jueves, 22 de octubre de 2015

POR UNA ÉTICA ¿BEJARANA? (IV)


Ese modelo que venimos anunciando en las entradas anteriores tiene que ir siendo concretado una vez que podemos estar de acuerdo en la necesidad de su existencia y en la conveniencia que tiene para nosotros y para las generaciones que nos sucedan.
La Historia es una suma de sucesos que se mezclan sin solución de continuidad y que, desde el pasado, nos configura y explica las circunstancias de nuestro presente. Conocerla en sus grandes rasgos es tanto como entender en qué medida somos como somos y cuál es la línea de progresión o de regresión en la que nos encontramos. También para nuestra moral y para nuestra ética.
La Edad Media -por no remontarnos más atrás- vive una sociedad que llamamos feudal porque existían feudos y vasallaje entre los nobles y los vasallos. El noble era dueño de todo y de todos, organizaba la vida y protegía a su manera a la comunidad. Escasa o nula era la participación de la persona de a pie. La ética le venía impuesta por la descripción y por la interpretación que de la realidad hacían tanto los nobles como la iglesia.
Pero del feudalismo pasamos a la Era Moderna, al Despotismo Ilustrado, a la Revolución Industrial y a todos los movimientos sociales, religiosos y laborales del S XX. En la ciudad de Béjar, el estatus medieval se ve alargado penosamente por la situación especial de dominio y de dependencia de la casa ducal, de tal manera que, por una parte existe un proceso en avanzadilla del desarrollo industrial textil, pero, por otra, asistimos a una perduración casi infinita de vasallaje y de sometimiento a esa casa, sometimiento que dura realmente hasta casi 1868. Esta especie de contradicción, que se repetirá con bastante semejanza en el S XX, explica seguramente buena parte de los comportamientos sociales de la ciudad.
En todo caso, lo que aquí nos importa es comprobar el paso de un feudalismo a un despotismo ilustrado y a una participación ciudadana cada vez más activa, de tal manera que podemos decir que pasamos de la condición de súbditos o vasallos a la de verdaderos ciudadanos, en tanto que participantes de la ciudad y de la res pública, de las leyes y del desarrollo de la vida.
Esta implicación progresiva nos ha concedido no solo la categoría de ciudadanos, sino que ha traído implícita la condición de ciudadanos en el sentido político pero también en el sentido ético y moral. Si se quiere decir con otras palabras, nos hemos convertido en sujetos de derechos y también de deberes, individuales y sociales. Ya no nos sirve, como hacían los vasallos por obligación, dejar todo ni en las manos de Dios ni menos en las de los señores, nobles o eclesiásticos; ahora tenemos que coger el toro por los cuernos y hacernos dueños de nuestros propios destinos, tenemos que tomar decisiones que implican consecuencias individuales y colectivas y no podemos escondernos.
Enseguida aparece el peligro de depositar nuestra voluntad en manos de algunas personas para que gestionen nuestras necesidades, tanto económicas como religiosas, sociales o de convivencia. Entonces estamos desistiendo de nuestra propia libertad, de nuestra dignidad de seres humanos, para convertirnos en seres pasivos y hasta abúlicos. De hecho, en nuestras sociedades muchos se limitan a votar en algunas consultas y se olvidan hasta la próxima ocasión esperando que los representantes solucionen todo. Es esta una actitud impropia de seres con capacidad para reflexionar y para actuar en consecuencia. Es como si, de otra manera, volviéramos a aquello mismo de la Edad Media. En esos casos, no hacemos otra cosa que contribuir a la existencia de una ética y de una moral únicas, las que conforman los grupos que ostentan el poder, el económico, el religioso o el político. El peligro de dictadura política o religiosa es inminente, el estado paternalista o el dios misterioso se apoderan de nuestras voluntades y nosotros nos convertimos en seres pasivos y no en ciudadanos críticos.
Quizás para darle carta de naturaleza a esos derechos que ya se consideran inalienables, que no se pueden dejar en manos de otros y que exigen nuestra participación activa, nacieron las grandes declaraciones: Declaración Universal de los Derechos Humanos, Tratados Internacionales, Acuerdos, Cortes de Justicia…
Las comunidades pequeñas son cada día más un reflejo de la comunidad más extensa. También la de Béjar, con sus peculiaridades y con sus datos específicos añadidos. También aquí hemos pasado de vasallos y súbditos a ciudadanos políticos y morales. ¿O no? Nuestro Tratado más específico es el compuesto por todas aquellas Ordenanzas que regulan nuestra participación. Y lo es nuestro presupuesto anual, y lo son nuestras costumbres y nuestros usos. En todos ellos se vuelve a ver la necesidad de la participación de todos para configurar una convivencia amable, pacífica y positiva.

Se entenderá fácilmente que, en esta participación de voluntades diversas, se adivine la presencia de una ética y de una moral que ya no pueden ser ni únicas ni exclusivas, sino plurales, respetuosas y de mínimos.

miércoles, 21 de octubre de 2015

POR UNA ÉTICA ¿BEJARANA? (III)




Por eso, la primera gran pregunta puede ser la de si merece la pena educar moralmente a las personas.
Hace tan solo unos años, una persona muy allegada me manifestaba sus dudas acerca de la mejor forma de educar a su hija. Y tenía la osadía (y la deferencia) de pedirme consejo. El asunto es muy amplio y contiene muchas variables, pero me atreví a resumir: “Déjale como enseñanza y como herencia tu ejemplo de vida”.
Entre las verdades universales que ya no tienen marcha atrás, se halla la idea de dejar a las generaciones venideras un futuro mejor. No sé si siempre ponemos los mejores medios, pero sí mostramos con ello la convicción de que nuestro modo de estar en la vida puede y debe tener unas reglas y unos comportamientos. Estamos aceptando entonces la necesidad de una ética determinada, de un compendio de normas que moldean nuestro carácter y que nos conducen a una vida mejor y más beneficiosa para todos. Esa es una de nuestras principales ventajas frente al resto de los animales: podemos reflexionar y modificar nuestras conductas hasta hacer normal aquello que al principio podría parecernos extraño y dificultoso.
Enseguida aparece en el horizonte la educación, la educación para ordenar las ideas, la educación para hacer costumbre y norma unos valores, la educación para algo, la educación en valores, esa que tan contradictoriamente predican algunos pero que luego niegan en la práctica.
Tradicionalmente, la enseñanza se ha dividido en aquello que llamábamos ciencias y letras. La distinción, con toda la carga de prejuicios a sus espaldas, desgraciadamente sigue utilizándose. Cuando el período de educación termina y se sale a la vida (en realidad toda la vida es educación), entonces aquello de las letras y de las humanidades en el día a día ni se plantea: todo son ciencias; o mejor, habilidades para ganar dinero, sin darle importancia a los valores que sustentan la vida de cualquier persona. Por otra parte, en las etapas más modernas, los adelantos técnicos, aquellos que desarrollan las habilidades técnicas, han crecido exponencialmente y muchos esfuerzos se sitúan al amparo de su desarrollo. Curiosamente hemos pasado del homo sapiens de nuevo al homo fáber. Nuestra ciudad de Béjar, además, posee una larga tradición de maquinismo, fundamentalmente textil, y de actividad manual obrera, hoy desgraciadamente tan venida a menos.
Nadie niega la importancia de estas habilidades manuales y técnicas: ellas sirven para crear riqueza, que, si es bien distribuida, trae bienestar para todos, libera tiempo y permite el acceso a bienes de consumo que hacen más agradable la vida. Pero no se descubre nada especial si se hace notar que el ser humano lo es sobre todo por su capacidad para reflexionar y por el desarrollo sostenido de otro tipo de habilidades, las llamadas habilidades sociales y morales. Esas son las que realmente nos convierten en verdaderos ciudadanos, en participantes activos de una comunidad que merece la pena.
Una aplicación inmediata para favorecer en Béjar el desarrollo de este tipo de habilidades sociales podría ser el de ayudar a la manifestación en público de todas aquellas actividades que no se ejecutan precisamente para ganar dinero sino para alcanzar una realización personal más completa y placentera. La reflexión y las habilidades sociales tienen que ver con la música, con la palabra, con la pintura, con las discusiones serenas y razonadas, con el intercambio de opiniones, con el desarrollo de asociaciones, con el fomento de las artes en general, con la apertura de locales públicos, con la puesta en favor de todos de nuestra emisora municipal, con no premiar las cualidades naturales físicas sino las adquiridas con el esfuerzo y con la constancia, con no poner pegas a las iniciativas de los más solidarios, con no ocultar la realidad - por más que esta no sea la mejor-, con propiciar que todas las edades se sientan útiles, con la apertura de los locales para el desarrollo de actividades físicas, con… En el fondo, con la configuración de una escala de valores en la que todos entendamos que hay algunos principios fundamentales que nos tienen que regir y que todos vamos a fomentar con entusiasmo, porque todos somos comunidad y todos nos vamos a aprovechar sanamente de ellos.
Se trata, como se ve, de acercarse a la vida en positivo, no desde la desconfianza ni desde la desigualdad, desde el respeto y no desde la suspicacia ni desde el recelo, desde un deseo de libertad pero buscando siempre la igualdad para no engañarnos unos a otros.
En la vida del ser humano, no es verdad que todo lo que no son cuentas son cuentos; en realidad, lo más noble del ser humano está precisamente en eso que muchos en nuestros días creen que son cuentos.

A las generaciones venideras tenemos muchas cosas que legarles, y no es lo menos importante unos modelos de comportamiento, o sea, una ética de valores. Vaya si merece la pena intentar modelar moral y éticamente a las personas: es acaso nuestra más noble misión. Así nos convertiremos en seres que merecen la pena, en personas de verdad, en seres realmente libres.

martes, 20 de octubre de 2015

POR UNA ÉTICA ¿BEJARANA? (II)




Supongo que más de uno pondrá el grito en el cielo arguyendo que ya está bien con eso de la ética y con que, en tiempos posmodernos como estos, mejor es dejar libre la voluntad y la obra de cada uno, siempre que no moleste a los demás. Como hacía aquel presidente de Gobierno cuando se preguntaba retóricamente por quién le tenía que decir a él cuántas copas tenía que beber y a qué velocidad tenía que conducir.
Pues es que el asunto es precisamente la búsqueda de algunos mínimos que nos permitan la convivencia y el aporte personal desde unas bases sólidas de convivencia; o sea, que se buscan esos mínimos éticos para favorecer al individuo y para  no perdernos en el laberinto ni en el caos.
 Un elemental repaso de la Historia nos da cuenta de que hemos pasado por diversas etapas de convivencia, desde la familia de las cavernas o las tribus de la selva, pasando por los diversos pueblos separados, hasta esta democracia participativa en la que deberíamos encontrarnos ahora.
Algunos siguen hablando de pueblos aislados y específicos, y de una democracia de pueblos. Todo tiene encaje en un espacio y en un tiempo, pero en esta aldea global, mejor sería hablar de democracias de masas. Esto no es el ágora griega, por más que tanto la admiremos; hablamos de una situación muy distinta, con unos condicionamientos muy diferentes. La intercomunicación entre todos los individuos de una comunidad poco se compadece con la historia de otros momentos en los que las clases sociales o la iglesia interpretaban y ordenaban de manera unívoca la realidad. Muchos restos quedan de ello, pero ya nadie puede dudar de que existen otros agentes que tienen mucho que decir: en realidad, los agentes somos todos. O deberíamos ser todos, porque no está tan claro que así sea.
De este modo, la condición básica y fundamental para la consecución y para la descripción de una ética o de una moral colectiva es precisamente la voluntad de todos de quererla y de participar para organizarla y activarla. Sin esa primera voluntad, la luz no podrá resplandecer y seguirá escondida debajo del celemín. Todas las fuerzas individuales o sociales que nos empujen a la solución particular e individual en poco contribuirán a que resplandezca ese índice de comportamiento sin el cual el individuo no se encuentra con su semejante en proximidad y en igualdad de oportunidades. Y hablamos siempre de unos mínimos, de esos elementos básicos sin los cuales la comunidad puede recibir otros apelativos, pero no el de humana.
Conviene, pues, descubrir qué fuerzas son las que empujan en un sentido y cuáles lo hacen en otro; cuáles dificultan y cuáles favorecen el descubrimiento de esa ética social y participativa de mínimos que necesitamos para una convivencia humanizada y de animales superiores e inteligentes.
Todas las personas y todos los colectivos pueden aportar elementos para esa convivencia; a todos sería bueno que los escucháramos. Del mismo modo, todos deben y debemos exigir un espacio para los deseos y para el desarrollo de aquellos elementos que no sean comunes y que faciliten la realización personal y de grupo de cada uno. En el camino seguro que nos encontraremos con dificultades, porque las concepciones y hasta los principios no son los mismos. Por ello conviene reflexionar y deslindar conceptos  e imposiciones hasta ver cuáles merece que destaquemos y cuáles deben quedar en el ámbito particular. Al fin y al cabo, articular estas disensiones es la cuadratura del círculo, pero es el eje y el termómetro de una convivencia más racional, más participativa y de mejor calidad para todos.
No es bueno pensar que esto de la ética y de la moral es cosa de los centros educativos o de los templos; su descripción y su aplicación ocupan a todos, afecta a todos y debe ser tarea de todos.

Y no se trata aquí ni de moral individual, ni por supuesto religiosa, tampoco de ideologías políticas concretas (de partido), sino de la búsqueda de los principios en los que se puede asentar el comportamiento de una sociedad más justa.

lunes, 19 de octubre de 2015

POR UNA ÉTICA ¿BEJARANA?


Hay días en los que me da por lo obvio, tal vez porque no exista nada más real ni asequible para moldearlo y para sentir la impresión de que acaso en esta realidad mostrenca y próxima en el espacio y en el tiempo es en la que algo se puede proponer y hasta cambiar con la palabra y con la acción directa. ¿O acaso ni en este contexto se puede?
Porque la realidad es que, en el ámbito más general, ese de la aldea global, el de los medios de comunicación como pastores de la opinión y de las costumbres, uno se siente impotente y desanimado, incapaz y apartado en la cuneta de todo camino. En ese mundo general, uno cree dialogar con un interlocutor que no conoce, que se esconde detrás del plasma y que no te permite el intercambio de opiniones ni el diálogo.
El caso (se me había deslizado en las teclas la palabra “caos”, y no sé si no tenía que haberla dejado tal cual) es que vivo en una ciudad pequeña y estrecha de orientación y creo que de ideas; en una realidad geográfica determinada; que cada día me muevo, y se mueven mis convecinos, en un radio espacial pequeño; que cada día la gente se encuentra por la calle y se saluda; que en las tiendas se coincide y se expresan opiniones; que hay lugares comunes para el paseo y costumbres que se comparten; que hay colas de todos y para todos, y no solo la del paro; que a los entierros y a las bodas acuden personas conocidas; y que, en fin, no se entiende la vida de unos sin el quehacer diario de los otros. Incluso la mía, que salgo poco por ahí y cada vez me recluyo más e mí mismo y conmigo mismo. Es verdad que hay un flujo y un reflujo que va y viene desde fuera hasta aquí y que se marcha desde aquí hacia afuera, pero el poso se queda por estas lomas y por las personas que las habitan día a día, con sus costumbres, con sus manías, con sus ilusiones y con sus desilusiones.
Pienso de vez en cuando si en esta comunidad no se podría construir una reflexión acerca del mejor comportamiento de todos, una ética local que favoreciera el entendimiento entre los vecinos y que nos alzara un poco a respetar las actuaciones de todos y a levantar un palmo la mirada hacia unos mínimos de respeto y unos ideales de felicidad. De sobra sé que una ética “local” parece un contrasentido; pero sería algo así como intentar trasladar un esquema de comportamiento general y darle cuerpo y aplicación en unas calles, en unos paisajes y en unas costumbres que sí son específicas de estas tierras. Cualquier cosa con tal de hacer pensar a todos y a cada uno de nosotros. Cualquier empeño, por estrafalario que a primera vista pudiera parecer, si con él diéramos cuerpo y naturaleza a una reflexión serena y sencilla que nos ayudara a mirarnos a la cara con otro empeño más común y positivo. No con el ánimo de enseñar a nadie, sino con la intención de que nos enseñemos todos a todos, de crear una ética y una moral positiva y no restrictiva, englobadora y no separadora, animosa y no de castigo y de recelo.
Este asunto de la ética y de la moral nos sugieren enseguida los mundos de la educación y de las iglesias. Parece una evidente equivocación pues debería concitar la curiosidad y hasta el esfuerzo de todos y en todas las ocasiones y edades. En ello nos va en quehacer diario, la calidad de vida y el sentido de la misma, pues no es lo mismo recelar del vecino que verlo como un ser que merece la pena y que comparte con cada uno de nosotros espacio y tiempo, es decir, vida. Si la supiéramos vivir en positivo…

Casi me estoy comprometiendo a crear al menos un índice de ética social. ¡Quién me mandaría a mí empezar este formato de reflexión…!Yo salgo muy poco, pero se verá…

viernes, 16 de octubre de 2015

LISTAS, LISTOS Y LISTILLOS


Se cumple el ciclo, se avizora el puerto, se acaba la singladura, se cierra el período de sesiones. Pero la rueda de la fortuna sigue y hay que buscar nueva tripulación para la nueva etapa.
La democracia es un sistema de representación que exige andar con un ojo en el presente y otro en el futuro pues, si el aspirante no ajusta sus cualidades a la oportunidad y al perfil que se pide y que conviene socialmente en el momento, ya se puede dar por preterido y olvidado. Como hay mucha gente que no entiende la cosa pública si no es con su presencia en sitio visible, en estos días se hacen acólitos de la frase bíblica aquella de la luz debajo del celemín (porque ellos creen que son luz) y salen a las esquinas a ofrecerse como salvadores del mundo, o más bien de sí mismos. Creo que, como en todo, hay grados -nunca me gustó la equidistancia-, pero los ejemplos se hallan en todas las formaciones políticas. En algunas ni se plantea otra cosa que no sea la mano del líder, que pone y quita a su antojo, que bendice o maldice según conveniencia personal.
Hoy me topo con el caso de una diputada que había sido hasta la fecha cara visible, en el Congreso y en los medios públicos, de un partido que se jactaba de poner a caer de un burro tanto a PP como a PSOE. Así como si lloviera mansamente y nada sucediera, en la próxima legislatura aparece como candidata en puesto de salida del PSOE, de ese partido que tan mal lo estaba haciendo según ella y que era el demonio con rabo, patas y azufre. Y lo hace como diputada del Congreso, no como ayudante de cocina en una familia. El guiso se ha cocinado entre ella y el secretario general socialista, Pedro Sánchez. La diputada es Irene Lozano. Ni elección, ni un poco de pudor, ni disimulo, ni nada. Ordeno y mando. Vaya un ejemplo para la militancia, para el resto de ciudadanos y para el desánimo del personal.
No quiero ser absoluto en nada, tampoco en esto. Estoy dispuesto a conceder espacio a las excepciones justificadas y razonadas; pero la justificación la conocerá y la verá quien la vea, yo me he quedado ciego y no observo nada que no sea conveniencia, tic autoritario, concesión a la galería mediática, falta de ética, olvido de las ideas y rebaja de proyecto. Esto por parte del PSOE. Por parte de la “candidata”, falta de rigor, veleta al aire, vanidad personal, asidero a un clavo ardiendo, contradicción en ideas (si es que las hay, las había, las hubiera o las hubiese) y pérdida de cualquier resto de credibilidad. Por si fuera poco, afirma que se adhiere al proyecto de Pedro Sánchez. O sea, que no existe un proyecto socialista sino de una persona. Para echarse a temblar. Habrá que mirar en qué se opone este proyecto al anterior, a ese que ella tanto criticaba.
¿Qué pensará la militancia socialista que ande interesada en figurar como representante en las listas, que lleve media vida defendiendo esas ideas y que se quede fuera por decisión de una persona?
Y todo esto en una persona que al menos parecía seria y hasta normal. En estos tiempos, por desgracia, hay que alabar lo que tendría que darse por supuesto en la normalidad. La evolución en el pensamiento es signo de sabiduría, tanto en el ahondamiento de ese pensamiento como en su modelado y hasta en el cambio del mismo. Las caídas del caballo, los milagros repentinos y los nuevos conversos siempre causan estupefacción y mucho descoloque.
¿Cuándo se convencerá alguien de que una idea también se puede defender desde la cátedra, desde el taller o desde cualquier otro sitio? Claro, se sale menos en los medios de comunicación, y todos somos muñecos en esta feria de las vanidades en que hemos convertido la vida. ¿Pero nadie va a predicar nunca que fuera de las organizaciones políticas viven personas con la misma y con mucha más capacidad que las que se matan por un plato de lentejas en unas listas cualesquiera?

Luego se produce el desapego, se manifiestan el desánimo y hasta la abulia, se deja ir la cosa pública como si no nos fuera nada en ello y cada cual se refugia en su pequeño mundo tratando de que la tormenta no lo lleve por delante

jueves, 15 de octubre de 2015

EPIGRAMAS


EPIGRAMAS
Siemprel invocaba el orden
como exacta coartada
para olvidar la idea de ser libre.


Las ideas requieren argumento
para bajar de lo alto de los cielos.
Por el camino
suelen perder la pátina de su virginidad.


El suceso concreto siempre alberga           
un poso de mentira.
La verdad, si es verdad, siempre repite
lo abstracto, lo inefable, lo absoluto.


Era tan pobre y necio
que le daban prestada hasta la muerte.
Todos somos mendigos, pobres, míseros.


Se encerraba a la búsqueda y captura
del concepto de tiempo.
En la espera del mismo descubrió

que el tiempo es solo espera.

miércoles, 14 de octubre de 2015

RICOS Y POBRES

  
Leo en cualquier medio de comunicación que “el 1% más rico tiene tanto patrimonio como todo el resto del mundo junto”. La fuente que se cita es Credit Suisse, que no es precisamente una panda de aficionados ni un grupo revolucionario peligroso.
Lo mejor sería no escandalizarse demasiado sino analizar las dimensiones y las consecuencias. No es sencillo ni breve, pero se me ocurren algunas pinceladas.
Para comenzar con la descripción, esto no es nada nuevo, y nadie, por tanto, debería llevarse las manos a la cabeza por esta noticia. Lo único que hay nuevo es que la desproporción sigue en aumento, pero el descalabro, la humillación, el atropello, el desafuero, la inmoralidad… vienen de largo. No tenemos reaños para abrir los ojos y para mantenerlos fijos en la imagen. Tal vez por defensa propia y porque tal escándalo no lo podríamos soportar. Como, a pesar de todo, esa inmensa riqueza circula por un sitio y por otro, cada cual anda intentando acomodarse como puede en el artificio y procurándose un asiento un poco cómodo en el gran teatro del mundo; de maneras diversas, acallamos nuestras conciencias y hasta pedimos que todo cambie, pero para que no cambie nada y volvamos a emprender la carrera loca de la posición privilegiada personal: que se sosiegue la crisis para que YO pueda comprarme una casa, un buen coche, para que pueda pagarme unas vacaciones a la orilla del mar y cuatro cositas más. ¿Y los otros? Ah, eso, cada uno verá… Cambiar todo para que no cambie nada.
Pro volvamos a las puntas del iceberg, a los ejemplos de la exageración, a los casos que nos apabullan por su exceso.
Este 1% que controla prácticamente todo es el que orienta y dirige las grandes decisiones, el que modela Estados, el que regula el comercio, el que decide horarios, el que domina los medios que crean la opinión, el que hace subir y bajar las transacciones, el que en un rato arregla o estropea la vida de millones de personas, el que levanta mitos y regula creencias, el que… controla y dirige la vida de la aldea global. Sus ramificaciones son tan poderosas que, a veces hasta se les escapan de las manos. Poco importa: para eso están los de segunda línea: los gerentes de…, los intermediarios, los testaferros, los esclavos agradecidos, los…
¿Y todo ello en nombre de qué o de quién? Pues aparentemente en nombre de la libertad de comercio, de la libre circulación de capitales, de buenas operaciones comerciales, de trabajo y esfuerzo continuados, y de mil gilipolleces similares. Si hace falta -que suele hacer falta para acallar la conciencia del más necesitado- lo adoban todo con gotas de religión, de la tradicional o de la más moderna llovida desde los medios de comunicación.
Así, el ser normal, que debería ser igual a todos, sencillamente por el hecho de ser persona, se jibariza, se empequeñece, se anula, se acobarda, se apoca, se desalienta, se abate… Y, o se retira a sus cuarteles de invierno personales y a su pequeño mundo, o se acomoda como puede al sistema para sobrevivir haciéndole el juego al propio sistema, o se rebela y toma la calle y otras cosas.
Porque el meollo es el sistema, estas leyes de mierda que nos hemos dado, o que hemos permitido permaneciendo en silencio mientras se promulgan, y esta convivencia basada en el éxito personal mentiroso pues nunca se parte en igualdad de condiciones y todo queda invalidado por esta desigualdad de origen. La clave está en las ideas, en la filosofía que sustenta a este sistema.
Pero cambiar el sistema, y más sabiendo que otras experiencias tampoco parecen el paraíso, no resulta sencillo. Y ahí entra en canguelo e invaden la duda y la vacilación.
Si al menos no perdiéramos de vista el panorama, para limarlo cada día y para no engañarnos con la limosna y el mercadillo limosnero de un día aislado…

Otra vez refresco las palabras recientes de Emiliano Tapia: “Hay pobreza porque hay riqueza”. Traducir el alcance de esta expresión no es difícil, pero implica pensar en otra sociedad y en otra escala de valores.