miércoles, 26 de septiembre de 2018

LITERATURA Y REVOLUCIÓN DEL 68: PUNTOS DE VISTA (I)



                                          LA LITERATURA Y LA REVOLUCIÓN DE 1868
Se cumplen estos días 150 años del alzamiento en Béjar en aquella revolución que terminó conociéndose como La Gloriosa. Se trata de uno más de los períodos agitados en que se consumió buena parte del siglo diecinueve. Los historiadores se han de ocupar de traernos los datos fidedignos que nos ayuden a mejor comprender lo que sucedió. Pero, sobre todo, deberíamos prestar atención al conocimiento de las causas y de las consecuencias. Es ahí donde yo concedo realmente valor a la historia y a la historiografía. Cuando los datos se vuelcan al presente, estamos en condiciones de entender en qué nos afectan de verdad y cómo tenemos que encararlos, para repetirlos o para no volver a caer en los mismos errores.
Existe un apartado que también nos ofrece luces acerca de la manera de ver los hechos por parte de algunas de las personas más sensibles y reflexivas. Se trata de la literatura, del rastro que los escritores dejaron en sus creaciones cuando se enfrentaron a los hechos reales. No se suele dar mucha cabida a la literatura en las convocatorias que se hacen para reflexionar acerca de hechos históricos. Creo que es un error. Es cierto que las formas de encarar un hecho histórico no son las mismas en un literato que en un cronista o en un historiador, pero muchas veces las fuentes terminan por ser más fiables entre los primeros que entre los últimos. ¿Quién podría negar que una de las mejores fuentes para el conocimiento de todo el siglo diecinueve se encuentra en las obras de Pérez Galdós? Sirvan estas breves reflexiones como desagravio y como aportación.
No conozco fuentes directas, en términos literarios, de lo que sucedió en Béjar en aquellos días. Tampoco sé de nadie que las conozca. Y no es porque no vivieran en la ciudad personas que, en prosa o en verso, tuvieran suficiente entidad como para dejar huella certera de los acontecimientos. Tal es el caso de don Nicomedes Martín Mateos, que solo aparece como componente de la corporación municipal, dando cuenta de la respuesta que el Ministerio de la Gobernación ha dado las peticiones que se le han formulado. Ni conozco más datos, ni creo que se conozcan, de sus opiniones o intervenciones en los hechos. Si resulta fácil imaginarlo tratando de mediar para evitar males mayores, si acudimos a la lectura de sus obras y tenemos en cuenta su pensamiento, sus actividades diarias y su manera de ver la vida. Contamos con el testimonio directo y apasionado de la crónica escrita por Juan Muñoz Peña en la obrita “Béjar reseña al vapor” (Salamanca, Establecimiento tipográfico de Oliva, 1868), que no dudó en dedicarla a don Práxedes Mateo Sagasta. Es fuente imprescindible, es fuente de parte y es fuente apasionada. No se puede dejar de tener en cuenta como testimonio escrito y directo, por más que debe tomarse cierta distancia ante ella, a pesar de que los datos de lo sucedido en Béjar, según distintas fuentes, terminan siendo los que él describe.
Pero lo que ahora nos preguntamos es qué visión tenían los creadores contemporáneos de esta revolución. Para ello tenemos que acudir a sus obras y rastrear las impresiones que nos dejan y detallar las tomas de postura de cada uno. Para lo que a Béjar específicamente se refiere, tenemos que contentarnos con analogías y con afirmaciones e imágenes de alcance más general.
La revolución de 1868 se desencadena en unos momentos en los que el romanticismo literario ha perdido el impulso y la fogosidad de su primera versión y se ha acomodado en una formulación más íntima y comedida: las huellas más conocidas de Rosalía o de Bécquer tienen otro tinte distinto al que destilan las creaciones de Espronceda o de Larra.
Por otra parte, empezaba a tomar cuerpo el desarrollo definitivo de lo que se iba a conocer como el realismo literario y, con él, el triunfo definitivo del formato de la novela. Entre estos mimbres generales, que aquí no se desarrollan, se teje lo que los creadores literarios nos dejan como legado de la revolución del 68.
Como es fácil de entender, las posturas son diversas y muchas veces encontradas y opuestas. Así podemos rastrear sensaciones claramente conservadoras al lado de otras de empuje revolucionario. Nada extraño, por otra parte. Sucedió lo que ocurre siempre: la vida es confusa, diversa y llena de aristas.
Señalaremos solamente algún ejemplo de diferencias claras entre autores de más general conocimiento.
GASPAR NUÑEZ DE ARCE (1832-1903)
A ESPAÑA (Soneto)
Roto el respeto, la obediencia rota,
de Dios y de la ley perdido el freno,
vas marchando entre lágrimas y cieno,
y aire de tempestad tu rostro azota.

Ni causa oculta, ni razón ignota
busques al mal que te devora el seno;
tu iniquidad, como sutil veneno,
las fuerzas de tus músculos agota.

No esperes en revuelta sacudida
alcanzar el remedio por tu mano
¡oh sociedad rebelde y corrompida!

Perseguirás la libertad en vano,
que cuando un pueblo la virtud olvida,
lleva en sus propios vicios su tirano.
Gritos de combate, Madrid, 1880
Como se puede ver, la posición es muy clara. Núñez de Arce, no solo se coloca en contra de la actitud revolucionaria, sino que explicita las causas y las consecuencias de la misma. El primer cuarteto resume las causas (“Roto el respeto y la obediencia rota / de Dios y de la ley perdido el freno”) y señala la situación general negativa de España (“vas marchando entre lágrimas y cieno
/ y aire de tempestad tu rostro azota”). Por encima de todo, las reglas religiosas; y, a su lado, pero después, las leyes positivas. Se podría describir de otra manera: ley y orden por encima de todo. Cualquier revolución implica levantamiento y quebrantamiento del orden establecido. Cuando la alianza entre la corona y la iglesia es estrecha, suele llevar aparejada la destitución del poder real. El autor, de corte claramente conservador, no alienta precisamente el triunfo de la revolución.
Las razones de estos desajustes son, según Núñez de Arce, humanas, y es en el ser humano en el que hay que hallarlas. La palabra clave es “iniquidad” y, por tanto, la maldad, la injusticia evidente y grande con capacidad para “agotar la fuerza de los músculos”, físicos y mentales.
¿No podríamos cargar esa iniquidad en el debe de los dirigentes políticos, sociales y religiosos? Decididamente no. Si este verso octavo no nos ofrece concreción total, son los tercetos los que no dejan lugar a la duda. No se toma “la justicia por tu mano”, ni se controla una comunidad rebelde, pues, en esa rebeldía lleva incluida la corrupción, de los principios y de las personas. Y en el último terceto: “cuando un pueblo la virtud olvida, / lleva en sus propios vicios su tirano”. La virtud nos vuelve a situar en el plano religioso y moral, no en el del derecho positivo.
De modo que la jerarquización de valores es esta: ley religiosa, respeto a las leyes. Si se rompe este esquema, el camino y la meta son el caos y la tiranía. Ley y orden, respeto a lo establecido y conservación. Postura conservadora ante lo que el poeta veía, pues esta composición es de 1866, cuando, según el propio Núñez de Arce afirma, “Tú no estuviste ciego. Viste con claridad y desde muy lejos que no era posible cimentar nada sólido y permanente en el fango agitado de nuestras costumbres públicas, y estuviste en lo cierto cuando, en enero de 1866, al estallar los primeros chispazos del incendio que nos ha consumido exclamaste con previsora indignación.

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