LO IMPORTANTE
Cualquier manual de
teoría literaria o diccionario de términos filológicos recoge las definiciones
de sinécdoque y de metonimia como recursos que toman la parte por el todo, o usan
un término por otro por la contigüidad que poseen. Así “espada” por “torero”, o
un “jerez” por un “vino de la comarca de Jerez”. Eso nos permite ampliar y
recrear la realidad a nuestro antojo y mostrarla desde caras muy diferentes.
En la práctica diaria,
todos somos poetas y ensayistas, pues usamos estos y otros recursos cuando
hablamos con cualquiera e intercambiamos información. No, no somos escritores
por ello: lo hacemos sin conciencia y sin notar el valor de transformación que
conlleva. Los creadores, en prosa o en verso, utilizan estos recursos con
conciencia de que lo están haciendo y para qué lo están haciendo. Por eso los
seleccionan, los escogen, los regulan, los ordenan y los hacen aparecer y
desaparecer según su criterio. Unas veces aciertan más y otras fracasan en el
intento.
Pero decía que todos
los usamos estos recursos en la conversación diaria, cuando hablamos del
tiempo, cuando “cortamos un traje” a los vecinos o cuando arreglamos de un
plumazo el mundo.
En estos últimos días
se habla en todas partes de los cincuenta años transcurridos desde el final de
la dictadura, de la sentencia condenatoria al fiscal general del Estado, del
enjuiciamiento a los responsables de la DANA de Valencia, del enjuiciamiento a
varios exdirigentes del PSOE, del rifirrafe continuo de los partidos y sus
descalificaciones, de los partidos de fútbol...; qué sé yo, de todo lo humano y
lo divino.
Pues en todos los
asuntos introducimos sinécdoques y metonimias a gogó. Dicho de otro modo, nos
acogemos a aquella parte que nos favorece y con ella abanderamos o echamos por
tierra todo el contenido de lo que juzgamos. Esto lo podemos aprovechar desde
un sitio y desde otro, con apariencia de tener razón.
Cualquier ejemplo nos
sirve. Tomemos el que acaso sea el más extremo: la dictadura que sufrió este
país durante cuarenta años. Ahora se produce el cincuenta aniversario de su
desaparición («Buen don Guido, ya eres ido, y para siempre jamás»). Alguien
afirma que en ese periodo se produjeron cosas positivas; otros aseguran que ese
fue un período negro de nuestra Historia. ¿Quién tiene razón? Pues seguramente
ambos. ¿Quién puede negar que, aunque solo sea por pura fórmula aritmética,
algo se haría bien a lo largo de tantos años? ¿Quién puede negar que se
produjeron atropellos sin fin durante esa larga noche de los tiempos?
¿Hay un empate en esta
disputa? ¡En absoluto! Inmediatamente asoma el peligro terrible de la
equidistancia («todos son iguales») y el del desánimo por parte de quien no
analiza y se deja llevar por la comodidad de lo genérico. Entonces, ¿quién
engaña? Pues aquel que toma la parte por el todo y se olvida de que el todo es
mucho más que la parte.
¿Qué favor le hace a
su postura aquel que rechaza de manera absoluta la afirmación del contrario y
no defiende la suya ordenando en importancia lo que es importante y colocando
en segundo orden lo que es menos importante? ¡Ninguno! Hay mil argumentos y ejemplos
para dar a entender que la dictadura es mala por sí misma, con independencia de
que produzca algún elemento positivo. Una breve lista de calamidades y de
privaciones en ella: enjuiciamientos y asesinatos sin garantías, falta de libertades
de todo tipo, asociaciones, desigualdad ante la ley, no diversidad de
opiniones, no participación de todos, responsabilidad no compartida,
organización social controlada, eliminación de los poderes que no se basan en
la razón... Mil razones. Por cierto, también aquellas que tienen que ver con el
progreso económico (¿cuáles son las dificultades económicas de los jóvenes
actuales, comparadas con las que sufrimos muchos niños de la dictadura?) Por
favor, lean, pregunten, comparen y decidan. Y ahora me sitúo en el otro sitio:
¿Voy a negar por ello que existan dificultades en la actualidad? Pues claro que
no.
La realidad es siempre
múltiple y un hecho hay que defenderlo sabiendo organizar y jerarquizar las
razones: las más importantes no anulan, pero colocan, a las más débiles en
segundo o tercer escalón.
En este esquema mental
me gustaría que se produjeran los razonamientos. De un lado y del otro.
Cuando así no sucede,
¿qué nos pasa? Pues lo que estamos viendo; que la polarización nos invade, la
razón se esconde y aparecen la exageración, la exclusión y el enfrentamiento
continuo. El peligro de la equidistancia asoma y el desánimo puede hacer mella
en mucha gente.
Por desgracia, este
ejemplo extremo se puede trasladar fácilmente a la actualidad política, social
y hasta personal.
Fui aprendiz de carbonero
en la niñez, no hortelano; pero sé que los rábanos no se han de coger por las
hojas, pues corremos el riesgo de que se nos queden enterrados.
Una hermosísima
canción pedía en su letra distinguir «lo que tiene importancia» de «lo
importante». Pues eso.