domingo, 9 de febrero de 2014

ESOS PEQUEÑOS VANIDOSOS


Me conmueve observar de qué manera algunas personas venden su primogenitura por un simple plato de lentejas. La primogenitura, claro, hay que entenderla en sentido amplio y metafórico y no en el imposible y estrecho del biológico nacer antes. Es la preminencia y  el figureo, es la apariencia y el matar el gusanillo de la vanidad. Lo mismo le sucede a las lentejas -tan ricas ellas con chorizo-, que se pueden transformar en un premio, en una comida gratis o hasta en una simple consumición. Eso sí, sea como sea, el buen aspirante ha de comportarse con la  dignidad del que tiene la capa bien puesta y no deja ver las miserias que hay debajo, sin perder de vista una mal entendida sensación de grandeza y de finura.
Casi todas las profesiones artísticas corren este peligro en sus cultivadores y puedo dar testimonio de hechos que no dejan en feo a las apariencias de los caballeros del Lazarillo o a los gorroneos de los personajes de Quevedo; suplicar el pago de una cena, escaparse de pagar una ronda o despistarse en una tienda de libros certifican las miserias de gentes que se apoyan en realidades económicas muy escasas y que no se compadecen siempre con los mundos imaginativos en los que se enzarzan.
Pero no seré yo quien los condene a las penas del infierno pues, al fin, son como niños que se dejan llevar por el sabor dulce de un simple caramelo, se conforman con muy poco y nunca forman equipo con los grandes ladrones de guante blanco de bancos y negociantes de mercados. ¿Y cómo iba yo a condenarlos si hasta los más altos personajes se han dejado llevar por lo que no es más que un simple instinto y un guiño a la debilidad humana, esa que se sustancia en el pormenor pero que se oculta en la apariencia y el doble sentido.
Así me ocurre por ejemplo con el caballero de los caballeros, con el desfacedor de tuertos más noble de la Historia, con el gigante de la buena voluntad, que, de vez en cuando, se las ve y se las desea para compaginar sus necesidades más inmediatas con el mantenimiento de su situación emocional de gigante de la caballería. Hablo, de nuevo, de don Quijote; y, al hablar de don Quijote, hablo también de Cervantes, ese creador genial que se ve apocado por la fama de sus contemporáneos, que duda y balbucea hasta casi el infinito hasta que ve por fin encauzado a su personaje, que se equivoca con demasiada frecuencia en su trama novelística; pero que destila tal ingenio y bonhomía, tal torrente de posibilidades y de proximidad, que todo se le perdona y se le aplaude, hasta cobijarse bajo su pluma, como capitana que es de todo un idioma extenso e importante.
Al filo del capítulo X de la primera parte, don Quijote tiene hambre y no sabe cómo satisfacerla sin faltar a los ideales que encarna. Casi es mejor copiar que glosar: “Pero dejemos esto para su tiempo, y mira (Sancho) si traes algo en esas alforjas que comamos, porque vamos luego en busca de algún castillo donde alojemos esta noche y hagamos el bálsamo que te he dicho, porque yo te voto a Dios que me va doliendo mucho la oreja.
-Aquí trayo una cebolla y un poco de queso, y no sé cuántos mendrugos de pan -dijo Sancho-, pero no son manjares que pertenecen a tan valiente caballero como vuestra merced.”
Ya anda Sancho a sus asuntos y a su glotonería, y don Quijote a los suyos.
“-¡Qué mal lo entiendes! -respondió don Quijote-. Hágote saber, Sancho, que es honra de los caballeros andantes no comer en un mes, y, ya que coman, sea de aquello que hallaren más a mano; y esto se te hiciera cierto si hubieras leído tantas historias como yo, que, aunque han sido muchas, en todas ellas no he hallado hecha relación de que los caballeros andantes comiesen, si no era acaso y en algunos suntuosos banquetes que les hacían, y los demás días se los pasaban en flores.”
Pobre hombre, no se lo cree ni él. Está muerto de hambre y no sabe cómo romper la situación. Por eso, como le puede el hambre, se desata en la atenuación:
“Y aunque se deja entender que no se podían pasar sin comer y sin hacer todos los otros menesteres naturales, porque en efecto eran hombres como nosotros, hase de entender también que andando lo más del tiempo de su vida por las florestas y despoblados, y sin cocinero, que su más ordinaria comida sería de viandas rústicas, tales como las que ahora tú me ofreces. Así que, Sancho amigo, no te congoje lo que a mí me da gusto: ni quieras tú hacer mundo nuevo, ni sacar la caballería andante de su quicio.”
Anda, Sancho, dale algo de comer, cualquier mendrugo, compadécete de él, que ya no aguanta y no sabe cómo disimularlo.
Pero el guasón y egoísta de Sancho lo maltrata con su realismo:
“-Perdóneme vuestra merced -dijo Sancho-, que como yo no sé leer ni escribir, como otra vez he dicho, no sé ni he caído en las reglas de la profesión caballeresca; y de aquí adelante yo proveeré las alforjas de todo género de fruta seca para vuestra merced que es caballero, y para mí las proveeré, pues no lo soy, de otras cosas volátiles y de más sustancia.”
Qué pedazo de cabrón Sancho, cómo lo trae y lo lleva a su antojo. De modo que buena caza para él y productos de sustancia; el caballero que se avíe con los frutos secos. Qué mala leche.
Don Quijote, en su estado de necesidad, sigue suplicando, no ya con indirectas sino casi de rodillas:
“-No digo yo, Sancho -replicó don Quijote-, que sea forzoso a los caballeros andantes no comer otra cosa sino esas frutas que dices, sino que su más ordinario sustento debía de ser de ellas y de algunas yerbas que hallaban por los campos, que ellos conocían y yo también conozco.”
Ahí está el buen hombre, muerto de hambre, pero sin dar su brazo a torcer. Menos mal que Sancho es también un cacho de pan y enseguida se conmueve (a veces hasta hace pucheritos de arrepentimiento como los hace mi nieta de cuatro años). El resultado termina siendo conmovedor:
“Y sacando en esto lo que dijo que traía, comieron los dos en buena paz y compañía.”
Los dos son en verdad dos cachos de pan, dos almas condenadas a entenderse, dos aspirantes a dejarse querer y a ablandarse con casi nada. Tal vez como los creadores a los que evocaba unas líneas más arriba. O como los caminantes que los sábados comparten camino, charla, vistas y viandas. También el aguardiente y el té de Manolo, que se recupera felizmente de una intervención  contra la noche y las tinieblas.

Y que ando de nuevo con el caballero y con el escudero. Pues sí, ¿y qué pasa?

viernes, 7 de febrero de 2014

2014-02-07 (16,30 H) PREGUNTAS PARA EL PASEÍLLO (DE LA INFANTA)


Los cielos precipitan sus lamentos y lloran sin cesar desde hace días (ohhhh). Vamos, que llueve mucho y estoy hasta el cogote de no bañarme al sol que más calienta (ahhhH). Y pienso que ha de ser por el asunto de la declaración de nuestra infanta (uhhhh). Es conjunción de estrellas y signos del zodiaco despistados (horror…). Lo nunca visto, lo nuevo de la Historia, la encarnación del verbo, la precipitación de los misterios (biennnnnnn).
200 policías, 300 periodistas para encauzar las hordas y contener las turbas (guauuuuu). Muchas calles cortadas, cacheos a gogó y antidisturbios (biennnn). Hay fiesta en las tabernas aledañas y se alquilan ventanas para observar mejor el paseíllo (ohhhh). El país está en vilo y en vigilia hasta ver en qué queda todo eso (ahhhh). Yo pienso suspender mi paseíllo de sábado en el campo: quién se puede perder tal artificio (nooooo).
Y fuera de chorradas y de citas, estoy hasta los huevos de la infanta y de todo el folclore que se monta en torno de su acción y de sus cosas. Y me muero de angustia por conocer las cosas importantes. Será preparación para los Goyas y para lo de Hollyvood el día que pare el mundo con los Óscar. Aquí van mis preguntas, todas importantísimas y de pesada enjundia:
a)      ¿Serán buenos los ángulos para tomar imágenes de las de primer plano?
b)      ¿Llevará ropa interior la infanta o afrontará la cita a pecho descubierto?
c)      ¿Será de Valentino su vestido?
d)      ¿Lucirá alguna blusa de tirantes?
e)      ¿Hasta dónde alzará los pies en sus tacones?
f)       ¿Evitará tocar las rayas entre baldosas?
g)      ¿Se dignará mirar a los fotógrafos?
h)      ¿Tiene vendida toda la exclusiva?
i)        ¿Habrá sillas distintas para el Hola?
j)        ¿Quién le hará su peinado y qué tipo de rímel adornará sus ojos?
k)      ¿Tirará caramelos cuando pase?
l)        ¿Saludará a la imagen de su padre que preside la sala del juzgado?
m)   ¿Sufrirá algún desmayo? ¿Estará ya dispuesta la ambulancia?
n)      ¿Anunciará allí mismo otro embarazo?
o)      ¿Habrá condescendencia para que cien marujas y marujos se acerquen a decirle unos piropos de los de sumisión y acogimiento?
p)      ¿Hará honor a su mote y negará la voz y la palabra, pues es infanta y eso quiere decir que no sabe for fare y que no habla?
q)      ¿Harán sus seguidores algún grande festín de desagravio?
r)       ¿Irá tal vez en coche descubierto?
s)       ¿Le hará fiel compañía en el paseíllo algún lacayo en traje cortesano?
t)       ¿Por qué no se celebra el paseíllo a la hora sagrada de los toros: las cinco de la tarde? Se añadirían fanfarrias y mantillas.
Señoría, no hay más preguntas por ahora, pues ya son suficientes para los tres siguientes números del Hola.
Y si puedo dejar una palabra con algo de cordura, diré con amargura lo que sigue: Me sonroja el nivel del periodismo que abunda en esta España del demonio. Meses dándole vueltas al asunto vacío del paseíllo. El rábano por las hojas, el dedo y la luna, la paja y la viga. Y tanto la derecha como la izquierda (he sentido más que vergüenza con la persecución y el exceso de algún periodista de la sexta). Como si todo fuera un espectáculo de circo y de venganza.
Que la condenen, coño, si hace falta, que no es más que los otros ciudadanos. Pero vayan al fondo del asunto, a la sociología y a las causas que permitieron esa impunidad continua entre los miembros de la casta dinástica: un mundo de ignorantes papanatas, de marujas sin cuento, de tontos sin cabeza, perdida en el color de la apariencia. La infanta me la suda, con perdón, lo mismo que cualquiera que cometa un error. Mucho más me preocupa el ambiente social que lo propicia, porque ocupa a los seres que viven a mi lado, a muchos, a muchísimos, a todos. Y no buscar las causas es ayudar a que vuelva a repetirse.

Como habrá secretarios apostados por todas las esquinas, mejor me iré a gozar entre los pinos, a acariciar la nieve, a rozarme en el frío y a darle con pasión a la tortilla. Fale.

AGENDA DE TRABAJO

AGENDA DE TRABAJO
Amanece y la luz tira de la alta
sustancia de la vida. Me recuerdo
y me pongo a trabajar en mis tareas.
Hoy es viernes, conviene
repetir el paseo por las sendas
que los viernes me llevan al olvido;
después hay que leer, fijar la mente
en algunas pequeñas vaguedades
dispuestas por la lógica o la pluma
del instinto feliz de  un despistado;
más tarde, reescribir en pocas líneas
lo que alcanza un momento liberado
del mostrenco vivir, de la rutina;
cuando llega la voz de las aceras,
no atenderla pues causa ruido y pide
lo que solo es inmenso griterío…

Y la mesa, y la tarde consumida
entre páginas lentas y recuerdos
de lo que fue y no es porque ya ha sido,
y tal vez un paseo a ningún sitio,
huyendo de pisar siempre las huellas
que el pasado ha esculpido y que el futuro
no sabe si abrazarlas o ignorarlas
en lo más olvidado del olvido.
Y la noche y el sueño y el recuento
de otro día gastado en la zozobra
de caminar sin rumbo definido.

Estoy al fin dispuesto
para acoger las huellas del pasado,
las ansias del futuro, lo que el día
disponga encomendarme: soy la marca
de un proceso perdido entre las sombras
más oscuras y densas, un novicio
que aspira simplemente a hacer camino
con las mente y el cuerpo

dispuestos para el pan y para el frío.

jueves, 6 de febrero de 2014

CALMA Y SOSIEGO


Acaso la edad, esa medida que se asoma a los polos del comienzo y del final para medirse cada día; tal vez este tiempo cansino del invierno, con lluvias, viento y nieve; puede que algún desánimo que altera con frecuencia la situación de difícil equilibrio en el que uno se mueve; quizás la reflexión y una acción más escasa…
El caso es que hay ratos en los que uno se sienta a considerar y a ver la forma en la que las cosas (los eventos que acontecen en la rúa) todas, las externas y las internas, las grandes y las más pequeñas, vienen a hacer mella en los sentimientos personales y lo avocan a una alegría mayor o menor, o a una tristeza más o menos acusada, según ayer afirmaba el maestro Spinoza.
Y es que hoy también se expresa. Y lo hace así: “En la medida en que el alma (la mente) entiende todas las cosas como necesarias, tiene un poder mayor sobre los afectos, o sea, padece menos por causa de ellos.” (Parte quinta; Proposición V). Y un poco más adelante: “Vemos que la tristeza ocasionada por la desaparición de un bien se mitiga tan pronto como el hombre que lo ha perdido considera que ese bien no podía ser conservado de ningún modo.”
Y ahora es el momento en el que empieza el cosquilleo y la consideración personal, que incluye casos y momentos personales o ajenos en los que esta reflexión se puede aplicar. Y no hace falta detallarlos porque son todos y cada uno, son los más insignificantes y los más esenciales, son los más efímeros y los más duraderos.
Y concluye uno en la necesidad de aceptar lo inevitable con serenidad y desde la razón, por más que los sentimientos quieran aflorar y luchar a fuego con las razones. Y tal vez entonces termine por imponerse cierta calma y cierto ajuste de los acontecimientos individuales en un esquema algo más amplio y que, en todo caso, nos supera.
Porque nuestras posibilidades son las que son. Y doy de nuevo la palabra a Spinoza en su último capítulo de la Parte cuarta: “De todas maneras, la potencia humana es sumamente limitada, y la potencia de las causas exteriores la supera infinitamente. Por ello, no tenemos la potestad absoluta de amoldar según nuestra conveniencia las cosas exteriores a nosotros. Sin embargo, sobrellevaremos con serenidad los acontecimientos contrarios a las exigencias de la regla de nuestra utilidad, si somos conscientes de haber cumplido con nuestro deber, y de que nuestra potencia no ha sido lo bastante fuerte como para evitarlos, y de que somos una parte de la naturaleza total, cuyo orden seguimos. Si entendemos eso con claridad y distinción, aquella parte nuestra que se define por el conocimiento, es decir, nuestra mejor parte, se contentará por completo con ello, esforzándose por perseverar en ese contento. Pues en la medida  en que entendemos eso rectamente, el esfuerzo de lo que es en nosotros lo mejor parte concuerda con el orden de la naturaleza entera.”

No sé si después de estas consideraciones no tengo que ponerme un capuchón y salir a la calle a consolar a los viandantes. Mejor me quedaré en casa, al amparo del calorcito y tratando de sentirme poco afectado por lo que me vaya sucediendo.

miércoles, 5 de febrero de 2014

LAS AFECCIONES PRIMARIAS


Otra vez a vueltas con los pensadores que aspiran a entender cuál es el impulso que nos empuja ciegamente a mantenernos cada instante en el camino confuso de la vida, cuál es el empuje constante que no nos permite pararnos y decir basta. Es la pregunta del millón y no es fácil dar con la respuesta. Los más sesudos lo han intentado y cada cual ha llegado con sus fuerzas hasta la pared final del precipicio.
Muchos lo han ordenado todo desde una causa mayor y superior que embelesa al ser humano y que lo embauca en un sueño feliz y lo potencia en sus actividades. Ahí estarían sobre todo las religiones. Muchos otros se han parado en el ser humano y han buscado en sus miserias y en sus glorias para partir de ellas y volver a ellas. También hasta donde buenamente han podido y sabido, con la misma buena voluntad que los otros. La mayor parte ha mezclado ambos planos y ha nadado y guardado la ropa con mayor o menor acierto. El conjunto de todas las posibilidades forma la pléyade de escuelas filosóficas, éticas, morales, religiosas… que han sido y que serán.
Ayer citaba a Espinosa, Espinoza, Spinoza o Spinosa, y hoy lo vuelvo a hacer. Ya se ve que me ocupa estos días y que ando dándole vueltas a su propuesta ética. No era precisamente tonto, y confrontar con los que más saben no es mal ejercicio. Desde luego su ejercicio anda muy lejos de aquella simplificación realista y de andar por casa (lo que no le quita ni le pone ni un gramo de verdad o de falsedad) del de Hita: “El hombre por dos cosas trabaja, la primera / por el sustentamiento, e la segunda era / por haber juntamiento con fembra placentera.”
Espinosa concluye que la esencia de la actividad humana, en cuanto respuesta a las afecciones que recibe, se concreta, en “alegría, tristeza y deseo”, Parte tercera, Proposición XI. Desde estos tres afectos primarios, se desgrana todo un racimo de afecciones secundarias, que se explican y se entienden desde estas tres elementales y básicas: esperanza, miedo, seguridad, satisfacción, amor, odio, asombro, indignación, envidia, misericordia, estima, humildad, arrepentimiento, vergüenza…, y todas sus contrarias…
Alegría, tristeza, deseo. Y todo a partir de ahí. Todos nuestros cambios de estado y de ánimo para andar un poco más alegres, tristes o para mantener el deseo de actuar y de conseguir. Después vendrá la racionalización de estas afecciones, para no actuar como brutos irracionales y para no dejarnos llevar por los impulsos primarios. Qué esquemático parece esto, pero qué profundo.
Y casi todos nosotros perdidos en nuestros días sin saber qué nos empuja ni qué nos condiciona en nuestra actividad de cada momento. Andamos por la vida sin conciencia real de lo que hacemos, y mucho menos de por qué lo hacemos; nos cegamos en los esquemas que nos dan impuestos y que nos ocupan todo el tiempo y todo el esfuerzo. Y las explicaciones las dejamos para el tiempo que está fuera del tiempo, o sea, para nunca. Por eso el tiempo para casi todos es un simple discurrir monótono y sin sentido, al menos sin sentido personal y reflexivo. Y tal vez por eso la división del tiempo sigue siendo automática y a la defensiva.

En la Proposición X, Parte cuarta, afirma Espinosa: “Experimentamos por una cosa futura, que imaginamos ha de cumplirse pronto, un afecto más intenso que si imaginamos que el tiempo de su existencia está mucho más distante del presente, y también somos afectados por la memoria de una cosa, que imaginamos haber ocurrido hace poco, más intensamente que si imaginamos que ha ocurrido hace mucho.” Hoy me he enterado de la situación de dos amigos; uno de ellos está afectado (positivamente) por la memoria de algo que le ha ocurrido  hace poco; otro anda a cuestas con una afección intensa por algo que ha de cumplirse muy pronto (también espero que de manera satisfactoria, pero, como es futuro, tan solo es deseo). En ambos se cumple el paso hacia la alegría o la tristeza, y siempre desde el deseo de seguir positivamente en la brega y en la vida. Yo también siento hoy un poco más esa intensidad en esas sensaciones. Y las espero todas positivas. Para ellos y para mí. 

martes, 4 de febrero de 2014

DESDE BARUCH DE ESPINOZA

     
“Todo lo excelso es tan difícil como raro.” Con estas palabras termina el filósofo Baruch de Espinoza  la Parte Quinta y última de su “Ética demostrada según el orden geométrico”
Excelso, difícil, raro. Ordenado así y no de otra manera. Importan primero las cualidades y la esencia de esos elementos que componen el todo, las variables que lo convierten en excelso. Hasta ahora poco importan el grado de dificultad de su consecución o sus consecuencias, solo interesa el hecho o el estado. Difícil entender la definición exacta de “excelso”, pero sí puedo aproximarme: muy elevado, alto, eminente. No me quedaré en el nivel físico y trasladaré esa visión al sentido figurado: un hecho elevado, una persona eminente, una cualidad superlativa. Superlativo léxico en cualquier caso. Ahora ya mi imaginación corre para posarse en cualquier cualidad, fenómeno o persona. Por ejemplo, en la amistad; por ejemplo, en un edificio; por ejemplo, en una persona o en un libro.
Los conceptos terminan definiéndose por sus cualidades, por los adjetivos que los configuren y que se acoplen a ellos, de tal manera que cualquiera de ellos nos lleva a su esencia y parece que evocar esa cualidad ya es suficiente para entender que hemos llegado al corazón del mismo. Tal vez por ello, dar con los adjetivos pertinentes y exactos resulta tarea ardua en la creación y en el ropaje lingüístico de las ideas. Cuando estas cualidades tienen que estar cargadas de significado con intensidad y con admiración, hasta convertirse en excelsas de lo excelso, el trabajo es aún más complicado, y, además, corre el peligro de la impostación y de la hipérbole. Ya se ve ahora que casar excelso con difícil no resulta complicado pues se compadecen mutuamente.
Cuando se consigue de veras, algo sucede que provoca satisfacción, contemplación y felicidad: “quedeme y olvideme…” Por ejemplo. Y seguramente, cuando despertemos del sueño, del dulce sueño, y del nivel alcanzado, para aterrizar en otros niveles más reales, o al menos más cotidianos, nos toparemos con la certeza de lo raro del momento, de lo escaso del fenómeno, de lo extraordinario del hecho.
Espinoza apunta hacia el “poder del entendimiento y de la libertad humana”, pero mirando hacia lo espiritual y hacia Dios como ser y conocimiento excelso, difícil y raro. Nosotros tal vez deberíamos quedarnos un poco más abajo y aspirar a algún momento excelso medido desde nuestros parámetros humanos, mucho más escasitos y limitados. Alguna ventaja tiene esto: las cualidades de lo excelso tal vez no sean tan exigentes y nos conformemos con una comida más baja en calorías pero sabrosa para nuestro paladar.

Como ejercicio de autoestima, acaso sería bueno proponerse el acercamiento a un hecho, a un pensamiento o a una persona excelsos cada día. Ya sería un logro excelso.  

lunes, 3 de febrero de 2014

VA A SER COSA DEL RIEGO



Fin de semana vallisoletano en el que el PP se junta en botellón endogámico para gritar que se halla encantado de haberse conocido, para proclamar literalmente que son o ellos o la nada, para insultar sin pudor a los demás, para anular cualquier foto de disidencia, y para volver al día a día de las contradicciones. Y todo esto con la que está cayendo. Como quien ve nevar y sale desnudo.
Las convenciones de los partidos tienen todas una parte importante de autobombo y de palmaditas en la espalda, como para reconocerse y para no verse demasiado sucios. Es la condición humana y no hay que escandalizarse demasiado de ello. Lo que deja patidifuso y asombrado, fuera de lugar y como alelado, es el grado con el que se exhiben algunas de estas debilidades, la chulería con la que se hacen públicas y la imbecilidad que evidencian en quienes las muestran y que quieren describir en quienes las reciben. Parece que eso de sostenella y no enmendalla rige con más fuerza que nunca. Hasta el punto que uno termina dudando de si realmente se creen lo que dicen  y hasta de si será verdad. Con la que sigue cayendo. No se conocen propuestas más allá de la vaga promesa de lo de los impuestos y aquello de siempre con las víctimas, que lo mismo sirve para un roto que para un descosido desde hace decenios.
Esto en lo que se refiere a la elite convencional porque luego está el milagro del pueblo llano, ese que siempre es alabado como tal y al que escasas veces se le fustiga para que despierte de la modorra. Veamos. La liga de fútbol se ha puesto al rojo vivo: todo el mundo sabe que el Barcelona (o el Barça) ha perdido el liderato, que el Atleti (o Aleti) ahora es el mandamás, que el Madrid no acaba de levantar cabeza; que ha muerto Luis Aragonés, el sabio de Hortaleza, aquel que rondaba las expresiones racistas y que hizo tanto por la humanidad como ganar alguna copa de fútbol o algo así (o sea, el sabio de Hortaleza, no te digo más (y que descanse en paz, por supuesto); y, por último, está lo de la Super Bowl, ese juego de los Astados Unidos en el que un grupo fornido de jugadores se empujan y se empujan mientras miles de personas jalean y se emborrachan y las compañías escenifican como nunca lo que significa el mundo de la publicidad. Y así cada fin de semana, o casi, o más.
Los osos duermen en invierno. Es bueno que así sea porque, si no, no sé de dónde iban a sacar la comida: tal vez nos comerían a los humanos. Pero después despiertan y devoran sin cautela y se llevan a las fauces todo lo que se les pone por delante y se vuelven muy peligrosos pues no hay quien les haga entrar en razones.
Aunque parezca que no, creo que el oso y la marmota son epidemia en este país, y en otros. Pero creo que hay otros animales que no descansan ni en verano ni en invierno. Y se dedican a pensar y a imaginar otra sociedad distinta, con menos sujeción al ordeno y mando, al vencedor y al vencido, con más regusto por un humanismo real en el que la persona cuente y sea el fundamento de toda actividad, en un mundo más reflexivo y menos de rebajas mentales, en un futuro más barato e interior, en otro ambiente en el que se llame sabio al que sabe y no al que balbucea…, en otro mundo.
Pero esta especie anda casi en peligro de extinción y no es asignatura que pidan muchos alumnos. De hecho, de ella apenas se sabe casi nada. Será cosa de la hibernación. O de la modorra. O de la falta de inversión en el asunto ese de la alfabetización. O de la alucinación de algunos lunáticos. O del riego sanguíneo (va a ser de esto, del riego sanguíneo). O yo qué sé de qué.

“Españolito que vienes al mundo…”