martes, 3 de diciembre de 2013

CON TODAS LAS DE LA LEY

  
Estoy afiiliado a un sindicato desde hace no sé cuántos decenios. He pagado y sigo pagando mi cuota, una cuota que sé que ahora es menor por mi condición de jubilado y que, si he de decir la verdad, no sé a cuánto asciende ni en realidad lo he sabido nunca. No tengo recuerdos de que ese sindicato me haya solucionado ningún contratiempo: será prueba de que no lo he necesitado y de que, en realidad, si he sido y soy afiliado, lo soy por testimonio más que por necesidad. Suerte que tengo y nada más. El sindicato al que estoy afiliado es, por supuesto, de los de clase. Pocas cosas entiendo más egoístas y perniciosas que un sindicato corporativo pues me parece que no es otra cosa que una empresa con cara embadurnada que se ocupa solo de sus afiliados aunque en el resto del mundo se esté produciendo una guerra nuclear. La mejor prueba es que casi todos ellos son de derechas y tienen como afiliados a gentes que llegan bien a fin de mes, cuando no son auténticos privilegiados (pilotos, maquinistas…). Bien poco les ocupa a estos sujetos si el índice de la vida sube o baja, con tal de que su convenio, y solo el suyo, se redacte con cláusulas generosas para ellos.
Pero es que los otros, los de clase, aquellos que en teoría se ocupan de todos, encajan sus demandas en una concepción social global, y son producto de una ideología determinada de izquierdas (por supuesto que son ideológicos, ¿qué iban a ser, si no, egoístas como los otros?) andan también de capa caída. Entre todos se han ocupado de matarlos para que ellos solos se mueran.
Las reformas laborales los han dejado en vanguardia, como únicos defensores de los escasísimos derechos laborales que aún se conservan y como conjuntos que gritan la necesidad de negociar en conjunto y no uno por uno y en total desigualdad con el patrono. Si ahora el trabajador no se da cuenta de la necesidad que tiene de afiliarse y de sentirse arropado por un colectivo y por una ideología social que defienda al más necesitado, esto estará herido y en la UCI para mucho tiempo y las bacterias se harán resistentes hasta comerse al enfermo.
Casi todos los medios de comunicación están en manos del dinero y de la derecha, sirven a quien sirven y no tiran piedras contra su tejado. O tal vez sí porque una vez muerto el burro… Llevan muchísimo tiempo en campaña absoluta de desprecio contra estas organizaciones sindicales y lo hacen de mil maneras: no dejando que se defiendan públicamente, destacando día a día cualquier desliz, exagerando las noticias, eliminando actividades, mofándose de las personas, mintiendo simple y llanamente… Las televisiones del TDP son un ejemplo inmejorable de ello, la emisora de la iglesia a la cabeza, como siempre. Desde su tendenciosidad tan burda y en condiciones normales, tendrían que ser, por reacción, un manantial inagotable de nuevos afiliados a los sindicatos a los que denigra. Estos, entre aquello de la aguja y los ricos, y lo del látigo del templo, si hay cielo, lo van a tener complicado para traspasar las puertas de entrada.
Falta, a pesar de todos los pesares, que son muchísimos, la actividad real de los propios sindicatos de clase. Y con frecuencia no parece la más  ejemplar. Sacar a relucir cualquier detalle y exagerarlo no quiere decir que no exista el detalle y, a veces el abuso evidente. Cuando esto se produce en tiempo de escasez, el resultado social es menos soportable.
Algo de esto es lo que ha pasado en Andalucía con la UGT. El chocolate del loro comparado con otras actuaciones, pero chocolate al fin, y ejemplo de lo que no se debe hacer nunca. Devolución de lo sustraído, condena si ha lugar y renuncia social de los responsables son las condiciones que, solo en parte, reparan el desaguisado. La renuncia de su máximo dirigente ya se ha producido, la devolución se ha de hacer si la justicia condena. Pedir perdón públicamente, si se concreta la condena, debería ser también acto exigido. Veremos. Es la mejor ayuda para exigir a los demás algo parecido.
Asuntos de este tipo debilitan conceptual y materialmente a una organización de esta clase, pero no anulan la verdad o maldad de sus fundamentos, que siguen en pie y con más necesidad que nunca en este ambiente de desamparo legal para  los más necesitados. A ver si volvemos también la mirada a esos fundamentos y los discutimos. No sé si en eso estarán también interesados los dueños de los medios de comunicación, pero sospecho que no le van a poner el mismo entusiasmo. Y, si queda tiempo, que se analice lo que comporta hacerse casi eterno en un cargo y la tendencia a las corruptelas a que invita, que tal vez ese sea uno de los fundamentos de tantas corrupciones como vemos a diario. En todos los cargos, claro, no solo en los de los demás. Porque digo yo que será parecido en los medios de comunicación, en las compañías económicas y en cualquier grupo social. Pero indagar en eso puede levantar ampollas y puede hacer aflorar consecuencias no esperadas.

Así que a la calle con todos, con los de un lado y con los de otro, al cabo de un tiempo prudencial. Los salvadores no valen nunca, pero menos si se convierten en eternos, porque les corroe la tentación de convertirse en dioses. Y luego se aprenden lo de Júpiter y actúan a su antojo. Y los pobres mortales no andamos para tanto juego macabro.

lunes, 2 de diciembre de 2013

ES NUESTRA SUMISIÓN

ES NUESTRA SUMISIÓN
Como agachar con miedo las orejas
y recibir dos ostias bien plantadas
y decir, "sí, boana, qué bien pega,
nadie lo hace mejor en toda España".

Como mirar la cena en la bandeja
servida con cubiertos de oro y plata
y no tocar ni el pan que se desprecia
en las sobras del dueño de la casa.

Es nuestra sumisión la que tolera
que todo se recorte y se suprima,
es el esclavo el que silencia y canta.

Así el tiempo contempla como aumentan
la indolencia, la abulia y la ruina

en un mundo sin ética y sin alma.

domingo, 1 de diciembre de 2013

LIFE IS A MISTAKE


Definitivamente sí. Son tantas las posibilidades y las combinaciones químicas y biológicas en el ser humano, que haber dado con esta que nos ha llevado a la realidad de la vida no puede ser interpretada sino como un milagro, como un despiste, como una equivocación, como un descuido, como una sencilla casualidad.
Pero qué despiste más hermoso, aunque sea tan desigual, tan impulsivo y tan sorprendente. Porque tal vez no haya nada definitivamente programado, por más que las consecuencias de todo lo pasado nos lleven inevitablemente a lo presente y ahora mismo estemos configurando de manera insensible lo que será el futuro. Todo eso es verdad, pero es tan confuso y tan complejo todo…, es tan lento en su proceder último y tan alejado de lo que a cada uno de nosotros aparentemente nos interesa….
Y es que, una vez conseguido el despojo de todos los despojos, el resultado de un proceso siempre inacabado, el complejo único e irrepetible, “esto que veis aquí, tan solo esto…, la enloquecida fuerza del desaliento”, habrá que hacerse a la idea de transitar por el camino de la mejor manera posible, con algún objetivo que merezca la pena y que nos aliente y nos impulse en el discurrir de cada día.
El vértice parece evidente, el camino para llegar a esa cresta, para hacer cima, tal vez no esté tan bien señalizado. Acaso porque lo más interesante no sea la cima sino el camino. Porque, ¿quién puede pensar que el vértice, el objetivo, el fin último puede ser otro distinto de aquello que llamamos felicidad? Be happy, le digo a algunos amigos cuando me despido para un tiempo largo o para un espacio ancho. ¿Hay alguna otra cosa que hacer en el mundo que no sea esa?
Lo complicado es conocer y hacer ancho el camino que nos lleve a ese estado. Nadie sabe qué es eso de la felicidad, tal vez porque no exista o porque lo único perceptible sean solo aproximaciones a esa situación; o porque la felicidad, si existe, solo sea pasajera y aparezca y desaparezca por instantes.
¿Tal vez ausencia de dolor? ¿Conciencia de no querer cambiar de estado? ¿Aceptación positiva de la comunidad? ¿Todo a la vez? Si yo lo supiera…
No obstante, sí sé que cada día tengo que lidiar con mis emociones y sentimientos. Como todos los seres humanos. Incluso un poco más que el común de ellos en esas emociones que tienen manifestación física pues me vengo abajo con demasiada facilidad. También con mis achaques, que van saliendo de su escondrijo. Incluso tengo una lista en la que los voy apuntado, como si fuera mi historial clínico. Los acojo bajo el título de Manual de Achaques. Pero vuelvo a dejar constancia de que son más universales y más acuciantes las emociones que los males y los dolores físicos. Porque todo el mundo se enfada o se contenta, juzga a los demás y se juzga, llora o ríe, se sorprende y se pone triste cada día.
Y en ello ando, en regular un poco todo ese torrente de impulsos y de reacciones que me tejen y me hacen el ser humano de cada momento.
Por ello hasta confecciono algún catálogo de principios y de comportamiento para que me sirva de conciencia y hasta de guía, aunque sé que una cosa es la teoría y otra la práctica inmediata  
Sé, por ejemplo, que ocuparse de las prevenciones, sin obsesión, es mucho más económico y productivo que curarse de las heridas; que el tiempo libre es un don casi tan preciado como el de la libertad; que no reniego del pasado pero que me esperan tiempos mejores siempre; que un buen amigo es siempre mejor que cualquier otra medicina; que la felicidad tiene nombre singular pero solo se puede conseguir en la pluralidad; que el tiempo y el espacio son mi tiempo y mi espacio, esas coordenadas en las que todo me sucede y en las que me proyecto; que sin razón no hay ser humano, pero que la intuición tiene que tener su sitio y su desarrollo; que cierta connivencia con el entorno es imprescindible para lograr estabilidad y paz; que… el mundo es una mierda pero que es también un milagro y una realidad espacio-tiempo digna de ser vivida y mejorada siempre.

Después me despierto, me enfado, me animo, me desanimo, me vuelvo a animar, me entristezco, me río, me entusiasmo, me siento casi feliz y me vuelvo a desplomar… La vida es una equivocación, pero una feliz equivocación.

sábado, 30 de noviembre de 2013

INVERTIR EN EMOCIONES Y EN SENTIMIENTOS



Si fuera verdad eso de que regular las emociones es lo que más nos ocupa (al menos sí lo es en su expresión diaria), conocerlas y domarlas nos reportaría excelentes beneficios de todo tipo y seguramente ahorraría a la comunidad muchos esfuerzos que ahora dedica a otros asuntos.
No soy especialista en la materia (ni en nada) pero se puede acudir a cualquier especialista (y sobre todo, como siempre, al sentido común) y nos describiría algo parecido a esto como la nómina de las principales emociones básicas: amor, soledad, alegría, tristeza, asco, sorpresa, miedo, rabia y empatía. Cualquiera de ellas pude ser aumentada o disminuida y nos producirá otra denominación (por ejemplo rabia nos conduciría a ira), pero no creo que a casi ninguna otra naturaleza distinta. Con estos sentimientos nos levantamos, andamos por la calle, compartimos horas en casa, perdemos el tiempo gustosamente con nuestra imaginación, nos esforzamos o nos desanimamos, y nos vamos a descansar en espera de un nuevo día en el que enfrentarnos de nuevo con la vida, en busca de algo parecido a eso que llamamos felicidad.
Pasar de la definición de cada una de estas emociones y sentimientos a su visualización resulta sencillo: basta con que cualquiera repase sus últimas horas y lo comprobará: todo se nos ha ido en un enfado, en un atisbo de tristeza, en un guiño de amor, en un momento de sorpresa, en una ráfaga de alegría…, en todo eso que comporta el roce con los otros seres humanos, ese roce necesario que conforma en todos los sentidos la vida de cada uno de nosotros. No somos sin la configuración de estas emociones y de estos sentimientos, sin su expresión, y sin los demás para que los reciban y nos los reenvíen.
La consecuencia se presenta inmediata y clara. Si esas emociones se conocen, se describen, se analizan y se regulan, nuestro ser se conformará en unos parámetros más equilibrados y más saludables y determinarán un ser más saludable, más equilibrado y más sano. También físicamente, porque la salud moral configura la salud física, y esta le devuelve por el mismo conducto la respuesta positiva de su bienestar y sentido de felicidad. Ciudadanos así de conscientes y de sanos mentalmente tendrían que irradiar confianza en la sociedad y deberían empujar en la mejora de todos los nexos comunes, hasta conseguir unas relaciones más sencillas, benefactoras y sociales.
Si tuviera alguna influencia económica o moral, empujaría y animaría a los que detentan el poder a que dedicaran más atención al desarrollo positivo de todas las emociones y sentimientos que a la curación de las enfermedades que provocan los malos usos que de ellas hacemos todos.
Los usos prácticos son elementales e infinitos. Un ejemplo que puede resultar llamativo. Mantener un hospital resulta, desde luego, esencial para curar la falta de salud. Combatir la soledad no deseada me parece que ahorraría muchísimos ingresos en esos  centros hospitalarios, y, en cualquier caso, favorecería la existencia de una sociedad más positiva, más animosa y más sana mental y físicamente. No sé cuantificar en euros pero la comparación estoy seguro de que la ganaría el arreglo de la soledad.
Mantener un hospital está muy bien (y el de Béjar mucho más porque está muy alejado de la capital), pero crear locales en los que la gente (sobre todo los ancianos) se pueda reunir e intercambiar palabras e impresiones resulta una inversión económica rentabilísima. He escrito conscientemente rentable en el sentido estrictamente económico. Si pienso en el sentido moral y social, entonces la inversión me parece que es más favorable que si se hace en bonos del tesoro al 20% de interés. Pasar de este ejemplo sanitario al mundo de la educación nos da resultados semejantes. Y en este plan.
Para ello, claro, hay que tener escala de valores, no demasiado egoísmo y una pizca de interés social y visión de futuro. Otra vez me viene a la mente el dicho popular que ya lo ha expresado todo con certeza y exactitud: “Más vale prevenir que curar”.
Tal vez es que yo ando en las nubes. Sin embargo, no me gustaría salirme del sentido común. Así es la vida.

Y un añadido aclaratorio: en estas líneas no existe ningún deseo de que se dejen en el olvido las obligaciones de curar a cualquier enfermo en nuestros centros sanitarios. Se ha escrito lo que se ha escrito. Gracias.  

viernes, 29 de noviembre de 2013

CORPUS SANUM IN MENTE SANA


                  CORPUS SANUM IN MENTE SANA
Ya sé que lo que espera todo el mundo es la frase cambiada, pero esta vez el esbozo de idea va precisamente del cambio de orden.
La situación me permite desde hace tiempo organizarme el día sin horarios obligados. Yo me impongo algunos, aunque no de manera estricta. Casi a diario me embozo en mi ropa de invierno y me salgo a pasar frío, a templar un poco los músculos y a sentir la naturaleza en toda su crudeza. Se me va en ello en torno de una hora. Cuando vuelvo, me ducho, desayuno y estoy dispuesto para el resto del día. Siento que mis energías se conservan, y, sobre todo, que mantengo ritmo de actividad en lectura, escritura y pensamiento, actividades de casa...
Mi caso es el que más me importa, pero es uno más entre tantos.
Hasta aquí se vendría a mostrar que la ecuación es la de siempre y no la que yo he impuesto como título de estas líneas, o sea, la tradicional de “mens sana in corpore sano”. Y, de entrada, poco tengo que decir en su contra.
Lo que quiero hacer es añadir la sospecha de que la inversa también se cumple y es al menos tan importante como la tradicional. Me parece que una mente activa, que la curiosidad removida, que el interés sin descanso, que la conciencia social en movimiento, que el efecto mariposa creído, que la sorpresa continuada, que la satisfacción por seguir descubriendo pequeños mediterráneos, que la capacidad de seguir extrañándose y hasta enfadándose por lo que sucede, que el intento general e inacabado siempre de las grandes y de las pequeñas preguntas, que… todo aquello que pude conformar una mente activa y sana, contribuye y condiciona en buena medida la existencia de un cuerpo sano, dispuesto a no envejecer porque sí, agradecido por la existencia de la vida, generador de energía saludable, resistente al desánimo y al abandono, consciente del paso inevitable del tiempo y del desgaste de los tejidos, sereno ante lo pequeño de su existencia y a la vez alegre por la suerte de vivir esa pequeñez, y siempre entretenido y embarcado en las pequeñas y grandes aventuras de la vida.
Poco tiene esto que ver (o tal vez mucho, pero esto es asunto para otras líneas) con que una enfermedad incurable o repentina aparezca y se ensañe en cualquiera ser humano, se apodere de él y se lo lleve hacia la muerte de manera irremediable. Lo importante es que el tiempo que vive una persona con mente sana lo vive con mejor salud, con más complacencia, con más energía vital, con más satisfacción y complacencia con su propio cuerpo, con una armonía más conseguida entre sus pensamientos y su masa somática, esa suma de células que componen su cuerpo.
El cuerpo es lo primero y tal vez lo único que poseemos. Pero en el cuerpo está el cerebro; y en él, la sede de toda una serie de relaciones entre células y neuronas que nos regulan las sensaciones, los impulsos, los pensamientos, las emociones. Regular todos estos elementos adecuadamente es lo que nos produce un estado de bienestar conveniente, proporcionado y saludable. Lo demás es ya darle cauce somático, es decir, dejar que salga a la piel y a la cara, a los músculos y al aspecto saludable externo.
Tampoco se trata de inventar nada nuevo: es aquello de que la cara es espejo del alma. Sustitúyase alma por un término más humano y físico y todo se entenderá fácilmente. Al fin y al cabo, en la actividad diaria, de lo que más nos preocupamos es del desarrollo y del contraste de regular las emociones.
¿Por qué en lugar de gastar tanto en modas y en gimnasios no dedicamos más esfuerzo en todo aquello que nos acerca a la mente sana, que nos da indicios al menos de lo que podría ser algo aproximado a la felicidad? Tal vez mañana redacte unas líneas que esbocen algo de este asunto de regular las emociones.

Pero, mientras tanto, seguiré saliendo al frío y al aire de la naturaleza en estas mañanas del otoño de la ciudad estrecha. Y mañana, sábado, con más ganas de gastar energías y de reponerlas con buenas viandas.

jueves, 28 de noviembre de 2013

AL MENOS CONTEMPLAR LA MARAVILLA



Cada semana que pasa sin poder ir a estar unas horas con mi nieta, me rebelo y suelto algún improperio. Otras veces me pongo algo más formal y reflexivo y me desahogo contra el precio tal alto que hay que pagar por eso que llaman el adelanto de la civilización y el progreso, que lleva a cada uno por el mundo y aleja a los allegados como si en ello no se fuera un tirón doloroso de los sentimientos y de las emociones.
Pero, en cuanto las circunstancias me dejan (nos dejan), me pongo en camino y sacio mis ganas de estar con ella y con mis hijos, de pasar unos ratos juntos antes de decirnos otra vez adiós en espera de otra nueva ocasión. De hecho, muchas veces pienso en la necesidad de no atosigar demasiado y en dejar espacios libres para que cada uno haga su propia vida. Ese equilibrio me resulta muy difícil, pero es concepto que me ronda muchas veces por la mente.
Es que mi nieta, Sara, tiene cuatro años y pronto se nos hará mayor, irá abriendo su círculo de relaciones y de dependencias, y entonces no tendré tantas posibilidades de estar junto a ella, de compartir el tiempo y de dejar alguna huella en su mente. En el fondo, es un acto continuado de egoísmo. Pero es que yo sé que los primeros cinco años de cualquier vida son esenciales en la conformación de la mente, de sus emociones, de sus principios y de sus marcas de vida. ¿Cómo no realizar, entonces, un esfuerzo para dejar lo mejor en esa mente que se está formando y que está poniendo los fundamentos de todo lo que después se ha de desarrollar?
Nuestro cerebro se conforma en estos primeros años. Por eso son tan fundamentales. También lo demás, pero todo eso se nos queda siempre lejos de las potencialidades del resto de los animales. Mi nieta Sara está aprendiendo a patinar, pero nunca se deslizará por el hielo ni guardará el equilibrio como un pingüino, ni correrá como una gacela, ni subirá o bajará a un árbol como un mono, ni tendrá un cuerpo duro y resistente como una tortuga, ni… Nada, mejor no seguir con las comparaciones con las cualidades de los animales.
Pero su cerebro, su cerebro no. Ese órgano en el que se van a establecer las sensaciones, las emociones, los pensamientos, las capacidades de comprensión, las actitudes, las propensiones a las relaciones humanas, las tendencias a las escalas de valores, esa maravilla única y extraordinaria se está casi terminando de formar, de conformar, de modelar, de configurar.
Y ahí me gustaría estar para ayudar un poco, para hacer sentir que la vida es positiva y maravillosa, que el mundo es cruel a veces pero que nosotros no podemos ser indiferentes ante ello y tenemos la obligación de transformarlo en un lugar mejor y más habitable, que el ser humano está cargado de posibilidades y de capacidades, que abrir el cuerpo a las sensaciones es la antesala de hacerlo diáfano para los sentimientos y para los pensamientos, que encarar la vida con sentimiento positivo es la mejor manera, que abrirse a la comunicación con los demás ahora es tener andado el camino de las relaciones sociales, que describir y analizar sentimientos es la manera de acercarnos a la razón, a la belleza y a la ética, que la fantasía es un don que hay que desarrollar, que la supervivencia es el primer nivel, pero solo el primero: después están todos los demás, que son siempre mucho más sabrosos; que organizarse bien mentalmente es una buena fórmula para cultivar la curiosidad, esa cualidad tan propia del ser humano; que sentir el cariño de los demás es la primera parte del cariño que cada uno tiene que devolver más tarde a los otros; que de todas estas pequeñas cosas cotidianas va surgiendo la conciencia, esa cualidad que nos permite describir, analizar y modelar el pasado para transformarlo en un presente y en un futuro mejores; que compartir todas estas cosas y muchas más es la mejor aventura en la que pueda embarcarse un ser humano.
Yo sé que están sus padres en la tarea, que todo lo riegan con el amor y con el cariño que le dispensan, que el ejemplo de su vida y de su carácter deja poso en ella; que yo y nosotros debemos dejarnos ver desde un segundo lugar; que todo va muy razonablemente bien.

Pero yo quiero estar ahí. Al menos para decir cuenta conmigo. O tal vez solo para contemplar el desarrollo de esa maravilla.  

miércoles, 27 de noviembre de 2013

ESTAS OTRAS GOLONDRINAS


Una golondrina no hace verano, pero anuncia el buen tiempo. Por eso uno se solaza cuando observa el vuelo de esta ave dando vueltas en el cielo. No es el tiempo precisamente ahora, en estos días de viento, de hielo y de frío, que más bien certifican que todo anda encogiéndose en sí mismo, en espera de que la luz se vuelva a encontrar a sí misma y se vaya quedando un ratito más con nosotros. Ya sabemos que el sol regresa cada mañana, pero a veces da la impresión de que cualquier día se olvidará de volver por la mañana y de que nos dejará huérfanos y a oscuras. Como le tenemos buscadas las vueltas, hacemos la celebración del solsticio de invierno, lo calmamos con nuestras ofrendas y él se compadece de nosotros hasta el próximo año. Últimamente hemos sustituido la luz del sol por la luz religiosa, en imposición eclesial; y, como último grito de la moda, del dios religioso hemos pasado al dios comercial, ese que nos embarca a casi todos en las festividades y en los regalos obligados, y que nos anula incluso la capacidad de aguardar unos días y comprar lo mismo a mitad de precio en las rebajas.
Pero es que enseguida me extiendo y me descontrolo. Lo de la golondrina aspiraba a otra reflexión.
Sucede que el vuelo de la golondrina no es visible en tiempo de frío, pero hay otros vuelos que, si se produjeran aislados, podríamos interpretarlos con la misma lógica que los del pájaro de marras. Sin embargo, su vuelo menudea sobre nuestros cielos y sobre nuestros tejados y se ha convertido casi en plaga. Entonces los indicios se convierten en evidentes realidades. Y no son precisamente señales de buen tiempo.
Vamos al grano.
Un señor, llamado Rafael Hernando, que ejerce como viceportavoz del PP en el Congreso, se ha soltado con esta declaración, en relación con las peticiones de los miembros de las asociaciones de recuperación de la memoria histórica: “Se han acordado de sus padres, parece ser, cuando había subvenciones para encontrarlos”. Yo escuché esas declaraciones en directo. Y me escandalicé. Después he oído manifestaciones de afectados y no oí ni una sola salida de tono; sí, y muy enérgicamente, el rechazo, no solo de las cuestiones económicas, sino también, y sobre todo, el rechazo moral de lo que se escondía tras las palabras del susodicho patán Hernando.
No es una golondrina, ni un descuido, ni un desliz, ni un error, ni un lapsus, ni una equivocación… Es una calumnia, una burla, un desprecio, un insulto, una mofa, una befa, un acto de soberbia, de arrogancia, de chulería, de menosprecio…
Ni ha pedido perdón ni piensa pedirlo.
Nadie de sus filas le ha llamado al orden o se ha disculpado.
Actos como este, que tienen más de chulería insoportable y que anuncian manifestaciones peores en el futuro, se repiten por todas partes: Generalidad valenciana, Fabra en Castellón, alcaldes gallegos y catalanes (y salmantinos), curas leoneses, parlamentarios madrileños…
Hay circunstancias que favorecen la expansión de los virus. En cuanto se producen, la plaga se extiende y se convierte en epidemia, y entonces campan a sus anchas y sacan a relucir sus genes verdaderos. Al fin y al cabo, es lo que se produce siempre en la evolución de la materia: la tierra se puso a tiro en condiciones de temperatura y fabricó la vida; las células se descontrolan y provocan la muerte.
El ambiente anda propicio para que estas y otras declaraciones salgan de sus agujeros, donde esperaban la ocasión favorable. Solo le falta la gotita de Rajoy, que, ejerciendo de despistado, como siempre, puede declarar que no le consta que exista gente en las cunetas. Vaya un guiso entonces.
Nos falta la conciencia, el ejercicio de nuestro poder para representar lo que está sucediendo, para interpretarlo y para proyectarlo en el futuro, tiempo en el que sucederá lo que nosotros mismos hayamos previsto. Lo demás es instinto y caos.

Esta golondrinas no anuncian buen tiempo precisamente.