«SACAR DE LA ECUACIÓN»
Esto de la lengua es
un sinvivir, no te da respiro ni un momento y te trae de cabeza a cada
instante.
Resulta que habíamos
acordado que se trata de algo que se parece a un ser viviente, o sea que nace,
crece, se reproduce y muere. Pues de todo este proceso también habíamos
acordado que el período intermedio era y es el más complejo y el que más
dificultades plantea. Como en el ser humano, que unas veces nos sale sapo y
otras nos sale rana; o como en una familia en la que un hijo es modelo y otro
resulta ser la oveja negra. Hasta ahí, todos de acuerdo. Controlar ese
crecimiento y esa reproducción debería ser tal vez preocupación constante.
Hay modelos y
organismos que algo dicen y sugieren al respecto. Ahí están todos los docentes
que trabajan en la descripción y en la explicación de cualquier lengua, o las
entidades e instituciones que sirven -o deberían servir- como argumento de
autoridad: academias, escritores... ¿Son suficientes? ¿Son los adecuados?
¿Actúan de manera correcta? ¿Se les hace caso? Y en este plan.
Tengo para mí que
existen otros organismos a los que se les hace mucho más caso y que imponen los
usos y los cambios en la lengua, o sea que son los que marcan el camino en el
crecer y en el reproducirse de ese sistema de comunicación que llamamos lengua
de una comunidad.
Los ejemplos son casi
infinitos. Valga uno de ellos. Aunque se tenga un oído poco fino, seguro que, en
los últimos tiempos, se habrá oído con alguna frecuencia esta expresión: «si
sacamos -lo que sea- de la ecuación». Con ella venimos a indicar algo así como
esto: «si eliminamos un factor en la resolución de una situación o dificultad
planteada».
Que el asunto apunta a
contextos matemáticos parece evidente. No sé cuál es el nivel de recuerdo de
las matemáticas entre la gente corriente, pero sospecho que no es muy elevado;
sore todo si vamos elevando el grado de esas ecuaciones y nos vamos al tercero
o al cuarto. Pues hay que volver a repasarlas para entender eso de «sacar de la
ecuación». Habrá que reconocer que a los de “letras” se les impone un castigo
excesivo.
De cuál sea el origen
de la citada expresión habrá que pedir explicación a los filólogos, que de esto
deberían saber algo. Tal vez sea más sencillo preguntarse, y hasta averiguar, a
quién se debe la bromita de su propagación y su paso al uso ordinario.
¿Erraríamos si afirmáramos que los medios de comunicación tienen mucho que ver
en todo ello? ¿Y si, además, lo concretáramos en los medios deportivos?
Una vez más -¡y
van...!- estos altavoces mediáticos, y no sé si bien formados e informados, nos
dictan y nos imponen los usos que van modificando cada día nuestra lengua sin
razones que lo justifiquen. Se puede observar sin ser ningún reputado filólogo
ni un conocedor profundo de las estructuras lingüísticas; tan solo hay que
escuchar y pensar un poco.
Y, para rematar el
desaguisado, podemos preguntar a los que saben y estos nos abrirán los ojos
para que veamos que -¡una vez más, y van...!- de nuevo es la lengua del imperio
la que está detrás de la expresión y la que nos impone sus usos y sus
significados, que nosotros calcamos como súbditos alegres y tontos.
Yo creo que podemos
volver a recordar cómo se resuelve una ecuación de segundo grado, y hasta de
cuarto; pero no sé si es necesario «sacar de la ecuación» cuando podemos
«separar un elemento» o «descartar una opción», u otras muchas posibilidades
que posee nuestra propia lengua.
Que la lengua crece y
se multiplica, está siempre en movimiento, no puede ni debe estancarse ni
oxidarse. Pero, por favor, dejen que esa evolución la orienten los que saben
algo más del asunto. No los saquen de la ecuación y sálganse ustedes de ella.
Papanatas, que son unos papanatas. Y unos esclavos agradecidos.
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