viernes, 7 de septiembre de 2018

VAYA PANORAMA



Asistí (o algo parecido) ayer noche al recinto ferial de Béjar, para oír y ver la actuación de la orquesta PANORAMA, que venía precedida de mucho nombre y fama. La verdad es que fui empujado por personas próximas. Cada día que pasa me siento más desplazado de casi todo lo que suene a aglomeración y barullo. Las causas son muy diversas y no las voy a desnudar aquí. Además, este hecho personal, en cuanto personal, poco interesa, solo como síntoma y ejemplo de la idea que se pueda extraer de él.
En cuanto traspasé los límites del parque municipal, me di cuenta de que el acontecimiento tenía éxito de público: riadas de personas llenaban las aceras y los arcenes de la carretera nacional camino del recinto ferial. En la confluencia con las calles que apuntaban a los Praos, todo era ya paisaje humano. Hasta policía y división de puertas de entrada y salida para la seguridad estaban preparadas.
Llegamos cuando empezaba la actuación de la orquesta. Y la puesta en escena sorprendió por lo espectacular: escenario amplísimo, varias alturas, ascensos y descensos automáticos, entradas y salidas, cuadro de baile abundante, instrumentos de diverso tipo… Y luces e imágenes, muchas luces e imágenes en todo el fondo de escena cambiando a un ritmo vertiginoso. A todo este movimiento solo le faltaba darle potencia y decibelios. Pues allí estaban, tropecientos mil vatios de potencia atronando el paraje y dejando sordos los oídos de los espectadores.
Si a todo esto le das un ritmo activo y ágil, no dejas descanso entre una canción y otra, y todo lo adobas con una interlocución fluida, el resultado es el de la interacción inmediata con el público más predispuesto al movimiento rítmico y a dejarse llevar por las sensaciones que pueda provocar tanto estruendo con algo de armonía y ritmo. No creo que mucha gente entendiera las letras de las canciones ni degustara la melodía y la entonación: pero eso no importaba: todo estaba envuelto y superado por la imagen continua y la potencia del sonido.
La fiesta estaba en marcha, la gente más próxima saltaba y se agitaba según las indicaciones que le llegaban desde el escenario y todo ello parecía un botellón enorme al lado del río y cara al cielo, en esa hendidura que ha creado el río Cuerpo de Hombre cerca del puente. Sospecho que los peces y los pájaros enseguida huyeron de la quema, asustados por todo lo que se le había venido a vivir a su lado, y que desde el cielo las estrellas miraban sorprendidas por tanto alboroto desatado.
Las exageraciones no pueden ser duraderas sin correr el riesgo de no ser creídas. Algo así les sucedió a mis orejas y a mi cabeza con lo que allí sucedía, de modo que, a eso de los diez minutos, empezaron a sentir cierto mareo y una clara discordancia. La serenidad y la estabilidad me abandonaron y ya no era yo mismo, sino algo como enajenado y entregado a la estulticia y a la bobería. Pronto emprendí el camino que me sacaba del recinto ferial, mientras iba recuperando la conciencia y cierto equilibrio físico y mental. El botellón de gas que allí ardía se simplificó en agua mineral y pude ser yo mismo. Todavía mucha gente, en dirección contraria, acudía a la llamada y al reclamo de esa mezcla de imagen y sonido que brindaba la orquesta PANORAMA. Qué panorama, dios, qué panorama. Incluso a mi terraza llegaban los ecos de la fiesta que había dejado atrás un rato antes.
Hasta aquí algo de descripción de los hechos. Ahora alguna consideración, que, al fin y al cabo, es lo que siempre me lleva a escribir.
Cómo está salpicada la vida de ráfagas de luz y de relámpagos, de momentos que nos pueden, que nos seducen y que nos anegan, que nos privan de nuestro dominio y que nos invitan a diluirnos en masas y en sonidos, en imágenes y pasos colectivos, que nos anulan para convertirnos en dóciles monaguillos de una liturgia colectiva.
Poco tengo que oponer a quien quiera esa práctica. No soy quién para ello. Si puedo permitirme confesar que a mí no me complace demasiado, que me parece que es una muestra más de la apariencia que todo lo domina, que el ser humano necesita fiesta colectiva, pero que a mí me gustaría que fuera algo más ordenada; que damos importancia y mucho aplauso a lo que nos deslumbra y dejamos de lado a lo que nos invita al pensamiento; que todo es moda y tráfago; que entre el silencio y el ruido casi siempre gana el ruido por goleada.
Hoy se hablará y mucho en esta ciudad estrecha (como en cualquier otro sitio en similares circunstancias) del asunto de la orquesta, acaso incluso quede en el imaginario colectivo como lo más atractivo de las fiestas patronales. Todo se mide en números y ráfagas, en ruidos desmedidos, en dejarse llevar por la corriente de lo que más se oye o más se lleva. Solo he de confesar que no me llena, que me deja intranquilo y desasosegado. Estas rarezas mías…
El mundo es un teatro. Que siga la fiesta.

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