jueves, 10 de enero de 2013

EL OFICIO DE VIVIR

EL OFICIO DE VIVIR
Vivir es el oficio más sufrido
de todos los que el hombre solicita:
se alimenta en un viento que no evita
sumirse entre los brazos del olvido.

El recuerdo sostiene lo vivido
y sin él no es posible la caricia
de nada que suceda cada día
en el andar absurdo del camino.

Ah si la vida permitiera al menos
soñar lo sucedido y su verdad
(más verdad en el sueño que en los hechos)…,

pues no hay mejor consumo que la edad
en la que reina el mundo del recuerdo
y todo se presenta escrito ya.

miércoles, 9 de enero de 2013

HOY TODAVÍA


Termino la lectura del tercer texto de este comienzo de año. He empezado con ganas: El gatopardo; Misión olvido; Ayer no más.
Desde hace algún tiempo vengo anotando -si no se me marcha la mente al cielo y el nombre al cesto del olvido- los títulos de las obras que leo en formato completo. Del año 2012 me salen unas setenta. No es ni mucho ni poco ni regular; es, sencillamente, lo que es. Creo que lo interesante es repasar y pensar en el tipo de lecturas que uno hace y, sobre todo, en el que deja de hacer.
Supongo que de cada obra podría haber dado a conocer alguna opinión más o menos trabada. Seguramente, si no lo he hecho, es porque tengo la certeza de que no llegan esas opiniones a casi ningún sitio, salvo al poso que en mí mismo puedan ir dejando. Ya me gustaría poder compartir con un grupito opiniones. Pero esta es una ciudad estrecha y echo mucho en falta algún espacio apropiado.
Hoy rompo el molde y dejo unas líneas de la última novela de Andrés Trapiello: “Ayer no más”.
Considero a Trapiello un escritor cuajado en casi todos los géneros y con capacidad muy por encima de la media que pulula por ahí. Tal vez por eso esperaba algo más en esta su última entrega en prosa.
“Ayer no más” reincide en el tema de la Guerra (In)civil. Es verdad que han pasado ya setenta y cinco años y parece que fue ayer no más. ¿Por qué esta insistencia? Trapiello intenta una formula, en fondo y forma, un poco distinta a la tradicional. Él es consciente de que repetir fórmula no tendría mucho sentido
En cuanto a la forma -aparte numerosísimos detalles que no son para unas líneas- creo que da la voz a demasiados personajes y que, para una lectura poco reposada, corre el peligro de ensombrecer el relato y de volverlo confuso. Hay demasiados elementos que faltan y que hay que dar por entendidos, y demasiados cambios de protagonista como para seguir sin esfuerzo el desarrollo de los hechos. Como, además, los ´capítulos´ son siempre muy breves, la confusión está casi servida
El contenido viene a ofrecernos -esta es la intención fundamental del autor- una visión templada y bipolar de los acontecimientos de la guerra. Es verdad que, en demasiadas ocasiones, los textos que tienen que ver con este período aparecen sesgados y sentimentalmente vencidos hacia una parte. En este sentido, es loable la intención de Trapiello de recordarnos que en todos los sitios cuecen habas y que no es oro todo lo que reluce en ninguna parte.
Pero es lo mismo cierto que, en esa situación, corremos el peligro de la equidistancia, tan traicionera y esclava de la buena voluntad. Por supuesto que el autor tiene muy claro que se sublevaron los que se sublevaron, que las atrocidades no fueron las mismas (sobre todo en número y en tiempo), que la posguerra la sufrió casi solo un bando, que… El desarrollo de la acción, el intento de buscar la causalidad múltiple y el deseo de animar a la reconciliación desde la cesión mutua se prestan a interpretaciones demasiado simplistas y voluntariosas.
Tal vez por eso sea tan difícil pasar esta triste página. Aunque la cita sea larga, copio aquí las siguientes palabras de las páginas 138 y 139: “- En España me parece que sucede esto. En un primer momento, y setenta años después, muchos creen haber comprendido el espanto de aquella guerra; pero rasgas la superficie y asistes horrorizado al hecho de que bastantes de los que vivieron aquello, puestos de nuevo en el mismo lugar y en parecidas circunstancias, habrían vuelto a hacer… las mismas cosas: Unos, los rojos, porque venían de una situación de miseria y explotación lacerantes, y los otros, porque temían que los revolucionarios no se iban a contentar con quedarse con sus tierras, sus casas y sus industrias, sino que iban directamente a por sus vidas, tal y como les habían contado que había sucedido en Rusia, para ellos la representación del infierno, y para sus enemigos, el paraíso. La diferencia entre unos y otros es que unos, los rebeldes, cometieron sus crímenes en secreto y los guardaron en secreto, y los otros no solo los cometían a la vista de todos, sino que se ufanaban en público de haberlos cometido… Pasada la guerra todos han querido persuadirnos de que no pudieron hacer otra cosa, y cada cual cree que en su bando los crímenes se cometieron en abstracto, en nombre de la República o de Falange, del Comunismo, de la Anarquía o de la Iglesia, con lo cual, unos y otros, aceptando en principio que todos pudieron ser culpables, acaban teniéndose por inocentes, en tanto creen que los crímenes del bando contrario los cometieron individuos diferenciados que debían pagar por ello. Así se explica que nadie haya querido juzgar y pedir responsabilidades jamás a los suyos, sino a los contrarios.”
Y esta otra de la página 223, una reflexión ante un epitafio: “¿Murió ese hombre por defender la República y la libertad? Acaso vivió por ellas, pero morir no. Murió sin poder defenderlas siquiera. Si con ello hubiese salvado la vida, acaso se habría alistado allí mismo a Falange, como hicieron tantos republicanos y defensores de la libertad que a partir de entonces dejaron de serlo, o lo fueron de una manera tan secreta que durante los cuarenta años que duró el franquismo nadie pudo sospechar que fueran ni lo uno ni lo otro jamás.”
Durísimas pero reveladoras palabras.
El autor nos pide un esfuerzo de razonamiento, de sensatez y de cordura. Pero nunca de olvido ni de equidistancia. Eso nunca.

lunes, 7 de enero de 2013

LA ENTREVISTA


Dicen y no paran de decir que alguien le ha hecho una entrevista al rey. Es que no paran. No podemos olvidar que esta es la tierra de María y la tierra de los milagros. En algunos sitios hasta se estipuló fecha semanal para eso de los prodigios. Yo lo vi en aquella estupenda peli llamada “Los jueves, milagro”.
Ni sé cómo se le puede hacer una entrevista según a qué rey porque eso exige preguntas y respuestas, y, con perdón, estas últimas hay que articularlas al menos. Y esto no es sencillo siempre.
No vi la entrevista. Ni falta que me hace, con perdón. No siento ni la más mínima desazón por esa infinita pérdida. Vaya por dios. Dicen que fue seguida por opiniones de veinticinco personas de la quinta del rey. Mira por dónde, tal vez cuatro o cinco de estas sí que me hubiera gustado escucharlas.
Después he visto y oído opiniones casi siempre en el sentido negativo, tanto para el presentador como para el entrevistado. ¿Pero qué podían esperar? Ni por presencia ni por sustancia, ni por potencia ni por acto, ni por forma ni por contenido. Hagamos el esfuerzo de obviar capacidades fónicas, expresivas o argumentales del entrevistado, que estamos en época de reyes. Vengamos a lo de ayer, cómo en un punto se es ido e acabado.
¿Pero es que nadie sabe qué quiere decir una monarquía parlamentaria? ¿Nadie sabe leer eso de que el rey reina pero no gobierna? O sea, que el hombre está sencillamente para lo que le digan, en un cóctel extraño que no sabe ni a chicha ni a limoná, a un andar por ahí de elefante en elefante y de foto en foto con la multitud a cuestas.
Por si fuera poco, encima me le montan eso de la pascua militar, me lo visten con un traje ornado de medallas tan pesado que hasta me lo tienen que sentar, y los de la extrema derecha aprovechan la imagen para recordarle que es el jefe de los jefes y que, como tal, tiene que ponerse a dar órdenes y a tirar tiros si hace falta. El ministro lo remató mejor que Marcelino en el gol a Rusia con aquello de que los ejércitos están preparados y no responden a ninguna provocación. Como casi siempre, haciendo amigos o hablando para analfabetos.
Mira por dónde, creo que en este caso le voy a dar la razón al rey. Mejor estar calladito y no salir de eso de que seáis buenos, de que hay que trabajar unidos y de que el futuro será mejor. ¿Pero qué otra cosa va a decir el buen hombre? Y que no me entere yo que se sale de ese guion de secundario. El asunto y el cargo no dan para más. Bueno, luego ya está todo eso del Hola, de los balcones, de los bastones de mando, de los viajes especiales, de las habladurías de todo tipo referidas a los borbones(que la gente es que se va del pico con mucha facilidad) y del desparrame general. Que, si lo pensamos despacio, no es poca cosa.
Por lo demás, ya se sabe, es cosa de Navidad y de que tanto los padres de la patria como los que se llaman periodistas investigadores (que aquí cualquiera se bautiza como le da la gana y sin cura ni abuela) andan ocupados en sus quehaceres y no dan de comer otra cosa al ganado.
Pero mañana volvemos a la anormalidad normalizada de cada día y no se harán tan visibles estos casos individuales de reyes, carromeros, ratos, fabras, baltares y, con perdón, la madre que los trajo al mundo a todos. En este país estamos hechos a lo que haga falta y, como nos lo quiten, vamos a tener mono de tanta sinrazón.
Así que, por favor, las rebajas y la cuesta de enero. Y que siga la charanga y la pandereta, que todos bailaremos y jalearemos este baile continuo.

domingo, 6 de enero de 2013

REGALOS

          
Es noticia de hoy mismo la siguiente: “Un tercio de los regalos recibidos durante el año 2012 fueron devueltos o descambiados porque no les gustaban a los que los recibían”.
Esta sí que me parece una noticia pues se ofrece el día del regalo por excelencia y acaso invite a pensar en alguna causa y hasta en alguna consecuencia.
Muy poco se me ocurre en lo que se refiere a los juegos de los niños porque no tienen capacidad para discriminar entre juguetes mejores o peores, y la elección hay que atribuirla solo a los padres o familiares. Mucho que decir, muchísimo, acerca del tipo de juguetes que estos más compran y regalan.
Esto de la tercera parte se refiere casi en exclusiva a toda la parafernalia de presentes entre personas que tienen criterio, o que, al menos, tienen algún gusto determinado. Y no resulta sencillo navegar en este charco porque intervienen demasiadas variables.
El genérico de regalar como detalle de afecto y hasta de cariño no parece que pueda entenderse como algo negativo. Siempre significa que a esa persona se la tiene en el recuerdo y que en alguna medida importa para el que regala. Menos claro es el grado de afecto de cada caso. A veces no se supera el nivel del simple compromiso social.
El ambiente favorable ya se encarga de inventarlo y de promocionarlo, de disfrazarlo y de endulzarlo el mundo comercial pues ya se sabe que todo vale para el convento con tal de que la cuenta de resultados sea favorable. Y ahí aparecen las fiestas de la madre, del padre, del abad y de la madre superiora.
Pero hay una variable que tal vez sea la que más contribuya a este trabajo añadido de descambiar, de regalar a otro lo ya regalado y de dejar en el eco del silencio alguna palabra de fastidio. Es la de la sorpresa. El regalo parece que no es tal si no es ofrecido sin que el destinatario tenga notica de él. Por eso después aparecen las camisas de distinta talla, el libro repetido, la chaqueta o la bufanda cuando gusta ir a pecho descubierto, o incluso el invento electrónico para el uso del cual se necesita un cursillo intensivo.
¿No sería más sencillo contar con el que va a recibir el regalo y ajustarse un poquito a sus gustos y necesidades? Ya sé que desaparecen los melindres y las caras de extrañeza. Pero también se ahorrarían los tiempos del cambio y las caras insinceras. Recuérdese que no se pueden poner malos gestos: qué descortesía.
Conmigo no suelen tener demasiadas dificultades si no se salen del carril de los libros. Si se salen de él, todo se complica un poquito más. Y siempre hay un poco de todo.
Sigo recordando -ya con nostalgia- las veces que, en tal día como hoy, me regalaban un libro, libro que yo leía y que cambiaba al día siguiente, con la disculpa de que ya lo tenía en mi biblioteca.
En fin, descenderemos de los reyes magos a los reyes parlamentarios, y, de estos, si se puede, a una república popular.

jueves, 3 de enero de 2013

EL SUELO SE HACE NIEBLA

EL SUELO SE HACE NIEBLA
El suelo se hace niebla y se engaraña
buscándose en sí mismo. Si supiera
cómo lo busca el día y lo reclama
desde los altos riscos y los soles…

Acaso presupone que hay mañanas
en las que todo invita a andar dormido,
tal vez el sol y el cielo, compasivos,
le han acercado un manto y lo han tapado.

¿Para qué la ceguera de la niebla?
¿Qué gota ha de temblar a ras de suelo,
llorando los recuerdos de los mares?
¿Qué manto pudoroso disimula
la certeza terrible del desnudo?

Entre la densidad de la ternura,
germinará la luz, otro milagro
de cielo y suelo, de silencio y vida.

Fotos: Manuel Casadiego

miércoles, 2 de enero de 2013

CONSUMIR Y DERROCHAR

                  
¿Y qué me pido yo para los Reyes? O, por alzar la vista, ¿qué lista hago para todo el 2013? Si el caso es que lo pienso y soy muy rico. Veamos: tengo casa donde vivo seguro al calorcito, puedo comer varias veces al día, miro en mi armario y me sobra ropa para vestir y no pasar frío, mantengo un alto grado de curiosidad por conocer cosas nuevas, cumplo incluso con el gusanillo de la expresión escrita, vivo en una familia a la que quiero y me parece que me quieren. ¿Qué más puedo pedir? ¡Pero si incluso ahorro, creo que no tanto por el afán de hacerlo como por la desidia de no sentir la necesidad de gastar y consumir!
Y, sin embargo…
Aprendí hace muchos años que nada hay completo y que el ser humano no puede ser feliz si su historia y la de los que lo rodean no cumple ciertas exigencias. Es muy verdad que el hombre es su historia y que la sociedad es el cruce de una inmensidad de historias. Y ese tejido lo veo poco apropiado para el frío pues solo de mirarlo en el escaparate me dan vértigos y me pongo  tiritar.
Me vale cualquier ejemplo, y son muchos, por desgracia. Sea el más acuciante, el de la supervivencia, aquel que viene a dar certeza a aquello de primum vivere, deinde philosophare.
¿Para qué hablar de otras cosas si esto apabulla  por sus dimensiones y por su inmediatez? Aunque la práctica indica que lo miramos como miramos la lluvia que descarga en el océano.
Otra vez los datos: En Europa se tira la mitad de los alimentos, el 50%, un pan de cada dos, un filete de cada dos, media docena de cada docena, un yogur de cada dos, un plato de alubias de cada dos, un chorizo de cada dos, una merluza de cada dos, una riquísima ensalada de cada dos, media docena de huevos de cada docena… ¡!!UNO DE CADA DOS!!!  La comida se queda en los campos sin recoger por falta de rentabilidad, se pierde en la cadena de alimentos, se despilfarra en los restaurantes donde cada cual exige lo exclusivo, o termina en los contenedores, en los cuales, muchas veces, no se puede oler si no se quiere uno buscar una buena multa.
Algunos hemos tratado de razonar muchas veces, desde la simpleza, ante esta llamada crisis que sufrimos: ¿Se produce ahora más harina y más pan que hace pongamos cinco años? Sí, ¿Se recolecta más arroz que hace cinco años? Por supuesto. ¿Se engordan más animales para carne y leche que hace cinco años? Evidentemente ¿Se cultivan y se recolectan más tomates y frutas que hace cinco años? Por supuesto. Solo una pregunta más: ¿Se puede vivir con pan, arroz, carne, leche, tomates y frutos? No hay duda.
Entonces, buen amigo, aquí no falla la producción; lo que está fallando es la distribución. Estoy dispuesto a dejarme convencer de lo contrario, pero no veo la forma de argumentar de otra manera. Para apabullar aún más, habrá que recordar que hoy se producen alimentos por tres veces más que hace cincuenta años; la población mundial solo se ha multiplicado por dos, aunque no es poco.
Si fuera verdad que lo que realmente falla es la distribución, no sería extraño que alguien se animara a pensar qué sistema social nos hemos dado que permite que tanto se quede por el camino. Cada cual lo puede hacer desde su sesera y desde su interés por el asunto. Ahí están los mercadillos al lado de las grandes superficies, los pequeños comercios cerca de los grandes almacenes, las exigencias del fuerte y las humillaciones del pequeño productor, el Corte Inglés frente a una pequeña fábrica a la que le compra -vaya usted a imaginar cómo- toda su producción, los cultivos ecológicos frente a las grandes extensiones con química a todo pasto, las deslocalizaciones a lugares donde es más fácil la explotación… Y lo que cada uno quiera mirar. Si es que no es nada difícil; si es que para esto no hay que ser ni economista ni coños que lo fundó.
Tal vez cada uno a su manera y a su forma llegará a conclusión de que al alimento lo hemos convertido en un simple elemento más de mercado y que lo que interesa es solamente el movimiento de esa unidad de mercado. Lo demás nada importa; todo está al servicio de la cuenta de resultados de las grandes compañías, que mueven mercados, economías y -lo que es infinitamente más rechazable- voluntades a su antojo.
Los demás no somos más que unos guiacarritos en el supermercado que aplaudimos con las orejas la oferta de turno y pagamos en caja lo que nos pide la cajera. A lo mejor no es hacer demasiado para cambiar esta situación. Tal vez hasta se nos pueda calificar de cómplices de todo este desaguisado. Uffffffffffffffffffffff.

martes, 1 de enero de 2013

EN BUSCA DEL SECRETO DE LA MONOTONÍA


¿Será algo nuevo repetir que no hay nada nuevo bajo el sol, que los elementos se repiten secuencialmente y que apenas hay novedad en el arranque de cualquier período? Y, si esto fuera así, ¿merece la pena repetirlo y seguir dándole vueltas una y otra vez? No lo sé. Sospecho que sí, sobre todo si en la insistencia uno sigue sabiendo extraer consecuencias y reafirmando o cambiando las ideas que tenga.
Porque el tiempo queda atrás y el año viejo ya se mira desde el espejo del pasado. Porque el nuevo año comienza y lo hace con las mismas coordenadas y prácticamente los mismos resultados. Porque las prácticas festivas son las mismas y con un colorido similar.
Anoche despedí el año de manera tradicional. Para mí, tradicional significa juntarme con mi familia amplia y pasar un rato desigual. Este año faltaban, de mi familia más próxima, Miguel Ángel, Merce y Sara. Lo sentí mucho, pues daría media vida por tenerlos siempre cerca de mí. Es una postura seguramente egoísta pero es la que es y así lo reconozco.
En cuanto se pasan los brindis y los parabienes, me vuelvo a mi costumbre ya antigua y solitaria: me salgo en silencio calle abajo, en busca del silencio y de la oscuridad. Por el camino voy dejando atrás las luces y el ruido de las gentes que parecen poder mostrar solo la alegría a través de los gritos. En cuanto me sumerjo en el paseo del túnel del viejo tren, el tiempo se me detiene y ya soy solo mío. Allí, en el esquinazo, hoy semiderruido, vivieron mis padres muchos años; allí sigue mi recuerdo y allí me siento un poco más cerca de ellos. Cualquier evocación es solo mía, es solo nuestra, de nosotros tres; y en ellas me detengo con deleite. No es más que mi pequeño homenaje a su memoria.
Después me voy sin tregua hacia la semioscuridad que ofrece la carretera general a esas horas. A la altura de la Fuente de doña Elisa –siempre ese día solitaria y honda-, me giro para mirar la ciudad, esta ciudad estrecha y hoy luminosa y alterada. Qué contraste de colores, de ruidos y de sensaciones. Porque los contrastes no son solo horizontales sino también verticales; se opone la luz a la oscuridad, el ruido al silencio, pero también el suelo al cielo, los límites del tiempo a continuum del mismo, las partes al todo, lo pequeño a lo inmenso y lo prescindible a lo fundamental. Algún loco inoportuno viene a alterar, con su velocidad sin tino, la serenidad del caminante solitario, pero es solo un momento. A la altura de lo que en Béjar se llama fábrica de gaseosas Molina, me gusta detenerme; allí es donde mejor enfrento los conceptos y las sensaciones. Y entonces creo que el fin de año adquiere otro sentido para mí; o, en todo caso, deja de tener el sentido mostrenco y repetido que parece dársele en todos los sitios, sobre todo en los públicos. Durante esos minutos pasan por mi mente sensaciones muy diferentes y adquiero la certeza de que hay ratos que realmente merecen la pena. Este año, la niebla densa ayudaba a poner contexto apropiado.
Cuando pasan esos minutos, todo es ya vuelta a lo sabido. Otra vez este año había un fallecido en el tanatorio de la carretera. Menudo fin de año diferente para sus deudos. Por la Corredera, escasos viandantes en cuadrillas, camino a cualquier parte. Me sigue sorprendiendo negativamente que algunas chicas vistas faltas minúsculas en días de invierno y en noches de niebla y frío. Mejor no glosarlo.
Nadie se extraña en casa de mi vuelta pues se ha convertido en costumbre y simplemente me dejan hacer, supongo que con pensamientos diferentes. Cualquier charla insulsa cierra la jornada a falta de canciones o de chistes.
Y eso es todo, tan simple como eso.
El día de Año Nuevo sigue siendo el más corto con mucha diferencia. El levantar sin prisas, en mi caso hora y media de lectura, la visita obligada al Buen Pastor con pérdida incluida y búsqueda angustiosa de un residente, las comidas, alguna despedida y de nuevo la noche. Y así se gasta el primer día de otro trozo de tiempo tan corto como un año.
Y mañana de nuevo a la costumbre, a reincidir en el secreto de eso que llamamos monotonía y que tanto nos acecha si no andamos con tiento. Hay que darle esquinazo y a ello vamos.