HOY LIBRO
De manera inconsciente y sin reposo, el tiempo pasa, que es lo que siempre pasa. La naturaleza va dando por fin muestras de que su acomodo tiene otros parámetros y nuevos horarios. La actividad humana no puede hacer otra cosa que adaptarse también a lo que esa naturaleza le va indicando. Tal vez a la vida no hay que ponerle pegas, tan solo hay que acompañarla y acompasarse con su evolución.
En los aleros de mis
tejados, las golondrinas han convocado asamblea con un único asunto en el orden
del día: el cambio de casa y de territorio. Acuden todas las del contorno y se
reúnen por centenares al amparo del sol que más calienta. Un rato antes de la
hora fijada -que siempre tiene que ver con el sol en posición más directa-, se
solazan bailando y reconociéndose en el aire, haciendo piruetas y dibujando
figuras geométricas que parecen responder a las leyes más intrincadas de la
geometría y de la lógica. Después de estos ejercicios, se posan en los aleros a
tomar el sol y a contarse sus penas. Así permanecen durante casi toda la
mañana. El ejercicio lo repiten durante varios días. De repente, un día
cualquiera, que solo ellas tienen fijado en el calendario de la meteorología,
no acuden a la cita. Tan solo alguna queda perdida y sola, deambulando por los
aires y sin saber qué hacer.
La colonia de
golondrinas ha madrugado, se ha alzado en el aire y ha emprendido el viaje
hacia lugares más cálidos, en su anual migración. Los primeros vagidos de la
siguiente primavera volverán a dar cuenta de ellas, de sus vuelos, de sus
figuras y de sus nidos. Como las escobas, retamas o piornos señalan la llegada
del verano en lo alto de la sierra, así las golondrinas anuncian la presencia
del otoño astronómico; y yo estoy seguro de que, en su conciencia, también
meteorológico.
Buen viaje de ida y
vuelta.
Ya los antiguos
pensadores clásicos (estoicos, epicúreos, cínicos, escépticos...) señalaban la
necesidad de ajustar nuestras vidas a la naturaleza y a sus evoluciones. No sé
si siempre lo hacemos con justeza precisamente, pero en buena medida así lo
tenemos que realizar.
Véase, si no, cómo se
ajustan los horarios y las costumbres cuando llegan los días del otoño.
Ayer mismo paseaba por
el parque de esta ciudad estrecha en la que vivo y escuchaba esta conversación:
-
Buen día para el
paseo, pero tú no tenías que estar aquí: es hora de ir a buscar a tu nieto al
colegio, pues es la hora de salida.
-
Así es cada día, pero
hoy libro: tiene su padre día de descanso.
El diálogo siguió,
pero yo me desinteresé y presté mi atención a otras cosas.
Los abuelos y los
nietos, las obligaciones laborales y las costumbres familiares que dividen
trabajos entre sus miembros, abuelos que se sienten libres por un día y abuelos
que añoran tener esa obligación aunque sea solo por un día.
Las golondrinas cambian
de lugar. Las familias cambian sus horarios y sus obligaciones. Todos hacen su
particular trashumancia y migración. Pero la naturaleza siempre está en el
fondo para indicar caminos y sendas, esas que se repiten y que van conformando
nuestras vidas y nuestro paso por el tiempo.
Hoy las golondrinas no
están ya en los aleros de mi tejado, el abuelo tendrá que ir a acompañar a su
nieto desde el colegio a casa, y yo me quedaré solo pensando en cómo todo tiene
su evolución y sus costumbres. Y volveré a sentir que todo se halla en las
leyes sin sentido de la naturaleza. Quizás las que a mí me rigen tampoco tengan
demasiado sentido, salvo el de seguir andando como un sonámbulo los caminos del
tiempo y del espacio.
Hoy libro. Pensaré en
ello.
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