jueves, 29 de octubre de 2015

POR UNA ÉTICA ¿BEJARANA? (XI)


Ya hemos colocado como índice de valores y de elementos de ética ciudadana aquellos que genéricamente se recogían en la Declaración Universal de Derechos Humanos y los que se han ido incorporando posteriormente y que, también de manera genérica, llamamos de tercera generación. No se aboga aquí, por tanto, por ningún grupo de elementos nuevos ni que no hayan sido analizados, reconocidos y aceptados por todos las comunidades más asentadas en la cultura occidental.
Pero es que eso mismo se puede considerar para las comunidades del resto de los países, por más que el grado de práctica de los mismos deje mucho que desear en buena parte de ellos. La ética civil de mínimos, a pesar del apellido circunstancial de ¿bejarana? que le hemos puesto, bien se ve que alcanza a todos los seres humanos, si bien se puede acoplar y matizar en cada uno de los niveles, desde el personal, pasando por el familiar, de amigos, LOCAL, regional, nacional o universal.
El sustento no es el territorio, ni siquiera lo es la organización social de cada lugar; lo que mantiene esta ética es el valor del ser humano por el hecho de serlo. Poco o nada tienen que decir, entonces, las religiones, las razas, las sapiencias, los dineros… El camino también se puede andar en sentido contrario; en ese caso, al menos entendamos que nos movemos en los mínimos que deberían ser de defensa y de uso en las sociedades occidentales en las que nos ha tocado vivir.  Los valores de esta ética de mínimos deberían suponer la mejor prueba de estabilidad y el mejor legado que podríamos dejar a las generaciones venideras.
La dignidad humana, la justicia como referente y el espíritu de diálogo y de participación son los tres valores que nos inspiran. La dignidad humana como valor irrenunciable del ser humano, que se podría hacer reconocible en aquella máxima descrita por E. Kant: “Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solo como un medio”. El principio de justicia nos tiene que remitir a un esquema de derechos y de libertades personales que solo tenga como límite un esquema de derechos y de libertades semejante para los demás. La sabiduría popular lo repite en aquello de “no quieras para otro lo que no quieres para ti”. Y la necesidad de la participación nos empuja al diálogo constante para buscar, no la justificación constante de aquello que ya está definido y admitido como valor común, sino las mejoras continuas en los elementos comunes que favorecen la convivencia y la dignidad humanas. Todos estos principios se han ido descubriendo, reconociendo y precisando a lo largo de los tiempos, con la participación de muchos y con las imperfecciones de casi todos. Por ello, nada es despreciable a priori, todo vale con tal de que esté sometido al criterio de la razón y del sentido común y respete, ampare y busque mejorar en su desarrollo los principios que se han enumerado antes. Se trata, en el fondo, de mirar al ser humano como tal y no a ninguna de sus apetencias en particular, y de respetar los valores esenciales que lo definen tanto individual como colectivamente. En ese encuentro de mínimos es donde todos mejor nos podemos descubrir y donde mejor podemos celebrar los privilegios sin fin que la vida nos ha ofrecido a todos. Al otro lado, y ya lejos, quedan los vencedores y vencidos, los ganadores y los perdedores, los más poderosos por encima de los más débiles, los que quieren imponer su verdad como algo absoluto, los que buscan el camino de la vida en solitario y siempre frente a los demás. Dignos, justos y dialogantes. Este es el programa común, aquel en el que cabemos todos. Defenderlo y tratar de convencer con él es la tarea de cada uno.

Y, si tuviera que haber coordinadores para dar eficacia a la participación de todos, que sean los que tengan mirada más alta, los más formados y menos egoístas (los filósofos, como quería Platón), los que sean capaces de desarrollar estos principios generales y básicos. En los contextos más próximos y en los más generales: en la persona, en la familia, en el barrio, en la escuela, en la ciudad…  

miércoles, 28 de octubre de 2015

POR UNA ÉTICA ¿BEJARANA? (X)


En el momento en que escribo estas páginas (octubre de 2015), los diversos partidos políticos presentan las bases de sus programas electorales con los que van a concurrir a las elecciones generales de diciembre próximo. En casi todos ellos se incluye algún apartado que hace referencia a la situación que la religión católica  debe tener en la vida diaria de los españoles. El asunto es muy enjundioso y largo, pero algo difícilmente rebatible es que resulta de referencia común y que alcanza una importancia grande en la concepción política y social, pero también en la práctica, o sea, en la ética y en la moral.
Se ha dibujado antes la presencia histórica de éticas de ascendencia religiosa, de raíz laicista y de estirpe laica. Las dos primeras se sitúan en los antípodas y, en alguna medida -creo que más la primera que la segunda- excluyen otras posibilidades y otras fuentes como bases para extraer los principios en los que se basan; ambas corren el peligro de estigmatizar lo contrario y de tender al absoluto de “conmigo o contra mí”.

Aquí se aboga por una ética laica que no excluya ninguna posibilidad pero que huya de cualquier dogmatismo, que exija al común lo que realmente puede exigir y no aquello que pertenece a la esfera privada o al nivel no de la justicia sino del amor y de la felicidad. El ser humano posee la capacidad de la razón y no puede ni debe renunciar nunca a ella. Pero hunde sus raíces en un sentimiento configurado por fuerzas que no pueden ser medidas fácilmente por la razón. La modernidad puede ser reducida a la separación entre la fe y la razón, pero no a la negación de ninguna. Si no hay oposición entre una y otra, no se ve la necesidad de negar la fe como fuente de vida y de ética. Cuando los resultados de una y de otra no son convergentes, entonces debemos tener la suficiente amplitud de miras  para compartir aquello, y solo aquello,  que nos es común, lo que todo ser humano puede llegar a alcanzar. Y esto solo se consigue a través de la razón. Pero también debemos permitir que el creyente de ética religiosa añada sus costumbres y sus usos, siempre que no reduzca ningún derecho de los demás ni denigre la dignidad humana. Los practicantes de ética religiosa deberían entender que la ética cívica no remite a Dios en sus planteamientos, porque entonces estamos hablando no ya de unos mínimos de igualdad, de libertad o de justicia desde el diálogo, sino de unos máximos que apuntan al mundo del amor, de la felicidad, o de ilusiones sobrenaturales. Y esto ya no se le puede pedir a ninguna ética ni a ninguna moral, porque tiene otros caminos particulares y personales. No solo los de la religión: Acaso no los de la religión. Acaso otros raros y minoritarios en su uso. Puede que una mezcla de todos. Al camino de la excelencia puede y debe aspirar todo ser humano, pero la ética cívica tiene que saber retenerse y no burlar la intimidad personal. Estamos hablando ya de territorios brumosos y de suelos en los que crecen frutos muy diversos.

martes, 27 de octubre de 2015

POR UNA ÉTICA ¿BEJARANA? (IX)


Pero más allá -y, si se me permite, más acá- de los principios, se halla la realidad machacona de cada día, una realidad múltiple y muy desigual. José Antonio Marina, filósofo y educador, afirmaba, con sentido común, que educar es cosa de la tribu. Trataba de hacer ver con esta expresión que todos debemos estar involucrados en la configuración de ese camino que llamamos educación.
Ya se ha recordado aquí que la educación no es solo la que se concreta en las escuelas sino todo el entramado que teje la vida social de todos nosotros a lo largo de la vida. Resulta evidente que, aunque la educación -y su realización en los comportamientos éticos y morales- es cosa de todos, hay factores que ejercen una influencia superior a los demás: amigos, publicidad, modas, medios de comunicación… Si no se controla el peligro, también aquí estamos en el camino de nuevas tiranías morales y de costumbres. Frente a ese peligro debemos ponernos en guardia si queremos la realización de una ética cívica participativa por la que venimos abogando. Por eso la necesidad de unos principios, de unos valores y de unos usos que orienten nuestra actividad. La libertad de la diversidad no puede ser confundida ni con el caos ni con la falta de esos mínimos imprescindibles, los que nos sostienen en una sociedad democrática, plural pero estructurada.
Resulta fantástico que cada ser humano se haga cargo de su plan de vida, que, desde su responsabilidad y libertad, trace su camino personal. Pero no podemos arriesgarnos a que cada uno de nosotros tenga que descubrir el fuego. Tampoco en lo que se refiere a los valores morales podemos partir de cero y estar todo el tiempo cayéndonos y levantándonos. Lo que está conseguido y aceptado por todos como algo elemental ya no puede tener vuelta atrás en la dignidad humana. ¿Qué éxito puede tener el que, a estas alturas, se plantee el valor de los derechos humanos, por ejemplo? Ha costado demasiado esfuerzo y tiempo como para volver a darle vueltas con pasos hacia atrás. Lo han formulado teóricamente los pensadores más sesudos, lo han recogido los tratados más importantes y han visto alguno de sus logros los que lo han practicado en comunidades abiertas y democráticas. No, no hay vuelta atrás: nuestra ética, la ética civil en una comunidad democrática y participativa se asienta en unos valores consolidados y tiene que mirar al futuro para procurar mejorar y ampliar esa escala de derechos y de deberes. Nadie puede gastar tiempo y esfuerzos en divagaciones acerca de si uno tiene derecho a la vida, a la expresión libre y educada de las ideas, a la circulación, a…, a todos esos derechos consolidados que llamamos primera, segunda y tercera generación. La discusión participativa debe comenzar en ese nivel y nunca más abajo, el diálogo exigible en este tipo de ética cívica tiene que dar por descontadas estas realidades.
Es verdad que la práctica diaria nos enseña que hay aún demasiadas reticencias por parte de demasiados ciudadanos y de grupos de poder que, en nombre de una pretendida libertad individual y de una defendida dificultad para llegar a acuerdos comunes en materia ética y moral, siguen empeñados en desfigurar ese ramillete de principios ya consolidados en la teoría y, sobre todo, en el sentido común de todo ser de buena voluntad. A partir de este nivel, todo puede y debe ser discutido, todo ha de ser puesto en la picota. La participación sana y en igualdad de condiciones nos llevará fácilmente a la convicción personal y colectiva para ajustar otros usos éticos aún no consolidados. Para ello -una vez más- se anuncia como irrenunciable la educación de todo individuo y la inversión personal y colectiva en todos los esfuerzos posibles que sitúen a cada ciudadano en igualdad de condiciones en la participación, en la discusión y en el intento de convicción ante los demás para justificar usos y libertades, tanto en el ámbito más cercano como en el universal.

Trasladar estas tasas de exigencia a la conciencia personal y a la colectiva es labor de nuevo de todos nosotros, no solo de los poderes públicos, aunque a estos se les debe exigir siempre que favorezcan las condiciones para que ello se produzca. Por más que ellos pierdan poder y protagonismo. No queremos salvadores de nada ni de nadie: tenemos que salvarnos todos a todos y cada uno a sí mismo. Solo pedimos igualdad de condiciones y respeto a esos principios que reflejan los derechos y deberes esenciales para el desarrollo digno de cualquier ser humano.

lunes, 26 de octubre de 2015

POR UNA ÉTICA ¿BEJARANA) (VIII)


Decididamente, estamos condenados a entendernos. Un divulgador científico español resumía el eje de la evolución con la imagen sencilla de un ser unicelular que se sentía solo y se buscó la manera de gritar “¿quién anda ahí?” para asociarse e ir formando otros seres más complejos hasta llegar al ser humano. No me parece mal ejemplo. La soledad es el mal por excelencia y su curación nos obliga a compartir tiempo, espacio, pensamiento y costumbres. Así nos hacemos más complejos, más completos y más participativos Pero ni todo el tiempo, ni todos los espacios, ni todo el pensamiento, ni todas las costumbres. La soledad buscada es tal vez la más agradable compañía con uno mismo. Decía el poeta Antonio Machado que “quien habla solo espera hablar con Dios un día”. Incluso en la soledad se producen el diálogo y el intercambio.
Se adivina, por tanto, la necesidad de marcar hitos, lindes y horarios de reparto. Hay que dar con unos mínimos de convivencia y de ética civil. Y tal vez no haya que darle demasiadas vueltas al asunto: los tenemos a la vista, los aceptamos en la teoría y solo necesitamos hacer práctica continua de ellos, los tenemos hasta negro sobre blanco, los hemos incorporado como referencia, aunque con debilidad, a la hora de hacerlos realidad. Son los DERECHOS HUMANOS. ¿A qué persona de los países llamados de cultura occidental se le ocurre poner en duda el valor de estos derechos? Buscamos la forma de esquivarlos en nuestro egoísmo personal y en nuestra interpretación exclusiva de la vida; pero aquí se trata precisamente de evitar ese peligro, peligro que se ha descrito anteriormente. ¡Si no son tan especiales, si todos se incluyen en la necesidad de respetar unos derechos básicos de toda persona, por el sencillo hecho de ser persona, el respeto a unos valores racionales no excluyentes y a una predisposición al diálogo y a la participación, en la que tanto se viene insistiendo!
La Declaración Universal de Derechos Humanos puede ser nuestro punto de partida. En esa declaración se recogen los llamados derechos de primera generación. Después de más de medio siglo, todos teníamos que tener en nuestro subconsciente el poso que destilan tales principios, de tal manera que deberíamos estar dispuestos a razonar desde ellos y para ellos, por más que ya resulten axiomáticos. ¿O alguien que se atreva a refutar el derecho a la vida, a la libertad de expresión y de reunión, al derecho a moverse libremente (nuestra vieja Europa, por desgracia,  cuestiona ahora mismo esto con la crisis de los emigrantes), o de participación? Se lo podemos permitir a cualquiera, porque no somos excluyentes, pero no se atrevería: quedaría muerto de vergüenza desde el comienzo del razonamiento. Y otro tanto sucedería con los derechos llamados de segunda generación, aquellos que acreditan los mínimos sociales, culturales y económicos de todo hijo de vecino. Cuánto costó y sigue costando adquirirlos y mantenerlos, pero no tanto declararlos como inalienables y como constitutivos de la condición humana. El resto de Tratados no ha hecho otra cosa que ir reafirmando este índice de derechos reconocidos. Enseguida se argüirá que la realidad restringe su práctica. Es verdad, pero ya no tienen peso racional las opiniones que los rechacen y no pueden ser admitidas en la comunidad por falta de rigor racional. Aquí vuelve a encajar aquella afirmación de que NO todas las opiniones son respetables, por supuesto que no. La razón, como se ve, nos asiste; necesitamos la fuerza y las ganas de recordárnoslo cada día para frenar cualquier intento de marcha atrás, todas esas noticias que a cada minuto nos recuerdan que su práctica está en peligro casi continuo. La exigencia a nosotros mismos y a las fuerzas representativas de la comunidad debe ser continua y sin tregua.
La Historia es un discurrir continuo y ahora nos hallamos en el acogimiento de los derechos de tercera generación (medio ambiente, paz, calidad…). Los que defendemos una ética personal y común de carácter civil deberíamos estar en la vanguardia y empujar para hacer realidad y costumbre admitida por todos este nuevo paquete de derechos y deberes que dignifican la vida de todos los seres humanos cualquiera que sea su condición.
En nuestra realidad más inmediata, la de esta ciudad en la que vivimos, los principios son los mismos pues nuestra condición humana es idéntica. Será fundamental buscar elementos y situaciones de aplicación positiva y evitar la aplicación de los mismos en sentido restrictivo o negativo. Nos sustentan principios comunes, nos aguarda una defensa y sobre todo una promoción positiva de los derechos de todos, con todos y para todos. Y hay mucho que describir, que evidenciar, que corregir y que mejorar. Eso sí que sería ponerle sustancia a aquello de “En Béjar, por Béjar y para Béjar”. Por citar solo un caso de la más avanzados: ¿Cuánto se puede moldear y mejorar en el maravilloso medio ambiente que nos rodea?

Pero de nuevo hay que recordar que o es tarea de todos o no es, al menos en el nivel adecuado al desarrollo de una vida digna de ser vivida, como seres humanos racionales. Sí, estamos condenados a entendernos.

domingo, 25 de octubre de 2015

POR UNA ÉTICA ¿BEJARANA) (VII)



A estas alturas del relato, tal vez parezca un desatino seguir empeñados en buscar elementos comunes que den base al comportamiento y hasta uno puede parecer desfasado, fuera de onda y desde luego alguien que no está a la última. Las reflexiones “posmodernistas” y otras anteriores muy sesudas parecen dispuestas a no favorecer demasiado a aquellos que creen en esa posibilidad. El pensamiento débil, la explicación de la práctica desde la práctica, las modas pasajeras, el mundo de la imagen, el debilitamiento de los elementos absolutos, el sentimiento engañoso de una falsa libertad individual, la prevalencia de la apariencia y del ingenio frente a las ideas trabadas…, todo parece contribuir al desánimo y a dejar correr los comportamientos al albur de la voluntad o del instinto individuales.
Algunos pensamos que, sin necesidad de dogmatizar en nada y con la humildad de las limitaciones de la razón, este remedio termina siendo peor que la enfermedad y nos resistimos a desistir de la búsqueda de esos elementos mínimos, pero colectivos y universales, que asienten y orienten nuestras conductas, desde la comunidad de los mínimos y desde la diversidad de los máximos. El asunto es muy serio y no podemos dejarnos llevar ni por la solemnidad ni por la frivolidad en la que parece que estamos instalados. No puede ser que las normas de conducta estén en los gurús de los deportes, ni en los que sin escrúpulos se suben a un escenario y se ponen “en concierto”, ni en los que abren supermercados  por todas partes o en los que monopolizan el dinero y la circulación del mismo. En esto nos jugamos algo muy importante: nada menos que el discurrir por la vida con paso de decencia y de responsabilidad, o el mismo discurrir al amparo del sol que más calienta y por la senda que nos marque el rebaño. Se diría que hemos cambiado los dioses de la religión o de la nobleza por los de los medios de comunicación, por los que a todas horas andan en la caja tonta y por los que acaparan el dinero y las decisiones. Salimos de Málaga y entramos en Malagón. Ese acaparamiento de presencia y de modelo de actuación en la vida es tan excluyente como los anteriores y provoca las mismas disminuciones mentales y humanas que los que parecían en proceso de superación. Tienen que existir otros modelos diferentes, más nobles y positivos; no pueden ser otros que los que encuentren su base en la educación y en la participación de todos en igualdad de condiciones, aquellos que sigan teniendo unas bases orientadoras generales en cuya confección hayan participado todos los elementos de la comunidad.
Por eso, tenemos que fomentar entre todos, empezando por los poderes públicos, la claridad, la transparencia y -perdón por la insistencia- la participación. Lo mismo que ya no nos sirven las imposiciones de la tradición nobiliaria ni los dogmas sin explicar de las religiones, tampoco nos deberían servir las imposiciones actuales de actores sin autoridad moral, pues sus valores no son racionales sino de poder económico, de imagen o de cualquier otro tipo efímero y no racional.
La lucha contra estos nuevos dioses mediáticos y económicos no resulta precisamente sencilla, pues cuentan con poderes casi absolutos; pero están horros de uno fundamental: el de la razón, el del poder del convencimiento, el de la influencia por la responsabilidad, por el esfuerzo y por el razonamiento. Ese es su flanco débil y por él han de ser atacados. En beneficio propio y en el de toda la comunidad, comunidad que se hará más fuerte y más dinámica en tanto sepa defenderse de estos peligros de los nuevos dioses y sea capaz de marcarse su ritmo de vida y su escala de valores propia. En definitiva, una moral y una ética tan necesarias como enriquecedoras.

También en este campo nuestra comunidad puede preocuparse, de manera individual y colectiva, por marcarse unas defensas ante estos peligros que la acechan y por favorecer un contexto en el que se desarrolle la conciencia individual y colectiva desde sus propios razonamientos y desde sus propias costumbres; sin olvidarse del mundo, pero sabiendo y afirmando que su mundo es sobre todo el que la persona y la comunidad se marquen, el que su experiencia vital razonada le vaya indicando y aquel al que el análisis le vaya conduciendo. Necesitamos, también aquí, fomentar el desarrollo de la sociedad civil, la actividad de los foros en los que no solo se juegue sino que sirvan para el intercambio de pareceres y para la reflexión. Tal vez después también lleguen las partidas y los partidos, pero desde una actitud muy diferente y mucho menos alienadora. Al fin y al cabo, poseemos toda una experiencia histórica que nos puede y que nos tiene que marcar el camino mejor para el futuro.

sábado, 24 de octubre de 2015

POR UNA ÉTICA ¿BEJARANA? (VI)


En una comida familiar hablábamos de la educación y de las clases de religión en la enseñanza. Alguien me repetía la aburrida monserga de que no quería que se perdieran los valores que aportaba la religión en la escuela. Yo me enfadé bastante. Es afirmación que se escucha con demasiada frecuencia. ¡Como si algunos valores (buenos o malos) solo se pudieran producir con la presencia de unas enseñanzas religiosas! ¡No, de eso nada! La procedencia de esos valores (insisto, buenos o malos) no es exclusiva ni de una iglesia, ni de una religión, ni de un partido político, ni… Estamos tan mal acostumbrados a confundir moral con religión… Es otro de los posos de la larga dictadura y del poder de la religión única durante tanto tiempo. La lengua pervierte y enmascara la realidad, y la realidad pervierte la lengua como instrumento que la fija.
¿Dónde, entonces, las fuentes de las que manan los principios que configuran una moral determinada y unos comportamientos éticos? La respuesta no pude tener una sola dirección, ni negar las aportaciones de cualquier regato que quiera engordar la corriente del río principal.
La Historia configura nuestro presente, y las historias son colectivas pero también personales e individuales. Los veneros, como los que nutren el nacimiento de nuestro río Cuerpo de Hombre, allá en Hoyamoros, son múltiples y diversos. Nadie puede poner una pica en un lugar concreto y decir: aquí nacen las primeras gotas de nuestro río: se estaría equivocando. Si un partido político se hace garante de toda la verdad, incurrirá en el peligro de la imposición; si lo hace la iglesia, tres cuartos de lo mismo, por más que se sometan sus fieles a orígenes divinos, pretendidamente absolutos y beatíficos: el peligro es el mismo e incluso se acentúa; si la garantía la buscamos en el argumento de autoridad, desarrollaremos la nobleza de recoger amablemente las opiniones de aquellos que anteriormente han dejado su pensamiento respecto de algo y lo han hecho razonadamente, pero ni así nos sirve del todo… Al final, la decisión la tenemos que tomar todos nosotros; tiene que ser nuestra conciencia de seres racionales y sintientes a la vez la que decida aquello que tiene que pasar a formar parte de la conciencia moral y ética que nos interesa y que favorece el desarrollo personal y de la comunidad.
Como se ve, la tarea no resulta sencilla, porque las opiniones no son absolutas y porque, además, proceden de las limitaciones en las que nuestras mentes racionales se mueven y actúan, incluso en las mejores voluntades. ¿Entonces? Alguna pista hay. La primera es la de actuar con humildad y con la mejor de las voluntades; no con la voluntad del lelo, que no sabe realmente lo que quiere, sino con la buena voluntad de aquel que entiende que la razón es pequeña y no concluye ni alcanza todas las verdades ni toda la extensión de las verdades. En segundo lugar, comprendiendo que, en asuntos de moral, no podemos aplicar la relación numérica de las mayorías como se hace en la confección de las leyes y en otros asuntos de tipo social. Aquí las mayorías no son definitivas. No se puede, por ejemplo, obligar a nadie a acudir a un espectáculo deportivo o religioso por el hecho de que le guste a la mayoría de los que forman la comunidad.
Las normas jurídicas obligan por mayoría, las religiosas obligan por fe, las morales tienen que obligar por convicción personal y colectiva. Las reglas éticas y morales, en realidad, tienen que convencer, no imponer.
La pregunta sigue en el aire: ¿Cómo acceder a esa conciencia colectiva, a esos principios morales que han de regir nuestros comportamientos personales y colectivos? Pues desde la conciencia de cada uno. ¿De cualquier manera y en cualquier situación? No, por supuesto. Para que la partida no tenga trampas, a las conciencias hay que darles igualdad de oportunidades y contextos en los que puedan desarrollar sus razonamientos, esos que les llevan a conclusiones firmes y duraderas. Y solo se ofrecen dos caminos para ello: el de la educación y el de la participación. Con la educación -es algo bien distinto de la instrucción y de los títulos- estaremos creando conciencias críticas, preocupadas por la mejora de cada ser y de la comunidad, y estaremos preparando las condiciones para que las aportaciones de cada uno puedan ser tenidas en cuenta por los demás, pues han de proceder de razonamientos serenos y no excluyentes y se basarán con toda seguridad en argumentos racionales, humanos y accesibles a todas las personas. Con la participación estaremos favoreciendo el intercambio de las opiniones, de los razonamientos y de los mejores descubrimientos de cada uno de nosotros. En este proceso habremos ganado la confianza de todos y habremos asentado en la conciencia de cada uno una serie de verdades y de comportamientos que ya han de ser irrenunciables y que han de pasar a formar parte de lo consabido y de lo natural, de aquello que ya ni se discute porque se da por convenido y por obligatorio por convencimiento.
Ya tenemos el magma de una conciencia colectiva, de una moral cívica y social, de un código no escrito en el que nos sentimos cómodos porque no es exclusivo ni impuesto desde fuera, sino alcanzado poco a poco, con el roce diario de cada conciencia con la de los demás. Se crea un proceso imparable que va elevando el nivel de conciencia social y de moral colectiva en la que de poco sirven esas expresiones políticas y sociales de “yo he ganado y tú has perdido”, o de “apártate y deja trabajar hasta que ganes y entonces decidas tú”. Son expresiones que no me invento y que recojo de algún representante social de nuestra ciudad, tan lejos él de esa conciencia cívica participativa e integradora. De nuevo emerge la figura del enfrentamiento en el que andamos empeñados en esta nuestra sociedad de ganadores y de perdedores, de hacernos la puñeta unos a otros con tal de ganar nosotros: en el comercio, en el amor, en el deporte…, en todo. Me ahorro ejemplos que cada uno puede observar en sí mismo y a su alrededor a poco que le dé por dar un paseo por nuestra ciudad. O por cualquier otra.
A los poderes tradicionales les tenemos que exigir no que nos impongan ninguna moral, pero sí que favorezcan la educación de las personas de esa comunidad y su participación en la vida de cada día y en la concepción y elaboración de los proyectos de todo tipo: locales, diálogos, organizaciones libres, intercambios… Participación y más participación.

Se me dirá que algún grado de moral colectiva siempre ha existido. Por supuesto. Pero, en el siglo veintiuno,  queremos negar las morales que excluyen cualquiera otra posibilidad que no sea la suya y aquellas  que alejan a todos los seres de la colectividad de participar, en condiciones favorables y de igualdad, en la creación de esa conciencia moral y ética para la persona y para la comunidad. Por eso, convendría revisar algunos de esos grados de conciencia, para ver en qué nivel nos encontramos y hacia qué metas nos podemos encaminar.

viernes, 23 de octubre de 2015

POR UNA ÉTICA ¿BEJARANA? (v)


De nuevo, un repaso a cualquier índice de la Historia nos sitúa en condiciones de asustarnos ante la existencia de morales de una sola dirección: Inquisición, dictaduras de diverso pelaje, actividad de poderes religiosos en países confesionales, celebraciones religiosas impuestas… Cualquiera puede extender su curiosidad o sus conocimientos en este repaso sin necesidad de ninguna consideración añadida aquí. El mismo recorrido se puede realizar por la historia más cercana, de nuestra ciudad y hasta de nuestras personas. ¿O es que no se recuerda lo que sucedía con la vestimenta hace tan solo unos años? ¿Y con las obligaciones religiosas? ¿Y con los usos sociales de bailes, salidas nocturnas, relaciones de novios, convivencias, jerarquías familiares y hasta de usos léxicos…?
Una pequeña confesión personal. No hace muchos años, en un período en el que estuve en el ayuntamiento como concejal, me negué a portar la bandera civil en un acontecimiento religioso en el que además se rinden banderas civiles ante símbolos religiosos. Estaba en la oposición y no di publicidad al asunto. Seguro que, si se la hubiera dado, habría causado escándalo público. Y hace de esto menos de quince años. Eran (siguen siendo en parte) resabios y usos de una moral de dirección única los que dominaban.
En el caso de nuestro país, las circunstancias políticas de dictadura y de estado confesional agravaron este hecho y lo multiplicaron en sus prácticas. También las condiciones en las que Béjar participó del período de dictadura y de su dependencia industrial como servidor del mismo régimen pueden haber contribuido a explicar sus tendencias sociales, morales y religiosas. El asunto daría para un tratado muy largo y creo que esclarecedor, pero aquí no hay lugar. De nuevo aparecería aquí la aparente contradicción de una ciudad “roja” con unas tendencias de práctica política “azules”. De cualquier manera, lo que se observa es la inercia durante muchos años a interpretar una moral de una sola dirección, con unos intérpretes bien determinados y únicos también, mezclados entre religiosos y clases sociales poderosas.
El largo período de dictadura dio paso a la sociedad democrática más reciente. Pero el fenómeno no fue paralelo en las normas y en las costumbres: las costumbres y los usos siempre tienen un arraigo y un desarraigo más lento. Por eso, todavía hoy se pueden ver restos que no corresponden exactamente al ordenamiento civil y de norma positiva.
Pero no es menos cierto que formalmente se pusieron las bases para la aparición pública de otras concepciones vitales y de otras morales diferentes, unas morales que renegaban del origen religioso de las normas y que defendían la razón humana como única fuente en la que buscar los elementos básicos de convivencia. Entraron, por tanto, en colisión visiones diferentes de la realidad. Y es bueno advertir que, en algunos casos, con la misma deficiencia, pues si se negaba la aportación racional y civil, se cerraban las puertas a lo más propio del ser humano; pero si se acentuaba el carácter laicista de la moral, se olvidaba a su vez de ese resquicio que algunas personas buscan en los elementos religiosos. Los períodos de imposición suelen traer reacciones contrarias exageradas de autodefensa y de desahogo. Lo más importante, con todo, es que ya no se puede hablar de una única moral, sino de diversas morales y que es necesario que todas salgan al encuentro para buscar esos elementos mínimos que mantengan la convivencia y permitan una trayectoria común.
La existencia de esas concepciones morales, de las que ya hemos apartado a los religiosos y a los poderes tradicionales como intérpretes únicos, pide la presencia de otros actores que las configuren y que las vivan. Estos no pueden ser otros que aquellos que componen la sociedad civil organizada. ¿Cómo no entender, entonces, la presencia de partidos políticos diversos? ¿Cómo no favorecer la existencia de asociaciones de todo tipo? ¿Cómo no fomentar su participación en los asuntos públicos? ¿Cómo no potenciar el intercambio de opiniones y de usos diversos? ¿Por qué escandalizarse si no todo el mundo pasa de igual manera la Semana Santa? ¿No vamos a entender ya que igual se puede estar en un acontecimiento que en otro a la vez, según sean las inclinaciones de cada uno? ¿Es correcto, pues, que algún divertimento pueda llevar el sobrenombre de “fiesta nacional”? ¿No deberíamos tener cuidado con ciertos patronazgos que nombramos para todos?
Y, sin embargo, seguimos convencidos de que, para una convivencia sana, necesitamos unos principios comunes que señalen los mínimos que nos obligan a todos. A pesar de toda la apología posmodernista del “pensamiento débil” que parece imposibilitar la defensa de elementos comunes y de una ética mínima universal y comunitaria. Entre otras razones porque, si no lo hiciéramos, estaríamos volviendo a poner en bandeja al poderoso el acaparamiento de la descripción y de la interpretación, cuando no al sátrapa de turno o al “ungido” por no se sabe qué fuerza misteriosa que nos conduce y nos anula en nuestras capacidades humanas y racionales.
Entiéndase, por tanto, que no todo vale, que no sirve decir tú tienes tu opinión y yo la mía, y toda discusión se termina en estos términos; que no cualquier opinión es respetable, ni mucho menos, pues solo lo será aquella que parta de esos mínimos indispensables para la convivencia en igualdad de oportunidades para todos. Cuidado, pues, con el “pensamiento débil” y con las exclusiones de todo tipo, porque el pluralismo no es precisamente ningún politeísmo, no vayamos a pasar de una imposición única a diversas imposiciones absolutas y volvamos a dejar entonces la última palabra al más poderoso en fuerza, que no en razón.
A por esos mínimos, pues, a la búsqueda y captura de lo imprescindible para todos, de aquello en lo que quepamos todos en igualdad de condiciones. Eso nos permitirá medirnos con confianza y con seguridad, nos aproximará al sentido real de la justicia y de la tolerancia.

A partir de ahí, cada uno fabricará su camino de felicidad o llevará a cabo su proyecto de vida personal. Pero ese es ya camino de máximos, no de mínimos, y de felicidad. Y ahí sí que ya los caminos son infinitos y personales. Y ahí ya la ética acaso tiene ya mucho menos que decir.