martes, 25 de agosto de 2026

NADA EN EXCESO

 

            NADA EN EXCESO

Serán la edad, las horas de lectura, tantas páginas llenas de intentos de conceptos, la experiencia vital sencillamente. Qué sé yo qué será. Será quizás que incluso la verdad se redefine según la concepción del tiempo y del espacio.

El caso es que ni aun en verano se calman los excesos ni se apaciguan las apariencias. Incluso termina uno por pensar que es en esta época cuando los trenes de la mesura descarrilan con más frecuencia y con más facilidad. La rutina ha dado paso a la improvisación y al desvarío, y hay que hacer todo aquello que durante el resto del año se somete al tenaz poder de la costumbre. Por eso, cualquier hecho se convierte en estos meses en perro de presa para los medios, que no lo dejan hasta que no queden ni los restos de los huesos: Ahí, por ejemplo, los asuntos de Ceuta (muy graves) o los inmuebles de la simpar presidenta de la Comunidad de Madrid (no menos graves, por lo que dejan entrever).

En el templo de Delfos (mira que ya ha llovido), figuraba este adagio: (μηδὲν ἄγαν) (meden agan). Es una frase en griego antiguo que significa «nada en exceso» o «la moderación en todo», un pilar de la filosofía clásica sobre el equilibrio y la sensatez.

En la misma dirección, aquella idea del «justo medio» de Aristóteles. O el “ne quid nimis” del poeta latino Horacio.

O, en una traducción popular y aproximativa, "piénsatelo dos veces", "cuenta hasta tres"...

Pues Parece que todo se nos ha olvidado. Mira que nos lo recuerdan en griego, en latín y en nuestro idioma materno, en nuestro castellano. Pues como quien oye llover en pleno ciclón.

La aplicación de este adagio, aforismo o verdad como un templo es tan universal, que no sabe uno con qué arista quedarse para que sirva de ejemplo. Porque se nos va la vista a los usos políticos y a tanta apariencia e insulto como se prodiga por ahí, pero pienso en cualquier otra faceta de la vida, tanto colectiva como personal, y me encaja su aplicación.

En el fondo, el principio hace relación a la conexión que debe existir entre los impulsos y la lógica, entre la razón y el corazón, entre “piensa el sentimiento y siente el pensamiento” unamuniano, entre “el corazón tiene razones que la razón no entiende” de Blaise Pascal, entre... Y a esa especie de impulso vital, o élan vital de Henri Bergson, que empuja a seguir buscando, aun sabiendo que no se alcanzará nunca la verdad lógica y que la razón necesita el empuje del impulso y del sentimiento.

De manera que, incluso desde la posición más sincera y honrada, andamos inmersos en un constante balanceo entre la razón y el corazón, entre lo que pensamos y lo que deseamos, entre lo que nos entra por los ojos y aquello que merece que le demos una vuelta antes de aceptarlo o cumplirlo. Si nos situamos en el nivel de la oposición por la oposición, del deseo por el deseo, del instante como si no hubiera un mañana, de dejarse llevar por lo que pidan los sentidos y las apariencias sociales..., entonces estamos traicionando el espíritu y el contenido de esta verdad. Vamos, como si fuéramos un/a influencer de chichinabo.

Hace escasos días leía esta afirmación de la escritora Irene Vallejo: “Nos mueven porque nos conmueven”. No sabría decir qué tanto por ciento tiene de razón, creo que mucha. No es tiempo de mesura y de reflexión, sino de apariencia y de imagen fugaz, de eslóganes y de likes, de democracias numéricas y de impulsos dirigidos por fuerzas aparentemente ciegas, pero a la vez muy visibles. Con el pretexto de éticas que respeten libertades personales, nos convierten en carne de cañón, en una hoguera de escala de valores licuados y hasta gaseosos, sin ninguna consistencia y, lo que es peor, impuestos.

Y, cuando la publicidad sale a escena, ya no tiene término medio, pues necesita renovarse y superarse a sí misma de forma continua. La publicidad quiere decir aquí, claro, todo aquello que echamos a la plaza pública y a la apariencia.

A ver si el tiempo del otoño -por cierto, ha empezado a llover- nos recoge y nos ayuda a encontrarnos a nosotros mismos, en nuestra individualidad y en nuestra pertenencia a la comunidad, en nuestra conciencia particular y en nuestras obligaciones sociales, en ese difícil equilibrio entre la razón y el corazón.

Meden agan. Nada en demasía. Aunque, qué quieren que les diga, si quieren sobrepasarse, háganlo por la conciencia individual y siempre en el recelo de las imposiciones y apariencias en las que vive este gran teatro del mundo.

1 comentario:

Lucía dijo...

Ojalá el otoño nos traiga un remanso en tanto ajetreo, me temo que no será así y que surgirán nuevos retos.... Pero tú filosofía de dejar posar las cosas antes de actuar me parece muy acertada, si es que lo he entendido. Un abrazo