lunes, 30 de mayo de 2016

CORPUS: APUNTE CON ALCANCE


Asistí ayer un rato a ver la procesión del Corpus en Béjar. Hacía años que no acudía y tenía interés en observar si el rito se mantenía igual que siempre o había cambiado en algo. La fiesta creo que tiene el rango de interés regional o no sé si nacional.
Por estricta naturaleza, los ritos cambian muy lentamente en su esencia e incluso en sus expresiones externas. Creo, sin embargo, que algo se observa diferente a lo que yo veía antes, cuando acudía con más frecuencia a observar esta celebración.
El acto sigue siendo, por supuesto, una procesión, una exhibición de un elemento sagrado por las calles y una intención de adoración por parte de los fieles. No hay que explicar que se trata de una fiesta de primavera más, la de la más esplendorosa primavera, pues, no en vano, se celebra cuando los calores y la floración están en todo su apogeo, a pesar de la lluvia del día de ayer. Esto es casi inamovible y ahí sigue.
Pero no es lo mismo en su realización externa. Hay algunas coas que a mí me llaman la atención.
La primera es la de la falta de prominencia de los “notables” de la ciudad, de eso que popularmente se llama las fuerzas vivas, en el cortejo procesional. Antes no faltaba ningún fabricante, profesional conocido o adinerado en las filas, endomingados y con la vela en la mano. Ayer apenas se hacían notar. Alguna explicación tiene que haber para este cambio y para esta disminución. ¿Acaso la enorme crisis industrial tiene también este reflejo?
La segunda tiene que ver con otro tipo de acompañantes del cortejo. ¿Qué hacen ahí tantas asociaciones de la capa? De Béjar, de Guijuelo, de Sevilla, de… Parecía aquello el día de la capa, en filas ordenadas y como añorando otros tiempos ajados y caballerescos. No se me alcanza la relación entre tanta capa y la devoción religiosa.
La tercera no es de innovación, pero sí de mezcla de pena y de enfado. ¿Por qué el empeño en poner en la cabeza de la procesión y en otros sitios muy visibles a personas con dificultades físicas, y con mantillas a mujeres que en su vida diaria jamás se han visto en nada semejante? Todo el mundo tiene derecho a todo: eso no se discute. Protesto, y mucho, por el desajuste entre la normalidad y la apariencia. No estoy seguro de que no se haya incitado a más de uno y de una a mostrarse como no es. La impresión no es para mí la mejor. Y, por supuesto, tampoco entiendo la relación entre peinetas y religión. Y menos cuando el retrato normal de las “peinetadas” no es precisamente el que lucían ayer.
Y una cuarta. La de más alcance. Parece lo justo que la procesión tenga el acompañamiento de los fieles, pues de un acto religioso se trata. Por supuesto que había fieles. Pero casi todos mirones, no acompañantes. Entonces, la procesión ¿qué es, un acto religioso o solo un espectáculo visual? ¿Es para eso para lo que sirve el señalamiento de fiesta de interés no sé qué? No sé si el látigo para aquello de los mercaderes del templo no vendría de nuevo a cuento.
Por lo demás, todo como siempre: niños embutidos en trajes blancos de primera comunión, autoridades civiles presentes y ausentes (no me fijé en si siguen las llamadas militares, pero no me extrañaría que ahí siguieran, fuera de lugar), algunos altares de flores y hojas, tomillo por las calles, cestillos de flores en las paredes, curiosos ante los hombres de musgo (todavía hay gente que cree en la historicidad de tal suceso), fotos por todas partes y espectáculo bajo la lluvia, que ayer se ensañó con los procesionantes. Y muchas, muchas apariencias.

El Corpus es, por excelencia, la fiesta barroca, la fiesta primaveral, la fiesta de la exhibición. En Béjar esta exhibición parece que se ha reducido en lo que a presencia personal se refiere. No sé si no ha sucedido lo mismo en cuanto al sentido religioso de la ceremonia. El mundo es más barroco que nunca. Exhibición, representación, teatro, pasarela, espectáculo. Y el que no se suba a la pasarela no cuenta para los demás. En fin…

viernes, 27 de mayo de 2016

HISTORIAS CON HISTORIA

                HISTORIAS CON HISTORIA
¿Cuánto tiempo gastamos mirando hacia fuera? O tal vez simplemente viendo y asustándonos. Porque es demasiado el material que nos inunda desde las afueras y desde las lindes de nosotros mismos.
Un día cualquiera nos vamos a la calle y abrimos la vista. Ahí, al lado, las calles, las personas y los parques. Más lejos, las sierras y las nubes, las nieves y los vientos. Más lejos todavía, los mapas y las tierras de otros mundos, los mares y los astros…, el infinito en forma de infinito.
Pues quedémonos en casa. No sirve de mucho. Desde las ventanas electrónicas nos anegan con informaciones de por ahí fuera: los teléfonos, las teles, los periódicos…
¿Qué hacer, pues? Seleccionar, procesar, almacenar, y, sobre todo, llenar los contenedores con toda la basura, para quedarnos solo con lo que es importante y pertinente, con aquello que nos alude y que nos concierne como seres individuales que quieren hacerse a si mismos.
Hay un silo que no siempre está lleno de trigo; precisamente aquel en el que tenemos que amasar nuestro pan, el que colma nuestra hambre y sacia nuestras curiosidades. No siempre está lleno; en él caben muchas cosas y admite muchas historias: precisamente todas aquellas que, aun formando parte de la Historia, no devoran mi historia, mi pequeña historia, esa que voy cosiendo cada día.
Porque quiero ser parte de la Historia, pero no lo seré en forma positiva si no tejo mi historia con hilos finos que lleven mi sello personal.
Descubriendo y analizando los misterios del universo tal vez nos hemos olvidado de indagar en nuestros propios misterios personales, en nosotros mismos. Nunca sé si es una postura cobarde o valerosa, porque no puedo olvidarme de que soy mis circunstancias y son ellas las que me conforman y me definen. Pero tengo que alzarme en mí mismo y trazar una sencilla historia personal de la que me sienta dueño y señor, vencedor y vencido, protagonista y secundario, descubridor de todos los detalles, como si fuera una floración incontrolada de las de primavera partiendo desde la soledad, como un temblor intenso que mueva toda cosa, como organismo insomne que no descansa nunca en busca de la esencia de mí mismo.

Qué mundo de ida y vuelta, de atar y de soltar, de respirar libremente y de contener la respiración, de aproximación y de retirada, de ser y de estar…, de hacerse cada día y cada hora, de completar historias aunque no figuren en ninguna página de la Historia.

jueves, 26 de mayo de 2016

EL PRETEXTO DEL TORO DE LA VEGA


Por fin, el Gobierno de Castilla y León, esta reserva de todas las reservas en la que he nacido, en la que vivo y en la que seguramente moriré y permaneceré para siempre, ha decretado la prohibición de dar muerte a lanzadas al llamado Toro de la Vega (Tordesillas, Valladolid).
Dos precisiones previas: a) Ese “por fin” del principio no significa necesariamente que yo tome partido -en este caso favorable- ante la norma, sino que, después de no sé cuántas intentonas y protestas, se dicta norma legal a la que atenerse; b) La resolución apenas disimula porque únicamente se prohíbe la muerte a lanzadas, no el paseo del animal ni el “juego” de los jinetes con él durante no se sabe cuánto tiempo. Así que se prohíbe lo que se prohíbe, pero no lo demás.
Ahora sí, ahí va mi opinión resumida. No difiere de lo que haya dicho en alguna otra ocasión:
Estos asuntos de prohibiciones de costumbres centenarias conviene tratarlos con mucho tacto pues intervienen muchas variables y no todas se cuantifican con facilidad. Si la razón nunca es absoluta, en este caso hay que manifestarla con cuidado.
Las costumbres, a pesar de todo, tampoco pueden permanecer inamovibles por siempre, y esta da toda la impresión de que, por su violencia y primitivismo, merece que, al menos, le den un lavado de cara y la pongan un poquito al corriente del siglo veintiuno.
La desaparición de una costumbre tampoco implica una pérdida irreparable: el mundo cambia, las comunidades evolucionan y sus manifestaciones nacen, crecen, se desarrollan y mueren.
Estoy casi seguro de que, al cabo de no muchos años, si la prohibición se mantiene, todo se hará costumbre y la gente se sentirá igual de bien sin la necesidad de esa exhibición de primitivismo.
La mejor medicina para todos estos asuntos ancestrales suele ser la serenidad, la explicación y la eliminación de imaginaciones y símbolos que no se sostienen si no es en las mentes menos razonadas y cultivadas. De nuevo la educación y el intercambio de razones viene a ser la inversión más productiva en cualquier comunidad. En ello los que más tienen que dar la cara son los más sensatos y los más capacitados para la razón y menos para el halago populachero.
Esta no es la única manifestación de este tipo en la piel de toro; las hay por todas partes y de todos los colores. Sucede simplemente que algunas ajustan mejor que otras en la escala de valores que mantenemos o que nos obligan a mantener. Analícese todo, por favor, y sin prejuicios. Luego actúese en consecuencia, sin exageraciones pero con el rumbo claro. Y en todo tipo de manifestaciones, también, por ejemplo, en las religiosas.
Hace escasos días asistía a una conferencia en la que se daba cuenta de algunos elementos que conforman nuestro calendario (días de la semana, meses del año…). Se explicaba su origen y se enseñaba el significado de su nomenclatura a gente que seguramente la había usado hasta entonces sin conocimiento exacto de ella. En la última parte se inició la explicación de alguna fiesta cristiana como adaptación de festividades paganas. En concreto de la Navidad. Hubiera sido muy provechoso haber extendido la explicación a otras festividades y costumbres que se desgranan en el calendario a lo largo del año. Habría sido una reflexión estupenda para dar a conocer muchas cosas. Entre esas fiestas está también el Toro de la Vega. Y está la Virgen del Rocío. Y está la romería de la Peña de la Cruz de Béjar. Y están todas las demás.
Hay gente reacia a estos intercambios de informaciones. Curiosamente casi toda de la misma tendencia y preparación. Como no podía ser de otra manera.

Qué bueno si nos quitáramos la careta y tiráramos los prejuicios a la basura; qué bueno si nos volviéramos más humanos y, desde nosotros mismos y desde nuestras mentes, tratáramos de mejorar nuestras ideas y nuestras costumbres. Las superestructuras son muy pesadas y nos asusta casi hasta mirarlas pues nos imponen una losa muy grande. Pero habrá que horadarlas para que nos dejen ser un poco nosotros mismos. 

martes, 24 de mayo de 2016

RECUERDOS


RECUERDOS

Me pueden esta noche los recuerdos,
tal vez porque en la tele
no veo ningún programa que me guste
y estoy envuelto en música
que me deja volar sin rumbo fijo.
Vienen solos, sin orden, y se marchan
con el mismo sigilo, a cualquier parte.

Me acuerdo de las calles de mi pueblo,
interminables todas y ahora tan estrechas;
recuerdo aquella estancia prolongada
entre mundos de piedra y entre rezos,
claustros de El Escorial.
Me acuerdo de los tikets de comida,
comida estudiantil La Rafaela:
veinticinco pesetas, Salamanca.
Recuerdo los estudios, los exámenes,
las muchas exigencias de la beca salario.
Me acuerdo de los días de verano
en el alto calor de aquellos cursos
de la Universidad de Salamanca,
yo joven profesor, con el futuro
mirándome envidioso…
Recuerdo tantas cosas de otros tiempos
lejanos y recientes…

Pero, si he de ser franco,
con palabras sencillas os confieso
que mucho más recuerdo a las personas
que han vivido mis días y mis penas,
todos los que, a pesar de mis caprichos,
me han aguantado siempre y me han nombrado
padre, hijo, compañero, amigo, hermano.
Con ellos quiero estar en los recuerdos
y no solo acordarme en los instantes
en los que necesito su recuerdo.
Ellos saben si son o simplemente

no traspasan las puertas si me llaman.

lunes, 23 de mayo de 2016

CONTRASTES


Blaise PASCAL, en su obra Pensamientos, anota lo siguiente: “El silencio eterno de estos espacios infinitos me espanta”. Pens. 91.
El pensador, clérigo y bastante dogmatizado, anda, como todos los de sus características, empeñado en ajustar las realidades y los pensamientos a la dependencia de un Dios, en su caso el dios cristiano. Desde ahí, y con ese condicionamiento tan poco racional, todo le va sobre ruedas.
No es mi intención examinar su obra y mucho menos calificarla, aunque sí he de decir que me interesan muchas de sus anotaciones (el libro es casi una suma de ideas apenas apuntadas en muchos casos), pero son algunas como la que he copiado las de más alcance, a mi entender, y las que más me llaman la atención.
Porque el ser humano, a pesar de todas las banalidades imaginables -algunas cultivadas, en público y en privado, por personas que, aunque solo fuera por su formación, deberían elevar un poco el nivel- sigue guardando en algún rincón oscuro la curiosidad y la duda, al menos ocasionales, del posible sentido o sinsentido del ser en el tiempo y en el espacio. Y en los dos parámetros, la verdad es que a mí también me asusta un poco la posición y el valor del ser humano. Qué poquita cosa, que insignificancia, qué mota de polvo, qué cero a la izquierda.
 Desde este punto de partida salen autobuses en todas las direcciones. Unos apuntan hacia el interior de uno mismo, otros conducen a la exaltación de cada individuo como ser único, muchos sencillamente admiten pasajeros que ni saben adónde van ni parece que les importe un pimiento, los hay que ruedan en dirección racional, y hasta los hay que se desploman por un precipicio hondo y sin retorno.
Hacer sonar los espacios no es sencillo desde las capacidades humanas, siempre tan limitadas; intentar cuadrar esas dimensiones resulta aún más complicado; conseguir que suenen armoniosamente casi es misión imposible… Pero no intentar nada es mucho más angustioso y aniquilador. Tal vez por eso, más adelante vuelve Pascal a la carga: “Al ver la ceguera y la miseria del hombre, al contemplar todo el universo mudo, y al hombre sin luz, abandonado a sí mismo y como extraviado en este rincón del universo, sin saber quién le ha puesto aquí, qué es lo que ha venido a hacer, qué será de él cuando muera, incapaz de todo conocimiento, se apodera de mí el espanto, como un hombre a quien hubieran llevado dormido a una isla desierta y terrible, y que se despertara sin saber dónde está y sin medios de salir de allí. Y por eso me admira ver cómo nadie se desespera ante una condición tan miserable. Veo a otras personas junto a mí, de una naturaleza parecida; les pregunto si saben más que yo; me dicen que no (…). En cuanto a mí, no he podido apegarme a nada, y teniendo en cuenta hasta qué punto hay más apariencia que otra cosa en todo lo que veo, me he empeñado en averiguar si Dios no ha dejado alguna señal suya”. Pens. 393. Ya se vislumbra por ahí algún asunto religioso, en Pascal de signo cristiano. Pero eso ya es otro asunto.

Hoy solo me quedo con el contraste entre el nivel instintivo y sin elaboración de casi todo lo que veo a ras de suelo o de medios de comunicación, para quedarme con este pensamiento que incita a subir un peldaño salvador en mi conciencia.

sábado, 21 de mayo de 2016

ALGUIEN TE ESTÁ VIVIENDO



ALGUIEN TE ESTÁ VIVIENDO

Es hermoso saber que alguien te está viviendo,
que otra piel se desgasta respirando
 con algo de tu olor,
que le prestas espacio a las caricias
de otras manos dispuestas para el tacto.

En esos casos simples y solemnes,
las reglas se desplazan al olvido
y todos los conceptos
reclaman otro signo que los nombre.
La muerte se sorprende y se declara
sin orden, sin sentido, sin la fuerza
que siempre le ha prestado la costumbre.

Pero vendrán las huellas de otros días
y yo seré ese alguien, el que vive
en el extraño gozo del asombro
todo lo que en la tarde trae el viento

desde el temblor ardiente de otra piel.

jueves, 19 de mayo de 2016

CUESTIÓN DE MANOS


¿Por qué escribir siempre con la mano derecha? Es cuestión fisiológica, dirás. Y mucha razón tienes, por supuesto. Pero no es esa mi extrañeza. Es que me veo con el bolígrafo en ristre y observo que, con la mano derecha, mi mano se va alejando de la palabra escrita, como si esta me fuera persiguiendo y la mano necesitara alguna distancia para descubrir y asombrarse con la palabra que siempre le va precediendo. No sé si la mano está asustada o simplemente es que toma distancia ante las formas dibujadas. Tal vez es que le asusten los significados y no quiera amistades peligrosas. O acaso sea admiración por el milagro escrito. No sé, pero me deja con la duda.
Si me imagino escribiendo con la izquierda, compruebo que mi mano siempre anda escondiendo la palabra. Parece que ahora sí que le da miedo de que la vista observe y descubra tal vez cualquier desaguisado. Por eso la palabra queda escondida por algún tiempo, hasta que algunas otras palabras la dejan asomar por detrás de la mano veladora. Se diría que, en este caso, la mano es cómplice de todo lo que esconda la palabra, como si los términos sintieran el pudor de enseñarse en la línea. Incluso es este modo solidario con la tinta, que se pega en la mano al menor descuido.
¿Y si escribiera una línea con cada mano? Claro que no he pensado la posibilidad de anotar algo en lengua árabe, de derecha a izquierda. Uffff, cuánto lío.

Escribiré en todo caso y dejaré que sean las palabras las que se quejen o me aplaudan, las que me dejen diestro o zurdo, pero nunca siniestro.