miércoles, 12 de agosto de 2026

ECLIPSADOS

 

ECLIPSADOS

En sentido literal y de Perogrullo, uno solo puede ser eclipsado por un eclipse. Hoy estamos todos eclipsados en esta piel de toro porque se produce un eclipse de sol. ¡Y es total!

El término “eclipse” procede del griego ékleipsis (ἔκλειψις), que significa «desaparición» o «abandono». A su vez, este término procede del verbo ekleipein (ἐκλείπειν), formado por el prefijo ex- (de fuera) y leipein (dejar o abandonar). Literalmente se interpretaba como «dejar de ser visible» o «fallar». Disculpas por el prurito filológico, pero siempre he defendido que hay que partir de la etimología para después tratar de comprender cuál ha sido el recorrido histórico de la palabra y cuántos y cuáles han sido los añadidos de todo tipo que se han pegado a su sentido originario para entender a todo lo que se refiere hoy: superado, ensombrecido, ocultado, empequeñecido...

O sea, que algo desaparece, se queda fuera de foco y se abandona. En este caso, el sol. Y nosotros, como pánfilos, todo el tiempo mirando al sol y dependiendo de él para ahora sentirnos también abandonados por un momento por su presencia. Y, a pesar de que tan solo es un momento, parece que el mundo se va a acabar y que no hay un mañana. ¿Será que tanto lo necesitamos?

El caso es que esto no es nada nuevo. Todas las culturas han predicho algún eclipse. Así mayas, caldeos...; o, entre los griegos, aquel Tales de Mileto, que aprovechó para forrarse con sus cálculos.

Llevamos no sé cuántas semanas con la tabarra del eclipse, hasta le punto de que este hecho nos ha dejado eclipsados ante todo lo demás. Y el mundo sigue moviéndose, continúan sucediendo cosas, el fenómeno durará apenas un minuto. Después volverá la repetición, el día y la noche, el gozo y la tristeza, el bien y el mal..., la pertinaz rutina y la costumbre.

Mientras tanto, esa superestructura que aplasta y eclipsa todo lo demás, y que exalta y engrandece lo que le da la gana, es decir, los medios de comunicación, nos tiene imbéciles y alelados en espera del santo advenimiento del eclipse: preparaciones múltiples, desplazamientos, derroches de combustibles, desgaste de la naturaleza, negocio a gogó... Y olvido y “eclipse” de casi todo lo demás.

Los asuntos de planetas y estrellas tenían en la antigüedad muchas más implicaciones que las que tienen ahora: la defensa de una teoría o de otra significaba un modelo de vida y una escala de valores específica. No pocos pensadores pagaron con su vida la defensa de la evidencia física ante las creencias religiosas. Hoy todo eso anda medio (solo medio) superado.

El fenómeno, por extraño, llama la atención en muy diversos grados e intensidades. Extraordinario e importantísimo para los investigadores del espacio; espectáculo tonto y comercial para la mayoría de los ciudadanos, que lo verán de muy diversas maneras; entre otras, desde el sillón del comedor de casa, pues la televisión lo repetirá numerosas veces.

Si sirviera al menos para echar a andar nuestro pensamiento acerca de lo que puede significar el universo y el eco debilísimo que de él somos cada uno de nosotros. Si nos diéramos cuenta en nuestra vida diaria de la importancia del sol y de cuánto seguimos dependiendo de él. Si nos diera por analizar en qué medida debemos ajustarnos a las leyes de la naturaleza y cuánto debemos respetarla y cuidarla. Si pensáramos...

Pues nada, que siga el espectáculo. Cada uno sabrá dónde pone sus ojos, su mente y su butaca. Y, si el eclipse nos deja eclipsados, que sea solo por ese minutito extraordinario; pero que nos devuelva pronto a  la luz y al sol de la razón.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Cuanta razón tienes Antonio, pero nos tienen que distraer con estas cosas, para apartarnos de otros problemas más importantes.