viernes, 11 de septiembre de 2015

ECOS DE ESTÍO



ECOS DE ESTÍO
Ya somos extravío del verano,
hoy, once de septiembre, de mañana.
Con las señas cumplidas de la caducidad,
de nuevo está la luz casi temblando
y se asoma con miedo en los caminos;
hay árboles cansados y sedientos,
y agraces moras que apenas maduran.
¿Por qué las piedras guardan blandas señas
de los días de estío? Quedan ecos
y rumores de palabras dispersas.
Por aquí anduvo el sol y en estas piedras,
que siguen esperando otro verano,
una mujer amó y un hombre anduvo
buscando dar sentido a la costumbre
de no ser más ni menos que ser hombre.

Hoy todo es más ciudad, menos silencio,
al otro lado del calor del sueño.

Yo, que también fui nombre entre estas luces,
vuelvo a sentir los ecos de esas tardes
en el silencio azul de las mañanas

de este incipiente otoño que me habita. 

miércoles, 9 de septiembre de 2015

"MOTIVOS PERSONALES". JOSÉ LUIS MORANTE


El mundo de los géneros literarios se agita, se revuelve, se acomoda, se pone al día, se mira y se vuelve a reconocer en lo antiguo…  Al final, tranquilidad y sosiego, que todo vuelve a su cauce: todo es pensamiento y palabra, curiosidad y deseos de satisfacerla, parada y vista al frente. Tal vez para descubrir que el horizonte es siempre horizonte porque no nos deja llegar hasta él (valga ya como aforismo).
Parece que, en estos últimos tiempos, el mundo del aforismo recobra vigor y se alza como expresión preferida por muchos creadores. Otros, si no han dejado recopilación, lo harán más adelante, pues casi todos han hollado ese camino, aunque sea de manera esporádica y espaciada. De manera que casi podríamos decir que se trata de ocupación trasversal y de formato común. Luego, algún día, el cajón contiene los suficientes pensamientos comprimidos como para pensar en darles formato unificado, en separarlos acaso por temas, en someterlos a un proceso de selección y en darlos a la imprenta. Un buen estudio sociológico nos daría claves certeras acerca del éxito del aforismo en este mundo agitado de comienzos del siglo veintiuno. Yo intuyo algunas razones y no me importaría exponerlas en formato más extenso.

José Luis Morante me regala su último libro de aforismos: “Motivos personales”, publicado en Ediciones la Isla de Siltolá, Sevilla. El poeta cuenta ya con una trayectoria reconocida en este género literario. Cien páginas que recogen en torno a seiscientos aforismos.
 No resulta sencillo, ni siquiera a estas alturas, concretar con exactitud el significado de la palabra aforismo, pues la familia de sus allegados es larga y profusa: sentencia, proverbio, adagio, apotegma, axioma, pensamiento, máxima, dicha, refrán… Pero podríamos dejar esto para contextos técnicos y para “negocios de particular juicio”.
En varias ocasiones intenta el autor una definición de aforismo desde la misma plataforma del aforismo, y habrá que entender que es aquella a la que él atiende en la construcción de los mismos. Lo hace, si mi recuento no falla, en las páginas 68,6; 81,1: 83,4; 91,6. Copio solo el último ejemplo: “Los aforismos son textos avaros, que racanean en la argumentación”. 91,6.
Dicen los cánones que el aforismo debe compendiar brevedad, doctrina y propuesta de reflexión o de actuación. Ahí es nada: abstracción para universalizar, ni un solo dispendio formal, y encima incitación al lector para que se conmueva, piense y decida. Vaya un ejercicio de forma y contenido. Por eso tal vez se trate de un ejercicio arriesgado y que bordea y conjuga lo sublime con lo inane y hasta lo mostrenco. Cuidado con ese peligro.
En ese ejercicio se mueve Morante y creo que casi siempre salta el obstáculo que se le ofrece hasta conseguir volver a colocar el listón para un nuevo ejercicio.
La brevedad formal no solo se consigue, y la consigue, con criterios lineales, sino con el dominio, el conocimiento y el trabajo de la frase y de sus elementos esenciales; y hasta con el dominio de la puntuación, que, para este ejercicio creador, resulta absolutamente fundamental, pues un solo cambio y olvido remueve totalmente el sentido del aforismo.
La doctrina o reflexión mana con naturalidad de la personalidad del autor, de su conciencia, de su formación, de su conducta vital. Un aforismo con fuerza puede surgir por casualidad; varios no, nunca; y el escritor natural de aforismos es el que ha defendido siempre “Que el poema tenga siempre un hueco para la razón”, pg. 64,1. O aquel otro pensamiento: “El peso de la edad encorva hacia el moralismo”, pg. 78,5. El snob de turno lo que tiene que hacer es asomarse a la ventana, contemplar, aprender, serenarse…; y luego ya después…
Y esa proposición como regla de actuación que se esconde en el aforismo, esa propuesta de deducción, ese planteamiento en escorzo, ese amago… poco es si no propone una reacción de asentimiento o de disentimiento en el lector. Por eso, tal vez, sea tan importante el campo de reflexión en el que se asienta el aforismo. Porque, si toda lectura termina siendo un diálogo entre el creador y el lector, acaso en el mundo del aforismo este intercambio es más intenso por repetido y continuo, casi por apabullamiento, pues, cuando has terminado de dejarte cegar por uno, ya te está esperando el siguiente.
José Luis Morante acude, de manera natural, a la reflexión acerca del mundo de la literatura en un tanto por ciento muy elevado de sus aforismos. Es su ambiente, su estado básico, el contexto en el que se relaja y en el que anda gozosamente perdido. Y digo “el mundo literario”, con todas sus variantes, no solo la de la creación estricta. Hay en este libro de aforismos toda una teoría y una manera de pensar acerca de la creación, de los concursos, del mundo editorial, de las lecturas…
No le cuesta a Morante apoyarse en otros autores para refrendar pensamientos con los que está de acuerdo. Le honra el hecho y ayuda esto a conocer mejor su estirpe literaria y su camino de pensamiento. Después aparecen asuntos diversos, aspectos de la vida sobre los que echar el cuarto a espadas y otra serie de consideraciones de forma y de contenido. Pero este desmenuzamiento ya no cabe en pocas líneas.

Siempre se ha basado la poesía de José Luis Morante en un poso de pensamiento, a veces demasiado visible, lo que no quiere decir que yo personalmente no me alegre de ello. Este libro de aforismos me parece un paso absolutamente normal y natural en el proceso de su creación. Seguro que habrá más entregas. Nosotros las podremos desmenuzar en sus ingredientes. De momento, estos “Motivos personales” pasan a formar parte de los motivos personales de cada uno de los lectores. Al menos de los míos.

domingo, 6 de septiembre de 2015

LA GENTE: SIN MÁS, PERO SIN MENOS


Hay días en los que el tiempo se alarga, o tal vez sean días en los que no sabemos ofrecerle asuntos al tiempo para llenarlo con algo de contenido interesante. No es lo normal, a poco que nos esforcemos, pues siempre hay algo en lo que entretenerse, aunque solo sea para intentar matar el tiempo (Qué honda es eta expresión de “matar el tiempo”)..
A veces lo hago con el análisis del significado de palabras o expresiones cuyo uso por parte de la mayoría de las personas -seguramente incluyéndome yo mismo- no es el más exacto. Eso que perdemos en la comunicación, ese ruido que producimos y esa ocasión que desaprovechamos para utilizar la mejor arma que tenemos en el diario asunto de la convivencia.
Hoy apunto un caso: “La gente anónima”.
Decía don Antonio Machado que ninguna cualidad puede poseer la persona que sea superior al hecho mismo de ser persona. Estoy muy de acuerdo con él; a pesar de que en numerosas ocasiones me desazone al comprobar -ojalá que equivocadamente- cómo los comportamientos no son precisamente los que podríamos esperar en seres racionales, o sea, en personas.
¿Cómo es posible que, para empezar, les quitemos el nombre a las personas y las escondamos en el anonimato? Con ello las estamos privando de su primer derecho, el de poder ser identificadas individualmente.
No sería lo peor eso si no fuera porque, además, el adjetivo de marras, “anónima”, anda cargado de connotaciones negativas en su uso actual. Gente “anónima” nos lleva a la desposesión de cualquier valor, al olvido y al arrinconamiento. Y también ocurre con el sustantivo. Así, recibir un “anónimo”, o escribirlo, esa costumbre tan cobarde y miserable que se ha extendido como las plagas en los medios de comunicación, deja -este “anónimo” sí que merece ser cargado con el peso de la connotación negativa- a quien lo envía en la escala de los bajos fondos de las segunda o tercera filas de la consideración.
El asunto viene de lejos pues ya en los primeros siglos de expresión literaria los anónimos eran casi una constante. Pero aquello obedecía a otros contextos: unas veces era la tradición y otras las precauciones ante las posibles represalias de los poderosos mencionados y cuestionados en los escritos. El autor de Lázaro de Tormes se las tuvo que pensar muy mucho y dejó aquella crítica feroz sin firma. Más bien por si acaso…
Hoy nadie puede pensar que, si una persona se manifiesta con algo de cordura, vaya a tener dificultades insalvables ante los demás. Más bien parece que se trata de un contrasentido según el cual casi todo el mundo necesita echar su cuarto a espadas, porque lo que no se publica no existe ni se considera, y a la vez faltan las agallas elementales para hacerse cargo de lo que uno dice.  Algo así como sucede en las sociedades anónimas, en las que los peces gordos se esconden y se hacen anónimos a través de las acciones, aunque a algunos les salen por todas partes y no lo pueden disimular.
De modo que la gente, por el hecho de serlo, ya es digna, individualizada y concreta. Nada de gente anónima, cuando escondemos la significación de humilde, de segunda clase y hasta del montón. La gente, las personas, los ciudadanos, los votantes… no necesitan de añadidos tan peligrosos como el de “anónimo”.

Lo que tal vez queramos salvar de la vulgaridad en realidad lo podemos hundir en el reproche y hasta en el desprecio. Cuidado.

viernes, 4 de septiembre de 2015

HABLO CON LAS ESTATUAS


HABLO CON LAS ESTATUAS

Caminar la ciudad a paso lento
y mirarles la cara a las estatuas
es ejercicio sano y conveniente
cuando la tarde cae. En sus ojos
duerme toda la sed que ha ido quedando
del paso de la gente por las calles:
sus voces, sus silencios, las oscuras
ambiciones guardadas en sus labios
y esa tristeza gris que va envolviendo
los rincones donde la luz se duerme.

Me gusta hablar con ellas, con sus blancas
sonrisas y su insistente calma.
Las abrazo y me miran con su mirada cómplice;
ellas me dan noticia de las pequeñas cosas
de esta ciudad estrecha y perezosa

en que me siento raro, extraño, solitario.

jueves, 3 de septiembre de 2015

AYLAN EN LAS ARENAS



AYLAN EN LAS ARENAS
“Las manos de mis niños se me escaparon de la mías”. Palabras del padre de Aylan, niño sirio que se ahogó en el mar, entre Turquía y Grecia, junto a su madre y un hermano mayor de cinco años. Todos huían de la guerra en su país.

Supe de tu existencia desde el día
aquel que, desde el mar de la Antillas,
surcaron naves hacia el mar de oriente,
con la muerte en sus vientres
y una insaciable sed del oro negro.
Te adiviné en los turbios pensamientos
llegados de la tundra de Siberia,
envueltos en la faz de la locura.
Estabas incubando cuando Europa
jugaba a repartirse Oriente Medio.
Naciste cuando Alá andaba furioso
jugando a la guerrilla con los niños,
descabezando bienes y razones
en nombre solamente del misterio.
Creciste con el miedo a los caprichos
del sátrapa de turno en tu contorno.
El hambre te empujó, te empujó el viento
contra el último engaño de occidente.
El mar se volvió cómplice y al verte
tan solo, tan pequeño, tan humilde,
se apiadó de tu tierno sufrimiento.

Todo eso lo había visto y no supe mirarlo.


Tú hoy le pusiste cara y me increpaste
por no haberlo gritado a grito limpio,
por no cambiar la parte que me toca
y no gritar la rabia y la impotencia:
por no haberme manchado en mi palabra.

Hoy va mi maldición contra esta historia,
que es historia de todas las historias.
Porque hoy tú eres el resto de un naufragio
que llega desde el cielo y certifica
el despiadado paso de los tiempos.
Que los dioses respondan de sus culpas,
que los seres se miren la conciencia,
que yo sepa llorar lo intolerable
pidiendo tu perdón,
y que la tierra grite
un grito de dolor en las arenas
donde tú te rendiste
acunado en el eco de las olas

del mar Mediterráneo.

martes, 1 de septiembre de 2015

EXTRANJEROS CLASEADOS


Los finales de agosto me sumergen en un mar de noticias que, sin solución de continuidad, van vomitando los medios de comunicación, fundamentalmente las imágenes televisivas: pateras llenando el Mediterráneo sin poder aproximarse a las costas, playas llenas de turistas tostándose al sol y sin prisas para nada, barcazas en las que se agolpan gentes de diversas edades que huyen de sus países, trenes hasta los topes que almacenan personas con las mismas intenciones, hileras interminables de fatigados con niños exhaustos de miradas indefinidas que lo juegan todo a la ruleta de la Europa Occidental, traspasos a gogó de futbolistas de un país a otro…, y los primeros insultos políticos inaugurando una temporada que se presenta repleta de acontecimientos importantes.
En esa sucesión se me reflejan las enormes diferencias entre unos y otros casos. Por una parte los turistas divirtiéndose (eso dicen y eso muestran con sus gesticulaciones exageradas) y los deportistas de primer nivel; por otra parte, toda esa fila inacabable de los que se afanan por conseguir llegar hasta donde entienden –acaso no saben muy bien en dónde se meten- que su vida puede desarrollarse con más dignidad.
Hasta la terminología los diferencia: mientras que unos son turistas, otros son inmigrantes; mientras que a unos se les recibe con todas las atenciones, a otros se les ponen barreras materiales y sociales de todo tipo; mientras a unos se les incluye en esas estadísticas de las que después se va a presumir y con las que se va a engañar a muchos ciudadanos, a los otros se les raciona todo y se les controla en busca del menor cupo posible. Los primeros vienen dispuestos a consumir; los segundos llegan con la petición de trabajar a cambio de un sueldo que les permita sobrevivir. La Europa envejecida y opulenta los mira como apestados y los más egoístas reclaman su control cuando no su expulsión inmediata.
Todos son extranjeros pero no todos engrosan las mismas listas. Para los más pudientes se habla de movilidad, de sol, de hoteles, de fiestas y saraos; mientras que a los más necesitados se les ponen concertinas y vallas de toda clase. Todos poseen la misma dignidad por ser personas, pero no a todos los dignificamos de la misma manera. Los hijos de unos son iguales a los de los otros, pero sus caras no expresan la misma angustia ni la misma situación.
Y, por si fuera poco, hasta los nombres los heredan. Los hijos de los extranjeros pobres que nacen en los países de llegada siguen siendo inmigrantes, tan solo rebajados por el apellido de “inmigrantes de segunda generación”. Los hijos de los extranjeros pudientes son españoles de nombre, de hecho y de todo derecho. A los primeros seguimos estigmatizándolos con el nombre, incluso después de ofrecerles otros muchos derechos, como son los de educación, sanidad, trabajo…
También con estos calores veraniegos sigue habiendo caminos que surcan diligentemente el cielo o las olas del mar con suavidad, y hasta los carriles de las autovías con rapidez. Hay otros que, por desgracia, lo hacen con más lentitud, con el cansancio a cuestas y con las ilusiones difusas y casi imposibles; de hecho, muchas se quedan por el camino, bajo el calor del sol, a la intemperie del viento o al capricho de las olas.

Y es que siguen existiendo billetes de distinta clase, y no es lo mismo viajar en clase turista que en clase preferente; ni lo es trasladarse en yate que en patera. Dónde vas a parar. Y lo peor es que el esclavo demasiadas veces sigue aplaudiendo al del yate mientras este le ordena y manda que se lo limpie.

domingo, 30 de agosto de 2015

LLUVIA EN AGOSTO


LLUVIA EN AGOSTO

La lluvia se hizo gris, se asomó al cielo
en busca de unas bocas desgastadas
por la fuerza sin tregua de la sed.
De pronto se aceró en el cielo todo,
se congregó el misterio en los cristales,
al sonido seguido de las gotas
tecleando el azogue y elevando
el asustado vaho que desde el suelo
se elevó como el humo hasta lo alto.

Era la hora del canto,
de dejarse llorar por esa lluvia
que llega emborronada hasta la tierra
para calar los huesos
y remover las frondas y los árboles.

Fue la blandura entonces,
la embriaguez absoluta,
el lento resbalar  por todo el cuerpo
la gasa que se suelta y canta libre,
la desnudez y el baile, la alegría

de todos los regalos de la lluvia.