viernes, 13 de diciembre de 2013

UNA LLAMADA TURBADORA

2013-12-13                UNA LLAMADA TURBADORA  (También para Sara)
La mañana era fría pero soleada. Acomodado en el sillón mullido y al lado del radiador, Esteban consumía páginas y páginas de un libro que le había regalado un amigo y que trataba de conflictos religiosos, esos que tantos males han producido en la historia de los seres humanos. Este mal del que trataba el libro aún seguía coleando y hasta Esteban pensaba que sería uno de los dos o tres conflictos más importantes de los que tendría que solucionar el s. XXI. La lectura seguía, como cada mañana, ocupando el tiempo y la imaginación de Esteban.
En un momento impreciso, cuando la atención de Esteban andaba ocupada en un pasaje de ángeles caídos y falsos profetas y cuando el calorcito le había situado en una situación de medio camino entre la conciencia, la imaginación y el sueño, sonó el teléfono en la habitación del fondo. No esperaba ningún recado especial y no intuía quién podría llamarlo a esas horas. Se desperezó, dejó al ángel y al profeta con la palabra en la boca, volvió al mundo de las sensaciones reales y descolgó el aparato. Al otro lado apareció una voz suave, sugerente, femenina y joven.
.- Buenos días, pregunto por don Esteban Laínez.
.- Yo soy.
.- ¿Tiene un momento para poder atenderme?
Esteban comprendió enseguida que aquella llamada volvía a repetir el sonsonete diario de las compañías empeñadas en vender todo tipo de objetos en una insistencia machacona y casi insoportable. Estuvo a punto de colgar sin responder, pero al fin añadió:
.- Sea usted muy breve porque estoy muy ocupado y no tengo tiempo apenas para poder atenderla, señorita.
.- Gracias, don Esteban, mi nombre es Salomé y le llamo en nombre de Aldeas Infantiles. ¿Conoce usted esta ONG?
Esteban se quedó paralizado. Esta vez no era una venta cualquiera y tal vez merecería la pena atender un momento aquella llamada que él ya intuyó de socorro y de ayuda.
.- He oído hablar de ella, pero no conozco exactamente cuál es su actividad concreta.
La voz de Salomé se volvió entonces más tierna. Sabía que esta vez había conseguido un interlocutor dispuesto a escucharla.
.- Le recuerdo que, para un mejor control, esta entrevista será grabada.
.- De acuerdo, señorita, pero le ruego brevedad.
Esteban no se había quitado de encima la sensación de que todas estas llamadas no hacían otra cosa que exagerar e inflar el mundo de la publicidad hasta límites que pare él eran inaguantables.
.- Aldeas Infantiles SOS es una organización internacional, privada, de ayuda a la infancia, sin ánimo de lucro,  interconfesional e independiente de toda orientación política, fundada en 1949 y con presencia en 133 países. Nuestra labor se centra en el desarrollo del niño hasta que llega a ser una persona autosuficiente y bien integrada en la sociedad. Trabajamos para fortalecer a las familias vulnerables, de modo que puedan atender adecuadamente a sus hijos; protegemos a los niños que se han visto privados del cuidado de sus padres, a los que brindamos un entorno familiar protector en el que puedan crecer sintiéndose queridos y respetados, y acompañamos a los jóvenes en su proceso de maduración e independencia.
Aldeas Infantiles SOS es miembro de la UNESCO y asesor del Consejo Económico y Social de la ONU…
Esteban oía la lentitud y la claridad con las que llegaban las palabras a sus oídos. Tanta era, que su imaginación tuvo fuerzas para representar la realidad que Salomé le estaba refiriendo: “niños, familias vulnerables, hijos, privados del cuidado de sus padres, entorno familiar, queridos, respetados… “ En la mente de Esteban se coló la imagen de una niña próxima, a la que él quería con locura; la vio desprotegida y sola, lejos de las caricias de los suyos, desorientada, sin horizontes, con el futuro oscurecido y falto de otros brazos en los que poner su confianza y su ternura. Mientras tanto, Salomé seguía desgranando algunas de las características de la ONG en cuyo nombre llamaba. Para entonces Esteban ya apenas atendía y casi no oía las palabras: “casa en Madrid, fiestas familiares, adopción, relación con los niños, cariño….” En algún momento del relato, se produjo el silencio.
.- Esteban, ¿está usted ahí?
El otro lado del teléfono devolvió una voz entrecortada por los sollozos.
.- No hace falta que me detalle las actividades, me las imagino. Y hasta algo sé de ellos pues realizo actividades en otros centros con necesidades, más próximos al lugar donde vivo.
Pero Salomé lo intentó de nuevo. Del otro lado del teléfono ya no se oían más que los sollozos entrecortados de Esteban. La joven desistió y su tono y actitud cambiaron.
.- No se preocupe usted, Esteban, es un placer toparse con gente tan sensible como usted en estos tiempos que corren. Ya no tengo nada que contarle: usted se hará cargo de lo que crea conveniente. Le recuerdo cuál es nuestra dirección en la red y esperamos su respuesta. Venga, ánimo, a mí me sucede lo mismo con frecuencia y lo entiendo perfectamente. Arriba ese ánimo y gracias, muchas gracias por su sensibilidad.
Esteban colgó y todavía estuvo un buen rato con el moquillo caído y la lágrima fácil en el rostro. Cuando se serenó, tenía sentimientos contrapuestos sobre su persona y sobre su respuesta en estas situaciones.  No era la primera vez que le sucedía algo parecido. Siguió pensando durante toda la mañana en las causas de esos desbordes de emoción y no llegó a conclusiones claras.

 A la hora de comer llamó a la niña que se había colado en sus imágenes y le reconfortaron sus palabras, su energía, sus risas y su alegría. La tarde fue menos agitada y tranquila. 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

ESPACIOS DE SILENCIO


Me gustan los espacios de silencio, tal vez porque son los auditorios mejor preparados para oír, para escuchar y para pensar. Vivo en un espacio que aspira a la salmodia del silencio, ese silencio que se deja oír y que repite con frecuencia que está ahí, como con miedo a ser roto y profanado. Hasta hace muy pocas semanas, mi casa solo tenía la presencia última de un matrimonio mayor por su parte norte; el resto era dominio del silencio. Hoy, por desgracia, no puedo decir lo mismo pues se ha instalado en el piso inferior un joven matrimonio que poco sabe de lo que significan la soledad y la ausencia de ruidos.
En ese espacio silencioso es en el que mejor oigo mis latidos, la música que acompaña mis horas, el rumor del río en el fondo o el aleteo grácil de los pájaros que juegan en el aire.
La mejor referencia soy yo mismo, con mis latidos lentos, con mis roces en los objetos más cercanos y diarios, con mi sillón mullido, con mi silla más dura, con mi ropa que roza con mi cuerpo, con la comida sólida, con los ruidos internos de mi cuerpo… El silencio me ofrece la seguridad de mi propia presencia, la certeza de que mi ser sigue ahí, andando y progresando por las horas de la vida, hollando los pasillos, las aceras, manejando mis brazos y mis piernas, doblándome hacia el suelo cuando me visto o me calzo…, y oyendo, como sonido más sutil, el último sonido del propio silencio.
Pero sobre todo el silencio me permite oír y escuchar todo lo que me viene de fuera, de ese mundo también tumultuoso que me asusta si no sé distinguir las voces de los ecos. El silencio me permite la lectura y la voz susurrante de tantos otros silenciosos que me hablan con calma y con paciencia, que me aconsejan y no me imponen, que me invitan al diálogo tranquilo y reposado, que me escuchan también con atención. Con ellos muy pocas veces levanto la voz, si acaso la conciencia. Desde ellos configuro mi propio pensamiento, doy vueltas a los conceptos y a veces hasta comprendo el valor negativo de la intolerancia y la fuerza positiva del amor. Con ellos configuro otro mundo diferente desde la sinceridad y desde el intercambio.
Solo se puede escuchar desde el silencio y la atención, con la mente dispuesta y sin ruidos. Lo demás es confusión y caos, inmenso griterío, hartazgo y atropello, imposibilidad de armar conceptos.
Vivo en un mundo repleto de  información externa, de sonidos estridentes que me acosan y no me dejan solo ni un momento para poder oír con sosiego. No sé discriminar tanta fanfarria. Me tapo los oídos y suenan los teléfonos o el grito de luz de la caja tonta. Si anochece y me creo libre del exterior, descubro que no es cierto, que todo sigue sonando para no comunicar nada o casi nada. Esto es un no parar inagotable.
No conozco mejor interlocutor que el que me responde desde mí mismo; mis mejores diálogos se desgranan oyendo las respuestas de ese ser extraño e inconcluso que siempre va conmigo, que me completa y que me desarrolla. Entonces no es necesario  el grito ni la imposición absurda; solo sirve la calma, y sirven las aristas y las dudas, las posibilidades todas y las soluciones varias, la guerra sin heridas y el abrazo sincero. “Quien habla solo espera hablar con Dios un día.” “La música callada, la soledad sonora.” Qué oxímoron hermoso y deseado.

¿Quién asimila el mundo en esta carrera de gritos y rebuznos? Me sumerjo en un canto gregoriano con el coro de Silos y en él me quedo por un rato. Después miraré al cielo y a la luz. Que me hablen en silencio y con cautela; que me enseñen la esencia de la vida; que me protejan de los ruidos sin causa  y me abran el camino para el sabroso mundo del silencio.

lunes, 9 de diciembre de 2013

APRENDIENDO A CUIDAR

   
Me siguen llegando libros que procuro leer al ritmo que puedo y sé. Creo que mi ritmo sigue siendo alto, pero me gustaría compararlo con el de otras personas; no por ninguna exhibición, que todo depende de muchos factores y no tengo ganas de ganar ni de perder ninguna carrera, sino por conocer realmente en qué puede consistir, aplicado a esta realidad, el concepto de mucho o poco.
Tengo claro que buena parte de mi cultura y de mi pensamiento tiene que ver con la letra impresa y con los miles de páginas que han fotografiado mis ojos a lo largo de los años. Tampoco sé si esto es lo mejor o si hubiera resultado más agradable o provechoso haberse apoyado en la experiencia más directa, la de la vida de la calle, esa que parece menos elaborada pero más inmediata y acaso práctica. Quién lo puede saber…
De las lecturas procuro extraer ideas y, a veces, recojo y anoto párrafos enteros que, por la razón que sea, me conmueven y me animan a pensar en lo que contienen. Alguna vez los paso a esta ventana que va componiendo la huella de mis días.
Hoy copio una página de Antonio Gala, de su libro “Las afueras de Dios”. Tiene que ver con el mundo de los ancianos en su vertiente de alzheimer. Seguro que alguna vez lo he confesado. Lo vuelvo a hacer: este autor me parece que aporta una sensibilidad y un dominio del idioma y de los sentimientos como ningún otro en la literatura actual. Sé que es una opinión arriesgada, pero es la mía. Ahí va:
“Lo mejor para el anciano con alzheimer es permanecer el mayor tiempo posible en su hogar con los suyos; para eso la familia  requiere formación y recursos. Porque no es nada fácil convivir con él. El espacio que ocupe ha de ser sencillo y despojado, con elementos fijos que lo identifiquen; con relojes y calendarios grandes, que orienten al que era su dueño; con carteles que señalen la ventana, el baño, la salida… La cama, exenta, para poder bajarse por ambos lados; una luz, encendida siempre durante la noche, para alejar los noctium phantasmata; en el armario, la ropa imprescindible: zapatos sin cordones, botones sustituidos por velcros; nada de espejos por si se mira y no se reconoce y le produce horror aquel que ve; las bañeras, con barras y cintas antideslizantes; la ducha, con mandos de temperatura inamovibles. Por Dios, que no haya ruidos ni confusión, que nada le perturbe más todavía, que cada hora de cada día que aún le quede sea una rutina estable.
A veces, no siempre pero a veces, podrá mostrarse agresivo. En estos casos hay que calmarlo con dulzura, con palabras muy suaves, abrazarlo, eliminar lo que le irrita. No tratar de que razone: no le es posible razonar. No afearle su conducta: no lo entendería. Cuando se niegue a cooperar, a comer o a vestirse, hay que observar qué es lo que le trastorna y evitarlo; pero lo mejor es no insistir, distraerlo de aquello que lo enoja. Le asaltarán a veces, y hay que estar preparados, ideas obsesivas: levantase de noche y salir a la calle, o repetir incansablemente la misma pregunta. Es preciso actuar con delicadeza, responderle sin impaciencia, muy despacio, tratando después de entretenerlo con alguna propuesta distinta o con algún otro proyecto mejor. Puede llegar el caso, y llegará, de la regresión a la infancia, con una gran desinhibición sexual: puede perder el pudor e intentar tocamientos. No se le ha de reñir, no se le ha de avergonzar: no es responsable…
Y cada vez tendrá más importancia la comunicación no verbal; las palabras acaban por perder su sentido. Para hacerle comer habrá que masticar enfrente de él; la expresión del cuidador nunca será de cólera o de preocupación, porque influirá en su ánimo y lo empeorará todo. Hay que hablarle despacio con frases cortas y palabras sencillas, gesticular muy poco a poco… Y, no obstante, no se le ha de excluir de la convivencia ni de las conversaciones. Y, sobre todo, tocarlo con afecto, acariciarlo, mirarlo con cariño y sonreírle: esa es la mejor forma de suministrar seguridad a él y a todos. Una tenue y volátil seguridad, tan lábil como la de una nube, a un ser ya sin raíces, a  un niño sin futuro que desaprende en lugar de aprender, preso en su laberinto.”
Son palabras escritas hace casi quince años. Cada día, por diversas razones, la enfermedad de alzheimer se extiende y acompaña a más ancianos en el último tramo del camino vital. El escritor no es un especialista en esta medicina, pero parece que lo fuera. Buena parte, no de la cura pero sí del mantenimiento razonable, está en estas líneas. Me entran deseos de llevarlas al Buen Pastor y pedir que las cuelguen por las paredes. También yo las debería tener presentes cuando la ocasión lo requiera.

P.D. Por supuesto que estas líneas están en la trama literaria y mental de una historia más larga y cargada de otros contenidos, pero parece que sirven por sí solas.

domingo, 8 de diciembre de 2013

ERES TÚ QUIEN SE MARCHA DE LOS SITIOS

ERES TÚ QUIEN SE MARCHA DE LOS SITIOS
Eres tú quien se marcha de los sitios:
del tiempo de verano, que tanto te cansaba,
hasta el rigor sin pausa del invierno;
del fuego del contacto hasta el cobijo
de la suave caricia y del aroma
de un perfume perdido en la memoria;
de la invasión fogosa, apasionada,
hasta el blando coloquio y la compenetración;
desde el placer fecundo del pecado
a la experiencia lenta y reposada
de lo que ya no aspira a la victoria.

Y puede ser verdad que te has rendido
a la certeza de que no es posible
la ayuda y el empuje de otros brazos
en la búsqueda inútil
de lo que un día fue tenaz deseo
de encontrar el aliento de la felicidad.

Sabes que la ilusión de otros amores
es tan solo recuerdo, incluso olvido,
pues muchos ya no están, y otros que fueron
andan en las afueras de tu vida;
tú mismo ya no estás para ti mismo.

Es tiempo de apariencias y de dioses,
de desear con fuerza lo imposible
y gritar que conoces lo que ignoras,
de mantener proyectos que mantengan
la fuerza y el valor de la memoria,
de exigir la presencia del rubor en el rostro,
de afirmar el valor del sufrimiento,
de habitar nuestras manos
con la arruga del tiempo y la experiencia.

Es tiempo de cumplir lo que se ama
y amar lo que se hace
con esa lentitud de los ocasos

que van al infinito y al olvido.

sábado, 7 de diciembre de 2013

LA VIDA Y MI IDENTIDAD (Apunte filosófico)


¿De qué depende que uno tenga un día bueno o un día aciago? El ser humano siempre es el mismo y debería responder de la misma manera un día que el siguiente. Si dependiera de él, habría que concluir que no es el mismo siempre, que las circunstancias han cambiado y que los entornos son diferentes, esos contornos en los que él tiene que responder a las situaciones que se le van presentando. O tal vez resulte cierto que en realidad no sea él, que ya sea otro distinto, que cada instante sea único porque la persona ha cambiado elementos suficientes en su ser y en su conciencia como para responder de manera distinta. Y, si no fuera el mismo, no se le podría exigir que mantuviera la conciencia de la continuidad en sí mismo. Terreno peligroso este porque nos estaríamos adentrando en la identidad del ser y el mantenimiento de esa identidad, en la continuidad de los elementos necesarios para seguir considerando en la conciencia al ser un mismo ser. ¿Cuál y cuánta es la parte que se puede entender que se modifica sin perder esos elementos esenciales de la identidad? Porque yo no soy el mismo que aquel niño que corría por las estrechas calles de mi pueblo rodando el aro o encima de los zancos, o aquel joven que veía y constataba los estertores del franquismo, o el joven profesor que se comía el mundo y que lo soñaba transformado, ni siquiera el caminante tranquilo y satisfecho que esta mañana hollaba los caminos de las laderas de estas sierras frías y otoñales. Y, sin embargo, me sigo reconociendo el mismo, con el mismo nombre y con los mismos apellidos, sigo teniendo la conciencia de que soy el mismo; mis seres queridos me siguen respondiendo de la misma manera y hasta mantengo el mismo nombre ante los demás.
¿Y si el asunto dependiera de lo externo, de lo que rodea al ser? Entonces el día aciago o el día bueno hundiría sus causas en el contexto, tan diverso, tan extenso, tan incontrolado e incontrolable, tan poderoso, tan indiferente ante mis deseos y mis gustos… A veces las realidades exteriores parecen presentarse idénticas a las de otras ocasiones y, a pesar de todo, los resultados de mis actuaciones y de mis interferencias con ellas son totalmente distintos; eso me deja perplejo y sin saber dar respuesta a esta dualidad en la que yo y todos los demás nos movemos.
Tal vez no somos conscientes de que, acaso, esa separación entre la persona y los contextos realmente no existe y es el intercambio constante entre ambos lo que va configurando al ser humano y a los otros contextos, ese espacio indeterminado pero común que compartimos todos y que no solo nos roza sino que nos penetra y nos obliga a la reacción, no solo física sino también fisiológica y mental. Puede que en ese conglomerado no hagamos otra cosa que moldearnos y cambiar los combinados químicos, los enlaces intrincados que nos componen y nos sostienen, y con cada reacción nos mostramos con otra cara un poco distinta a la anterior.
O tal vez sea algo más complejo, eso que llamamos vida, que nos ocupa y que nos envuelve, que nos empuja y que nos conduce sin que sepamos muy bien ni cuáles son las causas ni cuáles las reacciones. Por eso andamos tan confusos y nos extrañamos ante lo que entendemos como un día con suerte o un día desafortunado.
¿Cómo habrá sido hoy mi día?, ¿hacia qué extremo apunta y apuntará en las horas que aún le quedan? Repaso y no me quejo.

En todo caso, como apuntó Paulo Coelho, “la vida siempre espera situaciones críticas para mostrar su lado brillante”. No he tenido situaciones críticas ni las espero. Prefiero hoy también alguna arista de la vida menos llamativa y espectacular. Mañana será otro día.

viernes, 6 de diciembre de 2013

MADIBA: PEACE AND FREEDOM


África, imaginada desde aquí, está en el culo del mundo, allí donde el mar se parte en dos y la tierra se rinde porque no puede indagar más adentro y deja todo el dominio a las profundidades, donde los aventureros perdían la señal de lo medible y se enfrentaban a lo desconocido, en su viaje a no se sabía dónde, el territorio que se opone al de aquí mismo porque se empeña en convertirse en verano cuando aquí se asoman los fríos y el invierno, el último salto desde la última roca y la primera defensa contra el mar y su empeño de las olas.
Quiero decir que África me queda lejísimos en el espacio, en el territorio de los sucesos que me raspan por su frecuencia en imágenes, y que asocio sin querer la lejanía en el espacio con la bruma del tiempo. Y menos mal que los tambores resonaron hasta la extenuación con aquello del mundial de fútbol.
Pero los símbolos son más símbolos precisamente cuanto menos se dejan abarcar y someter. Si a un héroe de la antigüedad clásica lo invitáramos a una fiesta nuestra, es casi seguro que lo mandábamos de vuelta despedazado y convertido en un ser vulgar y lleno de defectos, aminorado hasta las medidas de un  simple humano con dificultades para llegar con decoro a fin de mes en lo material y en lo moral. Desde la distancia todo es otra cosa.
Madiba es un símbolo hermoso de casi todo el índice de deseos inalcanzables del ser humano; por eso es mejor que siga en la distancia, para que no le salgan a la piel las arrugas que todos tenemos, incluso él que tanta dignidad derrochó en su vida.
No conozco muchos más detalles que el común de los mortales acerca del desarrollo de su vida: 46664, cárcel, resistencia pasiva, integración, perdón sin olvido, reconciliación…, y algunas otras cosas de menor valía. Me bastan para aplaudir la existencia de seres que defienden, como sin esperar recompensa y sin aparentes heroicidades, los ideales en los que creen, que levantan la mirada y descubren la existencia de la pluralidad comunitaria, que adivinan que en la escala de valores aquello de ganador y de perdedor no está en la cúspide precisamente, que defender las convicciones propias no implica la eliminación del contrario ni su escarnio público, que el patrón humano en nada se diferencia por el color, por la religión ni por el poder económico, que gastar la vida por alcanzar el poder no es más que la mayor muestra de debilidad y de pobreza…
Todo eso es lo que me interesa de gente como Nelson Mandela. Porque, si Mandela se ha convertido en símbolo, es porque pone rostro a toda la gente normal que, en su pequeño mundo, lucha y defiende los mismos ideales; él es la voz del coro, pero la voz real es muy variada y anda dispersa por todo este mundo que habitamos. A veces se llama Mandela pero otras veces tiene nombres y apellidos de aquí y de ahora mismo. La lista no cabe en los medios, pero es larga y hermosa. Esos medios que se compungen y llenan las portada con la imagen del símbolo, pero que mañana mismo se olvidarán de él y volverán a dar sitio a los amos de la pasarela, de la fama y del dinero, y volverán a la lucha por el poder más sórdido y encarnizado. Y muchos de los representantes públicos, que dicen admirar a Mandela, que mandan condolencias lloriconas pero que, en la vida diaria actúan con valores totalmente contrarios a los que representa Madiba.
He visto una imagen de Mandela arrimado a una pared, con una gran pintada en la que rezaba este eslogan: Peace and freedom. Paz y libertad. No es precisamente mal objetivo ni mal modelo de vida. Por él luchó Mandela y por él habrá que seguir trabajando cada día si este mundo quiere sentirse un poco más tranquilo y menos esclavo

miércoles, 4 de diciembre de 2013

UN CUENTO PARA SARA


Tengo muchas ganas de que mi nieta, Sara, rompa por fin a leer. Sé que no tiene edad para ello y que lo mejor es que todo vaya por su cauce natural, pero tengo muchas ganas. Cuando lo consiga, y será pronto, podrá leerme cosas y descubrirá algo de lo que yo le he guardado para ella especialmente. Estoy seguro de que después me lo devolverá todo con intereses altos, para mi contento y mi satisfacción.
Hoy le guardo un cuento breve que ella identificará y no tardará demasiado en interpretar con corrección:
“En una pequeña ciudad de provincias, vivía una joven hermosa a la que la vida le sonreía en casi todo lo que hacía. Pero un día se cansó de su situación y empezó a sentir el aburrimiento y el deseo de salir a conocer el mundo porque soñó que en otros lugares se hallaban tesoros escondidos para ella.
Soñó que viajaba a una gran ciudad y que allí, en un lugar muy conocido, le esperaba un tesoro que estaba reservado para ella, para que ella lo descubriera y lo gozara. Pronto empezó a descuidar sus aficiones y solo vivía obsesionada por la conquista de ese mundo soñado.
Un día cualquiera salió de casa. Subió al primer tren y se marchó lejos, hacia esa gran ciudad. Cuando llegó, se sintió deslumbrada por todo lo que iba descubriendo. Parecía todo aquello un mar de luz y de personas, los escaparates la deslumbraban y los carteles que veía por todas partes le anunciaban acontecimientos que ella jamás había ni sospechado.
El tesoro era todo aquello y la joven se sintió contenta y satisfecha. Se aposentó en una casa céntrica y todos los días salía a las calles para dejarse invadir de las nuevas sensaciones. El tiempo se le iba en ver y ver y ver más cosas. Así transcurrieron varias semanas sin que ella notara el paso del tiempo.
Fue una tarde, cuando el sol se despedía y los últimos rayos enrojecían el horizonte. Al cruzar un paso subterráneo, se topó con un hombre que pedía limosna mientras rasgaba deficientemente las cuerdas de una guitarra. La joven se paró un momento, escuchó la canción hasta el fin y depositó en el recipiente una moneda. Cuando se disponía a alejarse, el hombre le hizo una señal para darle las gracias. Algo extraño debió de notar en la joven porque enseguida le preguntó por su procedencia y por sus ocupaciones. La joven le contestó con sencillez y sin ocultarle nada de su aventura.
El hombre entonces la invitó a escucharle. Su historia era muy sencilla. Desde hacía varios años buscaba la ocasión de marcharse de la gran ciudad para intentar encontrarse a sí mismo en una vida más sencilla lejos del ruido y de los destellos de la urbe. Todavía no lo había conseguido pero cada día lo deseaba más.
Solo fueron cinco minutos pero para la joven resultaron suficientes. El resto del día lo pasó en su residencia, sin ninguna gana de salir a la calle. A la mañana siguiente subió al mismo tren que la había traído a la ciudad. A las tres horas estaba de nuevo en su casa.
El viaje de ida y vuelta había servido para entender que el tesoro con el que había soñado lo tenía más cerca de lo que pensaba, lo poseía ella misma, estaba en su interior, en su propia persona. Desde entonces viaja a diario al interior de sí misma y descubre tesoros escondidos con los que se siente satisfecha. Cuando le hablan de sucesos extraordinarios lejos de sí misma, se queda pensativa y sonríe”.

No sé si Sara dormirá tranquila; yo sí, después de habérselo contado.