miércoles, 30 de abril de 2014

RECORDANDO A GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ


Ahora que se van apagando los ecos y los destellos de los reconocimientos a Gabo, ese castillo de fuegos artificiales que siempre estalla cuando muere alguien más conocido y que tan bien representa esta cultura, quiero dejar aquí una nota de mi reconocimiento al escritor y a la persona.
Lo primero que he hecho ha sido volver a las páginas de “Cien años de soledad” y leer la novela de cabo a rabo. Hacia veinte años desde la última vez que leí esta obra. Al menos eso reza en una nota que escribí en la edición que guardo en casa. ¡Cuánto tiempo! Por el camino han ido pasando otras obras del mismo autor, pero esta andaba perezosa y escondida en una segunda fila de mis anaqueles, como en un reino perdido y olvidado. Mea culpa, si es cierto lo que se apuntó en la nota.
“Cien años de soledad” representa una borrachera extraordinaria, una evasión casi infinita, un estallido celestial de la imaginación puesta al servicio de la esencia del ser humano, sobre todo del más necesitado.
La primera vez que la leí andábamos en aquello del boom del realismo mágico, de ese sesgo literario que no podía nacer ni crecer sino en América, en sus paisajes y en sus gentes.
Me parece que el realismo mágico venía fraguándose desde muchos años antes en escritores del sur y del centro del continente americano, entre aquellos que se habían acercado a sus tierras, a sus bosques tropicales y a sus selvas, a sus climas y a sus gentes, con un cariño y con una imaginación especial. Pero esta nota no quiere ser ninguna clase de historia de la literatura.
En esencia, Cien años de soledad no hace otra cosa que estirar la realidad hasta  situarla en los límites difusos de la imaginación, o estirar la imaginación hasta hacerla lindera con la realidad. Para ello hay que desdibujar los espacios y los tiempos, e inmediatamente, dar cabida a los personajes con cualidades apropiadas a esos paisajes y a esos tiempos. Ese es el momento en el que la realidad se hace mágica, o la magia se hace realidad.
Porque, por ejemplo, ¿dónde está Macondo? Y quién sabe. Solo se puede asegurar que “en la ciénaga”. Pero recuérdese que, por sus calles andaban gitanos, árabes, algún sabio catalán y familias con descendientes extraordinarios y numerosísimos, emprendedores de los más disparatados oficios y rebeldes sin causa hasta en treinta guerras. ¿Cómo nos puede extrañar entonces que alguna vez llueva durante varios años seguidos?
Rotos los parámetros más mostrencos y aparentemente racionales, el mundo se vuelve a crear, como se creó Macondo. Y se vuelve a olvidar, como se olvidó Macondo y se perdió la pista a los Buendía, a pesar de que “El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y el último se lo están comiendo las hormigas.”
El fondo de la historia es así de elemental según la versión de Aureliano Segundo: “Macondo fue un lugar próspero y bien encaminado hasta que lo desordenó y lo corrompió y lo exprimió la compañía bananera, cuyos ingenieros provocaron el diluvio como un pretexto para eludir compromisos con los trabajadores (…) el ejército ametralló a más de tres mil trabajadores acorralados en la estación, y cargaron los cadáveres en un tren de doscientos vagones y los arrojaron al mar.” Y, frente a esta versión, “la verdad oficial de que no había pasado nada.”
Entre el primer fundador y el último superviviente pasaron cien años de ilusiones y de imaginación, cien años de soledad y de empeños, de realidad mágica y de mágica realidad. La novela es la voz de aquellos que no tienen voz en la realidad real pero sí la tienen en la realidad soñada, que, por ello, se convierte en realidad mágica y solitaria.
Pero el principal valor en mi lectura es el literario, el tono impecable que no decae ni en una sola línea de las muchas que componen la historia. Y es ante este monumento literario
Ante el que me postro para ungirme de su misterio y de su dominio tanto de los tiempos de la narración como de las imágenes continuadas, como del léxico o dela tensión global. No es momento de glosas de este tipo, pero sí es obligado copiar algunas líneas tomadas casi al azar:

“Llovió cuatro años, once meses y dos días. Hubo épocas de llovizna en que todo el mundo se puso sus ropas de pontifical y se compuso una cara de convaleciente para celebrar la escampada, pero pronto se acostumbraron a interpretar las pausas como anuncios de recrudecimiento. Se desempedraba el cielo en unas tempestades de estropicio, y el norte mandaba unos huracanes que desportillaban techos y derribaban paredes, y desenterraron de raíz las últimas cepas de las plantaciones. Aureliano Segundo fue uno de los que más hicieron para no dejarse vencer por la ociosidad…” Y así todas las páginas y las líneas que componen el libro. Amén. 

lunes, 28 de abril de 2014

CONCIERTO PARA DOS SANTOS


No sé por qué vengo a contemplar, e incluso a comentar, sucesos que se producen por ahí. En realidad, cada día me siento, en valores y en acciones, más lejos de lo común y de aquello en lo que se detienen los medios para formar opinión y para hacer creer que es todo lo que sucede y pasa. ¡Y es mentira, coño, es mentira! Porque es verdad que ayer se jugaron partidos de liga, pero también es cierto que mucha gente paseó y disfrutó del campo, que otros leyeron y pensaron, que muchos rezaron no se sabe a qué dios, que otros se sintieron más debilitados en el camino de sus vidas, que muchos acompañaron a los enfermos más desvalidos y que tantos y tantos tomaron unos vinos y conversaron sobre asuntos inanes o sesudos. O sea, que sucedieron muchas cosas y de ellas casi todas quedaron en el olvido y nadie, salvo sus autores, conoció de ellas, las gozó o las sufrió, y todos fueron tejiendo la intrahistoria oscura y sin glamur. Vaya por dios.
El caso es que, de lo de ayer, nadie se quedó sin su ración de santos y de santidad. Un millón de personas de botellón místico en Roma, las televisiones a todo trapo y a todas horas, viajes oficiales a gogó y misterio al por mayor.
Ayer fueron canonizados dos santos más en la iglesia católica. Yo no conozco que en los evangelios se hable de santos. Y el caso es que los leo de vez en cuando. Será mi torpeza. Pero estoy dispuesto a no levantar la voz si a ellos les satisface y se quedan contentos. Qué otra cosa mejor puedo yo desear que ver a la gente contenta.
Pero sé que el razonamiento, así planteado, es demasiado simple y engañoso. Por pura analogía tendría que sentir satisfacción al ver a un borracho contento de acera en acera. Y no es el caso. El ejemplo lo aporto a modo de analogía y sin deseo de molestar a nadie.
¿En qué lugar me tengo que instalar, pues, para poder seguir opinando? Pues en el de la mesura y en el del sentido común. Veamos.
Se canoniza a dos papas muy recientes, de los que muchos seres humanos tienen formada opinión de manera directa, pues los han conocido. Lo mismo me sucede a mí con Juan Pablo II (de Juan XXIII tengo las imágenes más espaciadas y vagas). Y se hace con el aval de dos milagros atribuidos al  nuevo santo, aunque dependiendo de la voluntad final del papa correspondiente. Y los milagros se someten no a criterios racionales sino espirituales y de fe, o sea, vete a saber a qué en realidad. Y, además, bajan la exigencia y el baremo hasta niveles ridículos: asuntos soñados o apariciones en sueños. (Vuelvo a recordarme que, en una página web de la Junta de Castilla y León abierta para la causa de beatificación de Isabel la Católica, se aportaba como posible milagro haber encontrado en una pantalla de ordenador algo que se estaba buscando y que no aparecía. Juro que no invento nada).
Son estos fenómenos, son estos caldos de cultivo en los que se mueven estas celebraciones, son las explicaciones imbéciles que dan algunas que pasan por expertas vaticanistas y que lo que dominan son las desviaciones mentales de aquellos más forofos que exaltan cualquier tontería de sus ídolos, son las representaciones diplomáticas desmesuradas, son las excursiones y los esfuerzos gastados para asistir a una ceremonia que se puede seguir desde cualquier lugar cómodamente, y es, en definitiva, todo lo que de irracional y de espectáculo de masas tiene un ceremonial que ensalza a gente que tendría que responder a la pobreza y a la sencillez, al amor y a la proximidad con los más débiles, lo que me deja perplejo y como atontadito, como sin poder de reacción y pensando si estaré realmente un poco loco o algo extraviado.
Tendría que ser -me parece- un análisis de los hechos y de los pensamientos que firmaron o que propiciaron los nuevos héroes lo que realmente nos ocupara y les ocupara. Cada cual tiene su escala de valores y sabrá en qué medida se siente próximo o lejano a estos personajes, tan dispares y distintos, por otra parte, Juan XXIII y Juna Pablo II. Del segundo de ellos me salen sombras que me dejan el día nublado y con pinta rara: preservativos, teología de la liberación, sida, matrimonios tradicionales, movimientos absolutamente encriptados e inmovilistas, cuentas vaticanas, pederastias… Mejor no seguir.
Supongo que, a partir de ahora, se convertirá en inercia por lo menos la beatificación del antecesor: qué menos.
Tendrá que ser así, pero ni lo entiendo ni me reconforta. Si echáramos algo más de esfuerzo en el análisis y en los modelos de vida y un poco menos en los espectáculos, en los botellones y nos pusiéramos alguna vez menos en concierto…

Y llegará el de turno y me dirá tú métete en tus cosas  y deja que los demás hagan lo que les apetezca. Y acaso hasta tendrá razón. Qué sé yo.

domingo, 27 de abril de 2014

´Breverías¨ (II)

.
.- Cuando yo me muera no tengan ustedes miedo a mi cadáver, por favor. 78.
.- Los niños antes de tener uso de razón siempre tienen razón. 80.
.- Todos los nombres de danzas populares comenzaron siendo viles y envilecedores. La estúpida aristocracia lo quería así: villanelas, garrotines, bulerías (embustes), muñeiras (molineras emputecidas), folías (locuras), escarramanes, fandangos, cachuchas, zorongos, jaleos, zarabandas, zamacucas, matachines, changüís, pies de jibao, tarantela (picado de la tarántula), mitote, zambra, canaria (de can, perro), jácara, zarabanda, vito, corralera, moharracha, zangarrón,  y naturalmente jota (puta). 81.
.- Es una tontería discutir sobre religión con ningún sacerdote de ninguna iglesia porque viven (comen, visten, se albergan) de la doctrina a la que sirven, con fe o sin ella. 82.
.- La mujer nos hiere -el flechazo- y el hombre se defiende -penetración viene de pene- y siembra la matriz. Como en todo combate hay víctimas, nace un niño. 90.
.- El promedio de vida del hombre ha subido diez años en este siglo. Yo creo que es debido al uso de los desinfectantes en las iglesias, sobre todo en los confesionarios. 90.
.- Si en el inconsciente de cada cual nace Dios -y no hay duda de que allí nace-, resulta que nuestro inconsciente es la madre de Dios. 93.
.- Lucrecio nos dice: el cuerpo no necesita sino la ausencia del dolor y el espíritu un bienestar sin angustias. 94.
.- Nadie es desgraciado hasta que piensa de veras que lo es. 102.
.- El vacío es todopoderoso porque puede contenerlo todo, dice Laot-sé. 105.
.- No amamos nosotros a la muerte, es la muerte la que nos ama a nosotros y cada cual le corresponde en la medida de sus posibilidades, aunque espera siempre una oportunidad para serle infiel. 112.
.- Nuestro universo no está hecho de verdades universales sino de probabilidades. 114.
.- ¿Dios no puede morir? Entonces es probable que nos envidie. 122.
.- Cuando nos vamos de la vida, la dejamos intacta. 131.
.- “Malanges”, dicen los gitanos. ¿Pero hay ángeles malos? 150.
.- Vale la pena repetir que nos refugiamos en la soberbia por miedo a la verdad de nosotros mismos. 151.
.- La muerte es un desahucio sin apelación en el que solo nos dejan una sábana. 154.
.- “Matando el tiempo”, solemos decir a veces. Absurda pretensión. Es el tiempo el que nos mata a nosotros. 160.
.- El campesino analfabeto, cuando oye al filósofo de la ciudad decir que el existir del hombre se basa en el estómago y el sexo, comenta: “Eso lo sabían ya todos los perros de mi pueblo”. 165.
.- Todos los días de nuestra vida -menos el último- han sido vísperas. 169.
.- El silencio tiene ecos, también. La poesía, por ejemplo, es o trata de ser eco de los silencios de Dios. 174.
.- Las bodas crean adeptos entre los invitados. Siempre se conocen en ellas parejas nuevas que se hacen novios y se casan. Pero los entierros hacen más adeptos todavía. 175.
.- “Lo vi con estos ojos que se ha de comer la tierra, decía un gitano y añadía por lo bajo: ¡siquiera se le indigesten! 187.
.- Hay varias clases de orgullo. El orgullo de la humildad es peor que los otros. 192.
.- Algunos días solo hay en el mundo dos personas: nuestro enemigo y nosotros. 193.
.- Bastante es mejor que demasiado. 194.
.- Las religiones hacen tantos prosélitos porque es más fácil creer en lo que no se ve que en lo que vemos cada día. 195.
.- Todas las palabras tienen sentido, pero no hay palabras para nuestros mejores sentires. 211.
.- Todos los artistas de hoy tenemos por lo menos veintiocho siglos de edad. 214.
.- La conquista del espacio está bien. Pero es muy fácil ese espacio exterior. En la conquista del espacio interior querría verlos. 214.
.- Nuestra idea del tiempo es la base de todo el practicismo de la Humanidad. Por eso algunos no usamos reloj. 228.
.- Cada edad tiene su manera de entender la bondad y de practicar la maldad. 233.
.- Hay instantes de gozo o de infortunio donde se advierte cierta dosis de eternidad. 234.
.- Si no eres indispensable para alguien estás de más en el mundo. 246.

.- No seamos pesimistas. Cada instante del día y de la noche es el amanecer glorioso en algún lugar del mundo. 245.

viernes, 25 de abril de 2014

ALGUNAS ´BREVERÍAS´


    ALGUNAS ´BREVERÍAS´ del libro “TOQUE DE QUEDA”, R, J. SENDER
.- Pertenezco a un partido que tiene un solo militante: Yo. Así y todo discrepo y lo traiciono muchas veces cada día. Pg. 8.
.- No es que uno sea mejor que el vecino pero hay que tratar de parecerlo por respeto precisamente para el vecino. Pg. 10.
.- Nuestra sombra nos habla pero no la escuchamos porque suele decirnos impertinencias. Pg. 13.
.- El que nos niega nos afirma condicionalmente. Lo peor no es negarnos sino ignorarnos.
.- La vida perdurable. Bien. ¿Pero qué vida? La que conocemos no la quiere repetir nadie. La que querríamos no existe. Pg. 15.
.- Nos reímos olvidando que el dinero y el amor son aliados más frecuentes que el amor y la pobreza. Pg. 22.
.- A los ochenta y tantos años suelen los sabios enterarse de su ignorancia. Pero todavía lo disimulan. Pg. 24.
.- La ociosidad es la madre de casi todos los vicios y desde luego de todas las virtudes. 24.
.- Yo no sé quién soy y por eso estoy tan vivo y tan presente. Pg. 25.
.- Si no somos todo para alguien no seremos nunca nada para nadie. Pg. 26.
.- La inteligencia no es solo para saber sino para no saber demasiado. Pg. 26.
.- El todo es una nada poblada y actuante y la nada es un todo inerte y vacío. Pg. 27.
.- Lo malo de la inteligencia y la cultura es que cada día nos hacen más conscientes de nuestra ignorancia. Pg. 28.
.- Es permitido mentir al hablar de nuestras experiencias amorosas porque si decimos la mera y pura verdad tampoco nos cree nadie. Pg. 34.
.- ¿Vivir por vivir? ¡Qué más querríamos! Pg. 42.
.- Somos todos ciudadanos de una urbe sin nombre, construida sin saber por qué ni por quién ni para qué. Pg. 43.
.- Todo el mundo habla y escribe sobre el amor desde hace milenios y sin embargo el amor sigue siendo un tema virgen. Pg. 51.
.- Nacer es un error y el hombre discreto trata de ir rectificándolo a lo largo de su vida.  53.
.- Al saber que alguien se ha suicidado nos sorprendemos porque no lo creíamos tan valiente ni tan inteligente. Pg. 54.
.- La unamunidad es la versión fonéticamente ridícula de la unanimidad y por eso Unamuno discrepaba siempre. Para despistar. 69.

.- No te preocupes. El error de haber nacido se corrige siempre. 71.

jueves, 24 de abril de 2014

LA CULTURA Y EL LIBRO


Ávila sigue siendo hermosa porque yo la hago hermosa con mi satisfacción y mis ganas de seguir yendo a juntarme con los míos, aunque sea solo por unas horas.
Mientras conducía ayer por el amplio y suave valle del Amblés, escuchaba la radio y no oía otra cosa que San Jordi, Barcelona y día del libro. En honor a la verdad -una sola vez y de pasada- escuché decir que también era el día de la fiesta en Aragón y en Castilla-León. Esta desigualdad en la balanza no se produce por casualidad sino que se repite machaconamente con todo lo que tiene que ver en la Península con Cataluña y el País Vasco. Cualquier detalle de esos lugares se convierte en categoría y se le da jabón por todas partes en una falta de pudor que causa sonrojo y mala baba. Naturalmente, hablo por mí y por nadie más. Es el mismo sentimiento que reconozco con todo lo que procede de los Astados Unidos o de Origud. Me parece observar un papanatismo y un falso jaboneo en los medios públicos -tal vez buscando que no se enfaden, vete a saber por qué- que me resulta insoportable. A mí que, cuando aquel asunto de los papeles del Archivo de la Guerra Civil de Salamanca, me declaré públicamente a favor de que se los llevaran porque me parecía -y me sigue pareciendo- un despojo y un robo de un régimen dictatorial que va contra los sentimientos más íntimos de muchísimas familias. En fin, el mundo al revés.
Pensaba también en lo difícil que resulta entender qué significa realmente “cultura”, esa palabra tan manida cuya concreción parece que también se celebraba ayer con el asunto del día del libro.
En sentido amplio, naturalmente que todo es cultura, con tal de que al menos se cultive y se ponga algo de empeño y razón en lo que se hace y no se fíe todo al impulso y a lo que vaya saliendo. De esa manera, tanto es cultura el cultivo de la patata como la Crítica de la Razón Pura.
En sentido más restrictivo, ya me conformaría con que se entendiera por cultura toda la suma de cultivos que nos dan como poso una forma de actuar que se aproxima al sentido común y a cierta civilidad en el día a día y en el trato más cotidiano e inmediato; eso que se sustancia en aparcar bien, ceder el paso, no dar voces, controlar la velocidad, atender a las necesidades de los mayores, no dar portazos, escuchar un poco más y procurar entender que no siempre se tiene toda la razón, no apabullar al de al lado, y, en definitiva, tener en la mente que somos siete mil millones en este planeta y que la convivencia exige algo por parte de todos para que se cumplan los mínimos de la supervivencia. O sea, lo elemental de la alfabetización, lo que no exige dinero, lo inmediato en el sentido común y en la buena voluntad. No sería poco. ¡!Sería un tesoro infinito!!
Solemos aplicar el concepto, sin embargo, a un reducto más estrecho y complicado. Tal vez para enmascarar y dejar en el olvido ese otro campo social que se acaba de apuntar en el párrafo anterior. Sobre todo si desde los poderes públicos se le intenta dar imagen con unos representantes y con unos hechos al menos confusos y sospechosos. Porque, si pensamos en la cultura como lo propio de los más cultos, ¿Qué favorecemos y cómo la concretamos?
No creo que cultura sean las representaciones y las adulaciones que nos llegan y que hacemos de Origud; ni todo el mundo del famoseo que tanto éxito tiene según los índices de audiencia, con sus caras visibles analfabetas de mujeres del partido y de servidumbres del mundo de la publicidad; ni todo lo que procede del mundo de los negocios, que parece que da patente de corso y derecho de pernada a cualquiera que alcance éxito en él; ni a cualquier estampa del mundo de las pasarelas, en el que el esnobismo y los centímetros de insinuación o de descaro de las mujeres y de los hombres del partido (entiéndase bien la intención de este sintagma) es lo que se ensalza; ni, en general, todo lo que tiene su cuna en el mundo de la apariencia y del colorido gaseoso.
Cada cual sabrá qué representación social y política es la que da mejor cobertura a esta burbujeante y falsa apariencia de cultura. Y cada cual sabrá por qué razón quedan fuera de ella los obreros de la ciencia, los que se esfuerzan en el mundo del pensamiento y del bienestar social día tras día con sueldo de simple supervivencia, los que dedican horas al mundo de la sensibilidad sin que casi nadie los tome en serio ni les atienda solo unos momentos, ni los que se alejan de todos los tablados en los que solo el instinto y los dividendos cuentan.
Ayer era el día del libro en cualquier sitio, no solo en Cataluña. Porque, aunque parezca imposible, también existen otros lugares en esta piel de toro tan para el arrastre. Tal vez el mundo del libro, en su creación, en su lectura, en su explicación, en los mundos imaginativos que provoca, en el cambio de vida que siempre propone, no sea el peor exponente de otra manera de entender la cultura, otra cultura distinta, más personal, más reflexiva, y hasta si me apuran más general, popular y gozosa.

En mi propuesta de comunidad ideal, haría leer un libro -no todos son iguales (ese es otro tópico tonto), pero me conformaría con cualquiera- al mes a cada ciudadano y dar cuenta de esa lectura ante los demás. Creo que ganaríamos todos mucho. Y gastaríamos mucho menos tiempo del que pudiera parecer. 

lunes, 21 de abril de 2014

FIN DE SEMANA SANTA


Durante los días de semana santa, suelo dedicar ratos a la relectura de los Evangelios, esos textos en los que, teóricamente, se apoya la iglesia cristiana para su doctrina y para sus actividades. No me parece mala práctica frente a las más vistosas de las procesiones o las playas de este país. Cada uno sabrá lo que quiere hacer y lo que mejor le conviene; sencillamente reivindico otras posibilidades y otras formas de acercarse a esta realidad.
He confesado muchas veces mi desacuerdo con esta forma de practicar la religión más frecuente y pública, y sobre todo más oficial. Pero también me he pronunciado muy interesado por lo que para el ser humano puede representar el hecho espiritual, como fenómeno de trascendencia o de ordenamiento ético y moral de la vida.
Y sigo considerando que nos equivocamos al explicar todo desde el punto de vista del dios al que invocamos. La aproximación a ese dios y a su propia configuración y realidad la realizamos nosotros. Y así nos sale de imperfecto y de lleno de calamidades. Hasta el punto de que, bien mirado, a veces somos nosotros los que tenemos que perdonarle por tantas imperfecciones como creemos observar a nuestro alrededor.
Porque hemos creado un dios con presbicia, que le impide ver más allá de lo inmediato, y por eso nuestro mundo lleno de egoísmo.
Porque lo hemos colocado al frente de una bomba cargada en su interior con una enorme carga de miedo y de temor, tan propicios y beneficiosos para el sometimiento a los poderosos.
Porque nos hemos olvidado de pintar un dios absolutamente misericordioso y lleno de amor, único que tiene sentido y que apuntaría a un mundo diferente y positivo, en vez de a este cargado de enfrentamientos y de luchas para crear vencedores y vencidos.
Porque todo lo fiamos al misterio y a la oscuridad, al pecado y lo desconocido, en vez de dar cabida al amor y al camino llano de la razón y del sentido común.
Porque seguimos amenazando con cielos y sobre todo con infiernos, que nos convierten a todos en asustados enfermizos, con cuernos y rabo si nos atrevemos a pensar por nuestra cuenta.
Porque hemos creado unas parafernalias externas ridículas y unas afectaciones que, por exageradas, ni se acercan a lo verosímil ni a lo creíble.
Porque nos hemos dejado arrastrar por unas interpretaciones basadas solo en tradiciones que nos han impuesto desde los púlpitos o desde las imágenes del cine, en lugar de ir a buscarlas desde nuestra propia lectura y pensamiento.
Porque no hay como dejar llevarse por cualquier costumbre que no es analizada para que esta aumente al son de las fanfarrias y de las indicaciones de los sátrapas de turno.
Porque echamos casi todo fuera en lugar de empujar un poco hacia adentro, hacia el interior, que es donde se cuece la personalidad de cada uno.
Porque confundimos igualándolas religión con espiritualidad.
Porque tal vez aquí, más que en ningún otro aspecto, se evidencia que hemos adelantado en la Historia en todo lo que se refiere a la creación técnica, pero no hemos dado muchos pasos en la mejora de la riqueza interior humana.
Y mira que el decálogo que proponen los Evangelios se termina reduciendo a un diálogo sencillo y claro: a) Amarás al Señor, tu dios; b) Amarás al prójimo como a ti mismo.
Y esto es todo. Tal vez resulte difícil delimitar la figura de ese Señor y su realidad, pero no parece que lo sea tanto la de certificar la presencia de uno mismo y del prójimo.

Hoy, por si acaso, se despejan las playas, se aclaran las largas procesiones en las autovías, se reproducen las rutinas, se vuelve a la imaginería que ha procesionado por las calles, al olor de la cera en el recuerdo, a ese Jesús de la cruz y del llanto… Y se certifica que sigue la primavera y que la luz se adueña de nosotros. No se puede morir en primavera, hay que vivir hasta que triunfe el canto y el amor en la armonía del hombre y en todo el universo, hasta que hagamos por fin conciencia de que solo merece la pena un dios lleno de amor y de justicia, una conciencia en luz del universo.

viernes, 18 de abril de 2014

NOS E PUEDE MORIR EN PRIMAVERA

NO SE PUEDE MORIR EN PRIMAVERA

No se puede morir en primavera,
cuando todo conspira por la vida,
ni se debe alentar otra quimera
que mate la esperanza concebida.

Se muere por vivir, se desespera
si solo se contempla que la herida
cumple con su poder, se señorea
si se muestra caliente y dolorida.

Morir solo  contempla otra parada
en un camino eterno y sin sentido,
en busca de otro aliento que en la nada

enmascare la ausencia y el latido
de lo que fue y no es, de lo que al cabo

será por fin testigo del fracaso.