lunes, 12 de octubre de 2026

HISPANIDAD

 

HISPANIDAD

El diccionario de la RAE define este término como «carácter genérico de todos los pueblos de lengua y cultura hispánicas». Y, en una segunda acepción, como «conjunto y comunidad de los pueblos hispánicos».

Se celebra hoy esa fiesta que se acoge al marbete de «Hispanidad», y se hace de diversas maneras, según el contexto y las fuerzas sociales y políticas que la representen: algunos se emocionan y otros están dispuestos a trabajar gratis con tal de que no los inmiscuyan en tal celebración. Unos se escandalizan y otros aplauden con las orejas. Unos arrasan sacando los colores a la historia que la propicia y otros proclaman y exaltan su valor. Así andamos.

El sufijo -dad, o -idad hace siempre referencia a elementos abstractos, no materiales. Para este ejemplo, nos llevaría a pensar en todo aquello que compone la esencia de España o de lo español. Asunto farragoso, complejo y hasta peligroso. Pero es evidente que el sentido se nos queda corto, pues casi todo el mundo tiene en mente que su aplicación tiene que ver con los países americanos en los que España dejó su huella histórica. Por eso se habla de carácter, de idiosincrasia, religión..., pero también de lengua, de costumbres, de organización política, de represión, de rebelión o de independencia... Toda una ensalada de elementos tanto materiales como inmateriales. Y por eso también la paleta de colores con los que se encara esta fecha entre los españoles y los habitantes de Hispanoamérica (valdrá en este contexto el término Hispanoamérica y dejaremos para otra ocasión los de Iberoamérica o Latinoamérica).

A mí no me hace ninguna gracia que me echen en cara todos los desaguisados que se pudieron producir en la conquista o en la época de las colonias: no estuve allí. Como no estuve tampoco en el pecado de Adán y Eva y me echan a la espalda el peso del pecado original, coño. Muchos de los que ahora tanto protestan son los descendientes de aquellos dirigentes encomenderos, funcionarios de la corona, comerciantes o aristócratas indígenas. A otro perro con ese hueso.

Pero tampoco estoy dispuesto a negar los desmanes e injusticias que padecieron los nativos. Como por desgracia sucede en todo proceso de conquista y de colonización. Incluso la historiografía no deja demasiado mal parada esta conquista en comparación con otras. De modo que vamos a pedir disculpas, vamos a pensar en no repetir errores y vamos a mirar para delante a ver si podemos exprimir un poco el fututo en favor de todos.

Cualquiera que, en una postura snob, reniegue de todo el pasado de sus ancestros estará cometiendo el mismo error que aquel que los defienda y los libere de toda reflexión y propuesta de mejora. En el mismo saco los patriotas de pacotilla y bandera, exclusivistas y emocionales, que aquellos que olvidan cualquier elemento que se mantenga como símbolo de cierta unión y consenso, mientras al mismo tiempo se dejan llevar y seducir por las imbecilidades que proceden del imperio.

A mí también me duele España. Me duele como historia compartida, llena de aciertos y de desaciertos. Me duele como comunidad que, después de tantos siglos, sigue en período de construcción. Me duele que las fuerzas se nos vayan, en muy buena parte, en tensar la soga de la deslealtad en lugar de ver la manera de hallar puntos de encuentro. Me duele España en su falta de unión de fuerzas en busca de un futuro común y participativo. Me duele España en sus desigualdades y en su espíritu cainita, esa en la que tantas veces interesa más el mal del contrario que el bien propio. Me duele España en el olvido de tantas personas que dieron su mejor inteligencia y buenas intenciones y cuyas aportaciones hoy duermen el sueño del olvido. Me duele España en esa escala de valores que ensalza al más imbécil y desprecia y olvida a quien propone pensar y razonar como método menos malo para la convivencia. Me duele España en ese papanatismo de pseudointelectuales que adoran cualquier elemento que proceda de otras culturas y olvidan tantísimo bueno que tienen a la puerta de su casa. Me duele España al observar tanta opinión catastrofista que no resiste comparación con la realidad, siempre mejorable, pero ni mucho menos tan negativa como se pinta. Me duele España en muchas variables.

Tal vez la mejor fiesta de la Hispanidad sería reflexionar acerca de estas y de tantas otras cosas que han tejido la convivencia en el pasado y que la configuran ahora mismo. Sin histrionismo, sin exaltaciones exageradas, sin negaciones totales, sin arrepentimientos absolutos, con la mirada puesta en el bien común y no en los beneficios particulares, sin aldeanismos ni universalismos vacíos.

La Hispanidad, tanto en su vertiente española como en lo que se refiere a las relaciones con los países hispanos tiene que ser un camino de búsqueda serena y no una batalla de golpes que no conducen a ningún puerto seguro.

Si no es así, tendríamos que dar la razón a Gil de Biedma cuando, desilusionado, escribía estos versos: «De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España, / porque termina mal. Como si el hombre, / harto ya de luchar con sus demonios, / decidiera encargarles el gobierno / y la administración de la pobreza».

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