domingo, 28 de abril de 2019

ELECCIONES GENERALES



Mientras tecleo en mi ordenador, escucho un Divertimento de Mozart. Durante unos breves minutos solo escucho con el afán de llenarme de ese espíritu positivo que de sus notas y compases se desprende. Una vez situado en ese nivel, busco las teclas que dan vida al pensamiento que ahora me ocupa.
Es inevitable. No lo puede anular ni mi paseo matinal por el campo, al olor, a la vista y al despliegue de todos los sentidos en la naturaleza, en estos días tan apabullantes. Es día de elecciones y las variables que incluye este hecho son muy variadas e importantes. Y no todas me animan con la misma fuerza y entusiasmo. Pero, por encima de todo, se alzan los elementos positivos, aquellos que me hacen sentir que una comunidad tiene el derecho a intentar organizarse por sí misma, sin salvadores ni milagreros ni sátrapas.
No quiero defender la democracia como el mejor de los sistemas políticos, sino como el menos malo, fundamentalmente porque te deja siempre la posibilidad de rectificar y como la sordina de que algo has podido decir ante los demás. Ya sé que eso es poco, y menos si se ejerce este derecho cada cuatro años y no cada día y en cada momento. Sé también que se esconden en el sistema muchos elementos de engaño y de desengaño ante el mismo. Pero, ahí está, para nuestro uso y para su perfeccionamiento.
He visto imágenes de colegios electorales llenos de gentes de todo tipo, he sentido emoción ante las palabras de electores con discapacidades que mostraban su alegría ante el hecho de sentirse como los demás, he observado cómo en algún pueblo pequeño el acto es casi como una reunión en torno de una mesa, he advertido con pena de qué manera alguna persona de mesa negaba el saludo a alguno de los líderes mientras votaba… Son miles las variantes que se conjugan en un día como este. Y todas son importantes, aunque el conjunto las supere. Incluso la variante de la abstención, porque es índice de otras actitudes que también cuentan en el día a día de la comunidad.
Estas pocas variantes que he señalado y otras muchísimas más son sumadas y ofrecen, en el recuento final, un perfil preciso de lo que quiere la comunidad mirando hacia el futuro. Ninguna debería ser rechazada de antemano pues responde siempre a alguna inquietud o a alguna forma de pensar de un grupo de ciudadanos.
Por eso, la gestión posterior no debería ser nunca excluyente, pues hay que hacer gobernable a la comunidad. Habrá vencedores y perdedores en el recuento numérico, por supuesto; pero el análisis que se quede en ese nivel no merece ser tenido en cuenta por quien quiere mirada alta y común. Las formaciones políticas que de antemano se niegan a buscar fórmulas de entendimiento con los rivales no juegan a la mejora de la comunidad, sino a la contienda de ganadores y de perdedores, de buenos y malos, de mejores y peores, de espadas en alto y cadáveres por el suelo. Y así no. Esto no es una batalla. Es una contienda de ideas que quieren aportar fórmulas de mejora y que esperan sugerencias de las demás ideas para perfeccionar la propia visión de las cosas.
En esta visión, no se me alcanza qué misión y qué importancia pueden tener eso que llaman líderes, pero me parece que más bien poca. Sobre todo si esos líderes lo son como mandamases de una tropa de enajenados que no son capaces ni de levantar la cabeza ante ellos. Pero no quiero abrir el melón de las deficiencias de la democracia porque hoy quiero verla moza bien lozana y garrida, o como joven gallardo y atractivo. De otra manera me vengo abajo y no es plan.
Así que aquí lo dejo para volver a Mozart en su Divertimento. Y en mi divertimento mental, dándole vueltas a esa cosa tan poliédrica que llamamos democracia, que hoy está de fiesta mayor y de procesión cívica por todas las calles y plazas de España.

jueves, 25 de abril de 2019

MIENTRAS CAE LA LLUVIA LENTAMENTE



-Para no ser mudos, hay que empezar por no ser sordos. Y, acaso, para no ser sordos, hay que empezar por no ser ciegos. Mas, si no puedes ver, toca las cosas, huélelas, cómelas, gústalas, siente su hiel y abreva sus azúcares… Después, regresa al punto de partida y verás como el mundo es otro mundo, pues ya será tu mundo, el mundo verdadero.

-Dicen que Dios ha muerto. Solo pueden decirlo con certeza aquellos que lo crearon: Dios es un parto humano y no siempre ha parido un ser muy aparente.

-Cuando los dioses juegan a la guerra, ¿por qué no empuñan ellos las espadas?, ¿por qué se tapan jugando a las damas, mientras otros en su nombre siembran de sangre el suelo y las conciencias?

-Pídele a Dios que sueñe el sueño que le has concedido. Pero, por favor, dile también que despierte.

-No se repite el pasado. Solo hay un rescate parcial e impreciso en la memoria. Y este rescate ya no es real; y, además, es presente.

miércoles, 24 de abril de 2019

EL CAMPO DE AGRAMANTE



El libro de los libros lo contiene todo. Por eso podemos acudir en su ayuda siempre porque no nos defraudará. No es bueno tratar de imitarlo, pues enseguida asoma por la esquina el ridículo y nos pinta la cara de carnaval. Es mejor dejarlo que hable y que nos cuente.
Ayer vi también el segundo de los debates de los candidatos políticos en las ya inmediatas elecciones del próximo domingo. Antes y después, la insufrible parafernalia de medios, asesores, pintamonas, comentaristas que confunden sus deseos con la realidad de los demás y todo un espectáculo mediático que, como Deus ex machina, produce los milagros o los niega.
Ariosto ya nos contó en su Orlando las trifulcas de Agramante y las luchas de unos y de otros en la conquista de París. Pero yo me quedo, como casi siempre, con nuestro Cervantes inmortal.
Estamos en el capítulo XLV de la primera parte. En la venta se han juntado gentes de todas partes y condiciones, y aquello termina por parecer el camarote de los hermanos Marx. Se disputa acerca de la verdadera naturaleza de aquello que o era bacía o era yelmo, y de aquello otro que tenía que quedar como albarda o jaez. Qué alboroto, por Dios, qué algarabía, qué bullicio, qué griterío, qué gresca, qué riña, qué bulla, qué jaleo…, qué empeño interesado en torcer todo para  hacer ver cada uno lo que conviene a sus intereses.
Qué hablen los interesados:
“!Válame, Dios –dijo a esta sazón el barbero burlado-. ¿Que es posible que tanta gente honrada diga que esta no es bacía, sino yelmo? Cosa parece esta que puede poner en admiración a toda una universidad, por discreta que sea”.
“Por Dios, señores míos –dijo don Quijote-, que son tantas y tan extrañas las cosas que en este castillo, en dos veces que en él he alojado, han sucedido, que no me atrevo a decir afirmativamente ninguna cosa de lo que acerca de lo que en él se contiene se preguntare, porque imagino que cuanto en él se trata va por vía de encantamento…”
  El caso es que hay que tomar una decisión y se encarga a don Fernando que “tome los votos”.
“-El caso es, buen hombre, que ya yo estoy cansado de tomar tantos pareceres, porque veo que a ninguno pregunto lo que deseo saber que no me diga que es disparate el decir que esta sea albarda de jumento, sino jaez de caballo, y aun de caballo castizo…”
Y ya en plena trifulca: “Alzando el lanzón (don Quijote), que nunca le dejaba de las manos, le iba a descargar tal golpe sobre la cabeza, que, a no desviarse el cuadrillero, se le dejara allí tendido. (…) El ventero, que era de la cuadrilla, entró al punto por su varilla y por su espada, y se puso al lado de sus compañeros; los criados de don Luis rodearon a don Luis, porque con el alborozo no se les fuese; el barbero, viendo la casa revuelta, tornó a asir de su albarda, y lo mismo hizo Sancho; don Quijote puso mano a su espada y arremetió a los cuadrilleros; don Luis daba voces a sus criados, que le dejasen a él y acorriesen a don Quijote, y a Cardenio y a don Fernando, que todos favorecían a don Quijote; el cura daba voces, la ventera gritaba; su hija se afligía, Maritornes lloraba; Dorotea estaba confusa; Luscinda, suspensa, y doña Clara, desmayada. El barbero aporreaba a Sancho; Sancho molía al barbero; don Luis, a quien un criado suyo se atrevió a asirle el brazo porque no se fuese, le dio una puñada que le bañó los dientes en sangre; el oidor le defendía; don Fernando tenía debajo de sus pies a un cuadrillero, midiéndole el cuerpo con ellos muy a su sabor; el ventero tornó a reforzar la voz, pidiendo favor a la Santa Hermandad… De modo que toda la venta era llantos, voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, desgracias, cuchilladas, mojicones, palos, coces y efusión de sangre. Y en la mitad de este caos, máquina y laberinto de cosas, se le representó en la memoria de don Quijote que se veía metido de hoz y coz en la discordia del campo de Agramante…”
Pues cambiamos los nombres por los de algunos líderes políticos, transformamos la venta en un plató de televisión, vestimos de modernos a todos los personajes quijotescos y les encargamos los oficios de asesores, maquilladores, presentadores, comentaristas… y tenemos la versión moderna de ese recuerdo quijotesco del campo de Agramante.
Reniego de la equidistancia y no creo que todos los personajes aludidos se comportaran de la misma forma. Pero la labor de diferenciar y de decidir es ya de cada uno de nosotros. A ello.

martes, 23 de abril de 2019

EL ESCRITOR Y EL LIBRO



Después de hollar el campo y de dejar mis pasos por la Dehesa de Candelario, me siento a rumiar conmigo mismo algo que me pregunto con frecuencia. No sé dar la respuesta verdadera, pero algo me aproximo, al menos manifiesto mi experiencia.
Hoy es el día del libro, con todo lo que encierra este concepto y la historia feliz que lo contempla. Bendito sean los hechos, los festejos, los premios y las advocaciones…, que todo libro guarda alguna buena enseñanza.
Hoy pienso como aquel que se atreve a mover sus manos para dar cuerpo a lo que su espíritu le dicta, a ejercer de sacerdote en la liturgia de la creación, a ser un dios menor, aunque solo sea por un rato. Quiero decir que pienso en la labor y en el significado del escritor. Ahora acoto la senda del poeta.
Me asaltan muchas dudas y yo no sé si acierto o me distraigo. En todo caso, son mis razones últimas y no son engañosas ni aprendidas sino conmigo mismo.
El creador es golpeado por la realidad, como otro ser humano sensible y curioso. Sin embargo, no acota la realidad como un geógrafo o como un campesino; es la realidad la que lo invade, aquella parte de la realidad que, por diversas razones, se impone a las demás, se hace más impulsiva y emocional. De cómo y por qué se ha seleccionado esa realidad no es fácil dar cuenta ni razón, pues se trata de un proceso lento e invisible que va dejando huella y arañazos en el mundo de la razón y de las emociones del creador. Así, se establece un maridaje que no es más que consecuencia de un noviazgo feliz o tortuoso del que el poema es la última prueba y la expresión gozosa nacida para el poeta y para los lectores. Es como si el creador tuviera en germen esa idea, que ha ido cuajando con ritmos escondidos y se desgaja para vivir sola.
Al servicio de ese impulso y de esa idea (sentimiento y razón, razón y sentimiento) se brinda la palabra, el elemento mágico que nos pone en camino de la esencia y de lo primigenio, de ese otro mundo no nacido al que siempre estamos aproximándonos y al que nunca terminamos de alcanzar. Ella es la que nos hermana con las cosas, la que las abraza y les da cobijo, la que termina por dar sentido a la búsqueda humana de la razón de su paso por el mundo. Por eso la necesidad del mimo en la palabra, el trato amistoso con la misma, la escena bien tejida en la que tiene que mostrar sus cualidades, el sentido litúrgico que esconde. In principio erat verbum. Palabra libre siempre, reveladora y pura, lejos de imposiciones y mandatos, camino hacia la esencia y el misterio, transgresora de espacios y de tiempos, capaz de presentarnos el detalle que salta cual ballesta camino de lo eterno e infinito, don, regalo, deleite, a veces con el barro en sus vestidos para mostrar lo impuro de este mundo…
Para encender el fuego en la palabra, están las manos torpes del poeta, que no hace más que dejarse invadir por ese mundo nuevo que vive en el corazón de los sonidos y de los conceptos. Cuando descubre una imagen nueva o teje una situación satisfactoria, se siente dios menor, sacerdote en el templo, milagrero mayor. Y se deja y se olvida en la palabra. No es fácil entender un buen uso de la misma sin una vida intensa y paralela en la emoción y en la curiosidad. Palabra y creador en un abrazo que indique coherencia y mestizaje.
Después vienen los libros, las lecturas, los lectores, los premios, los olvidos… Pero eso es ya sabor de otras comidas.
Hoy es el día del libro. El libro es el resumen de un milagro. Voy a sentir la luz entre sus páginas.

lunes, 22 de abril de 2019

EL CIELO Y EL INFIERNO



Se terminó la Semana Santa. El tiempo lo devora todo a mayor velocidad que como lo hace el fuego y ya estamos metidos de hoz y coz en la segunda semana de la campaña electoral. ¡En la segunda y última! Qué gozada, y yo sin casi enterarme de nada. No soy yo de los que desprecio el hecho político y sus variables, pero esta campaña me tiene alejado totalmente, a la vista de insultos, descalificaciones y simplezas. Como si no supiéramos de qué pie cojea cada uno.
Yo quería, sin embargo, detenerme un poco en otro asunto que ha coincidido cronológicamente con la Semana Santa y que tal vez no esté tan alejado de ella.
He asistido al funeral de un pariente en una iglesia de esta ciudad estrecha. Ambiente de tristeza, como corresponde a la despedida de alguien querido. En medio de la ceremonia, el sacerdote se descuelga con un breve sermón en el que trata de explicar el sentido de la resurrección de Cristo y su entrada en el cielo, adonde lleva a todos los fieles con él. Bueno, es el sentido positivo de la religión cristiana, el de la promesa de la vida eterna. Por ahí su valor de consuelo y su asidero a un sentido de la existencia.
Pero, atención, y voy a tratar de no añadir ni una coma a lo que allí se dijo y oyeron mis orejitas: En la muerte de Cristo, este bajó a los infiernos para abrirlos. Mientras, el cielo estaba cerrado. El infierno tiene dos partes: el infierno superior y el inferior. En la parte inferior estaban y están los condenados para la eternidad. En el infierno superior, están los justos que habían muerto antes de Cristo. También se llamó a este lugar el abismo. Allí estaba, por ejemplo, también san José, padre de Jesús. El primero que entró en el cielo fue Dimas  (el buen ladrón)…
Lo cierto es que, debido al día, el sermón fue muy breve. Menos mal. Juro que no agoto la lista de barbaridades que se ensartaron en unos minutos. La cortesía familiar me impidió levantarme y salir huyendo de allí. El sermoncito me dejó traumatizado para todo el día. Incluso creo que aún no me he repuesto. Advierto de que no se trataba de ninguna metáfora, ni fábula, ni parábola, sino de una descripción espacial casi medida con metro y cartabón.
De modo que un infierno con pisos, unos mejor acondicionados que otros. Gentes aguantando la llegada salvadora y mientras tanto a la lumbre y al fuego. Listas guardando cola para entrar en el cielo… Qué barbaridad. Yo creo que, si aquello dura algo más, nos ponemos todos en fila para no perder la vez.
Alguien me decía al salir del templo algo así: Si este sujeto no cree en lo que dice, es un estafador de tomo y lomo; si cree en lo que afirma, es un corto de mente (no quiero reproducir con exactitud la palabra empleada) irrecuperable. Lo suscribo.
Como sucede siempre, una golondrina no hace verano. Pero esa golondrina vuela siempre en el mismo trayecto circular y se adivina un mundillo parroquial para asustados y muertos de miedo. No puede ser de otra manera. Por eso, lo que importa no es el hecho concreto, sino lo que este simboliza y lo que esconde detrás. ¿Por qué asustan y asustan y asustan? ¿Quién puede imaginar un dios castigador, con fuegos, eternidades y bobadas semejantes? Esto parece algo así como la religión para tontos o borregos, que es lo mismo. Siempre he pensado que los primeros que tenían que levantarse a voz en grito son los propios cristianos, porque esto no hace más que espantar a cualquiera e invitarle a salir corriendo de todo ese mundo. La realidad muestra que todavía existe un grupo grande que comulga con estas ruedas de molino. Y esto es aún peor y desconsuela todavía más porque la solución así resulta más difícil. Como todo hecho tiene sus causas, no es lo mejor tirarlo todo por la borda, sino analizar por qué se produce. Buen tema para ir al rincón de pensar. Cada uno dirá.

viernes, 19 de abril de 2019

VA(YA) POR DIOS



Hace tan solo unos días asistí a la representación del Auto de Pasión en el interior de la iglesia de San Juan de Béjar. Son los viejos textos medievales de Gómez Manrique, siglo quince, y Lucas Fernández, siglo dieciséis. El teatro nació también, y sobre todo, dentro de las iglesias. Ayer mismo veía unas imágenes de televisión en las que aparecía un penitente salmantino cargado con una pesada cruz de madera, descalzo y arrastrando con sus pies unas pesadas cadenas de hierro. Hoy, en el lugar donde se visualizan los tres poderes históricos (nobleza, iglesia y poder civil o ayuntamiento), en plena plaza Mayor de Béjar, se anunciaba una llamada “Representación de la Sentencia”, con “prendimiento”, “condena del Sanedrín”, “dramatización de la sentencia”, “Representación del Viacrucis (sic) desde el Palacio Ducal al Calvario, crucifixión, descendimiento y sepulcro (patio exterior del Palacio Ducal)”. Ojeo el programa de Semana Santa en esta ciudad en la que vivo y todo son procesiones de dolorosas, cristos yacentes, madres angustiadas, gestos de impotencia… Cualquier manifestación se tinta de color púrpura y negro, símbolos de sufrimiento, de penas y de pecado en esta civilización.
Cada día entiendo menos, si esto es posible, a estas religiones que cargan sus tintas en el pecado, en el miedo y en los sustos. Solo unas brevísimas consideraciones acerca de dos de estos hechos, de aquellos que resultan más cercanos.
El Auto de Pasión termina con una acusación repetida, uno a uno, por todos los personajes: “Muere por ti, pecador”. Una y otra vez, como si no hubiera quedado claro y no se hubiera asustado lo suficiente con una o dos veces. Por si acaso, los intérpretes, cuya actuación teatral no se juzga aquí, apuntaban con su dedo acusador hacia los espectadores, en medio de un ambiente de oscuridad y de tinieblas, mientras un coro cantaba, lenta y repetidamente, la canción “Perdona a tu pueblo, Señor”. Supongo que algún espectador, además de yo mismo, se preguntaría qué es lo que había hecho para merecer tales acusaciones, y hasta saldría rumiando otras consideraciones que no hace falta reproducir aquí.
La Representación de la Sentencia y el Calvario no hacen otra cosa sino reproducir el dolor y la muerte, se supone que para redimir otra vez de alguna culpa. O sea, que de nuevo tenemos la presencia del pecado y de la condena, del miedo y del susto. Qué habré hecho yo, si me miro y no me encuentro nada especialmente rechazable, y menos para recibir la amenaza de un castigo eterno.
Hasta aquí una descripción somera de estos dos hechos, que no son más que una muestra de todo lo que se está produciendo por esos pueblos y ciudades de España.
Supongo que no es demasiado osado preguntarse serenamente las razones de todo este ambiente de pecado, de miedo y de castigo en los que se escenifican todas las religiones. ¿En qué se basan estos espectáculos? ¿A quién favorecen? ¿A quién perjudican? ¿Qué elementos emocionales calman o excitan en las personas que los practican? ¿Qué tipo de Dios hemos creado (porque, si Dios existiera o existiese, la visión y el concepto del mismo sería siempre nuestra, aquella que nos permiten nuestros sentidos y nuestra inteligencia) los seres humanos para que lo paseemos y lo enseñemos hecho un guiñapo, dando pena y desvalido física y mentalmente? ¿Por qué, a pesar de todo, estas manifestaciones gustan a tanta gente y excitan en ellas un interés evidente? Estas y otras muchas preguntas buscan voz solas y al momento. Muchas son retóricas, por supuesto, pero ahí están, por si alguien las quiere contestar, para uno o para los demás.
Por mi parte, suelo leer algún evangelio completo por estas fechas y no veo reflejado en ellos este ambiente tétrico, de turbación y de desasosiego. Entonces, como siempre, pongo en duda la validez humanista de esa parte de las religiones que asusta, que apunta hacia castigos nada menos que eternos y que comprime la vida de las personas en unas actuaciones que, desde el miedo, no hacen más que favorecer a los grupos que mejor instalados están en la comunidad. Con estas armas, mucho más poderosas que las bombas atómicas, se ha matado, se ha castigado y, sobre todo, se ha mantenido a raya a todo el que haya querido volar en busca de una sociedad igualitaria, libre, solidaria, amorosa y mirando al futuro no con miedo sino con alegría y en busca de algo que se parezca a la felicidad.
Dicen que cada día que pasa menos gente se apunta a las comunidades religiosas; sobre todo los jóvenes. Tal vez no haya que devanarse mucho los sesos para hallar alguna causa que lo explique. Claro que los dioses que los sustituyen tampoco parece que sean muy consistentes precisamente. Vaya por Dios.

jueves, 11 de abril de 2019

HOY HABLARÉ DE MÍ



Ya sé que es una redundancia porque nadie puede hablar de otra cosa que no sea de sí mismo. Y mucho menos si se trata de algún acto creativo. También es verdad que se puede hacer de una manera más o menos directa o delegada. Al final, se trata de ser un perfecto fingidor cuando uno escribe, sobre todo si se mueve en el género lírico.
El caso es que, venciendo el pudor que me domina y hasta la timidez que me visita casi siempre, olvidándome de algunos principios que me enseñaron hace muchos años y que procuro practicar, hoy, precisamente hoy, debo decir algunas palabras acerca de mí mismo. Ya pido disculpas por anticipado.
Desde hace un par de días tengo conmigo  ejemplares de mi libro Al paso de los días. Está recién salidito del horno y huele a pan reciente, calentito, crujiente y bien sabroso. Aunque me gusta más la metáfora del parto y nacimiento. Así que puedo decir y digo que tengo un niño que acaba de ver la luz y ahora lo acojo entre mis brazos con cariño y con mimo.
La gestación ha sido larga pues ha durado unos trece años. Pero ha nacido muy crecidito porque ha pesado nada menos que setecientas páginas (he dicho bien: 700) bien apretadas y densas, en las que se abrazan más de novecientos poemas (he dicho bien: más de 900).
Y qué queréis que os diga, me siento orgulloso de ser padre de esta criatura tan rolliza y sana. Se trata, en realidad, de un diario poético variado; tanto como el paso de los días: unos secos, otros lluviosos; unos oscuros y otros luminosos; unos con vestido de día de fiesta y otros casi desnudos… Es el paso de los días. Con él me he ido haciendo más maduro o tal vez viejo. Yo mismo lo noto ahora cuando vuelvo a sus páginas. Espero que también más experimentado y sensato.
En el breve prólogo se dice que es un libro de libros. Estoy muy de acuerdo con esta afirmación. De él podría muy bien haber salido una decena de libros ´temáticos´. Pero hay lo que hay y estoy contento porque esta fórmula la he querido y la he buscado yo, y me ha dado la oportunidad de no echar al cesto de los papeles nada que yo no quisiera que se olvidara. Además, de esta manera, caben muchas ideas, muchas emociones y muchas personas que han ido rozando mis días y mis horas.
El libro pesa (son setecientas páginas), pero lo cojo y lo acaricio, lo mezo entre mis brazos y lo acuno como a un recién nacido. Menos mal que no soy primerizo en el asunto, si no, no sé qué pasaría.
Ahora no sé si darle bautizo público o qué hacer con él. Porque de todo esto, a partir de ahora, lo que me interesa es que la gente lo lea, pero no me preocupa en absoluto nada de todo el mundillo de la distribución y sus componentes y aliados. Ya veremos qué se hace.
Un libro se compone lentamente, al calorcito de la habitación y del ordenador o del cuaderno, al amparo de las lecturas continuas y del roce de la vida en las calles y en los parques, en las aulas y en las tiendas, en el bullicio y en el silencio, en las salas del pensamiento y de la imaginación. O sea, que se escribe en soledad, pero al roce de la vida, y, en primer lugar, para uno mismo. Mas, si alguien se acerca a sus páginas, verá que a esa habitación de escritura han sido invitadas numerosas personas, referentes claros en muchas de sus composiciones; o sea, que de alguna manera son protagonistas también. No obstante, sin los lectores (el primero y principal es el propio autor) no se completa el ciclo.
La ayuda de algunos amigos y el esfuerzo de algún editor atrevido y audaz han facilitado que el parto se haya consumado más fácilmente. A ellos mi agradecimiento y mi abrazo. Gracias, Jesús. Gracias, Antonio. Y gracias, Leti.
El libro ya no es mío, sino del lector, de cualquiera que se acerque a sus páginas. Espero que se haga con buena disposición de ánimo y que no se le haga daño e este niño rollizo, que espera comprensión y buena voluntad. Nunca habrá un buen libro sin un buen lector.
Se ve que estoy contento. Y quería decirlo. Brindo con todos.