lunes, 21 de septiembre de 2026

HOY LIBRO

 

HOY LIBRO 

De manera inconsciente y sin reposo, el tiempo pasa, que es lo que siempre pasa. La naturaleza va dando por fin muestras de que su acomodo tiene otros parámetros y nuevos horarios. La actividad humana no puede hacer otra cosa que adaptarse también a lo que esa naturaleza le va indicando. Tal vez a la vida no hay que ponerle pegas, tan solo hay que acompañarla y acompasarse con su evolución.

En los aleros de mis tejados, las golondrinas han convocado asamblea con un único asunto en el orden del día: el cambio de casa y de territorio. Acuden todas las del contorno y se reúnen por centenares al amparo del sol que más calienta. Un rato antes de la hora fijada -que siempre tiene que ver con el sol en posición más directa-, se solazan bailando y reconociéndose en el aire, haciendo piruetas y dibujando figuras geométricas que parecen responder a las leyes más intrincadas de la geometría y de la lógica. Después de estos ejercicios, se posan en los aleros a tomar el sol y a contarse sus penas. Así permanecen durante casi toda la mañana. El ejercicio lo repiten durante varios días. De repente, un día cualquiera, que solo ellas tienen fijado en el calendario de la meteorología, no acuden a la cita. Tan solo alguna queda perdida y sola, deambulando por los aires y sin saber qué hacer.

La colonia de golondrinas ha madrugado, se ha alzado en el aire y ha emprendido el viaje hacia lugares más cálidos, en su anual migración. Los primeros vagidos de la siguiente primavera volverán a dar cuenta de ellas, de sus vuelos, de sus figuras y de sus nidos. Como las escobas, retamas o piornos señalan la llegada del verano en lo alto de la sierra, así las golondrinas anuncian la presencia del otoño astronómico; y yo estoy seguro de que, en su conciencia, también meteorológico.

Buen viaje de ida y vuelta.

Ya los antiguos pensadores clásicos (estoicos, epicúreos, cínicos, escépticos...) señalaban la necesidad de ajustar nuestras vidas a la naturaleza y a sus evoluciones. No sé si siempre lo hacemos con justeza precisamente, pero en buena medida así lo tenemos que realizar.

Véase, si no, cómo se ajustan los horarios y las costumbres cuando llegan los días del otoño.

Ayer mismo paseaba por el parque de esta ciudad estrecha en la que vivo y escuchaba esta conversación:

-          Buen día para el paseo, pero tú no tenías que estar aquí: es hora de ir a buscar a tu nieto al colegio, pues es la hora de salida.

-          Así es cada día, pero hoy libro: tiene su padre día de descanso.

El diálogo siguió, pero yo me desinteresé y presté mi atención a otras cosas.

Los abuelos y los nietos, las obligaciones laborales y las costumbres familiares que dividen trabajos entre sus miembros, abuelos que se sienten libres por un día y abuelos que añoran tener esa obligación aunque sea solo por un día.

Las golondrinas cambian de lugar. Las familias cambian sus horarios y sus obligaciones. Todos hacen su particular trashumancia y migración. Pero la naturaleza siempre está en el fondo para indicar caminos y sendas, esas que se repiten y que van conformando nuestras vidas y nuestro paso por el tiempo.

Hoy las golondrinas no están ya en los aleros de mi tejado, el abuelo tendrá que ir a acompañar a su nieto desde el colegio a casa, y yo me quedaré solo pensando en cómo todo tiene su evolución y sus costumbres. Y volveré a sentir que todo se halla en las leyes sin sentido de la naturaleza. Quizás las que a mí me rigen tampoco tengan demasiado sentido, salvo el de seguir andando como un sonámbulo los caminos del tiempo y del espacio.

Hoy libro. Pensaré en ello.

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