jueves, 8 de noviembre de 2018

PLEITOS TENGAS Y LOS GANES



Así reza un dicho popular, que viene a recordarnos lo engorroso que resulta litigar y los perjuicios que ello puede acarrear. Por eso, tal vez, no sería malo añadir aquello otro que reza de esta manera: El mejor juez es el que no existe.
No tengo recuerdos de ningún juicio que me haya afectado directamente, pero me aterra pensar el poder casi omnímodo que tienen los jueces. Si un juez se empeña, esta misma noche el presidente del Gobierno duerme en chirona y nada lo puede impedir. Mañana ya veremos, pero, de momento, mejor que no se le ponga en las narices al juez de turno.
Anda medio país escandalizado y avergonzado ante la sentencia del Tribunal Supremo que tiene que ver con el asunto de las escrituras de las hipotecas, eso que técnicamente llaman actos jurídicos documentados. Y yo creo que lo está con razón. El asunto viene a corroborar, una vez más, que el fuerte siempre termina llevándose el gato al agua. Tampoco habría sucedido nada muy distinto en caso de que la sentencia se hubiera producido en sentido contrario, pues los bancos habrían repercutido ese gasto en otro apartado distinto y todos tan contentos: a pagar los de siempre. El asunto, me parece, tiene muchas aristas y un alcance que va mucho más allá de estos fuegos fatuos repentinos, aumentados de nuevo por los medios de comunicación y su morbo del instante. Yo, en este formato, y siempre desde la precaución de mis conocimientos muy limitados del asunto, solo puedo formular alguna consideración, aquella que pueda tener, según mi opinión, más alcance.
Es generalidad recordar que un sistema democrático se apoya en tres poderes independientes: legislativo, ejecutivo y judicial.
Ser independientes no significa que cada uno actúe según le venga en ganas. El primero y principal poder es el legislativo. Este es el único elegido por los ciudadanos y el encargado de regular la convivencia de la comunidad a través de las leyes que vaya aprobando. Los otros dos no son más que ejecutores de esas leyes: el ejecutivo haciéndolas cumplir y el legislativo decidiendo acerca de la legalidad de ese cumplimiento. Nada más. Son, por tanto, posteriores y, si me permiten, subsidiarios del primero.
En alguna ocasión he hablado de los integrantes de las fuerzas armadas como unos obreritos más, que cumplen como los demás en su trabajo. Hoy tengo que recordar que los jueces son también obreritos, que cumplen la función que se les ha encomendado y reciben un salario por ello. Por cierto, bastante más generoso que el que recibe un albañil o un enfermero.
La independencia judicial solo puede estar garantizada por la integridad moral y por la inteligencia de los jueces. Los demás tenemos la obligación de mantenerlos dignamente para que no caigan en la tentación… Nada más. Tan solo eso.
De modo que habría que mirar un poco más al poder legislativo (Congreso y Senado), del cual emanan las leyes y pensar que, si las leyes no se les ofrecen al ejecutivo y al judicial bien claras y precisas, la interpretación gana terreno y las sentencias pueden ser muy variadas. Y luego nos encontramos con lo que nos encontramos.
No entiendo muy bien por qué, en este caso, se le echan culpas a algún juez en especial cuando la resolución se ha tomado en un grupo de casi treinta jueces especializados.
El tenor literal de la ley no debería estar tan claro cuando la interpretación ha sido tan discutida y enfrentada.
Vamos, pues, a mirar algo más al poder legislativo; exijámosle un nivel intelectual, de razonamiento y de altura de miras digno de la comunidad a la que representan; y no aplaudamos las peleas de gallos en las que el hemiciclo se convierte con tanta frecuencia.
La democracia exige que cualquier ciudadano pueda ser representante de los demás. Pero, ¿qué exigencias tienen algunos diputados y senadores a la vista de lo que manifiestan y dejan entrever en sus cabecitas?
¿Qué influencia tienen los medios a la hora de crear o derribar héroes en esta fiesta continua de fuegos artificiales?
Y tan solo una más, que me alcanza más de cerca. La realidad vital no se puede pasar al código legislativo, porque la vida no cabe en las leyes. Por muy perfectas que estas sean. La vida es mucho más rica y variada. Las leyes deben buscar la exactitud y la concreción, aun sabiendo que nunca las van a alcanzar. Alguna función tendrían que cumplir los expertos en las palabras.
Como la exactitud es imposible, dejemos que el sentido común y la buena voluntad nos guíen por el camino menos malo.
Y que no se exciten ni los banqueros ni los usuarios: al final, de una manera o de otra, los paganos serán los de siempre. Al menos en una sociedad con una balanza de fuerzas como esta.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Magistral, amigo Antonio! Este texto debería ser de aprendizaje obligatorio para quienes quieran dedicarse a la política, a la magistratura o a la comunicación.

A.Merino

Antonio dijo...

Gracias.