Aquel que una mañana a la hora del alba se levantó con la sana intención
de salir a las aventuras del camino y que con algo de sigilo para no molestar a
los que seguían durmiendo salió de la habitación y se aseó y que después de
desayunar solo lo necesario para que más tarde no sintiera el hartazgo a la
hora de reponer fuerzas al aire libre y que con los primeros rayos de sol se
echó a la calle y se plantó en la Corredera a la espera de sus amigos Manolo
Casadiego y Juan Heras con los que había acordado dar un largo paseo y que una
vez hechos los saludos de rigor se preguntaron que hacia dónde echaban sus
pasos y que a pesar de la cantidad de lugares y senderos que como siempre se
les ofrecían a los ojos se dejaron llevar por la cuesta que desde la calle
Colón los dejó a los pies del puente de la estación y que allí extendieron la
vista y divisaron toda la ladera norte que sombreaba todavía en un verde oscuro
y que parecía como si fuera la alfombra de la frescura y que al fondo se
dibujaba un horizonte claro pero sin brillo y que también allí los caminos se
bifurcaban y podían llevar a los caminantes hacia el río o hacia cualquiera de
las dos direcciones en las que la antigua vía del tren se ha convertido en un
agradable paseo de vía verde y que los pasos mandaron los cuerpos hacia lo más
inclinado por un camino que se estrecha y que corre paralelo a las antiguas
huertas hoy poco cultivadas y que a medida que bajaban y sus músculos se iban
calentando empezaban a pegar la hebra y arreglaban el mundo en aquellas cosas
mostrencas que están ahí para ser discutidas pero nunca arregladas por las
personas de a pie y que en dos patadas ya estaban a la altura de la llamada
Fábrica de don Paco y que en otros dos pasos más atravesaban el río a derecha e
izquierda por un par de puentes angostos y solitarios y que enseguida lo
dejaban para acercarse camino del paraje llamado El Rosal y que iban
contemplando el esplendor de esa zona de huertas por ser tal vez la más grande
en estos parajes de sierra y que el agua seguía rumoreando en los regatos y que
poco después volvieron al camino muy cerca del río y a hollar la senda del
conocido como Camino de la Umbría y que aunque es de Perogrullo decirlo porque
el nombre lo canta todo en sus sendas la sombra era la reina que animaba los
pasos y ocultaba el sudor y que desde él se podía admirar la grandeza del doble
puente que salva el desnivel del río en la autovía que se ha construido y que
durante algunos kilómetros todo era sendero y sombra y agua y rumor y estrechez
y flores y silencio y todo lo que la dadivosa naturaleza puede regalar y que
los caminantes o senderistas se sentían satisfechos y admiradores de todo lo
que veían y olían y oían y que se decían hay que ver cuántas veces hemos
alabado lo que nos rodea y en tantos caminos y parajes de esta benditas tierras
y que al cabo de un tiempo placentero llegaron a cruzar de nuevo el río y a
contemplar cómo a pesar de ser fin de semana o tal vez por ello el agua del río
había sido invitada a algún tubo de los que la encaminan a despeñarse en algún
salto de central eléctrica y que se miraron y se dijeron otra vez todo para los
mismos y que después de un pequeño ascenso cruzaron una finca que ha albergado
siempre el camino y que descubrieron que estaba cerrada y ya no salían a
saludarles ni perros ni gallinas ni vacas y que se sorprendieron porque no
tenían noticia de ello y todo indicaba que aquello estaba abandonado y que se
sintieron tristes pues nunca habían conocido el paraje llamado Los Molinos de
Pichón en aquel estado solitario y de tristeza y que alguno incluso suspiró
como si estuviera contemplando tiempos pasados y que al cruzar de nuevo la
carretera decidieron dar de lado a la pureza del Camino de Santiago en la
subida a La Calzada y que se sirvieron de la sombra que les ofrecía la cara
noroeste de una carretera local casi sin tránsito y que en menos de un cuarto
de hora estaban ya en lo alto y al alcance del pueblo y que este los recibió
con calles solitarias y una plaza entera para ellos y que decidieron recostarse
en un rincón de sombra donde reponer fuerzas y llenar la andorga con generosas
viandas y con vino y otros licores no menos reconfortantes y que mientras se
regalaban con estos manjares aparecieron algunos vecinos que se acercaron
amistosamente a saludarlos y a desearles buen paseo y buen día y que allí
consideraron la soledad de los pueblos pero a la vez la tranquilidad y la
libertad que regalan y que algún niño vino a confirmar sus pensamientos
corriendo en patinete y en bicicleta sin que nadie le estorbase ni le molestase
y que también ellos se apuntaban en estos tiempos de ciudades a las alabanzas
de la aldea y que como hacían muchas veces hasta se perdían nostálgicamente en
esa especie de arcadia feliz que ofrecen una buena realidad física acompañada y
ambientada con unos buenos tragos de licor y una conversación libre y suelta
sobre lo que a diario interesa menos en las ocupaciones y que ya hartos y
habiendo menudeado los recipientes se decidieron a seguir camino de vuelta por
la senda que sube en pendiente empinada desde el pueblo hasta los altos del
Puente de la Media Legua y que en ella alguno recordó los pesares y cansancios
de los habitantes que por ella iban y venían en otros tiempos a sus trabajos en
las industrias textiles de Béjar y que desde lo alto volvieron la vista para
divisar la plenitud de las llanuras ya algo secas del Valle del Sangusín y los
cerros del Pico Cervero y de la Sierra de Francia y que desde el citado puente eligieron
el Camino Real para volver hasta el Polígono Industrial de Béjar y que en él se
recrearon de nuevo en las sombras a pesar de los calores del verano y que
observaron los últimos esfuerzos del Regato Hontoria en su afán por mantenerse
con agua y que soñaron con el paso por el puente medieval que allí se alza y se
conserva renovado de tanta gente de todo tipo y que ya con el sol en todo lo
alto y sudorosos dieron vista a la zona norte de Béjar con su cara un poco
sucia pero fresca y altiva y que remataron subiendo por la Cuesta de los Perros
y acomodándose en la Plaza Mayor al amparo de unas cervecitas frescas y
contemplando otra vez la sede de los tres poderes de siempre en la iglesia el
palacio y el ayuntamiento y que ya serenos y acompasados enfilaron la calle
Mayor en la que habían colgado algunas a modo de sábanas para atrapar la sombra
y que a los caminantes no les produjo un efecto muy positivo lo que veían y que
se despidieron satisfechos y cansados a la serenidad de sus casas donde el
primer caminante se propuso repetir estilo y contar el paseo con la letanía de
una sola frase y encima sin verbo ni complementos del mismo y que al acabar la
leyó y dijo vaya este sujeto es más largo que un día sin pan pero la letanía
que desprendía su lectura le dejaba buen sabor de boca cada vez que echaba mano
de él y que se dijo anda déjalo así que siga la letanía hasta que el tono se
apacigüe y venga el sueño si quiere.
martes, 24 de julio de 2018
lunes, 23 de julio de 2018
AFORISMO Y POEMA
AFORISMO Y POEMA: UN LÍMITE IMPRECISO
Aforismos
e ideas líricas. Juan Ramón
Jiménez.
Edición de José Luis
Morante. La Isla de Siltolá. Sevilla, 2018
En
los últimos años se ha puesto de moda el formato literario del aforismo. El
propio antólogo del libro que nos ocupa es un claro ejemplo en su creación. Y
ponerse de moda significa exactamente eso, y no incluye el aserto de que hasta
ahora nadie se hubiera ocupado de crear en esta fórmula. Tal vez por eso se
recuperan los apuntes de los principales autores que se hayan ajustado, en
parte de su obra, a este molde.
De
inmediato surge la pregunta: ¿qué es realmente un aforismo? La definición
académica lo concreta así: “Sentencia breve y doctrinal que se propone como
regla en alguna ciencia o arte”. Allá con la familia de conceptos que se
acercan a este: es larga y no interesa: quedémonos con ese. Así que brevedad y carga de doctrina, como ejemplo y norma que se ha de seguir.
José
Luis Morante nos trae esta edición de aforismos e ideas líricas, nada menos que
de Juan Ramón Jiménez, autor que se ajusta muy bien a este modelo, si es verdad
aquello de que “Arte es quitar lo que sobra”.
A
mí, como lector, no me interesa mucho la forma en que aparece la lista de
aforismos, ni su distribución, ni siquiera el contexto en que está escrita. Es
cosa de eruditos y de gente exclusiva, que me da todo hecho para que yo lo goce
en la lectura. Doy por bueno que una agrupación u otra convocan un perfil de autonomía y
perceptivo diferentes. No creo que sea ni lo más importante ni el banderín de
enganche para discusiones estériles. Y eso que yo debo cuidarme por si acaso y
en lo que me toca por profesión y por afición. Por encima de otras
consideraciones, su colección de aforismos me sirve para entender la esencia y
el afán de su poesía, para poner en claro cuáles eran sus ansias, sus manías,
sus obsesiones últimas en todo, aquello a que aspiraba en cada verso, y acaso,
sin quererlo, las líneas ideológicas en las que se movía.
¿Cuántos
poetas quieren hacer el ejercicio de reducir alguno de sus poemas a los
elementos imprescindibles? Les invito a ello. Y apuesto diez a uno a que, en no
pocos casos, asoma el aforismo en el resumen.
¿Y
qué otra cosa es la idea básica que empuja tantas veces a la mente a indagar en
las luces que proyecta el fogonazo de un aforismo? También invito a comprobar
la verdad o mentira de esta pregunta retórica. Pienso, por supuesto, más en la
poesía lírica que en la narrativa. ¿De modo que “detalles: florecillas, arenas,
burbujas?”. No, no, destellos que te ciegan, llamaradas que queman, arañazos
que rasgan, truenos que adelantan la tormenta. Y todo con empujes muy diversos,
que a mí hay aforismos que me encienden y otros que me resbalan y que ni me
saludan. Sí, sí, aunque hayan salido de la pluma y el puntillismo de JRJ.
La
lógica pediría que aquí y ahora anotara acerca del límite, en poesía, de la
carga conceptual y de la carga emocional, y en qué medida el aforismo se acerca
o se aleja de ese equilibrio incierto entre mente e impulso. Es arduo el
comentario y renuncio a encararlo en estas líneas.
Las
intenciones del autor moguereño, no obstante, son siempre claras: “revisión”,
“depuración”, doma del espíritu y libertad del pensamiento, equilibrio
imposible entre los mundos del pensamiento y del instinto. Y todo ello en tarea
continua, en imposición ideal, hasta terminar siendo, en expresión exacta del
antólogo, “el quehacer de una ontología laborable”, ontología laborable que
cumple sus quehaceres cotidianos en una biografía personal, literaria y social
que José Luis Morante repasa sucintamente en el prefacio y que explica la
acentuación hacia ese acendramiento poético y vital de JRJ, cuenco adecuado
para la idea sustanciada en el aforismo.
¿Que el lector quiere hacer selección de esta
lista?, pues váyase a las páginas y beba y satisfaga sus preguntas. A modo de
ejercicio, le sugiero la página 118. Todo un tratado en escasas palabras. Pero
es solo un ejemplo. Cada cual busque el suyo y reflexione.
El
mundo del poema es constrictivo por naturaleza, aunque aspira a explotar y a
hacerse eterno; el del aforismo lo es más, si cabe. A veces se entrecruzan y se
hermanan, lejos de tecnicismos y peleas. Estas quedan tal vez para los
críticos, que abundan en las formas y acaso se retraen ante lo más sustancioso
y nutritivo.
De
modo que, al antólogo, José Luis Morante, las gracias por su aportación y su
trabajo, y al poeta el reconocimiento por esta suma hermosa de aforismos.
viernes, 20 de julio de 2018
LOS JUEVES DEL FUERO (III)
LOS
JUEVES DEL FUERO (III)
Restauración
y edición del Fuero (Paloma Castresana)
En
las entrañas del Fuero (Mauricio Herrero)
Volvimos
ayer tarde a la sala del Foro, a conocer sus tripas y a saber de sus leyes.
Unos cuantos irredentos nos sentamos con las ganas intactas de saber más cosas,
de darle vueltas al libro que reguló la vida de tantos antepasados.
Como
en los días anteriores, la sesión fue doble. Mauricio Herrero se ocupó de
glosar la distribución legal que hace el Fuero y de señalar la importancia que
cada apartado atesora; y Paloma Castresana dio todos los detalles de lo que la
restauración del Fuero había exigido, explicando minuciosamente todo el proceso
a través de imágenes fundamentalmente. De manera que así dejábamos al Fuero de
Béjar más precisamente datado; lo hemos conocido en sus rasgos paleográficos y
en sus usos lexicográficos; hemos revivido con él los contextos históricos,
geográficos y políticos que lo concibieron y lo impulsaron; hemos reconocido la
sociedad que lo recibió y que lo soportó en el siglo trece y siguientes; y, por
fin ayer, dimos cuenta del mundo legal que encierra y el proceso lento y
costoso de restauración, hasta dejarlo como niño con zapatos nuevos y preparado
para aguantar durante otro buen número de siglos al servicio de todos.
Mauricio
Herrero se detuvo en comentar los aspectos legales más importantes que se
incluyen en el Fuero, después de destacar, con palabras hermosas y simbólicas,
la importancia del mismo como patrimonio bibliográfico invisible que guarda, en
silencio, la voz lejana y susurrante de los siglos pasados.
Desde
los aspectos legales, el profesor Herrero hizo notar la diferencia entre el
Fuero de Béjar y el Fuero Real, que pronto vino a corregir algunas normas
acentuando el poder de la corona.
Existen
dos elementos clave para entender el contenido jurídico del Fuero y para, en
último término, entender su propia existencia. Se trata de la suma, por una
parte, de la situación de frontera en la que estaban las tierras
de Béjar y las normas que esta situación exigía, y, por otra, de la aplicación del
derecho común. El Fuero viene a
sumar la realidad de ambos mundos y no se explica sin ellos.
Con estas dos realidades subyacentes, Mauricio Herrero
se detuvo en el recuento de aquellos preceptos que hacen referencia a los
aspectos fundamentales. Así, repasó los privilegios que se redactan en el Fuero
para el asentamiento en espacios y poblaciones (sin límites detallados por ser
tierra de frontera), los que se ofrecían al concejo y a las personas para su
asentamiento y construcciones. Y siempre anotando de qué manera se vinculaban
las penas y su gradación al cumplimiento de estas leyes. Repasó, asimismo, las
rúbricas que hacen referencia a los derechos y obligaciones de los distintos
tipos de pobladores (caballeros, villanos, mujeres), a los órganos
administrativos (jueces alcaldes, almotacenes…), a los cargos dependientes no
del concejo sino del rey (merinos regidores…), a los defensores de concejo o de
frontera, a los preceptos que regulan el derecho privado (familia,
patrimonio…), al germen del derecho penal en las penas que aparecen en el Fuero
(homicidios, daños, agresiones, insultos, retos, sodomía, violaciones, mesura
de barbas…), para terminar describiendo la fórmula de juicio, los viernes, ante
los jueces, con acusaciones, pruebas (testigos y documentos) y sentencias.
La descripción de Paloma Castresana, minuciosa y
técnica, de todo el proceso de restauración puso de relieve la dificultad, la
diversidad de elementos y la cantidad de pasos que intervienen en un
procedimiento como este. Para el aficionado a la restauración, la glosa del
proceso seguro que supone una gran satisfacción; para los menos allegados, lo
más importante es entender que el esfuerzo deja el documento listo y remozado
para otro periodo largo de tiempo en el que lo importante seguirá siendo no el
continente sino el contenido. Por otra parte, las copias y fotografías que del
Fuero se han hecho pueden sustituir perfectamente en el uso al original para
así asegurar mejor su conservación.
Para los que ya nos habíamos acercado al Fuero en la
lectura, estas jornadas (aún queda una sesión de aproximación musical a la
época) nos sirven para un conocimiento mejor de su contenido; para refrescar y
confirmar ideas; para comparar el pasado con el presente; para poner en valor
documentos; para imaginar la vida en otras épocas; para compadecer (cum +
patere) a nuestros antepasados; para dar luz a las claves de la aparición y
configuración de Béjar como urbe y territorio de frontera, con todas las
implicaciones que comporta; para entender que esta ciudad posee un documento de
importantísimo valor filológico; para confirmar de nuevo el escaso interés que
despierta este asunto entre los ciudadanos de esta ciudad estrecha, y para
otros detalles que deben quedar en el tintero y en el rincón de pensar.
jueves, 19 de julio de 2018
EL ÓRGANO Y LA TARDE
EL
ÓRGANO Y LA TARDE QUE SE HERMANAN
(CONCIERTO DE ÓRGANO EN SANTA MARÍA,
BÉJAR)
Una
tarde serena de verano, la luz crepuscular que va alejándose, la frescura del
templo tras las paredes amplias y graníticas, el silencio tranquilo, el tiempo
que descansa, el ambiente eclesial en sus imágenes y altares, el recuerdo de
toda la liturgia, “la música callada, la soledad sonora”…, la mente
predispuesta para todo…, y el concierto que empieza.
Son
estos elementos los que predisponen un ambiente propicio para que suenen el
órgano y su música. Y es lo que se produjo ayer mismo en la iglesia más
histórica de Béjar, en Santa María la Mayor, la de Mediavilla, la del centro
del casco antiguo, de la población medieval. Se ofrecía un programa cuyos datos
literales eran estos: “El programa estará integrado por música del compositor
bejarano José Lidón (1748-1827) e improvisaciones del propio intérprete, que
será el joven y prestigioso organista Jorge García Martín (1985), profesor del
Conservatorio Superior de Castilla y León.
PROGRAMA
LA
MÚSICA DE TECLA DE JOSE LIDÓN
Fuga
sobre Ave maris stella
Fuga
sobre O gloriosa Virginum
Cantabile
para órgano al alzar en la Misa
Homenaje
a José Lidón. Improvisación
Sonata:
Allegro
Andante
devoto
Allegro
Aquí practicó como sacristán y organista, su padre.
Él desarrolló casi toda su actividad musical en la Capilla Real de Madrid. Ya
tuvimos ocasión de asistir a un concierto de música del mismo autor, hace
algunos años en el teatro Cervantes. Pero estos y otros son datos históricos y
aquí interesan poco; si acaso para recordar con algo de pena lo poco que
incorporamos a nuestra escala de valores la creación y el esfuerzo de gentes
que cultivan el espíritu y la sensibilidad, lejos del producto interior bruto y
otras pasarelas varias.
Siempre me he imaginado el órgano como un
instrumento barroco, como esa voz de fondo que acompaña a cualquier tipo de
actividad litúrgica, como la melodía que da grandeza sonora a las actividades
físicas dentro de los templos. Es verdad que el órgano desarrolla tonalidades
muy diversas. Acaso esa es su principal virtud. Pero creo que en todas ellas
domina la resonancia general que ofrece en un espacio cerrado pero amplio, el
ambiente que crea y que moldea hasta hacerlo espiritual o litúrgico, hasta
predisponer los ánimos de los fieles asistentes a participar en (permítaseme la
expresión) una especie de botellón místico, con un encaje y un trueque de
escala de valores. No era, ni es, difícil imaginar ceremonias grandilocuentes y
aparatosas envueltas en el sonido del órgano. Y tal vez también las más
calladas e interiores.
Porque, pasados los tiempos barrocos por excelencia
y llegados a las épocas de los cánticos al compás de otros instrumentos, el
órgano creo que pierde un poco de actividad, de frecuencia y hasta de
esencialidad. Su presencia reducida a algunas iglesias importantes y a las
catedrales tampoco ha contribuido a su vigencia. Y, para restarle aún más
protagonismo, los instrumentos electrónicos han venido a sustituirlo y a
hacerlo transportable y adecuado a otros usos.
Tal vez por ello, porque el concierto de órgano se hace ya más raro, la
asistencia a uno de ellos te reconforta y te sumerge en un ambiente distinto,
lejos ya de los ornatos ceremoniales, pero afectos al recogimiento y al
despertar de sensaciones diferentes. Es como si la música dictara el camino
interior al que el oyente se puede retirar.
No sé cuál fue el camino de los oyentes en el concierto de ayer en Santa
María. Para mí supuso una hora de recogimiento, de ambientación agradable, de
camino interior, al son agradecido de sus notas, guiadas por la mano experta de
un concertista joven, pero habilidoso y sensitivo.
Repaso
las variables que apunté en el primer párrafo y reafirmo el balance positivo de
toda la experiencia. Mi mente repitió en eco otra vez las palabras de fray
Luis: “El alma se serena / y viste de hermosura y luz no usada, / Salinas,
cuando suena / la música extremada, /
por vuestra sabia mano gobernada.
// A cuyo son divino, / mi alma,
que en olvido está sumida, / torna a cobrar el tino / y memoria perdida / de su
origen primero esclarecida…”
De
vuelta del concierto, las calles de Béjar, encogidas y ya al filo de la noche,
despedían a lo lejos los últimos destellos de la tarde, y la ciudad se sumergía
lentamente en el silencio.
miércoles, 18 de julio de 2018
EQUILIBRIO
EQUILIBRIO
(Leyendo
a Juan Ramón)
Con
el vigor activo del recuerdo
y
todos los sentidos en aviso,
salgo
a entender el mundo por si acaso
pudiera
someterlo a mi equilibrio.
Mis
ojos hoy contemplan los colores
de
la naturaleza, pero todo
se
va simplificando en luz y masa.
Quiero
entender las causas por las cuales
la
tierra está redonda y en el cielo
las
estrellas alumbran a su antojo,
y me
pierdo rozando sensaciones
de
ese baile celeste en el que solo
percibo
redondez y sinfonía.
Busco
después el fuego que arrebata
la
llama sensorial de los amores,
y
todo se hace esencia, y se hace idea
pura,
sencilla, clara, natural,
cual
la quietud del mar en sus honduras,
que
olvida los rumores de los ríos
y deja
en humedad y lluvia y niebla
las
gotas que se forman en su seno.
Despojado
del velo y los ropajes,
que
hacen diverso todo lo que miro,
solo
me queda el cuerpo transparente,
la
sencillez en que me sobra todo.
Me
miro, me contemplo, me descubro
desnudo,
eternizado, centro mudo
de
un extraño equilibrio
en
el que siento todo el pensamiento
y
pienso lo que gritan mis sentidos.
martes, 17 de julio de 2018
ANOTAR Y SUBIR NOTA
ANOTAR Y SUBIR NOTA
LOPE DE VEGA: La serrana de Tormes, Clásicos Castalia 2018. Edición anotada de los
bejaranos Jesús Majada y Antonio Merino.
Lo
clásico es lo eterno, lo que supera el paso del tiempo y convierte el pasado y
el futuro en un presente pleno y definitivo. Y clásico es el fénix de los
ingenios, Lope de Vega, aquella fábrica a tres turnos de producir teatro y
lances vitales. Aún parece imposible imaginarse siquiera cómo pudo pasar de las
musas al teatro tanto material. Tal vez porque él mismo era puro teatro. Y eso
sin considerar se creación lírica.
Pero
las lenguas cambian y los contextos también. Y no es siempre sencillo acercarse
a la descripción y a la interpretación de una obra de nuestro siglo de oro; ni
siquiera para los más cargados de conocimientos y de referencias. Esto es lo
que explica la necesidad de las nuevas ediciones anotadas cuando los tiempos
van dejando extrañas e imprecisas algunas voces y no pocas situaciones. A
satisfacer sus intereses y curiosidades acerca de este período literario e
histórico han dedicado no pocos esfuerzos los autores de esta edición anotada
de La
serrana de Tormes, los bejaranos Jesús Majada y Antonio Merino, quienes,
en una presentación cuidada, ponen en nuestras manos de lectores del s XXI esta
joya de nuestro teatro áureo. Otras obras de la misma naturaleza, ya contextualizadas
y anotadas anteriormente por ellos, así lo atestiguan; esta viene a reafirmar
su acierto y el éxito de su esfuerzo.
El
texto teatral viene precedido por una introducción en la que se repasan y se
detallan los avatares personales del autor en los años en los que se gesta la
obra, desde su destierro de Madrid hasta su estancia en Valencia y en Alba de
Tormes. Es aquí donde se articula la pieza, en la proximidad a la ciudad de
Salamanca, tan importante en el contexto general y en la obra anotada. Quien
lea con atención estas páginas recordará o conocerá cuántos vaivenes produjo el
genio y cómo se fraguó el esquema último de esta obra de Lope. Conocerá también
muchos de los entresijos del Estudio salmanticense, precisamente del momento de
mayor esplendor. Y tendrá, por supuesto, los datos precisos, en forma y
contenido, que clarifican la estructura y el desarrollo de La serrana de Tormes. Se trata, en definitiva, de darnos las
herramientas necesarias para encarar la lectura cargados de las luces
suficientes como para no cegarnos con ella.
Con
este bagaje tan cumplido, con el panorama histórico, literario y personal a
nuestro alcance, podemos adentrarnos en la lectura, ya seguros de gozarla con
acierto y con frescura. Y es aquí donde comienza el trabajo más minucioso y
personal de los autores de la edición. Porque cotejan ediciones, rebuscan
diccionarios, aclaran conceptos, refrescan acepciones, rescatan palabras, dan dirección
morfosintáctica y semántica adecuada a expresiones… y, en fin, ponen luces por
todas las esquinas para que nosotros, lectores de este siglo, no nos perdamos
en el camino. Es como si pusieran muebles nuevos a una casa, que así se remoza
y actualiza para hacerse más habitable y luminosa.
Por
las páginas que acogen el desarrollo de la obra -de tanteo a mi entender y
bastante dispersa en escenas, espacios y personajes- van desfilando personas,
personajes y escenas que van dando cuerpo y asiento a los esquemas que, más
tarde, repetirá con maestría inigualable Lope en su teatro. Los propios
anotadores así lo entienden también y así lo indican. Hay un grupo de
personajes importante y menos repetido más tarde que, por razones biográficas,
a mí me resulta especialmente atractivo. Se trata del de los carboneros, tan
autónomos y hasta gallardos, bizarros y atrevidos ante los demás personajes,
más cultos y urbanos. A su lado, los estudiantes toman la manija y el ritmo
para enseñarnos con detalle la vida estudiantil de la Salamanca de la época. Y
siempre las parejas del teatro de Lope, que contrastan entre sí y reflejan tan
fielmente la tipología social del momento. Pero esto ya es arar en otra tierra
y encaja en el estudio analítico de la obra, y no entra en la reseña de la
misma.
Lo
que realmente clarifica el paso de las páginas es la purificadora anotación que
los autores realizan a pie de página, con las dudas correspondientes según el
caso y hasta con el reconocimiento de la falta de solución en algún otro. Este
es su gran trabajo, el que refleja el poso de sus saberes y de sus quehaceres
filológicos y lexicográficos. Y es por ello por lo que más debemos felicitarlos
y felicitarnos todos. Las referencias y las fuentes son siempre abundantes y
los ejemplos de comparación también. Los supongo dudosos en el trabajo a la
hora de decidir si anotar o no, en función del tipo de lector en el que estén
pensando. Esta duda es irresoluble en cualquier trabajo de comentario y el
listón de aclarados anda siempre temblando y poco fijo. Es tributo obligado y
no hay que darle vueltas a lo que se haya decidido.
Se
añaden cinco anexos al texto literario. En ellos los autores agregan algún
apunte para precisar el elenco de personajes; una sinopsis argumental por
actos; una división de actos, cuadros y escenas; una relación de acotaciones
por actos; para terminar con un quinto anexo en el que se recogen las
estadísticas de versos, clases de estrofa, número de estrofas, de versos y
proporciones métricas.
El
camino para el conocimiento de esta obra de Lope, La serrana de Tormes, ha quedado expedito. Ahora toca el trabajo
del lector, la lectura sosegada y ya abierta y las conclusiones que cada uno
extraiga de la misma. Los cuadros de contexto y de anotaciones facilitan el
proceso. Los autores de la edición anotada merecen nuestro agradecimiento y
nuestro aplauso. Ahora el aprovechamiento tiene que ser nuestro.
No
es precisamente pequeña esta aportación de nuestros dos paisanos bejaranos en
el octavo centenario de la creación del Estudio salmantino. Tal vez no todo el
mundo se ha dado cuenta de ello.
Gracias
por todo y enhorabuena, amigos.
lunes, 16 de julio de 2018
SIERRA DE BÉJAR
Ascender
hasta lo alto de la sierra es un deber que debería cumplirse al menos una vez
al año. Es un ciclo completo el que se cierra con uno mismo y con la
naturaleza, ese todo inabarcable del que formamos parte, del que parece que nos
individualizamos por unos años de conciencia personal y al que volvemos para
fundirnos en una conciencia general y cósmica, que nos sobrepasa y que diluye
nuestra conciencia hasta dejarla en bruma. De modo que, para residentes y para
visitantes o “expatriados”, cumplir con ese deber tendría que ser algo así como
acercarse a eso que llaman el bejarano ausente. Llevarse los aromas de estas
sierras es destilarse un poco para convertirse en licor más agradable y sabroso
para un tiempo.
El
día amaneció respondón, con fresco y bruma, pero los ánimos están, a esas horas
de la mañana, intactos y no hay nada para combatirlos como una manga larga y un
ascenso suave, que el paisaje hay que hollarlo, pero, sobre todo, hay que
gozarlo. Y las perspectivas, en ascenso o en descenso, cambian cada pocos
metros. Por eso, no es lo mismo mirar el valle -con Béjar y los demás pueblos
al fondo, desde la industria chacinera que se asienta al pie mismo de la sierra-
que observarlo desde la primera plataforma (para entonces el valle se
despertaba de su modorra nocturna y parecía que aún conservaba ecos de los
blues del Castañar), o desde el mirador, o desde la segunda plataforma, asiento
de coches y comienzo de la ascensión a pie.
Aquí
hay que pararse algo más y componer la vestimenta y los alimentos que
reconfortarán el cuerpo más arriba. Mientras tanto -brisa más fuerte, camino
que se desploma desde la fuente del Travieso, o que se apunta en diagonal hacia
las hondonadas de Hoyamoros- la mirada se pierde entra las aguas dormidas de la
presa de Fuente Santa y las más alejadas de los pantanos de Gabriel y Galán o
de la Maya. Los pueblos se dispersan diminutos por los distintos valles, y
alguno no se asoma, pero se adivina hundido en el río Quilama, siempre donante
anónimo y generoso del río Alagón. Ahí seguirán plantados en el tiempo y dando
vida a este espacio tan bello.
Nosotros
(Manolo Casadiego, Pepe de Frutos y yo mismo) ascendemos lentamente por el
camino estrecho y empinado que nos lleva hasta la fuente del Travieso. Nuestra
sierra es amable en su conjunto, pero este trecho parece que se enfada y nos
recuerda que estamos en la altura y que hay que respetar el ritmo y los
espacios. Cumplimos con el deber sagrado del silencio debido a la fatiga y a la
cuesta. Pero contamos con un aliado vigoroso: la brisa nos empuja y nos anima a
ascender y a sentirnos montañeros. Solo de vez en cuando volvemos la mirada
hacia abajo, donde adivinamos aguas y frescura, gentes y murmullos, vida en
suma. Otra forma de vida.
Beber
en cada fuente es un tributo que pago con agrado en mis paseos. Y saciar la sed
en la fuente del Travieso es algo más que eso, es sentir la frescura entre los
labios, acariciar aquello que viene desde el fondo de las rocas, sentirme más
cercano a los misterios que guardan esas rocas que custodian todo el año las
aguas escondidas después de que la nieve se hace oscura. Hay que beber siempre
de las fuentes. El agua del Travieso está fresquita; la mañana también.
Después,
la Goterita, tras un ascenso lento y más tendido, con atajos atrevidos a veces
y con paradas cortas y gozosas mirando nuevamente en lejanía. Y ahora subir no
es solo ascender en cotas y en miradas, es sentirse más solo con la altura y
con los elementos que la pueblan. El aire, el cielo, el horizonte, el sol ya
más cercano, el paisaje desnudo, las flores que se asoman al verano, el
silencio que canta, la falta de las voces, el murmullo de las plantas cosidas a
las peñas… Aquí todo es más puro. Hay gentes que nos pasan y que suben con algo
más de empuje. Nosotros ascendemos a un ritmo sostenido y vamos empapándonos de
lo que la naturaleza nos presta y nos regala.
Pronto
llega la cima y la cumbre se hace llanura. La visión se vuelve panorámica y
abarca el horizonte en todas direcciones. Allí, las sierras de Barco y de
Gredos; más allá, las tierras llanas de Ávila; al otro lado, las de Salamanca,
con la ciudad que se adivina al fondo; y la sierra de Francia, tan querida por
mí; y Portugal al oeste o Extremadura al sur. Todo, todo está aquí al alcance
de la vista. Y el mundo se hace grande y se diluye, y se hace inabarcable, y se
hace idea más que geografía, y yo siento también que me hago idea y transparencia
mirando hacia lo inmenso del cielo y de la tierra.
¿Qué
puedo yo decir del viento y de las nubes cuando no soy del cielo ni del suelo?
Acaso lo que dije en otro día y en el mismo sitio. Era esto:
EN LA CIMA DEL CALVITERO
Aquí
la piedra vive y se solaza
en
perpetua y rotunda soledad,
la
luz es primigenia y llega niña
desde
bóvedas altas siempre limpias,
el
mar se redescubre entre los ecos
que
forman las lagunas y la nieve
es
vecina del viento y del misterio.
En
esta ara gigante en la que el tiempo
ha
perdido su ritmo reflexivo
y
el espacio no sabe de horizontes,
yo
soy un simple acólito del viento,
estoy
a lo que diga la incipiente
noticia
de la luz que me reinventa
haciéndome
más frágil y más diáfano.
¿Qué
hacen aquí mis manos y mi cuerpo?
¿Qué
pide mi zozobra? ¿Qué latidos
se
asoman a la voz de mi conciencia?
Aquí,
cerca del cielo, soy materia
que
viene navegando por la historia
de
todas las historias,
soy
piedra y vegetal, soy un producto
que
mira cara a cara el universo,
esa
patria común en la que todo
se
acoge, se esclarece, se remansa.
Soy
nada frente al todo y todo ante la nada.
Después
conversación con los neveros de la Ceja, extensos e inocentes en su blancura;
las lagunas saciadas a sus pies; y el alto dialogando con las nubes, que
andaban hoy revueltas y viajeras. Esto es ya plenitud, todo, altura de las
físicas y de las que el ánimo suspenden y condensan. Para pensar en todo lo
pensable y en lo que cada cual rastree en sus sentidos. Al fin y al cabo, se
sube para esto. O se debería subir par algo más que para sudar y crear gatas en
los músculos. Pero en los humedales o secarrales individuales conviene no
molestar. Cada cual sabrá lo que tiene entre manos.
La
vuelta es el descenso con el ánimo puesto en otro tono. Cuidado con las piernas
y los músculos, que siempre es más penoso bajar sin equilibrio que subir con
cansancio y con sudores.
Ahora
las perspectivas son opuestas. El valle está más cerca cada vez y aguardan esas
leyes que marcan el quehacer de cada día. No importa, es otra etapa en esa
eterna monotonía que domina los días y las horas, pero habremos ganado una
batalla, sobre todo mental y de los ánimos.
Miramos
desde arriba y desde abajo, comparamos perfiles y visiones, decidimos quehaceres,
y vamos deslizando nuestras vidas, poco a poco, entre el cielo y el suelo,
entre el limpio sentir de las alturas de la sierra y el ruido que ensordece por
las calles. Qué hermosos esos ratos de limpieza, de sentirse más puro y más
sencillo, más de todas las cosas que componen esta conciencia eterna y
misteriosa.
La
sierra es un buen sitio para sentir lo poco que somos, pero también lo plenos
que podemos llegar a estar. Y la sierra de Béjar es una buena geografía para
conjuntar el sentimiento y el pensamiento. Venga.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)