CON PERDÓN, MARICARMEN ES UN PRETEXTO
Es reacción que se
repite de manera sistemática: cuando se produce algún hecho que sacude las
conciencias de muchas personas, se convierte en algo que se sitúa en el nivel
de la “humanidad” y que se intenta separar de eso que llamamos “ideología”.
Ahora mismo está sucediendo con la realidad del desahucio de una anciana de 87
años en Madrid. Su nombre es Maricarmen y está siendo la protagonista de todas
las conversaciones del país. Los medios de comunicación han visto carne de
morbo y se han agarrado a la noticia hasta el punto de que la están
descuartizando y están hasta haciendo harina con los huesos. El morbo sigue
vendiendo y volcarse en un hecho tan llamativo y que toca tanto al corazón
produce unos beneficios en audiencia y en dividendos muy sabrosos.
¿Quién puede dudar de
que Maricarmen necesita ser atendida por los medios que sea, por el hecho de
ser persona? Tan de Perogrullo es esto, que nadie se atreve a sostener nada
contrario. Pues claro que hay que buscar solución a esta situación tan
lamentable. Pero esto solo es pan para hoy y hambre para mañana.
Cada día se producen
en este país -y en todos- desahucios en condiciones similares y hay gente que
se queda a la intemperie y sin auxilio social y comunitario. Pero es que
centrar el foco en una imagen produce mucho y cuesta poco, queda uno bien y
parece que demuestra una disposición absoluta a la solución de este hecho
injusto. Algo distinto es encarar sin tapujos la forma de solucionarlos y,
sobre todo, de prevenirlos.
El meollo de esta
dificultad se halla en algo más amplio y farragoso. ¿Tiene o no tiene límites
la propiedad privada? ¿Qué solución propone cada partido para esta pregunta? ¿Y
cada uno de nosotros cuando nos toca de cerca? ¿Choca o no choca este hecho con
el derecho a la propiedad privada y a la libertad de mercado? Si se quieren
poner parches a la propiedad privada, ¿cuántos pisos pueden quedar exentos:
ninguno, uno, dos..., diez? ¿Cómo se actualizan las llamadas rentas antiguas?
¿Una persona no puede canalizar sus esfuerzos y ahorros en el mundo
inmobiliario? ¿Cuál es el parque de vivienda pública, en cantidad y calidad?
¿Hay que topar las rentas? ¿Hay que liberalizar el suelo? ¿Cuánto y cómo? ¿Cómo se interpreta aquello de la Constitución
que afirma que España se constituye en un Estado social y democrático de
derecho? ¿Y que cada español tiene derecho a una vivienda? Ya hay experiencias
para poder opinar... Y en este plan.
La situación de
Maricarmen tiene que ser un símbolo para reflexionar acerca de aquello que nos
afecta a casi todos: en su defensa y en su aplicación se asienta una de las bases
más sólidas o frágiles para la convivencia. Dedicarle morbosamente minutos y
minutos en los telediarios y otros espacios, sin mirar al bosque y viendo solo
este árbol seco, no soluciona casi nada y su efecto se disolverá como un
azucarillo. Y, entonces, la amargura seguirá en Maricarmen y en tantas personas
como ella, que no tienen donde caerse vivos y se sienten expulsados de la
comunidad sin ningún arma con la que defenderse.
Los representantes
públicos tienen que tener el coraje de encarar las razones que causan estas
consecuencias, con todas las variables y las dificultades que esto comporta,
que no son pocas. Los medios de comunicación bien podrían ser mesurados y no
apuntarse al morbo y al hecho concreto, sin analizar serenamente y con
especialistas todo lo que supone el contexto en el que se producen los hechos
individuales. Y todos nosotros entender que todo es ideología, que depende de
la escala de valores que defendamos para que se apliquen unas soluciones u
otras en los hechos concretos del día a día. Porque la beneficencia y la
caridad están bien, pero solo como sustitutas de la justicia; de lo contrario, suelen ser tormentas primaverales que duran poco y arrebatos que vienen muy
bien al paraguas de otras fuerzas poco confesables. Maricarmen, como todos los
demás, tiene derecho a la justicia y esta tiene que encontrar cobijo en la
ideología antes que en la caridad. Como escribí en un poema reciente, en su endecasílabo final: lo demás
son efectos secundarios.
No podemos dar
licencia a la costumbre ni banalizar el mal, como ya nos enseñó la pensadora
Annah Arendt. Radicales, pero serenos, mirando al bosque y no solo al árbol,
sumando variables y no excluyendo razones. Y también con la mente dispuesta a entender
que el corazón tiene razones que la razón no entiende.
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