viernes, 15 de febrero de 2013

UNA PLAZA LEGISLADA



La terraza más pequeña de mi casa, que ahora uso bastante, da a una plaza cuadrada, tal vez una de las mejores de la ciudad estrecha encaramada en este cerro oblongo. Su historia es muy extensa y daría para un relato muy largo: en ella se han dado cita ignorancias, intentos de soborno, olvidos políticos, diversiones, aparcamientos a gogó…
En las últimas semanas han cercado la mitad -tras un acuerdo con algunos de los vecinos- con una valla metálica de unos dos metros. En el interior de esa mitad podrán jugar los niños por el día. Por la noche podrán aparcar coches. A los lados también han limado una de sus partes y han creado más plazas de aparcamiento. En definitiva, han dado prioridad a los vehículos frente a la necesidad de espacio de las personas, sobre todo del juego de los niños.
Cuando miro me dan ganas de tirar pan a los niños que veo enjaulados. Como si de un circo se tratara. A mí me parece una vergüenza y una muestra más del sesgo que le estamos dando a la escala de valores en la que andamos metidos.
¿Qué puedo yo invocar para modificar esta situación, contraria a mi pensamiento?
No puedo hacerlo llamando a las leyes reveladas; entre otras cosas porque, en esos asuntos de revelación no sé si existirán los vehículos, y eso que muchos de los defensores de esta nueva situación son verdaderos meapilas y tendrían vara alta, supongo. Por ahí no podemos ponernos de acuerdo.
Tampoco puedo invocar las leyes de la naturaleza, como no sea la del sentido común, que se acercaría a una lógica simple pero universal: el sentido común es el menos común de los sentidos. Otro camino cegado.
Solo queda la fuente de las leyes positivas, ese fárrago de leyes, reglamentos, artículos y versículos en los que el ser humano tiene que afanarse para poder sobrevivir.
Porque la ley no debe de ser otra cosa que una escapatoria del ser humano ante la inseguridad de sus relaciones con los demás desde posiciones diferentes. La libertad individual absoluta termina siendo también el miedo continuo a la libertad absoluta del de al lado. Por ello existe la necesidad de prescindir de parte de esa libertad individual, con tal de tener alguna seguridad de que las actuaciones van a ser respetadas en el futuro, según un patrón acordado en común. Con la parte de libertad cedida por cada uno se organiza ese territorio común por el que andar con una pizca de serenidad y de confianza. Y en ese territorio aparece la ley.
Pero enseguida se me surge una duda que no sé hasta dónde pueden ser salvable; es la duda de si la ley, por muy perfecta que sea, puede recoger todos los aspectos de la vida, o esta -la vida- es algo mucho más rico y plural que el articulado de una ley. De hecho, la ley anda siempre a la caza de la realidad, siempre cambiante y movediza. Por eso las necesarias interpretaciones de la misma, y los beneficios que obtienen los espabilados de turno y los que poseen más medios para pagar a interpretadores de la misma.
Y también extraigo dos consecuencias importantes. La primera es que las leyes han de referirse solamente a la parte de libertad que han dispuesto ceder los ciudadanos, y no al resto; lo demás ha de ser particular y personal. La segunda es que la ley ha de buscar como fin la defensa y la libertad del ciudadano individual frente a los demás.
Por eso, solo se puede juzgar positivamente y dictar penas sobre aquello que está en la ley, los juzgadores tienen que ser distintos a los legisladores y la pena debe orientarse siempre a la recuperación del individuo, si no, se convertirá en venganza, y no se me alcanza qué bien puede producir esta.
También estos principios -aunque creo que tienen un alcance universal- me tienen que servir para el asunto nimio de mi plaza, por más que bien me gustaría encerrar en la jaula a más de uno. Y a más de dos.

jueves, 14 de febrero de 2013

NOCHE MENOS OSCURA DEL ALMA


Como no he descubierto ninguna aproximación exacta al amor, me conformo con aquellas que acaso mejor se acercan a algo tan desconocido, tan inasible, tan esencial y tan dado a interpretaciones diversas. A pesar de tantos intentos.
Sencillamente copio y admiro una de esas cimas que a mí más satisfecho me dejan siempre y que más me gusta compartir. Llevo mucho rato hoy, y muchos años hasta hoy, leyendo poesía amorosa y me sigue dejando satisfecho y hasta olvidado.
“En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.

A escuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a escuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz ni guía,
sino la que en el corazón ardía.

Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía,
a donde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.

¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!

En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.

El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería,
y todos sus sentidos suspendía.

Quedeme y olvídeme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo y déjeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado”.
Juan de Yepes   San Juan de la Cruz

miércoles, 13 de febrero de 2013

FUENTES PARA BEBER



Solemos gastar el tiempo en discusiones acerca de la bondad o la maldad de los hechos y de las normas que regulan nuestro paso por la vida. En ellas ponemos nuestros mejores esfuerzos y nuestro diverso poder de convicción. Porque defender nuestras posturas ante algo es no solo autoafirmarnos sino ganar territorio ante los demás. O al menos sentir que la comunicación y la relación se produce. Aquello de quién anda por ahí, por si puede y quiere responderme y compartir conmigo algo.
Tal vez no estaría de más pensar en los orígenes de esas leyes que ya vemos concretadas en principios o en hechos y ante los cuales nos enfrascamos con mayor o menor altura de miras.
No seré nada original si afirmo que, en resumen, tres son las fuentes de donde saca el ser humano los principios que han de sustentar las leyes y las acciones que los visualizan cada día.
Una tiene -y sobre todo ha tenido- que ver con las revelaciones. Es todo ese mundo confuso, borroso y enmarañado que conforma lo que llamamos las religiones. Para los fieles más convencidos, incluso se sitúa en primera línea de salida y en el vértice de la pirámide, y todas las otras fuentes tienen que ser manantiales secundarios de ella. Por eso tantas discusiones entre fe y razón, y por eso tantas guerras y tanto fanatismo por la Historia.
La segunda manaría agua de lo que se llama ley natural. Y natural tiene que ver con naturaleza. Y naturaleza nos evoca cambios lentísimos, casi imperceptibles e incluso como por encima de los cambios sometidos a la mente humana. En todo caso, la naturaleza se puede estudiar, aunque no sea fácil cambiar. Y en ese estudio puede participar cualquier mente humana; es decir, que la ley natural, en lo que se refiere a su conocimiento y a su seguimiento, se democratiza, se hace humana, se doma y se asimila, por más que todo ello se haga con dificultad. Pertenece, por tanto, más al dominio humano, es un pozo más asequible para nuestras mentes.
La tercera y última es la que se basa en las convenciones sociales, en eso que llamamos leyes, desde las más generales, como puede ser la declaración de derechos humanos, hasta los reglamentos más particulares.
¿Cómo hacer conjugación de estos tres niveles? ¿Cómo hacer ver a los fieles de una religión que lo que no es accesible a la razón humana no puede ser impuesto como manera de comportamiento a todos los ciudadanos? ¿Cómo separar campos y tiempos de actuación entre los preceptos revelados y los de las leyes humanas? ¿De qué manera discriminar cuando las leyes humanas no coinciden con las reveladas? En separar ambos campos y en intentar hacer entender que, cuando haya contradicción, hay que aplicar la ley humana, como general y universal, ha consistido, en esencia, todo eso que llamamos modernidad. Aún andamos en ello y no con demasiado éxito.
Los creyentes de religiones monoteístas tienen un esquema muy sencillo, lo que no quiere decir que sea el más acertado. Con afirmar que la naturaleza y sus leyes proceden de su dios y que tienen que ser semejanza de él, lo tienen arreglado. En el escalón inferior se sitúa al ser humano, que, en mayor medida aún, es imagen del dios y ha se someter sus leyes a las reveladas. En esta jerarquía inmovilizada, en cuanto cambiamos la naturaleza del dios, aparecen los enfrentamientos inevitablemente, y con ellos las guerras más feroces. La Historia nos enseña infinitos capítulos de la misma estructura.
En cuanto aspiramos a dar protagonismo al ser humano, a todos, por su capacidad intelectiva, la pirámide se derrumba y aparece otra nueva edificación y otras morales y éticas diferentes. La virtud religiosa no es la misma que la virtud natural o que la virtud política. Esta última es cambiante según los intereses de la comunidad y esos cambios rechinan siempre en los otros pozos de la naturaleza y de la revelación. Por eso los fanatismos, las resistencias, los inmovilismos, los escándalos, los fariseísmos y los blindajes ante cualquier cambio, la pervivencia de las costumbres más rancias…
¿Por qué, por ejemplo, hay tanta gente que apenas cumple mínimos de civilidad, es decir, de ética social y de comportamiento, y a la vez no falla a ninguna expresión de práctica religiosa?
Todavía andamos en época de hacer entender a muchos que existen diversas morales, diversas formas éticas, y que ya no es posible aquello de conmigo o contra mí, o aquello otro de fuera de mí no hay salvación. Y no es fácil avanzar: se caerían demasiadas torres. Y muchos palos del sombrajo.

martes, 12 de febrero de 2013

CHIRIGOTAS EN MADRID


               
“Rajoy, bájate del guindo, por favor, que España no aguanta más; // bájate del guindo, por favor, que España ya está aruiná”. Estribillo de una copla chirigotera cantada en la Plaza de la Villa en Madrid, el 10-02-2013.
Los hechos concretos solo adquieren carta de naturaleza cuando se instalan en la costumbre y se realizan sin intención específica y concreta. Cuando esto sucede, sencillamente se hacen y no se discuten porque han pasado a formar parte de lo normal en la vida de la gente. La gente, por ejemplo, no se plantea demasiado la bondad o la maldad del casamiento (o no se lo venía planteando) porque estaba en el código genético de las costumbres. De hecho, alguien respondió teatralmente a una pregunta al respecto con que se casaba por lo mismo que otros iban al fútbol los domingos.
El ejemplo no sé si es el más actual, pero poco me preocupa.
El fin de semana pasado estuve en Madrid (¿estuve o he estado?, porque duran sus consecuencias sicológicas en mí: de hecho me ha sugerido estas líneas). Como siempre, aproveché las horas en diversas actividades: visitas, compras, teatro, cenas, paseos…
El domingo asistí a una representación teatral extraordinaria. La Plaza de la Villa acogió una muestra de danzas y chirigotas carnavaleras. Entre mil y dos mil personas asistimos, durante casi tres horas y sufriendo un frío invernal, a un espectáculo excepcional. Con las chirigotas y murgas subieron al escenario los más conocidos personaje públicos y de allí bajaron en cueros y escarnecidos sin casi barreras ni límites.
La casa real, los políticos más conocidos, los apandadores más actuales, los tontos del reino… Toda la parentela desfilando sin máscara y sometida a juicio público y popular. Bajo el balcón del ayuntamiento de Madrid, la alcaldesa se desembotelló y se vertió en líquido corrosivo por el suelo de los madriles. Allí mismito, en el sitio de mando. El Palacio Real no estaba mucho más lejos, y la Moncloa tampoco.
Yo pasé tres horas envuelto por la emoción y la risa desatada. Y todo gratis.
El ambiente carnavalesco lo permite casi todo en un tono popular.
Y, sin embargo, estoy seguro de que, una vez resuelto el espectáculo, cada cual se fue rumiando lo visto para su casa, ajeno e individualizado ya, y sin el ambiente propicio para seguir el tono y la expresión crítica.
Madrid es una ciudad muy grande y todo allí es espectacular, pero también lo diluye todo como en un mar de olas.
Supongo que Madrid no tiene en su código genético la expresión de las chanzas del carnaval, con sus letras burlescas y afiladas, populares y directas, pero también fáciles de entender y sin rodeos. Tampoco conozco esas expresiones en otros lugares que no apunten al sur de España.
Tal vez en el centro y en el norte de la Península se reserven esas consideraciones para un ambiente y para un formato más refinados. Tal vez. Lo cierto es que dejar todo al disfraz y al baile más o menos procaz me parece demasiado pobre y elemental. Y no me gusta nada.
Asistir, aunque fuera arrecido de frío, al espectáculo de crítica basado en la música y en la letra, muy por encima del disfraz, en aquel escenario me reconcilió con el significado último del carnaval.
Tal vez porque Madrid es rompeolas de todas las Españas acoge las mareas más llamativas, pero también las deja diluir mar adentro y las pierde hasta la siguiente pleamar.

lunes, 11 de febrero de 2013

!!!ENORME SORPRESA!!!



Hace tan solo un par de horas que he conocido la noticia de que el Papa Benedicto XVI renuncia a ejercer su cargo porque dice: “He de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio”. Aquí copiar las palabras es un ejercicio de exactitud pues nadie puede pensar que no han sido muy bien meditadas antes de hacerlas públicas.
Me miro y me remiro y no salgo de mi asombro. Esta es práctica desconocida en la historia de la iglesia católica. Nada menos que 600 años desde el último caso. Y circunstancias favorables para que esta posibilidad, escondida en algún canon lleno de polvo, se hubiera ejercitado sobran: repasar la historia de tantos y tantos pontífices invita a pensar no solo en la renuncia sino en consecuencias mucho peores.
El último Papa se arrastraba casi literalmente y hasta mostraba su cara encendida de enfado por no poder casi ni balbucir unas simples palabras. Pero no cejó en el empeño hasta el último día.
¡Qué habrá visto el buen hombre para tener que tomar esta extraordinaria decisión!
En este tipo de instituciones hay un conglomerado de doctrinas, de liderazgos, de apariencias, de inspiraciones de palomas y, en definitiva, de práctica diaria, que impiden casi absolutamente que esto pueda suceder.
No soy ningún experto en ese mundo eclesial, ni tengo interés en llegar a serlo, pero es claro que hay asuntos que no encajan en absoluto y que, sea como sea, esta es noticia que afecta a todo el personal que en el mundo se mueve. A unos por la curiosidad, a otros por reflexiones de tipo social, y a muchos casi por hinchazón mística. De hecho, en esta sociedad de la piel de toro, por ejemplo, ya ha dado un gran respiro al asunto de la corrupción y de la crisis y, durante el próximo mes, no habrá día en el que no nos desayunemos con alguna variante de la noticia, del proceso de renuncia y de la elección del nuevo Papa.
La posibilidad de que todo se reduzca a la convicción de que, a cierta edad, es bueno dar paso a otras manos y a otras mentes existe, pero no es fácil de entender para el caso, sobre todo teniendo en cuenta los antecedentes históricos que hay. Será, sin duda, la que traten de ofrecer las gentes de la jerarquía y los fieles más dóciles. Allá ellos. Aventuro incluso que se apresurarán a clamar que en la iglesia sí que se ofrecen ejemplos y práctica de dirigentes que dimiten y lo dejan, como ejemplo para todos los demás. No hace falta ser muy listo para adivinarlo. Es práctica común a lo largo de la Historia. Niegan todo y, en cuanto aparentan cambiar el rumbo una vez, se proclaman adalides de esa práctica. Hay ejemplos a millares.
Qué sencillo sería entender que la biología impone lo que impone como algo normal e inevitable. Pero entonces las cosas se harían más creíbles y el halo misterioso y celestial se caería  y nos vendríamos a la razón y al sentido común. Y eso no encaja ni cabe en las religiones. Solo existen en tanto que se siguen escondiendo en el misterio y en las inspiraciones oscuras y accesibles solo a la jerarquía, que, curiosamente, es la que tiene que interpretarlas.
Se me ocurren otras dos vías de explicación y de exploración. Solo como indicios.
La primera tendría que ver con la situación de esa iglesia en el mundo. Este Papa tiene la losa de todas las religiones monoteístas: dogmatismo a discreción. Pero no es precisamente de los menos dotados entre sus congéneres. Él es el jefe supremo de una iglesia con sedes vacías, con menos fieles cada día, con los curas envejecidos en todos los lugares, con muy pocas vocaciones, con casi toda la juventud alejada de sus prácticas y con un futuro bastante incierto y siempre a la baja. Hay que suponer que sus obispos le tendrán al corriente de lo que sucede, por más que no hay más que abrir los ojos para verlo.
Sería entonces una mirada más humanizada y un poco más racional la que le habría empujado a tirar la toalla y a reconocer su incapacidad para continuar sin conseguir el éxito.
La segunda -tal vez en relación no alejada de la anterior- nos llevaría a considerar la situación interna de la Iglesia y de su jerarquía. Este es un mundo siempre cerrado y en busca del poder de muchos de los que merodean el Vaticano. ¿Quién puede conocer de verdad lo que anda por ahí metido? Mejor casi ni intentar imaginarlo.
Acaso haya algo de todo y la suma dé una losa que abruma hasta al mismo ungido por el Espíritu. Porque lo más extraño para mí es que ellos suscriben, en un botellón místico eterno, la iluminación del Espíritu y, en cuanto una persona es nombrada para la jerarquía, ven en ella al mismo cielo en persona y se echan a sus pies como si aquello fuera el éxtasis.
¿Cómo bajar del pedestal a un Papa en vida? ¿Y el Espíritu y su iluminación? ¿Y la sumisión que exigen las religiones monoteístas? ¿Y dos Papas vivientes y vivos? ¿Adónde dirigir la peregrinación y los vítores?
De momento, la sensación predominante en mí es la de la sorpresa y la de la falta de explicación razonable de este hecho absolutamente único e histórico. Ya se irán conociendo detalles.
Tampoco es difícil aventurar que el sucesor recorrerá los mismos caminos, porque la base es la que es y los posibles pastores están cortados por el mismo patrón: es difícil encontrar una institución más arcaica en las formas y en las prácticas y, sobre todo, tan varada en elementos irracionales y dogmatizados. De modo que poco nuevo se puede esperar.
Me gustaría estar en la mente del ciudadano Ratzinger para saber qué conjeturas y qué premisas conforman sus silogismos. Sobre todo en él, que parece que tiene demostrada la capacidad para producirlos.
Veremos.

jueves, 7 de febrero de 2013

DE AHORA Y DE SIEMPRE


Cesare Beccaria Bonesana es un autor italiano que, en el S XVIII reflexionó por escrito acerca de los fundamentos y la práctica del Derecho. En su breve obra “De los delitos y las penas”, recoge hasta cuarenta y dos breves meditaciones, en forma de capítulos, que dan pautas sensatas sobre los diversos apartados que componen el difícil y farragoso mundo de la teoría y de la práctica del Derecho. Una buena selección de sus ya breves textos nos daría una certera muestra de muchos de los fundamentos en los que se asienta el mundo jurídico, ese compendio, cada día más extenso y farragoso, que aspira a dar consistencia a nuestra convivencia y de cuya interpretación -tantas veces extraña y sorprendente- depende buena parte de nuestra forma de andar por la vida.
En el capítulo VIII reflexiona acerca de “los testigos” en la práctica del Derecho. De él solamente copio dos párrafos:
1.- “La credibilidad de un testigo, pues, debe disminuir en proporción del odio, o de la amistad, o de las estrechas relaciones que existan entre él y el reo. Es necesario más de un testigo, porque mientras uno afirme y otro niegue nada hay de cierto, y prevalece el derecho de cada hombre tiene a ser creído inocente”.
2.- “Finalmente, la credibilidad de un testigo es casi nula cuando se trate de un delito de palabras; porque el tono, el gesto, todo lo que precede o lo que sigue a las diferentes ideas que los hombres atribuyen a las mismas palabras, alteran y modifican de tal manera lo dicho por un hombre, que es casi imposible repetirlo precisamente tal y como fue dicho. Por otra parte, las acciones violentas fuera del uso ordinario –como son los verdaderos delitos- dejan su huella en multitud de circunstancias y en los efectos que de ellas derivan; por ello, cuanto mayor número de circunstancias se aduzcan como prueba, tanto mayor, tanto mayor será el número de los medios que se proporcionan al reo para que se justifiquen. Pero las palabras so permanecen más que en la memoria infiel y a menudo seducida, de los oyentes. Es, por tanto, mucho más fácil una calumnia sobre las palabras que sobre las acciones de un hombre”.
Las dos indicaciones se muestran de aplicación inmediata en cuanto pensamos en los acontecimientos que estos días llenan todos los medios de comunicación y buena parte de las conversaciones de la calle.
A mí me vuelve a interesar más su aplicación en los hechos menos de pasarela y más callados que jalonan la vida de todo hijo de vecino. Me refiero, una vez más, a los malos entendidos y al valor que hay que concederle a la lengua hablada y escrita. Casi todos los conflictos  terminan sustanciándose en esa mala interpretación de las palabras, en su reproducción inexacta y fuera del contexto inicial. De ese modo, lo que era una mota se convierte en la interpretación en un agujero negro y lo que no fue otra cosa que una gota de agua que el sol hubiera evaporado en un momento se transforma en la desembocadura del Amazonas.
Como no vayamos a los hechos con un poco de sentido común y de buena voluntad, todo se nos volverá dificultoso y la convivencia se hará más difícil siempre, todo se nos tornará graveza aunque no haya llegado el arrabal de senectud.
En el contexto vital de cada uno se verán los hitos marcados por esos malos entendidos, que proceden de la inexactitud de la palabra, pero también -y sobre todo- de la falta de sentido común y de la buena voluntad siempre necesarios.

miércoles, 6 de febrero de 2013

¿Y AHORA QUÉ?


En medio de esta turbamulta, de sobres y de robos, de cuentas y de cuentos, y hasta de descuentos, de defensas patéticas de lo indefendible y de desilusiones generales, el mundo sigue girando y las tardes vuelven al horizonte imperturbables y cada día con más luz, la gente continúa en su día a día, poblando las aceras y rumiando las cosas de la vida. La vida sigue y seguirá sin pausa cumpliendo sin descanso sus quehaceres, la intrahistoria seguirá forjándose en silencio y todos nos dejaremos ir en el rumor del tiempo y del espacio.
Los medios de comunicación continúan marcando el ritmo y seleccionando las páginas en las que quieren que fijemos nuestra atención. El medio sigue siendo la noticia, como dijo el estudioso del tema y puede comprobar cualquiera desde el sentido común, y todo lo demás se rebaja hasta la sordina y hasta casi el silencio.
Hace tan solo un par de días leí en un periódico provincial que aquello de “Los papeles del archivo de Salamanca” se había terminado de juzgar en el Supremo con veredicto favorable para la administración y para los catalanes que se los llevaron a sus tierras. Había perdido el ayuntamiento de Salamanca, y habían perdido sus arcas municipales una pasta gansa.
Ni me gusta ni me disgusta la sentencia, pero echo la vista atrás y no puedo menos de escandalizarme de nuevo con lo que tanto me escandalizó en aquellos días.
Apenas fuimos unos muy poquitos -al menos que yo sepa- los que nos atrevimos a denunciar por escrito la demagogia a raudales que se practicaba con este asunto desde los poderes públicos locales y provinciales en Salamanca. Cuando incluso los representantes regionales vociferaban considerándose maltratados por los poderes centrales del Estado y resaltando la supuesta alta dignidad de los castellanos en este asunto, escribí un artículo de opinión en El Adelanto de Salamanca con este expresivo título: “Aquí un castellano indigno”. En él venía a describir que no me sentía en absoluto indigno por el hecho de que se llevaran a otras tierras esos papeles en el proceso de una recuperación de algo que había sido expoliado muchos años antes y que debía volver a su sitio. Creo que este artículo fue una de las razones por las que me “invitaron” a dejar de escribir opinión en ese periódico.
No es el caso de recordar las circunstancias en las que estos hechos se producían y que justificaban mi opinión y mi postura. Tampoco me puede extrañar que hubiera personas que defendieran la unidad del archivo: sus razones tendrían. Tampoco despiertan en mí demasiadas simpatías las partes demandantes de dichos papeles precisamente. Nada puedo decir contra el hecho de que, después, se haya peleado jurídicamente por esos papeles.
Lo absolutamente asqueroso e insoportable fue el mar de demagogia que se desbordó y que anegó a infinidad de personas e instituciones locales, provinciales y regionales. Hubo manifestaciones pagadas, autocares y bocadillos gratis, discursos absolutamente babosos desde el balcón del ayuntamiento (aún tengo en la retina la imagen de un tal Alfonso Ussía en aquel balcón y siento asco), pancartas aireadas por gente que no sabía ni leer, cambio de nombre de calles en el peor de los estilos matones y barriobajeros, retransmisiones en directo de desfiles procesionales en pie de guerra por las calles de Salamanca y todo tipo de triquiñuelas y despropósitos que, solo porque la distancia pone pátina de olvido en su recuerdo, no provocan de nuevo vómitos y diarreas cuando se vuelve sobre ellos. Yo creo que no he asistido nunca a un proceso tan gruesamente demagógico y vergonzoso como lo fue aquel durante varios años.
Tengo la certeza moral de que muchos de los que azuzaban estas expresiones con dinero público sabían que no tenían razón, y mucho menos en las prácticas y en los tonos que utilizaban. Poco les importaba. Bien sabían que poner en pie de guerra a una población para defender un archivo de cuya existencia no tenían ni idea, y mucho menos de sus contenidos y de su funcionamiento, les concedía réditos electorales abundantes. Y a ello se agarraron. No sabían, pobrecitos -y ahora estoy pensando sobre todo en la derecha salmantina-, que en esta ciudad y en esta provincia no necesitan de estas puñaladas para conseguir victorias electorales, pues ponen de candidato a un palo y saca mayoría absoluta, por desgracia.
Pero ahí están los hechos. Ahora casi nadie se acuerda de ellos. Hasta los mismos medios que llenaron portadas demagógicas por toneladas, con tal de vender periódicos e ideas rastreras, recluyen la noticia desfavorable para ellos a un rinconcito de sus páginas. La propiedad de los periódicos es de quien es y así nos va.
Y la Historia y la historia son lo que son. Creo que voy a pedir un medallón en la plaza mayor de Salamanca. Para vigilar desde él la cantidad de sinsentidos futuros que se seguirán produciendo.