SÓPCRATES Y LOS
JUICIOS ACTUALES
Asistimos estupefactos
estas últimas semanas a juicios que encausan a representantes públicos tanto de
la izquierda como de la derecha. Cada cual se hará su composición de lugar y
arrimará el ascua a su sardina, como suele suceder casi siempre.
Hay aspectos muy
notables que distinguen una causa de la otra: manera de reaccionar de unos y de
otros, tiempo pasado desde que se cometieron los hechos, sucesos que
comprometen a un pequeño número de personas o a una trama completa, desarrollo
de los juicios...
El caso es que ahí
andan los abogados defensores y las partes acusadoras jugándose las
justificaciones y las fuerzas para condenar o para absolver. Los demás
asistimos a un partido del que, aunque no jugamos, sí sufrimos las
consecuencias. Porque no solo se juzga a unas personas, sino toda una forma de
entender la vida personal y social.
En la realidad de un
juicio hay que entender que los acusados tiendan a utilizar todos los recursos
posibles para que no sean condenados; parece propio de la débil condición
humana, y yo al menos estoy dispuesto a entenderlos. Pero no a comulgar con sus
estrategias ni a defenderlas como ideal de justicia.
Hay ejemplos en la Historia que nos enseñan otra manera de comportarse y de afrontar una causa,
con más gallardía y con miradas más amplias.
Varias veces he recurrido
al ejemplo del filósofo griego Sócrates como argumento de autoridad. Al
filósofo -ya anciano de setenta años- se le acusó literalmente de corromper a
la juventud «no creyendo en los dioses en los que creía la polis, sino en
divinidades nuevas, diferentes». Como sucede ahora, Sócrates también tuvo la
oportunidad de pronunciar un alegato final. Estas fueron sus palabras:
«Atenienses, os acojo
con afecto y os amo, pero obedeceré más a la conciencia que a vosotros, y
mientras respire y pueda no cesaré de filosofar, de exhortaros, de examinar sin
tregua a quienquiera de vosotros que encuentre, diciéndole lo acostumbrado: “Tú, el mejor de los hombres
por ateniense, ciudadano de la ciudad más grande y afamada en sabiduría y
poder, ¿no te avergüenzas de poner tu cuidado en los medios para detentar lo
más posible en negocios, reputación y honores, cuando para nada te preocupas del
pensamiento, de la verdad y de la
conciencia, ni se te ocurre hacer de eso lo máximamente bello?” Y si alguno
de vosotros lo niega, afirmando que se cuida de tales cosas, ni le atacaré ni
me iré; le interrogaré y observaré a fondo, y le avergonzaré si no me parece
poseer la virtud, aunque él así lo crea; le reprocharé que nada son para él las
cosas del más alto valor, y le censuraré tomar lo pequeño por lo grande. Estas
son las cosas que la conciencia me ha ordenado, sabedlo bien. Y pienso que mi
obediencia a la conciencia es el máximo bien acaecido a la ciudad».
Después, la condena y
la renuncia a traicionar a su propio pensamiento no comprando la absolución,
incluso con la ironía final del pago del gallo a Esculapio. Y la muerte serena,
cubierto su rostro con una sábana.
El ejemplo se explica
solo y no necesita ser glosado. En unos casos se busca por todos los medios la
salvación del reo, aunque todos los indicios apunten a la culpabilidad; en
otros se anhela la verdad, aunque acarree un castigo injusto.
Modelos de
comportamiento diferentes. Cada uno sabrá con cuál quedarse.
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