jueves, 14 de junio de 2012

PASEANDO POR LA SIERRA DE FRANCIA (5)


Nuevo repaso a la contemplación panorámica, con especial profundidad para la sierra de Béjar, allá al frente, al otro lado del sur de la provincia de Salamanca. Las vírgenes coronan todas las cimas en una mezcla extraña de amor y de amenaza. Pero eso ahora no toca y es mejor dejarlo todo a la imaginación y al gozo de los sentidos.
Unos alimentos reparadores y descenso por la misma senda. Ahora en dirección a La Alberca. Arriba han dejado los caminantes muchas sensaciones, en el descenso dejan también buenos ratos de charla y un montón de miradas y de ganas de fundirse con la naturaleza.
Hasta el valle del río Francia, todo es descenso. Las rodillas se resienten y piden precauciones. Se toman y ya está. Cuando los caminantes llegan al río, vuelven de nuevo la vista hacia la cima, hacia el santuario en el que antes han cantado, hacia el mirador desde el que han contemplado tanto paisaje y desde donde han evocado la presencia de tantas personas devotas  o simplemente viajeras por estas sierras.
Qué fresca el agua del río. Dicen que en este valle llueve como en casi ningún otro sitio. Debe de ser verdad, porque enseguida el cauce crece y rueda rumoroso. Es casi mediodía y no se puede parar mucho al lado de su lecho pues hay que llegar a La Alberca para comer. Aunque sea tarde.
Tras una empinada cuesta, el camino, que aquí se ha hecho pista forestal, se suaviza y comienza un descenso hasta el pueblo. A él llegan los caminantes a las tres de la tarde ya pasadas. Solo hay tiempo para encontrar un buen sitio donde comer y descansar. La Plaza Mayor es lugar seguro. En ella los recibe un restaurante con buenas apariencias. A comer.
Como a buen hambre no hay pan malo, las viandas que embaúlan los caminantes les saben a gloria celestial. La comida termina con un postre casero y un rato de reposo ante el televisor viendo tenis del mejor. Esto de la civilización tiene estas cosas. Qué le vamos a hacer.
El pueblo de La Alberca es bien conocido, también por los caminantes, pero tienen tiempo de recorrer alguna de sus calles antes de poner pie en carretera para dar cuenta de los kilómetros que la separan del Casarito y de La Nava. Habían pensado en ir por caminos apartados, pero no encuentran la senda y desisten. No es el mejor sitio la carretera para caminar por sus arcenes, pero alguna ventaja tiene, como la de tomar el pulso a la actividad de la zona según el volumen de vehículos que la transitan. No son muchos aunque no faltan. Algunos hombres andan desbrozando los márgenes y cuentan a los caminantes que preparan el ensanche de la vía. No es mala señal para estos tiempos de crisis.
En la cota en la que se mueven, se mezclan árboles frutales con robles y alguna huerta. Un majestuoso hotel restaurante en forma de castillo deja ver sus torres desde el interior del arbolado. Y. además, lleva el nombre de los legendarios hombres del Temple. En la vaguada más honda se esconde el río Francia, el mismo que unas horas antes han cruzado los caminantes cerda de su nacimiento. Pero aquí no pararán pues les aguarda una buena cuesta y tienen ganas de llegar a lo alto para encarar con calma la llanura que les llevará al Casarito.
En cuanto llegan a ese alto, una vereda a la izquierda les enseña la existencia de otra senda. Enseguida se apartan de la carretera y se sumergen entre la vegetación. El sendero zigzaguea
entre sombras, esas que tanto agradecen los caminantes a esas horas. El camino está vencido. Un poco más y los bares y restaurantes del Casarito aparecen.
Los caminantes están cansados y sudorosos. Necesitan descansar y beber líquido. Lo hacen con alegría y hasta con avidez. Otra vez la frescura y el aliento, la charla y el acomodo, la sensación de haber pasado otro buen día.
El coche les evita la caminata de otros dos kilómetros y medio hasta el pueblo. Aún hay que hacer las tareas de fin de día: ducha, cena, paseo, llamadas de teléfono…
La noche se serena. Los caminantes están otra vez a los pies de la Peña, de esa cima misteriosa a la que han ascendido durante el día y en la que han pasado unas horas de grato recuerdo.
Los paisajes naturales y espirituales se mezclan aquí de forma armónica, la historia y la leyenda también. Los caminantes se duermen con el arrullo de ambos. Hasta mañana.

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