas.
1 comentario:
Yo prefiero calidad que cantidad en todo, entendiendo que para tener calidad en un producto hay que entender del producto y no dejarse manipular por el interés del que lo ofrece, valorar por tí mismo con conocimiento de causa. Esto es traspolable a la politica. Desgraciadamente no hayo calidad en casi nada hoy día.
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