NADA EN EXCESO
Serán la edad, las
horas de lectura, tantas páginas llenas de intentos de conceptos, la
experiencia vital sencillamente. Qué sé yo qué será. Será quizás que incluso la
verdad se redefine según la concepción del tiempo y del espacio.
El caso es que ni aun
en verano se calman los excesos ni se apaciguan las apariencias. Incluso
termina uno por pensar que es en esta época cuando los trenes de la mesura
descarrilan con más frecuencia y con más facilidad. La rutina ha dado paso a la
improvisación y al desvarío, y hay que hacer todo aquello que durante el resto
del año se somete al tenaz poder de la costumbre. Por eso, cualquier hecho se
convierte en estos meses en perro de presa para los medios, que no lo dejan
hasta que no queden ni los restos de los huesos: Ahí, por ejemplo, los asuntos de Ceuta (muy
graves) o los inmuebles de la simpar presidenta de la Comunidad de Madrid (no
menos graves, por lo que dejan entrever).
En el templo de Delfos
(mira que ya ha llovido), figuraba este adagio: (μηδὲν ἄγαν) (meden
agan). Es una frase en griego antiguo que significa «nada en exceso» o «la
moderación en todo», un pilar de la filosofía clásica sobre el equilibrio y la
sensatez.
En la misma dirección,
aquella idea del «justo medio» de Aristóteles. O el “ne quid nimis” del poeta
latino Horacio.
O, en una traducción popular y aproximativa, "piénsatelo dos veces", "cuenta hasta tres"...
Pues Parece que todo
se nos ha olvidado. Mira que nos lo recuerdan en griego, en latín y en nuestro
idioma materno, en nuestro castellano. Pues como quien oye llover en pleno
ciclón.
La aplicación de este
adagio, aforismo o verdad como un templo es tan universal, que no sabe uno con
qué arista quedarse para que sirva de ejemplo. Porque se nos va la vista a los
usos políticos y a tanta apariencia e insulto como se prodiga por ahí, pero
pienso en cualquier otra faceta de la vida, tanto colectiva como personal, y me
encaja su aplicación.
En el fondo, el
principio hace relación a la conexión que debe existir entre los impulsos y la
lógica, entre la razón y el corazón, entre “piensa el sentimiento y siente el
pensamiento” unamuniano, entre “el corazón tiene razones que la razón no
entiende” de Blaise Pascal, entre... Y a esa especie de impulso vital, o élan
vital de Henri Bergson, que empuja a seguir buscando, aun sabiendo que no se
alcanzará nunca la verdad lógica y que la razón necesita el empuje del impulso
y del sentimiento.
De manera que, incluso
desde la posición más sincera y honrada, andamos inmersos en un constante
balanceo entre la razón y el corazón, entre lo que pensamos y lo que deseamos,
entre lo que nos entra por los ojos y aquello que merece que le demos una
vuelta antes de aceptarlo o cumplirlo. Si nos situamos en el nivel de la
oposición por la oposición, del deseo por el deseo, del instante como si no
hubiera un mañana, de dejarse llevar por lo que pidan los sentidos y las
apariencias sociales..., entonces estamos traicionando el espíritu y el
contenido de esta verdad. Vamos, como si fuéramos un/a influencer de
chichinabo.
Hace escasos días leía
esta afirmación de la escritora Irene Vallejo: “Nos mueven porque nos
conmueven”. No sabría decir qué tanto por ciento tiene de razón, creo que
mucha. No es tiempo de mesura y de reflexión, sino de apariencia y de imagen
fugaz, de eslóganes y de likes, de democracias numéricas y de impulsos
dirigidos por fuerzas aparentemente ciegas, pero a la vez muy visibles. Con el
pretexto de éticas que respeten libertades personales, nos convierten en carne
de cañón, en una hoguera de escala de valores licuados y hasta gaseosos, sin
ninguna consistencia y, lo que es peor, impuestos.
Y, cuando la
publicidad sale a escena, ya no tiene término medio, pues necesita renovarse y
superarse a sí misma de forma continua. La publicidad quiere decir aquí, claro,
todo aquello que echamos a la plaza pública y a la apariencia.
A ver si el tiempo del
otoño -por cierto, ha empezado a llover- nos recoge y nos ayuda a encontrarnos
a nosotros mismos, en nuestra individualidad y en nuestra pertenencia a la
comunidad, en nuestra conciencia particular y en nuestras obligaciones
sociales, en ese difícil equilibrio entre la razón y el corazón.
Meden agan. Nada en demasía. Aunque, qué quieren que les
diga, si quieren sobrepasarse, háganlo por la conciencia individual y siempre
en el recelo de las imposiciones y apariencias en las que vive este gran teatro
del mundo.
1 comentario:
Ojalá el otoño nos traiga un remanso en tanto ajetreo, me temo que no será así y que surgirán nuevos retos.... Pero tú filosofía de dejar posar las cosas antes de actuar me parece muy acertada, si es que lo he entendido. Un abrazo
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