viernes, 16 de noviembre de 2018

USAL 800 AÑOS: EL ESPÍRITU DE SALAMANCA



La Universidad de Salamanca (USAL) cumple su octavo centenario. Lleva todo el año de celebración en celebración y debe de andar ya casi agotada con tanta efeméride y tanto festejo. Tengo algún prejuicio cada vez que aparece la imagen de la universidad española; pero ocho siglos son ocho siglos y su historia está cuajada de hechos, conceptos, adelantos, atrasos, visiones, creaciones… de todo tipo. Y en Salamanca más. Repasar la nómina de los que por ella han pasado asusta y reconforta a la vez. Y acaso aún más si se considera como centro integral de influencia en toda la historia de España. De modo que el balance resulta claramente positivo. Y eso que, en algún momento, estuvo a punto de desaparecer.
Hoy me interesa pararme a considerar que, por puro azar geográfico, temporal y social, yo formo humildemente parte de esa historia extensa y variadísima de gentes que han pasado por sus aulas, que se han formado en ellas y que han impartido clases en ella.
Los últimos años del franquismo me vieron subiendo y bajando las escaleras de Anaya (paseé también por las aulas de derecho, pero soy de Anaya y de letras, lo confieso), asistiendo a asambleas en Anayita, observando los últimos coletazos de la dictadura y comprobando cómo día a día aquello se venía abajo. Allí se concretaron muchas cosas de tipo personal y colectivo, y de asuntos académicos y sociales. A mi mente acuden imágenes de clases con el libro de texto y las indicaciones directas que me atrevía a hacer a algunos estudiantes acerca de lo inútil de escribir literalmente apuntes cuando eso mismo estaba ya muy bien reflejado y redactado en el libro, o aquellas huelgas interminables y no demasiadas veces bien justificadas. En más de una ocasión, defendí públicamente la bondad de empezar las vacaciones de Navidad el mismo día que se ponía a votación su aplicación en asamblea, si es que lo que se debía imponer era la simple voluntad de los votantes y no el razonamiento y las causas que las justificaran; la perplejidad se apoderaba del ambiente ante propuesta tan imprevista. O algunas de las clases desiguales de profesores varios; desde la de aquel que se negó a impartirla el día que se olvidó en su casa los apuntes, hasta la del que llenaba el aula fuera cual fuera la hora en que la impartía, con sus labios bordeados de espuma y su sabiduría e ilusión a cuestas. En gloriosa ocasión escribí al decano para exigir explicaciones de por qué no comenzaban las clases a su tiempo. No hubo contestación, pero la carta andará entre los fondos escondida. Son simplemente anécdotas del libro de los días.
Por primera vez en la larga historia de la universidad, por aquellos años acudíamos a ella jóvenes de todo tipo (ah, las becas salario, por ejemplo), se empezaba a romper la exclusividad, pero se visualizaban grupos e intereses muy diferentes. Incluso entre facultades. Las licenciaturas “técnicas” escaseaban y en Salamanca las facultades de letras mantenían su prestigio por trayectoria y maestros. Tuve la suerte de tenerlos de todo tipo, muchos excelentes y prestigiosos; otros no tanto, pero a todos les debo agradecimiento. Por ello, tal vez, se mantuvo durante muchos años aquello de la excelencia del título por Salamanca. No sé si queda mucho de esa idea prefijada, ni en realidad me importa demasiado.
En ella impartí clases durante varios años, en Cursos Internacionales. Tuve alumnos de todas las partes del mundo y la oportunidad de compartir visiones muy diferentes de la realidad. Creo que eso enriquece a todos; desde luego a mí. Haber aprobado oposiciones para un puesto en otro centro y algunas historias personales que recordar no quiero y que no vienen al caso me alejaron de sus aulas para encauzar de otra manera mi actividad profesional. Todavía volví a la facultad para alcanzar algún título más y para realizar mis cursos de doctorado y, en algún caso posterior, se me encargó la docencia de algún curso. En fin, tantas historias personales…
Vuelvo la vista atrás y, tal vez con las gafas de abuelo cebolleta, me veo casi siempre con algún asidero a esa universidad, gloriosa por el tiempo y por tanto como en ella se ha cocido y creado. Los que hemos estudiado letras y nos movemos en el mundo de las humanidades estamos si cabe más de enhorabuena: muchísimos de los referentes profesionales pasaron por sus aulas, han sido y son nuestros colegas, y eso obliga muchísimo, por respeto y decencia.
Yo soy solo uno más, uno de tantos, que acaso se sumergió en sus aguas y en su ambiente y que creyó ver que su esencia era y es la propuesta, la visión siempre abierta de las cosas, la razón y el diálogo por encima de todo dogma impuesto, la curiosidad como eje y empuje de la vida, la honestidad como arma cargada de futuro y un poco de humildad como formato para atacar la vida.
Me gustaría pensar que la universidad pasó por mí y no solo que yo pasé por la universidad: son cosas tan distintas…
Después la vida sigue. En Salamanca o en cualquier otro sitio. Y hay que llenarla siempre de espíritu inquieto y razonado; si no, solo serán los títulos colgados en la pared de enfrente. Eso es muy poco, demasiado poco, casi nada. Mejor que en el camino nos acompañe siempre el espíritu de Salamanca, el que fueron creando los maestros aquellos que regaron sus aulas de saber y constancia. Son ya ochocientos años, una historia muy larga. En una esquinita humilde del camino me encuentro con mis pasos por sus aulas y sus claustros. Que sus ecos me sigan donde quiera que vaya.

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