jueves, 20 de febrero de 2014

NO MÁS QUE UN SIMPLE APUNTE


“Pensar que en esta vida las cosas de ella han de durar siempre en un estado es pensar en lo excusado, entes parece que ella anda todo en redondo, digo, a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua; sola la vida humana corre a su fin ligera más que el viento, sin esperar renovarse si no es en la otra, que no tiene términos que la limiten.” Don Quijote, 2, LIII.
Cada vez que cruzan mis ojos este pasaje, más me convenzo de la validez múltiple que tiene, del valor polisémico de la idea que encierra y de que me sirve lo mismo para un roto que para un  descosido, pues, con él bien interpretado, la prenda vuelve a quedar lisa y como nueva, o acaso para tirarla definitivamente a la basura. Solo se necesita un poco de tiempo y algo de serenidad para entender que todo él es verdad, a pesar de todos los pesares.
A veces se construyen ideales, necesarios seguramente para seguir viviendo, que, se cumplan o no, siempre tienen un fin y dan paso a otras posibilidades de ese tejido interminable que van urdiendo el tiempo y el espacio. Cuanto más amplio es el campo en el que juegan las cosas, más se confirma esta verdad. ¿Quién puede reconocer, ni siquiera de nombre, a no sé cuántos reyes medievales, que, en su época eran referencia para todos los súbditos? ¿Dónde los restos de la grandeza del imperio romano? ¿Qué es aquello de la guerra in-civil para casi todas las generaciones jóvenes? ¿Hubo alguna vez alguna industria textil pujante en esta estrecha ciudad de Béjar? ¿Cuál fue la primera gran ilusión de mi niñez? ¿Me recordarán mis alumnos de hace cinco años? Y en la dirección contraria, ¿qué puedo yo saber del futuro de mi nieta?, ¿no saldremos algún día de la crisis, aunque sea para repetirla con otros argumentos?, ¿no es verdad que el verano llegará con toda certeza?
Parece que todo nos acerca a un carpe diem irremediable. El asunto creo que es algo más profundo y desconsolador, pues, al fin al fin, parece que todo da igual y que se nos va de las manos como un pez resbaladizo. Lo bueno ya cambiará alguna vez en menos bueno, y lo malo se tornará sin remisión en algo mejor. Me veo aparecer a Schopenhauer por la puerta y no quiero que venga a amargarme este rato, pero ahí sigue esperando.
Y, si el nivel se queda en carpe diem, tampoco está tan claro cuál de los dos remedios es el mejor para agarrarse y coserse a él: la abulia o la acción continua. Y, aun en la acción continua, ¿en el sentido del gozo o en el de la purificación?
Porque asoma en el horizonte la primavera, se marchará el invierno, llegarán los calores, pasarán los días y no volverán los años. O vendrán a su modo y a su antojo, sin importarles nada estas reflexiones.

Pero, ea, que mañana amanecerá Dios y medraremos.

miércoles, 19 de febrero de 2014

CON LAS PRIMERAS FLORES DEL ALMENDRO

CON LAS PRIMERAS FLORES DEL ALMENDRO
(Calle Olivillas, bajada del Túnel, 19 de febrero)

Se recordó la vida en el almendro
y decidió volver hasta las ramas,
heraldos de fulgor en flores blancas
que miran asustadas hacia el cielo.

Las piedras expulsaron, desde dentro
de sus rendijas húmedas, la savia
guardada en la hendidura y olvidada
en lo más escondido del invierno.

La pared, temblorosa, las contempla
como primer vagido en lo profundo
de una incipiente y tenue primavera.

Yo también, en silencio, me descubro
deseando, con aires de nostalgia,

que me transforme en vida la mañana.

lunes, 17 de febrero de 2014

LA AMBICIÓN DE CÉSAR Y DE QIN SHI HUANG


El fin de semana me llevó a Madrid. Siempre que voy cumplo con placer varios protocolos: viajes, visitas, compras, paseos, espectáculos, consideraciones que se repiten… Todos estos fines de semana suelen ser muy cumplidos y con escasos tiempos muertos; y eso que a mí realmente lo que me interesa es la visita a mis familiares y el tiempo que puedo pasar con ellos.
Asistí a dos espectáculos culturales bien distintos pero con poso común: la puesta en escena de “Julio César”, la obra de Shakespeare, con traducción fantástica de Ángel Luis Pujante; y la exposición de los Guerreros de Xian, en el centro Fernando Fernán Gómez.
Con independencia de cualquier consideración artística, creí ver en ambos casos la expresión de lo que puede conllevar la ambición desmedida en la que muchos seres humanos se embarcan, sobre todo en cuanto tienen en sus manos un poco de poder. A César lo juzgaron las consideraciones de sus propios compañeros y de sus amigos Bruto, Casio y compañía; a Qin Shi Huang le perdió la tiranía y la imbecilidad de aspirar desmedidamente a la inmortalidad a costa de todos los demás. Ambos han permanecido en el tiempo, es verdad, pero para consideración de los demás seres acerca de si sus ambiciones fueron justas o fueron desmedidas.
Porque parece que algún grado de ambición en la vida es saludable: lo contrario es un vestido de indolencia y de abulia. Pero, ¿cuáles han de ser los límites de esa ambición?, ¿a quién tiene que llevarse por delante su consecución? Y, si se me permite, ¿con qué fines, si se sabe que el final siempre es próximo en los parámetros infinitos del tiempo?
Tengo la impresión de haber conocido a algún César y a algún Qin Shi Huang, que han llegado socialmente muy arriba, pero a costa de demasiados cadáveres en el campo de batalla y con muy escaso reparto de dignidades cuando se hallan en la tribuna. Se me vienen a la mente enseguida algunos nombres. Son actitudes que me disgustan profundamente.
En muchos casos, y es la segunda consideración que apunto en estas líneas, la ambición lleva a mover las conciencias de las masas en un ejercicio de fácil demagogia en el que el vaivén multitudinario y el aplauso sencillo se consiguen mejor que el flujo de las olas cuando sube la marea. César lo conseguía con el pan y el circo, Qin Shi Huang era más brusco y aplicaba el filo de la espada.
¿Y qué otra cosa se emplea ahora para ese adormecimiento de conciencias sino el pan, el circo y la espada forrada de terciopelo e invisible,  en una lucha feroz trucada de números y de imágenes?
Césares y emperadores, figurones y espectadores idiotas, banqueros y aspirantes a llegar a fin de mes, ilusionados e ilusionistas, y todos los otros niveles cotidianos de más y de menos, de engañantes y de engañados.
¿Hasta dónde es permisible la ambición si supone el sometimiento y la falta de libertad de los demás? ¿En nombre de qué y con qué acciones podemos actuar para eliminar esas ambiciones desmedidas? Cuando se quiere eliminar un exceso de poder, ¿con qué fin lo hacemos?, ¿no será para cambiar el sujeto ambicioso solamente?

En Madrid quedaron Julio César y Qin Shi Huang; el concepto de la ambición, del poder desmedido y la privación de libertad para los demás que ello supone se expandieron en el aire y esta mañana de lunes vinieron a mi mente y a esta ventana en la que se han posado.

viernes, 14 de febrero de 2014

A DESCANSAR, CABALLERO Y ESCUDERO


Me he mojado estos últimos días con la lluvia, siguiendo los paseos de don Quijote y de Sancho por esos mundos de la fantasía. Y he llegado a tiempo de volverlos a recoger bajo techado para que no se mojen el fin de semana, pues me reclaman en otro sitio y no puedo atenderlos. Ya sé que la vuelta no ha sido ni la más gallarda ni la más espectacular, metido el caballero en una jaula de animales y atado e indefenso, como si de un reo peligroso se tratara. Si comparo con toreros, cantantes, futbolistas o famosetes de turno, no me cuadra nada, pues a todos estos últimos los pasean y los paseamos como si fueran los salvadores del mundo. Alguien tiene que explicarme esto porque no logro entenderlo.
Pero, al fin al fin, el caballero de la Triste Figura, cansado de batallar, viene vencido y triste y dispuesto a reponerse. No demasiado, claro, pues, ya sé que, en cuanto pasan unos días, el cura (otra vez el cura) y el barbero (supongo que con su bote de melocotón a cuestas: es un decir) van a visitarle y pegan la hebra. Y, como sucede ahora mismo, no se les ocurre otra cosa que “arreglar el mundo” con sus ideas; algo así como si, tomando unos vinos, nos soltamos y ofrecemos al Gobierno la solución a nuestra crisis. Entonces la crisis se le achacaba al turco, pero es igual.
A don Quijote le dieron donde más le dolía. ¡Un caballero andante al que se le piden soluciones! Nada más a mano y sencillo: la resurrección de la caballería, la confabulación de unos cuantos, y adiós al turco y a cualquier dificultad. Lo que digo, como ahorita mismo en nuestras charlas de café. De hecho, solo falta que Sancho suelte la boca para echarse ambos de nuevo al camino.
El libro, el caballero y el escudero nos enseñan la necesidad de la ilusión, pero también la obligación de la mesura y de la razón para poner algo de calma a la vida, a la convivencia y a todo. No es fácil en un país de exageraciones y de extremos como este. Tampoco es bueno desinteresarse de lo que pasa. Conjugar ambas verdades no es lo peor.

Pero, de momento, durante este fin de semana, caballero y escudero, a descansar, a reponerse y a dejarse de aventuras. La próxima semana será otra cosa, pues volveréis a ser caballeros que a las aventuras van, y amanecerá Dios y medraremos.

jueves, 13 de febrero de 2014

VAYA CRUZ CON LA "CRUZ DE LOS CAÍDOS"


Hasta este apartamiento en que me hallo, sin salir a la calle casi nada, lejos del ruido que me acosa, me llegan las noticias, las ideas que dicen que preocupan a la gente. Todo lo dice a voces la boca de los medios, el altavoz continuo de la tele o la ventana blanca que soporta esta mesa y que me abre las palabras del mundo.
Y hasta mí llegan voces de todos los espacios y niveles. Por ejemplo de Béjar, de esta ciudad estrecha en la que van pasando mis días y mis noches, de esta ciudad en la que simplemente me voy volviendo viejo, como todos.
Una de ellas dice que nuestro ayuntamiento va a reponer la Cruz de los Caídos en el mismo lugar en el que anduvo clavada durante tantos años. En los últimos tiempos se ha construido en la calle Colón un aparcamiento después de desmontar un pequeño parque público, parque que ahora se repone sobre la obra realizada. En su esquinazo más visible, se volverá a poner la susodicha cruz, que recordará la guerra incivil aunque supongo que ya sin los nombres de los “caídos” solo en el bando vencedor.
La construcción de ese aparcamiento tiene mucha importancia en la intrahistoria de esta ciudad estrecha: yo creo que fue una de las causas de la pérdida de las elecciones municipales últimas por parte del PSOE. En su tramitación se mezclaron errores con malos modos y puesta en marcha del todo vale con tal de difamar y de conseguir arrancar un puñado de votos. Otros lo podrían explicar mejor que yo. Una más de la derecha política. Después, todo ha quedado en un uso privatizado y en otro bien del que se ha desentendido el poder público. Es la línea, la desgraciada línea de actuación: no hay que extrañarse.
La Cruz de los Caídos ha servido de muestra durante muchos decenios de lo que ha supuesto la vida en este país y en esta comunidad: solo un grupo, el vencedor; solo un dogma, el católico. Y así, cogiditos de la mano, nos han llevado a todos y han impuesto sus normas y su estilo, han dejado de lado y han ignorado a todas las familias de los que sencillamente pensaron de otra manera y tuvieron la desgracia de “perder” en aquella infame guerra incivil. Durante más de cuarenta años. Año a año, mes a mes, semana a semana, día a día, hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo. Y aún andan resistiéndose a dar un paso al frente, a entender que esa infamia duele a los humillados, que hay símbolos que hieren como espadas con filo, que ya está bien de andar venciendo siempre.
Es verdad que el paso del tiempo va dejando los símbolos más laxos, como destensados y muertos, arrumbados y solo a la intemperie de las medidas físicas y el frío de las piedras. Es verdad. También es algo cierto que poner líneas rojas no es siempre tan sencillo, sobre todo si el símbolo se acoge a la trampa de “todos los caídos” donde antes solo eran los muertos “por Dios y por España”.
Pero ahora era el momento de pasar esa página de escarnio, de no insultar de nuevo con el recuerdo negro. Porque ahí no estarán nunca en el recuerdo “todos” los que cayeron, solo algunos. Desde ese saliente que parece que asusta, siempre de arriba abajo, siempre como mostrando que pervives solo si te perdonan.
Y la cruz y la espada siempre juntas, sobre todo la espada que más corta y que sirve de medio para segar de cuajo tantas vidas. Qué soplo de vergüenza, que bofetón de ira, qué rayo de barbarie y de miseria.

Con su misma medicina: “Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.” San Pablo a los Corintios 13:1

miércoles, 12 de febrero de 2014

JURARÍA QUE FUE LA BATA BLANCA

JURARÍA QUE FUE LA BATA BLANCA
Me he puesto a recordar aquellos restos
que abandonó en la playa la tormenta,
ciclogénesis última
de un largo enfrentamiento de dos cuerpos
luchando a cuerpo limpio
por alcanzar del fuego el apogeo.

Todo fuerza y sudor, todo tormenta
desatada sin causa y sin complejos.

Los tópicos, al limbo del olvido:
ni cabellos de oro, ni las cejas
como arcos en el cielo, ni los ojos
lucientes y brillantes como soles,
tampoco las mejillas como rosas,
ni los labios corales o los dientes
cual perlas que se engastan en collares
naufragando en los mares de la boca,
ni marfil en las manos
ni mármol en el cuello, ni tampoco
el mar de los sargazos en la hondura
de tus carnes rosadas: un retrato
frío y desangelado, entre las páginas
de un libro o de las reglas de un tratado.

Solo fuiste pasión en bata blanca,
que cayó como un árbol, empujada
por la extrema impaciencia de mis manos
y ganas, y más ganas
de romper con la luz de los espejos
y todos los malditos mandamientos
pactados en la ley de las iglesias.

Hoy recuerdo feliz la bata blanca,
su descenso hasta suelo y la presencia
de aquel cuerpo de luz que me sedujo
y me desdibujó hasta convertirme

en lava y en torrente y en pecado.

lunes, 10 de febrero de 2014

EL SANTO AL CIELO


Diversas circunstancias me obligan a comer muchos días solo. A veces me acompaña el ruido de la tele; otras me envuelve el acordado sonido de la música; siempre, de fondo, el paisaje y el cielo.
En estas circunstancias no tengo que dar cuenta a nadie, salvo a mí mismo, ni de mi frugalidad ni de mi glotonería; tampoco de la velocidad ni de los gustos  o formas con las que me hago con la comida y con sus beneficios. El ambiente lo pongo yo; el ritmo, también; las formas, lo mismo.
Me llaman mucho la atención las formas a las que se someten los personajes y las personas de toda clase en las reuniones sociales. Me llaman no por la necesidad de comportarse con buenos modales en público, sino por lo que me parecen evidentes sobreactuaciones y pérdidas de la naturalidad. He visto a gentes bebiendo agua de un vaso que se las ve y se las desea para ingerir apenas un sorbo por las posturicas raras, tal vez hollywoodienses; las mismas personas que tal vez no hilan ni un silogismo elemental. Qué se le va a hacer, es la vida, y son las tonterías que se nos imponen en tantas situaciones y momentos.
Otra vez me quedo con las impresiones de Cervantes en boca de su dúo inseparable. Esto le decía Sancho a don Quijote en respuesta a una invitación a sentarse a su lado para comer, en mesa redonda con unos cabreros:
“!-Gran merced! -dijo Sancho-; pero sé decir a vuestra merced que como yo tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comería en pie y a mis solas como sentado a par de un emperador. Y aun si va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene en gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo. Así que, señor mío, estas honras que vuestra merced quiere darme por ser ministro y adherente de la caballería andante, como lo soy siendo escudero de vuestra merced, conviértalas en otras cosas que me sean de más acomodo y provecho, que estas, aunque las doy por bien recibidas, las renuncio para desde aquí al fin del mundo.” Cap. XI, 1ª parte.
Y todo esto en un ambiente, al fin y al cabo, distendido y no precisamente versallesco, pues eran cabreros sus acompañantes. Tal vez por ello “No entendían los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de caballeros andantes, y no hacían otra cosa que comer y callar y mirar a sus huéspedes, que con mucho donaire y gana embaulaban tasajo como puño. Acabado el servicio  de carne, tendieron sobre las zaleas gran cantidad de bellotas avellanadas, y juntamente pusieron un medio queso, más duro que si fuera hecho de argamasa. No estaba en esto ocioso el cuerno (del vino), porque andaba a la redonda tan a menudo, ya lleno, ya vacío, como arcaduz de noria, que con facilidad vació un zaque (una bota) de dos que estaban de manifiesto.”
En estas andaban, menudeando la bota y dejándose llevar por las manos en las viandas, cuando a don Quijote se le soltó la lengua y desembuchó el famoso discurso de la Edad de Oro, allí, en medio del campo, al amparo de cualquier encina y al arrullo del agua de cualquier arroyo. Pero su glosa ya se me hace larga para este contexto.

Pensaba haber dejado nota sobre las apariencias, no de los modos en la comida, sino sobre los vestidos en los Goya, pero se me fue el santo al cielo y la memoria a las comidillas de los sábados en el campo, tal cual Sancho y don Quijote, como cabreros y como pastores al cobijo del té y de las bebidas, que también embaulamos mientras se nos va la lengua en arreglar el mundo en imaginación de otra Edad de Oro, tan alejada de esta Edad de Bronce, de Hierro y aun de Cobre en la que vivimos.