lunes, 19 de noviembre de 2018

LAS ESPAÑAS



Unas veinte mil personas se manifiestan en Cáceres exigiendo unas comunicaciones dignas para Extremadura; las asociaciones vecinales de Béjar (Juan Hernández me ha tenido bien informado) han recogido miles de firmas, que han entregado al consejero correspondiente para pedir una mejor atención sanitaria en Béjar; varias asociaciones de la provincia de Ávila se manifiestan contra la explotación de minas contaminantes en varias de las comarcas provinciales; numerosas organizaciones humanitarias trabajan sin descanso preparando las fiestas de Navidad y pensando en cómo distribuir pequeños bienes y alimentos que mitiguen algo las necesidades de sus convecinos; los pueblos se han quedado sin habitantes, como cada otoño y cada invierno; las residencias de ancianos se llenan cada día más y viven desajustes constantes…
La cadena de ejemplos se puede ampliar sin dificultad ninguna y al antojo de cualquiera. Es esto lo que realmente pasa en la calle y no los sucesos que acontecen en la rúa.
La verdad es que dudo de que sea ya esto la realidad y de que no estemos desbordados por otra realidad más tópica e impuesta.
Cuando un ciudadano se levanta, con las preocupaciones de cada cual y de cada día, se encuentra con un cartel enorme en el que reza el guion de aquello que se le impone para que llene su mente y le preocupe durante la jornada. Será la televisión, tal vez será la radio, acaso lo sean los periódicos o los otros medios más al uso. Da igual, en todos ellos el cartel nos impone los asuntos en los que hemos de ocuparnos en nuestras conversaciones. Y, si miramos varios, pronto comprobaremos que no difieren mucho en sus propuestas; tan solo, si acaso, en los enfoques. La realidad ha sido disfrazada, se nos ha dado cuarto y mitad de lo más cómodo y en eso se nos tiene, amarrados y quietos en el redil creado.
¿Cuál es la realidad seleccionada? Sea cual sea la elegida, habrá que concluir que partimos con toda desventaja, que andamos engañados y que todos somos manipulados, bien sea por selección y olvido de todo lo que no ha sido elegido, bien por repetición incontrolada, bien por el sesgo que a la información seleccionada se le dé.
¿Cuántas primeras páginas vemos con un estudio del tipo de comercio en nuestras calles? ¿Y dándonos noticia de la organización de nuestras horas o del cuidado o descuido que ofrecemos a nuestros mayores? Esto interesa poco o casi nada. Parece un despropósito que así sea pues es cosa de todos y afecta a todo quisque.
Aquí solo interesa (y hablamos de los grados de interés, no de la verdad o falsedad de lo publicado) si hemos pillado a uno en un renuncio y podemos adjudicarnos la primicia del presunto renuncio. La cosa tiene morbo y se reduce a indagar sentaditos en la mesa, con teléfono a mano. Y mueve mucho rédito, y share y anuncios, y pasta como fin de casi todo. Y, si esto no nos cuadra (la verdad es que se lo ponen a huevo y no dan abasto), para eso está la lucha de los líderes, que se pueden sacar en las noticias con imágenes fáciles y tontas. Como si la vida fuera tan sencilla y se redujera a simples fogonazos.
La vida es algo más y se traduce en venta al por menor, en toma y daca de risas y de lloros, de trozos de tristeza y alegrías. No son las dos Españas del maestro, son todas las Españas que conforman los días de todos los ciudadanos, con sus pequeños logros, con sus diarios fracasos, con ese discurrir oscuro y lento de las calles estrechas, y con los empujones a destiempo en esas avenidas virtuales en las que nos encierran y nos llevan sin saber bien ni adónde ni a qué cosa.

viernes, 16 de noviembre de 2018

USAL 800 AÑOS: EL ESPÍRITU DE SALAMANCA



La Universidad de Salamanca (USAL) cumple su octavo centenario. Lleva todo el año de celebración en celebración y debe de andar ya casi agotada con tanta efeméride y tanto festejo. Tengo algún prejuicio cada vez que aparece la imagen de la universidad española; pero ocho siglos son ocho siglos y su historia está cuajada de hechos, conceptos, adelantos, atrasos, visiones, creaciones… de todo tipo. Y en Salamanca más. Repasar la nómina de los que por ella han pasado asusta y reconforta a la vez. Y acaso aún más si se considera como centro integral de influencia en toda la historia de España. De modo que el balance resulta claramente positivo. Y eso que, en algún momento, estuvo a punto de desaparecer.
Hoy me interesa pararme a considerar que, por puro azar geográfico, temporal y social, yo formo humildemente parte de esa historia extensa y variadísima de gentes que han pasado por sus aulas, que se han formado en ellas y que han impartido clases en ella.
Los últimos años del franquismo me vieron subiendo y bajando las escaleras de Anaya (paseé también por las aulas de derecho, pero soy de Anaya y de letras, lo confieso), asistiendo a asambleas en Anayita, observando los últimos coletazos de la dictadura y comprobando cómo día a día aquello se venía abajo. Allí se concretaron muchas cosas de tipo personal y colectivo, y de asuntos académicos y sociales. A mi mente acuden imágenes de clases con el libro de texto y las indicaciones directas que me atrevía a hacer a algunos estudiantes acerca de lo inútil de escribir literalmente apuntes cuando eso mismo estaba ya muy bien reflejado y redactado en el libro, o aquellas huelgas interminables y no demasiadas veces bien justificadas. En más de una ocasión, defendí públicamente la bondad de empezar las vacaciones de Navidad el mismo día que se ponía a votación su aplicación en asamblea, si es que lo que se debía imponer era la simple voluntad de los votantes y no el razonamiento y las causas que las justificaran; la perplejidad se apoderaba del ambiente ante propuesta tan imprevista. O algunas de las clases desiguales de profesores varios; desde la de aquel que se negó a impartirla el día que se olvidó en su casa los apuntes, hasta la del que llenaba el aula fuera cual fuera la hora en que la impartía, con sus labios bordeados de espuma y su sabiduría e ilusión a cuestas. En gloriosa ocasión escribí al decano para exigir explicaciones de por qué no comenzaban las clases a su tiempo. No hubo contestación, pero la carta andará entre los fondos escondida. Son simplemente anécdotas del libro de los días.
Por primera vez en la larga historia de la universidad, por aquellos años acudíamos a ella jóvenes de todo tipo (ah, las becas salario, por ejemplo), se empezaba a romper la exclusividad, pero se visualizaban grupos e intereses muy diferentes. Incluso entre facultades. Las licenciaturas “técnicas” escaseaban y en Salamanca las facultades de letras mantenían su prestigio por trayectoria y maestros. Tuve la suerte de tenerlos de todo tipo, muchos excelentes y prestigiosos; otros no tanto, pero a todos les debo agradecimiento. Por ello, tal vez, se mantuvo durante muchos años aquello de la excelencia del título por Salamanca. No sé si queda mucho de esa idea prefijada, ni en realidad me importa demasiado.
En ella impartí clases durante varios años, en Cursos Internacionales. Tuve alumnos de todas las partes del mundo y la oportunidad de compartir visiones muy diferentes de la realidad. Creo que eso enriquece a todos; desde luego a mí. Haber aprobado oposiciones para un puesto en otro centro y algunas historias personales que recordar no quiero y que no vienen al caso me alejaron de sus aulas para encauzar de otra manera mi actividad profesional. Todavía volví a la facultad para alcanzar algún título más y para realizar mis cursos de doctorado y, en algún caso posterior, se me encargó la docencia de algún curso. En fin, tantas historias personales…
Vuelvo la vista atrás y, tal vez con las gafas de abuelo cebolleta, me veo casi siempre con algún asidero a esa universidad, gloriosa por el tiempo y por tanto como en ella se ha cocido y creado. Los que hemos estudiado letras y nos movemos en el mundo de las humanidades estamos si cabe más de enhorabuena: muchísimos de los referentes profesionales pasaron por sus aulas, han sido y son nuestros colegas, y eso obliga muchísimo, por respeto y decencia.
Yo soy solo uno más, uno de tantos, que acaso se sumergió en sus aguas y en su ambiente y que creyó ver que su esencia era y es la propuesta, la visión siempre abierta de las cosas, la razón y el diálogo por encima de todo dogma impuesto, la curiosidad como eje y empuje de la vida, la honestidad como arma cargada de futuro y un poco de humildad como formato para atacar la vida.
Me gustaría pensar que la universidad pasó por mí y no solo que yo pasé por la universidad: son cosas tan distintas…
Después la vida sigue. En Salamanca o en cualquier otro sitio. Y hay que llenarla siempre de espíritu inquieto y razonado; si no, solo serán los títulos colgados en la pared de enfrente. Eso es muy poco, demasiado poco, casi nada. Mejor que en el camino nos acompañe siempre el espíritu de Salamanca, el que fueron creando los maestros aquellos que regaron sus aulas de saber y constancia. Son ya ochocientos años, una historia muy larga. En una esquinita humilde del camino me encuentro con mis pasos por sus aulas y sus claustros. Que sus ecos me sigan donde quiera que vaya.

jueves, 15 de noviembre de 2018

MACBETH POLISÉMICA



Mientras escucho el Magnificat de Bach, pienso en la ópera y en todo lo que implica y representa. Que Bach se compadezca y me perdone. Dejaré de escuchar su música para solo oírla por un rato. Prometo volver a ella con atención y asombro.
Ayer asistí a la representación de la ópera Macbeth en el teatro Cervantes de la ciudad de Béjar. La Ópera Nacional de Moldavia era la encargada de ponerla en escena. Casi tres horas de música, textos y composiciones escénicas, vestuarios y diseños en un escenario inigualable como es el de este teatro casi único del que gozamos en la ciudad estrecha. Benditas la construcción, la restauración y el mantenimiento de este lugar. Su fondo de escenario y su sonoridad son los dos hechos que permiten que estos acontecimientos se puedan poner en pie.
De modo que ver ópera no es privativo de Madrid o de las grandes ciudades. Por lo demás, ya he dicho alguna vez que en Béjar existe un grupo notable de aficionados a las artes escénicas.
A mí, como siempre, la contemplación de una creación artística me transporta a otras consideraciones y no solo me contiene en los límites del placer estético.
Ayer, por ejemplo, consideraba alguna de estas variables:
La importancia que a la actividad musical “clásica” se le da en los países de Centroeuropa y la escasa que se le concede entre nosotros.
El momento y el fin con el que nació la ópera, que poco o nada tienen que ver con la gente de a pie y sí casi todo con los grupos más poderosos: nobles, iglesia o burguesía. Por eso el tipo de composición, los lugares de representación y otras variables propias de este género.
La conservación de este tono elitista que se ha conservado en buena parte hasta hoy.
La “sociología” que se podía describir entre los asistentes, a pesar de la afición arraigada en la ciudad a los acontecimientos teatrales. Este hecho se puede describir y comprobar con más facilidad en una pequeña ciudad como Béjar en la que casi todo el mundo se conoce, al menos de vista. Allí viérades personas / peripuestas, con aspecto / de saber de toda cosa / y lindos de voz y gestos… Pocos parados y de aspecto avulgarado. Pocos. Toda una lección y un racimo de uvas para degustar una a una y sacarles jugo hasta llegar al aguardiente. Para mí la impresión más importante.
Los fondos de realeza, nobleza o mágicos en los que estos textos se suelen sostener, aunque como núcleo planteen elementos de valor universal: Macbeth no es otra cosa que una lucha trágica por alcanzar y detentar el poder. El tema planteado es universal y eterno, pero la visualización se hace con elementos muy anacrónicos para el siglo veintiuno, por más que sea Shakespeare el creador original. Mucho más actual me parece, por ejemplo, la suma que hace Lorca en su teatro con elementos clásicos y rurales o populares. En fin, hoy tendríamos que sustituir reyes y príncipes por políticos o banqueros….
Las diferencias de nivel de vida entre unos países y otros. Ayer daba la impresión de que media Moldavia se había venido a España para representar la ópera. ¿Cómo puede sobrevivir un elenco tan numeroso? ¡Y todos de primerísimo nivel!: la soprano, Rodica Picirenau, cantó de manera maravillosa.
Y así elemento tras elemento y arista sobre arista.
De fondo siempre la orquesta, el canto, la historia y la tragedia, la magia y la fuerza del destino, el afán de poder, las arquitecturas escénicas… Y mi mente dándole vueltas a todo ello. Y gozando del espectáculo creativo y musical, claro.
A la salida, el cielo lloraba mansamente. La noche y la lluvia se abrazaban y yo me dejé mojar por las angostas calles de la ciudad estrecha. La “sociología” se dispersó discretamente. La música calló o se fue durmiendo. Pero el ansia de poder y de dominio siguió en lo alto, mirándonos a todos y amenazando con volver a vernos con máscara distinta.
Ahora ya vuelvo a Bach.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

ALGO ES ALGO



El otoño es propicio para que la muerte haga de las suyas. Parece como si las personas tuvieran un ciclo similar al de los árboles y en esta época se pusieran también amarillas, del color de la muerte. Después, cualquier tambaleo las sacude y las derriba, las deja inertes y cara al suelo. De hecho, en estas fechas no es raro ver los paneles de las calles con varias esquelas, como muestras de que andamos en tiempo de recogida de personas para la muerte.
Ante esas esquelas, con resúmenes familiares y datos de ritos, la gente se para y dedica unos momentos a la identificación del nombre que las preside. Fulano, citano, el dueño de tal establecimiento, el que trabajaba en aquel otro sitio… Después, la relación y esa cierta obligación de acompañar unos momentos a los familiares en tanatorios o iglesias. Al día siguiente, nada o casi nada. Solo la renovación por otros nuevos papeles que incitan al mismo rito de parada, mirada, consideración rápida y alejamiento.
El desarrollo de la vida nos enfrenta con perspectivas muy distintas, según la persona a la que estemos haciendo referencia. Nuestro círculo es reducido y no siempre ponemos mientes ni siquiera en lo que tenemos más cerca. Pero, al menos en este contexto, solemos distinguir hechos, hacemos valoraciones constantes, cortamos trajes a medida, estimamos más a unos que a otros, clasificamos en buenos y malos…; hacemos de la vida un acordeón que comprimimos o extendemos según nuestras conveniencias. Muchísimas veces, también en estos contextos tan próximos, actuamos desde el desconocimiento y desde la ignorancia, desde la estrecha ventana personal por la que queremos hacer pasar toda la vida. El universo visto desde un agujero. Y ya cargados con toda esa ignorancia, actuamos como si los otros no escondieran para nosotros ningún ángulo oscuro. Enseguida llegan los malos entendidos y la niebla. A ello añadimos -tal vez cada día más- las luces continuas con las que los medios nos deslumbran acerca de un reducido número de personas lejanas y virtuales. Con todo ello vamos tejiendo un vestido a la vida, a la general y a la propia, que tal vez sean la misma y única.
La muerte posee un poder igualatorio que impresiona. Todas aquellas diferencias que advertimos y que defendíamos con pasión se van diluyendo, se van cribando y desapareciendo para quedar ante nuestras mentes tan solo algunas notas de distinción que, cada día que pasa más, se convierten en ideas que anulan las figuras de carne y hueso. Si uno enfrenta dos fotografías de personas conocidas, enseguida será capaz de apreciar diferencias personales físicas y mentales; si no lo hacemos así y solo juntamos el recuerdo de ambos, veremos que los detalles se han esfumado, que lo que nos llega es cada vez más vago y difuso. Terminamos quedándonos con dos o tres elementos mentales y poco más.
Unos fueron reyes y otros súbditos, unos fueros ricos y otros pobres, unos fueron guapos y otros feos, unos fueron listos y otros torpes… Poco importa, la diversidad se vuelve casi nada y todo se estrecha hasta la idea delgada y casi abstracta.
No estamos educados para enfrentarnos a la muerte; y, sin embargo, todo está medido a partir de ella; no desde el nacimiento, sino desde la idea de la muerte. El nacimiento no es buscado ni sentido ni conocido ni pensado; la muerte, en cambio, es el eje que nos conduce a todos y que nos modela en lo que llamamos vida. Al menos deberíamos agradecerle ese poder igualatorio que posee, esa manera de quitarnos los humos a todos, esa forma implacable de darnos a todos un significado similar. Si bien lo pensamos, todos seremos seres dignos y hasta ejemplos para los demás tan solo con que el recuerdo seleccione lo mejor y tire al cesto de los papeles lo menos bueno. La muerte es un gran aliado para ello. Algo es algo.

martes, 13 de noviembre de 2018

BESOS EN LA DISTANCIA



BESOS EN LA DISTANCIA

Recojo por las calles el rescoldo
de aquello que fue llama y ahora es nada:
insinuaciones leves de suspiros
y ecos de controversias o disputas…,
sucesos de otro tiempo ya olvidados.
El silencio los mira y los ampara
dejándolos morir en las esquinas.
Tan solo el viento a veces los escucha,
los hace levantar, los incorpora
para que den notica de que fueron.

Entre todos descubro que me mira
uno que, por el tono, me señala
como autor de su vieja melodía.
Yo no lo recordaba. Mi memoria
se pone a trabajar; trae a mi mente
el momento olvidado. Reconozco
en sus notas mi gozo y la sorpresa
que dejaron mis labios en tus labios
en la lejana tarde ya perdida.

Desde entonces la luz de la plazuela
conservaba el recuerdo de aquel beso
y el eco de tus labios temblorosos
haciendo nuestra piel brasa encendida.

Hoy las calles estrechas y las plazas
sonaban de una forma verdadera,
y yo soñé lo hermoso de aquel beso
que se quedó a soñarme en la plazuela.

lunes, 12 de noviembre de 2018

VIAJEROS



VIAJEROS

El mundo entero viaja sin descanso,
desconociendo causas ni destinos:
sabe que estar parado lo convierte
en ser para la nada y el olvido.

Yo viajo con el mundo y soy viajero
que ve pasar continuas estaciones,
que observa cómo todos suben, bajan,
se afanan en maletas y billetes,
en gestos y ademanes que dibujan
escenas de ilusiones compartidas.
-Afán irracional, incontenible,
que empuja como brasa a hacerse llama,
y después humo, sombra, noche, nada-.

Pero el tren sigue y sigue su camino
sin anunciar el fin de su viaje,
y los raíles marchan paralelos
buscando locamente el infinito.

A veces me convierto en maquinista
y construyo un vagón en el que caben
tan solo el maquinista y el asiento
de un triste y solitario pasajero.

El tren se pone en marcha y acelera
en otra dirección desconocida,
pero siempre por valles y barrancos
del oscuro interior del viajero.

A veces se lo ve lanzando humo
y a veces en parada programada.
Sigue sin dar señales aparentes
de haber llegado nunca a su destino.

sábado, 10 de noviembre de 2018

LAS VOCES DEL PASADO



El ser humano se empeña en desentrañar el secreto del origen del pasado, de qué fue aquello que sucedió en el principio y de cuándo se produjo eso del origen. Si lo supiéramos, tal vez todo lo demás lo tendríamos más a nuestro alcance y más entre las manos. Pero, ay, no hay manera de pillar la magia de ese misterio; acaso porque no hubo origen, o no somos capaces de imaginarlo siquiera, tal vez porque excede a nuestras cortas posibilidades. ¿En el principio era el caos? ¿O el Caos? ¿En el principio era el Verbo? ¿En el origen era la sombra? No hay manera.
Pero para casi todos nosotros el pasado se reduce a algunos episodios de hace nada, a algunos sucesos que hemos vivido y a algunos conceptos que nos ayudan a imaginar algunas otras cosas que saltan los muros de nuestra biología. Poco más. Qué pobres y qué limitados.
Y de ese pasado, ¿qué seleccionamos para el presente? Porque el pasado lo mantenemos solo en los elementos que nos llegan y nos hieren en el momento. Lo demás lo tamizamos, lo hacemos endeble, le damos distancia, lo arrinconamos… y lo olvidamos. En ese momento deja de formar parte de cualquier apartado del tiempo que queramos inventar. De modo que el pasado podríamos decir que tiene límites, que pesa y mide y ocupa espacio. Por eso vamos sacando del almacén la ropa vieja para dar cabida a otra que va llegando con el camión de la mudanza de los días.
Me pregunto de nuevo qué selección hacemos y qué estanterías fijamos para colgar la ropa del recuerdo. En una preferente seguro que se colocan las imágenes. Ahí, bien planchaditas y dispuestas para salir a escena cuando las requiera la memoria. Otro cuarto repleto sería el de las palabras, esas que quedan escritas o en frases con cloroformo, de las que cada cual guarda unas cuantas memorables. Y así otras tantas salas.
Pienso en el almacén de los sonidos, en cómo conservar las entonaciones, los silencios o los timbres de aquellas personas que queremos que mantengan nuestro pasado.
Yo recuerdo a mis padres en imágenes, en las fotos que guardo en mi memoria o en la pared del estudio en que ahora escribo. Y los miro y los traigo hasta mi mesa, y les cuento mis cuitas o les leo los versos que acompañan a esas imágenes y tantos otros que he compuesto para ellos, y los veo en los días diversos, con sus ropas a cuestas o sus risas o enfados por medio del pasillo de la casa. Creo que voy a conservar las imágenes en mi memoria para siempre sin muchas dificultades.
Pero, ¿y sus voces? Mi madre tenía un tono sereno y de mujer cansada. No lo tuvo siempre. Al final de sus días, algo la empujó a no dejar su espacio a los silencios. De noche y de día repetía los sonsonetes a que le obligaba su cerebro, en una letanía interminable. ¿Cuál era la voz real de mi madre? Ya no sé definirla claramente, se me escurren a chorros los detalles.
Otro tanto me ocurre con la voz del pasado de mi padre.
Y así no puedo hablar con ellos sin saber si me escuchan realmente y sobre todo si son ellos los que me contestan y me cuentan sus cosas como entonces.
Para intentar oírlos, me quedo en el silencio por un rato, apago la música y escucho. Me llegan rumores y sonidos que no sé si responden con certeza a la voz de mis padres. Y quiero hablar con ellos con palabras, oírlos como entonces, con sus señas más personales, con las señales que me certificaban que eran ellos, mis padres.
Quisiera rescatar para un fondo sonoro la voz aquilatada de mis padres y ponerla de fondo en mi estudio cada día, para unir el pasado con el presente de mis días y no desdibujar en nubes y nieblas todo lo que me ha precedido en el más reciente paso del tiempo. Creo que no encontraría otra música más agradable. Yo bailaría con ella y me dormiría con ella cada noche, con el arrullo hermoso de sus voces sonando en mis oídos.