martes, 18 de junio de 2013

UNA TEORÍA ESPECIAL DEL CAOS

Supongamos, que esto todavía sigue siendo gratis, que un día de estos nos vamos de tonda, o sea, a robar cerezas a los montes de Hervás. Supongamos que acertamos con el tiempo porque ha dejado de llover y de empeñarse el tiempo en no consentir que el sol se apodere del paisaje y de que suelte los cuerpos al calor y al despendole. Supongamos que yo me sigo encargando de los asuntos atmosféricos porque tengo algo de vara alta en los asuntos celestiales, aunque no haya manera de encontrar hilo directo con los representantes eclesiales de la zona. Supongamos, además, que las cerezas se hallan en su punto, con ese colorete oscuro y denso que provoca a las manos y las hace alargar como sarmientos en busca de las paredes. Supongamos, incluso, que los andares se nos hacen llevaderos por esas cuestas que ascienden hasta la base del Pinajarro y que llegamos hasta bien arriba, hasta donde los regatos se desploman como cervatillos saltando por las peñas, sin saber exactamente adónde van. Bueno, no sé si no es ya mucho suponer. Pero es que habíamos dicho que eso de la suposición todavía era gratis, y encontrarse con algo regalado incita a almacenar de su sustancia para las horas difíciles y para los momentos de escasez.
Pues bien, ya hemos supuesto y estamos en cuesta abajo, a la vera de una finca llena de árboles cargaditos de cerezas pidiendo ser recogidas y liberadas de la invasión de los pájaros. Acaso es un día de diario pues los de fin de semana suelen andar por ahora cargados de hijos y familiares de las capitales que vienen en ayuda de los nativos para hacer más liviana la carga del alivio de los cerezos, y ahora, en medio de la semana, a pesar del paro y del buen tiempo, acaso los campos anden más solos. Acaso. Tal vez, a esas alturas serranas, el señor mayor del valle se haya cansado de subir y hasta se haya olvidado de aquellos cerezos que cultivaba con tanto mimo hace tan solo unos años, pero que ahora, con los años que se van echando encima y los precios bajos que se le ofrecen por cada cesta o caja de cerezas, puede que piense que no merece la pena andar subiendo y bajando, extendiendo y encogiendo manos, apañando y desapañando fruto.
Tal vez entonces sea el momento de poner en marcha la teoría de las causalidades, esa que viene a demostrar que la realidad parece un caos extraño y siempre caprichoso, pero que, en realidad, no lo es tal porque todo sistema tiene sus excepciones y se justifica precisamente por esos casos especiales, de modo que son esos momentos extraños que no obedecen a la lógica abstrusa de los razonamientos los que aseguran que la teoría es buena y aplicable, si bien conviene no abusar de ella ni en tiempos ni en repeticiones.
En tal caso, nos situaremos cerca de un cerezal abundoso y reluciente, nos elevaremos sobre una pared, hasta la que habremos subido tranquilamente pero oteando el horizonte, abocinaremos la boca con las manos y, primero suavemente y luego con toda la fuerza posible, invocaremos la presencia de un posible dueño con nombre un tanto extraño -o al menos escaso, pues esto de la globalización lo está poniendo todo por los suelos-. Con Anselmo no suele dar malos resultados. No es necesario invocarlo más de dos o tres veces. Si no responde nadie, todo el monte será desde ese momento orégano; si responde alguien, habrá que ser ágil para pedir disculpas y entender el equívoco como única manera de seguir el camino e intentar la jugada un trecho más allá. La costumbre y la agilidad mental siempre se ponen de tu parte si no alteras tu ánimo.
Pero la teoría de las casualidades implica demasiadas variables para que se dé la segunda de las posibilidades. Vamos a ver. ¿Por qué tiene que saber el dueño que el cielo no le va a jarrear encima? ¿No puede pensar que mejor está sentadito a la sombra en su jardín en vez de andar por esos campos de Dios? ¿No se acordará de lo poco que van a pagarle por el esfuerzo que va a tener que realizar durante toda la jornada? ¿Pero el buen hombre de Dios va a tener que llamarse Anselmo precisamente? ¿Seguro que tiene familiares en Madrid o en otras ciudades? ¿Por qué tienen que venir a ayudarle y menos en un día de diario? Y para remate, si tiene que encontrarse con algún furtivo que le lleva las cerezas de su campo de frutas, ¿por qué ha de ser con nosotros y no con los que habían pasado antes o han de venir más tarde? No hombre, no, hasta ahí podíamos llegar. Poca mano he de tener yo en eso del azar y de las teorías del caos controlado o a nosotros no nos tiene que tocar la china, pues todas son coincidencias realmente triviales, pero todas a la vez no se pueden presentar.  
Lo malo de todo es que con que se salten la línea del azar a la torera dos variables ya me descabala todo el proceso y me arruinan la mañana. Porque lo cierto es que las tierras están allí, que algún dueño han de tener, que alguna vez subirá a verlas y tal vez a coger las cerezas, que por qué no va a tener algún familiar que se preste a ayudarle en estos días primaverales, y que alguna persona se llamará Anselmo. Es más, lo mismo ese día no va nadie por esos caminos salvo nosotros en busca de las cerezas. Qué sé yo, se dan tantas casualidades…
En el fondo,  es lo mismo que me pasa y nos pasa en la vida diaria y en cualquier ocasión, que andamos tentando la suerte y nos encontramos sorprendidos en cuanto se altera la sucesión de hechos y nos hacen pensar en las razones de esa ruptura.
Así que ya veremos si venimos con cerezas robadas o del mercadillo. Porque no se completaría la teoría del caos si al bajar no nos acercáramos a comprar unos kilos de cerezas en el pueblo. Tal vez al mismo dueño de la suerte en la que hemos saciado nuestras ganas de ir de tonda y de embaular cerezas hasta el hartazgo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¿Será casualidad que, sin buscarlo, me haya encontrado de sopetón con esta página? Esta casualidad no la habías tenido en cuenta, ¿eh?. Ni se os ocurra este año venir por estos lares a robarme las cerezas, como lleváis haciendo los últimos años. Esta vez estaremos preparados y os correremos a cerezazos hasta el Pinajarro.

Anselmo.