domingo, 19 de abril de 2015

MENTES PARA RAZONAR


En todo caso, y en cualquiera de sus variantes, busquemos mentes para razonar y para un comportamiento ajustado a los criterios razonables de una conducta propia del ser humano.
Siempre me ha gustado afirmar a quien me ha querido escuchar que solo existen dos métodos para el ejercicio racional. Y lo he mostrado con un ejemplo visual e inmediato. Método deductivo: Existe una ley de la gravedad; suelto un bolígrafo y se cae; lo vuelvo a hacer y el resultado es el mismo…; la ley de la gravedad queda demostrada. Método inductivo: suelto un bolígrafo y se cae al suelo; lo vuelvo a hacer y se vuelve a caer… Seguro que existe una ley general que explica este fenómeno; la llamamos ley de la gravedad. Y así desde un silogismo sencillo hasta el tratado más denso y alargado. Cada método tiene, por supuesto, sus ventajas y sus inconvenientes. Su mezcla parece lo más productivo y racional.
Después ya vienen las falacias, esas equivocaciones y desajustes a la hora de aplicar estos dos métodos de razonamiento. Y hay falacias de todo tipo: la de relativizar todo y quedarse en el medio del camino con aquello de que “para ti será falso, pero para mí es cierto”; o la de pensar que el argumento de autoridad equivale a la verdad; o la tontería de pensar que un juego no empieza siempre como si nunca se hubiera jugado (la lotería); o la sucesión de hechos como causa y consecuencia obligatoria; o el echar toda la culpa a la herencia familiar; o la de pensar que un hecho va a desencadenar por necesidad un proceso; o el dar por supuestas cosas desconocidas; o el descubrimiento de la falsedad con el modelo de los contraejemplos; o el intento -quizá inútil- de definiciones canónicas…
Tal vez sea lo más razonable y el mejor empleo de nuestra mente racional aquel que nos conduce sencillamente a un grado racional de razonabilidad. Desde la mente, como desde la creencia, no está mal defender aquello que se nos ofrezca como algo suficientemente razonable como para ser defendido y para ser practicado.
No sé por qué, pero, al final, casi todos los razonamientos me conducen al sentido común y a la buena voluntad. Al sentido común como elemento intermedio entre lo más razonable y lo más irrazonable, y la buena voluntad para paliar precisamente todas esas carencias y faltas de certeza y de seguridad.
Tal vez con este esquema dibujado en las últimas ventanas estaríamos en condiciones de pensar nuestra vida, de darle algún sentido (si es que lo tiene), y de no gastar demasiado tiempo en disputas inútiles y vanas, todas esas en las que se nos van las energías hasta el grado de dejarnos vacíos y enfadados con nosotros mismos y con los demás.

Porque aseguro que estos esbozos, si sirven, sirven para el filósofo más concentrado, para el religioso más enclaustrado, para el político más célebre, para el científico más reconocido, para el personaje público más seguido… Pero sobre todo sirven para la persona normal de la calle, para el ciudadano de a pie, para el ser humano simplemente.

sábado, 18 de abril de 2015

MENTES POLÍTICAS




Pues venga, a la calle, a olvidarse de esos elementos misteriosos y de otras dimensiones menos humanas, o al menos a dejarlos descansar para que no den más guerra de la imprescindible, y a concretar el uso de la mente en la vida diaria.
Porque vivir es convivir, tocar piel y rozarse, intercambiar razones, mojarse de la lluvia del ambiente, entender el valor de la circunstancia. Y ahí empiezan la lucha y la controversia, ahí están los veneros de cualquier filosofía política. ¡Y este año todo él es electoral! Y aunque no lo fuera, hay que salir a comprar el pan a la esquina, darse una vuelta por las calles paseando, y hablar, sobre todo hablar.
No conozco otra fórmula de expresión política que aquella que aboga por darle más importancia a la libertad del individuo frente al estado, o la contraria, la que se preocupa por corregir, mediante la imposición legal impuesta por la comunidad en el contrato social que representa el cuerpo legislativo, las deficiencias y las desigualdades que inevitablemente crea la primera concepción. La nomenclatura en estos tiempos es muy clara: liberalismo o socialismo. En diversas intensidades, por supuesto. Ambas concepciones abordan el cumplimiento de los mismos conceptos (justicia, igualdad, libertad) desde posiciones y caminos distintos.
Como sucede con cualquier cuerpo de doctrina (lo de los abusos y las incompetencias tal vez lo propicie el sistema, pero no debería impedirnos ver el bosque), si está bien razonado, aporta elementos de verdad y elementos de debilidad mental. Por ejemplo, supongo que hasta el más radicalmente liberal estará dispuesto a poner alguna línea roja a esa concepción, si no espera que todo se convierta en la ley de la selva. Y, de la misma forma, seguro que el socialista estará tentado de establecer los mismos hitos para que la fuerza del Estado no anule la libertad del individuo. ¿Dónde situar esas líneas? Ojalá fuera la mente y no el impulso el que nos acercara a ellas, con sosiego y con tino, con mirada alta y con elementos de razón.
Los liberales (quiero decir los liberales que razonan y usan la mente) se apoyan en los principios del estado neutral y del daño que causa su intervención, separan radicalmente lo público de lo privado y aceptan como mal menor la desigualdad que produce la aplicación de esta doctrina. Me río yo de estos principios, primero porque no soy capaz de concebir al individuo real aislado, y segundo porque no me animo a participar en una ideología que ya da por inevitable la desigualdad. Pero ahí están, dominando por todas partes y sosteniendo una parte del mundo que no es la menos deseada. Algo de bueno habrá en esta ideología que yo no alcanzo a vez con nitidez. Porque la defensa de unos derechos en teoría está muy bien, pero, si no se producen y se aplican en un plano de igualdad, todo es mentira y falsedad.
Por el otro lado, los socialdemócratas pretenden proporcionar a los ciudadanos igualdad de oportunidades, a pesar de reconocer que los resultados no van a ser los mismos en ningún caso. Por eso justifican limitar algunas libertades individuales con tal de no descabalar la armonía de la comunidad y de no consentir desigualdades escandalosas.
No conozco más variantes. Tampoco creo que las haya, aunque las variantes en cada concepción sean abundantes.
Después aparecen los elementos de segundo o de tercer orden, importantes a primera vista, sobre todo para el morbo de la primera media hora, pero que no nos deberían ocultar el camino ancho y alargado de la mente, de la mente política, esa que mira al ser humano en comunidad y que quiere un futuro siempre mejor en igualdad de oportunidades y en libertad.
Siempre he simplificado este asunto con la metáfora de una carrera. Si no se sale del mismo punto en igualdad de oportunidades y esa igualdad no se mantiene en el camino (socialdemocracia), todo lo que viene después es mentira. Del mismo modo, si no nos esforzamos todos de una manera similar, no podemos exigir igualdad de oportunidades con coherencia y honradez, ni concebir los mismos resultados para todos (liberalismo).

Ambos razonamientos creo que están cargados de razón, pero tengo para mí que en el orden cronológico, va antes la igualdad de oportunidades que el esfuerzo desigual. Por ello, si algo merece la pena en la mente política, es aplicarse a ayudar para que esa igualdad de oportunidades se cumpla en todo lo posible, para que la vida no se convierta en una pantomima y en un teatro trágico insoportable. Cada cual decidirá.

viernes, 17 de abril de 2015

MENTES RACIONALES Y MENTES RELIGIOSAS



Y, a pesar de todo, la mente sigue débil e imperfecta. Aquel “solo sé que no sé nada” sigue vigente y se agiganta cada día en la paradoja de cada adelanto y de cada descubrimiento. Pero, sobre todo, se mantiene intacta la insistencia del ser humano en buscar un punto de apoyo definitivo, una verdad universal, una meta que acoja toda sensación de bienestar y de felicidad.
Por ahí es por donde asoma el empeño, tal vez imposible, de la idea de Dios, en ese inconformismo que se convierte en necesidad, o en esa necesidad que se torna inconformismo. Por eso desde siempre la idea de Dios y su definición a partir de cualidades, que aspiran a ser definitivas (omnipotencia, omnisciencia y creación), para que se sustente a sí misma y para que dé fe de todo lo que al ser humano se le va apareciendo en la vida.
A lo largo de la Historia se han intentado argumentos diversos (ontológico, cosmológico…) en los que la razón ha aspirado a fundamentar el concepto último, el concepto de los conceptos, la idea racional de Dios. El fracaso ha sido evidente, tal vez porque las dimensiones y  los niveles son sencillamente incompatibles: ¿cómo la mente humana, pobre y quebradiza, puede llegar al concepto universal y supremo? Poco importa que ese concepto sea creación humana o que le venga dado hasta su escasa capacidad. Tal vez por eso, han aparecido las religiones, esas adaptaciones curriculares a la debilidad humana para ver si con ellas podía progresar y conseguir algún objetivo, sobre todo el objetivo del consuelo y de la compasión entre los iguales. Es entonces cuando las religiones ocupan el lugar de la mente y se hacen presentes en la Historia.
Pero, como la mente no descansa y es felizmente un culo de mal asiento, sigue dando la matraca tratando de dar explicación racional a todo ese mundo, ya diseño y explicación de otros elementos que no son precisamente racionales.
La mezcla de razón y de fe produce monstruos, pero nunca se sabe si su separación no los produce también. Y ahí andan luchando siempre entre ellas, robándose reglas, exhibiendo luchas y guerras monstruosas, planteando dudas y exigencias a asuntos tan escabrosos como el asunto de la existencia del mal, o simplemente entregándose a caminos que no se conocen ni se cruzan siquiera. Por el medio nos cuelan el asunto del libre albedrío, como mezcla entre razón y fe, como carga encima de las espaldas humanas para que, además, se llene de responsabilidad ante cualquier decisión mal tomada; y no solo por nosotros mismos, porque hay sátrapas famosos que encima nos hacen cargar con la losa de un pecado original para que andemos asustados y pidiendo disculpas todo el día.

Qué embrollo esto de la relación entre razón y fe, entre mente y religión. La modernidad se resume en el avance y la separación entre razón y fe. No sé en qué grado de modernidad nos hallamos, ni sé tampoco si la modernidad tiene o no tiene regresión y vuelta atrás. Tal vez sería mejor echarse a la calle y darle campo a la razón para ver cómo se comporta en el día a día. También esta incursión en la teoría debería entenderse como aplicación a lo inmediato y más cercano. También en estos terrenos tienen su riego la mente y el impulso, la razón y la fe. Y también los malos o los buenos entendidos. Bajar de la teoría a la práctica, de lo abstracto a lo concreto y menudo es un buen ejercicio de razón. O al menos de humanidad, que tal vez sea la misma cosa.

jueves, 16 de abril de 2015

MENTES DE SILICIO Y MENTES RETORCIDAS


Porque, en realidad, esto del conocimiento verdadero y, por ello, de la interpretación más correcta, es un enigma y un misterio que aguardan ser descubiertos del todo para ponerlos al sol y entenderlos de una vez, para usarlos con corrección y sin misterio.
¿Cómo puedo yo acceder a la mente de otra persona y conocer realmente la experiencia que en ella se está produciendo? Ante un mismo hecho, las aproximaciones probablemente sean distintas y las impresiones diferentes. No se me alcanza cómo se puede actuar, intercambiar y comunicar con los demás si no es con la consciencia de esas limitaciones y de esas diferencias de percepción e incluso de análisis.
La dificultad se plantea incluso sin llegar a la interpretación. Ya desde la descripción del concepto de “mente”, uno queda perplejo y asustado. Porque, ¿qué es eso de la mente? Tal vez hoy casi todos identificaríamos mente con cerebro, pero esto, ni ha sido así siempre, ni lo es del todo en nuestros días. Los pensadores llamados dualistas sostienen que la mente es una sustancia por sí misma, que existe y actúa como un ente independiente de cualquier cuerpo físico. La mente para ellos se identificaría con lo que tradicionalmente se ha llamado alma. O sea, en forma esquemática, eso del cuerpo y del alma, de la vida eterna y de la separación del alma del cuerpo… En el otro lado están los pensadores materialistas, que defienden la existencia de una sola sustancia: la materia; incluso llegan a negar que la mente, como sinónimo de alma, exista: todo se reduce a materia y a la interacción y reacciones de esa materia.
Sea como sea la concepción, enseguida habrá que plantearse la interacción, o bien de los elementos materiales, o bien del alma con la materia física. Todo avance del conocimiento parece que nos acerca más a la concepción materialista y a empequeñecer la visión dualista de alma y cuerpo. Pero, aun siendo esto así, y comprobando cómo se le caen hojas continuamente a los libros de las almas y de las religiones tradicionales, no todo queda resuelto. Ahí siguen insistiendo las sensaciones, las ilusiones y una ingente cantidad de sentimientos, que se muestran reacios a dejarse cuadricular con las leyes de la mecánica, de la química y hasta de la física más pura.
Las mejores aproximaciones actuales al concepto y a la realidad de la mente acaso se hallen en todas esas máquinas que concretan matemática y electrónicamente leyes que, en aparatos de todo tipo, recrean algo parecido a la mente y a la inteligencia humanas. Es verdad que, de momento, esas máquinas no sienten ni padecen, no sintetizan ni expresan placer ni dolor, esos sentimientos elementales que caracterizan la vida del ser humano. Nadie sabe cuánto tiempo pasará para que esto se produzca ni si se podrá conseguir algún día.

Entretanto, nosotros seguimos en medio del misterio y del anonadamiento, en una especie de miedo por una parte y de admiración por otra ,al observar que, cada día con más velocidad, nos damos de bruces con máquinas que parecen tener entre su materia de silicio o de hierro algún lugar escondido desde el que las reacciones se asemejan a las de la mente humana, no sé si muy humanas, pero a veces más comprensibles y menos extrañas, más sencillas y menos rebuscadas, más basadas en elementales combinaciones de unos y ceros que en retorcimientos y en egoísmos que no hay humano que los entienda para poner un poco de orden y de sosiego en las relaciones de diario, en ese discurrir de la vida en la que todos nos empeñamos un poco en hacernos la vida más difícil y compleja que la de las máquinas. Tal vez porque nuestra mente sea una máquina muy poderosa o tal vez porque ande un poco obsoleta por no llevarla al taller de la buena voluntad y del sentido común.

miércoles, 15 de abril de 2015

FILOSOFÍA DE CALLE


Creo que fue Alfred North Whitehead el que escribió esta frase tan lapidaria: “La característica general más clara de la tradición filosófica europea es que consiste en una serie de notas a pie de página sobre Platón”. Se le podría responder con aquella expresión popular de “menos lobos”, pero, solo con que tenga una parte de razón, nos da idea de la labor ingente del filósofo griego. En realidad, uno, desde su aproximación limitada al mundo de la filosofía y de las ideas en general, tiene la sensación de que fue Platón el muñidor de casi todo, de que seguimos viviendo en occidente a la sombra del árbol que él plantó. Y no solo en el campo de la filosofía, sino, en buena parte, en el mundo de la religión.
Platón afirmaba (mito de la caverna en ristre) que el mundo que creemos ver a nuestro lado es solo una ilusión, y que la realidad verdadera y persistente es la que se oculta detrás de los sentidos. A su captura solo podemos acudir con la razón. Para intentar aproximarse a esa realidad “verdadera”, Platón pensaba que esa realidad concreta contenía “formas” abstractas, que generaban las concreciones de esa realidad en los objetos. Por eso pensaba que las “formas” son “eternas”, “inmutables”, más reales que las cosas, y “perfectas”. Después, muchos de los principales pensadores se han atrevido a echar su cuarto a espadas expresando opinión acerca de la realidad de las cosas. Por ejemplo Kant, quien afirmaba que la naturaleza última de la realidad, en principio, no se puede conocer.
En estas escasas líneas no quiero yo embarcarme en teorías filosóficas ni en pruritos intelectuales. Pero sí pienso que, bajándose del guindo y echando pie a tierra, esa aproximación a la realidad tan cautelosa y desapasionada también podría aplicarse a la realidad más inmediata y mostrenca, a lo que sucede cada día entre nosotros, al menudeo de cada hora y de cada intercambio, a los eventos consuetudinarios que acaecen en la rúa y a lo que pasa en la puta calle. Porque hacemos de la realidad solo lo que nuestro ojo ve, sin pensar que hay otros ojos que también miran, sin darnos cuenta de que el sabor de un huevo frito satisface a uno pero echa para atrás al de al lado, sin darnos cuenta de que la realidad es múltiple, el menos desde la pobreza de nuestras visiones particulares.
Buscar la persistencia de esas “formas”, intentar acercarse al pie del manantial y no perderse en medio del río, evocar lo más hondo y permanente, lo que vale y sostiene lo de todos, no sería mal ejercicio de mente y de razón. Los impulsos nos ciegan y nos lanzan sin destino seguro. Es verdad que hay que vivir, y que hay que decidir en cada momento; pero hacerlo sin prisa, con la razón al hombro y alzando la mirada hacia la línea azul del horizonte no es el peor sistema. A ver si pudiéramos dar un poco la vuelta a la cabeza en la caverna y ver algo de luz más verdadera.

Si alguien quiere saber qué dicen esta líneas, que no se pierda en abstracciones metafísicas, Que se eche a la calle, que vea las plazas llenas de malos entendidos y de incomprensiones, y que después aplique, si le place, esta breve consideración.

martes, 14 de abril de 2015

TÓPICOS TÍPICOS

               
Movemos las acciones humanas con lemas y con tópicos; ellos nos salvan, desde su verdad o desde su mentira, de la explicación y la glosa, que nos harían la vida insoportable y no nos permitirían avanzar en la comunicación y en la acción. La república (hoy es su aniversario), la monarquía, el líder, la centralización, el nacionalismo… Todos son términos y palabras imprecisas que cuelgan en la cartelera como reclamo y como banderín de enganche.
Este es un año electoral desde principio a fin y en todos los niveles y ambientes se abusará de los tópicos y de las frases hechas. A los medios de comunicación se les facilita todo con estas imprecisiones para que así puedan llenar páginas tanto a favor como en contra, teniendo siempre verdad y pudiendo poner a caer de un burro al de un lado y al del otro. Es la vieja teoría, que tan bien funciona, de crear héroes, ponerles cara, y después usarlos y tirarlos cuando se han gastado. Hay medios que se han forrado con esta estrategia.
Algunos a mí me llaman especialmente la atención. Esbozaré tres ejemplos.
El primero es redundante en el ámbito en el que me muevo, el de esta ciudad estrecha llamada Béjar. La derecha ha repetido siempre, y lo seguirá haciendo, esta frase: “Hechos, no palabras”. Lo reitera de forma machacona por dos razones tan evidentes como engañosas: todo lo que se realiza cuando se gobierna tiene el sello del equipo que gobierna, lo haya hecho o impulsado, o no lo haya hecho; además, si no se cree en los conceptos y en las palabras que los explicitan, o sea, si no se tienen ideas sino intereses, ¿cómo se va a defender la palabra?
El segundo me lleva a Andalucía. El lema que lució el PSOE, partido en cuyo territorio yo me muevo con algo más de proximidad, fue el siguiente: “Andalucía con Susana”. Me pregunto ingenuamente si es que Susana, o Susanita, tiene algún ratón, un ratón chiquitín, que como chocolate y turrón y bolitas de anís. ¿Pero cómo se puede airear la sumisión de una región amplísima a lo que diga o piense una mujer? Eso no se lo ofrecieron ni a Jesucristo, ni a Buda, ni a Cristo que lo fundó. ¿Pero qué tiene esta mujer?, ¿resucita a los muertos?, ¿convierte el vino en agua?... ¿No será más bien Susana la que tiene que estar al servicio de Andalucía? Como todos los demás andaluces. Ni más ni menos. Claro, con estos humos, no me extraña que corra el peligro de considerarse salvadora de la patria y mesías de todos los mesías.
El último tiene ámbito nacional y se refiere a la forma de identificar partidos políticos en los medios de comunicación. Así, “el partido de Rosa Díez”, o “el partido de Albert Rivera”. En el primer caso, por desgracia, parece que terminará siendo real la igualdad numérica entre los militantes y su presidenta. Pero da igual. ¿Cómo se puede masticar eso del ¿partido de una persona?
Todo esto, repito, a los medios de comunicación les viene pintiparado; les evita el análisis, les sume en la simplificación y en el tópico, les supone unos lectores y oyentes más dóciles y menos críticos y les engorda los negocios con la personalización de todo en héroes y villanos y con el morbo añadido que eso supone.
Pero esto empobrece a la comunidad, por el aborregamiento que conlleva, por la falta de implicación, por la comodidad y el nivel mostrenco en el que nos hace mover y por la escala de valores que fomenta, escala en la que esperamos que unos líderes de pacotilla nos lo den todo hecho y nos resuelvan nuestras dificultades. La aparición de Podemos señalaba un cambio de rumbo en la participación. Ahora ya lo tengo menos claro: no sé si no empiezan a dejarse ver ribetes de personalismo. Cuidado.

Yo no conozco mejores líderes que aquellos que incitan al compromiso particular de todos los integrantes de la comunidad, a la suma de todos los esfuerzos para que la mejora sea de todos también. Lo demás me suena a salvadores. Y no quiero que me salve nadie. No siquiera quiero salvarme yo mismo.

lunes, 13 de abril de 2015

LOS ÁRBOLES ME HABLAN


LOS ÁRBOLES ME HABLAN

Andar por los senderos
cuando la luz agranda la mañana.

Los árboles se alzan,
abandonan el sueño
dormido en las raíces en invierno
y asoman en sus yemas
una imagen preñada de ternura.
Vienen enaltecidos y a la vez sencillos,
no pueden aguantar más en la noche
del mundo helado y ciego de la alquimia,
quieren besar al viento, oír los ecos
de la vida en el vuelo de los pájaros,
gritar desde lo alto la voz de las raíces,
tanto tiempo callada y escondida.

Yo me paro a escucharlos
en esta primigenia primavera
y no sé qué decirles, salvo gracias
por volver cada año a dialogar conmigo
y a ofrendarme la paz y la certeza

del ciclo inevitable de la vida.