viernes, 10 de agosto de 2018

SEMANA DE CINE ESPAÑOL EN BÉJAR



Asisto durante toda la semana a las proyecciones de la XXII Semana de Cine Español en el Teatro Cervantes de Béjar. Escasa puntualidad, bastantes espectadores, selección de películas revisable.
En general, se suelen seleccionar películas españolas de directores jóvenes. No me parece mala idea pues suelen incorporar miradas directas y menos atemperadas sobre los asuntos que plantean. Seguramente mi conciencia necesita un agitado de vez en cuando, como para no quedarse parada y buscando demasiados perfiles a las cosas. Pero no sé si la mejor forma es esta.
Se me ha producido cada noche una mezcla extraña de sensaciones. Al desparpajo admirable de la señora Salmerón en Muchos hijos, un mono y un castillo no le veía más que un fondo de mujer privilegiada, un poco bastante vacía de coco, con una vida regalada y con unas confidencias de final de vida y a toro pasado. Así cualquiera. Y encima a quedar bien ante los demás y como mujer guay.
Más terreno de salvación encontré en El autor, aunque con situaciones límite que no sé muy bien cuál es la realidad que representan.
El pastor, obra de ambientación castellana, y armuñesa por más señas, rezumaba muchos rastros de Delibes y no pocas gotas de casticismo y elementos trágicos de Unamuno. Pero es que ni ese pastor admirable existe como tal, ni juegan todas las variables que la vida normal y real ofrece. De ese modo, se me queda un sabor agridulce en la garganta ante un tema que tanto me gusta y que con tanta frecuencia me llama a contemplarlo y a pensarlo. Tampoco pienso que la meseta castellana, esa ara gigante que mira al cielo, sea tan gris y amenazante siempre, aunque esta vez intenta ajustar con el clima de tragedia de la obra, y, si se cargan la tintas en la historia, habrá que hacer otro tanto en el paisaje que la alberga.
Selfie es el largometraje que más me ha llamado la atención. Y no en todo de forma positiva. Muy buena la elección en la forma de presentación, con una cámara de seguimiento continuo y el relato directo del protagonista. También el balbuceo continuo y lo que eso representaba como crítica formal y de contenido. Pero si el protagonista era imbécil al principio, no lo era menos al final; si sus formas eran insoportables cuando era y ejercía de pijo social, no lo era menos cuando reclamaba un puesto en otros ambientes social y políticamente tan distintos. Me parece que la crítica se ha de hacer de manera más oblicua, menos directa y exagerada. Creo que así resulta más eficaz y no se vuelve, desde la exageración, contra el que la formula. Porque la realidad es la que es, claro. Pero en la derecha y en el PP no puede estar todo el mundo tan manchado en el fondo y en las formas. Sería horrible. Y, aunque los acomodos sociales y los comportamientos suelen ir de la mano en las formas y en los fondos, sigo pensando que el arte exige siempre la presentación de la realidad de manera más sutil y menos descarnada. Por cierto, y como nota de mal pensado, ayer, ante una película que se sabía que no dejaría en buen lugar las ideas de los miembros del equipo de gobierno del ayuntamiento, nadie apareció por el escenario a sacarse ninguna foto como las demás noches. Casualidad.
Hoy cerraremos con El olivo. Ya la conozco. Tengo mejor opinión, pero creo que incurre en los mismos excesos.
Los cortos que se han proyectado tienen otro comentario, pues en ellos sí que, o presentas lo esencial, o te quedas sin tiempo. Por ello quizás merezcan un poquito más de comprensión. No me apetece decir nada acerca de los dos del primer día, que pretendían descripciones de Béjar, para no desatarme en disparates e improperios. Una cosa es ser bejarano, otra bejaraui, y otra lo que allí se proyectó. Como para empadronarse en otro sitio. Otra vez será. A ver si el que queda de Jesús Arana y sus naturalezas me resulta más soportable. Seguro que sí: menos es muy difícil.
Creo que, en general, el corte generacional se nota y empuja a aprobar o a desaprobar muchas de las creaciones. También en el cine. Si me cuesta más emitir juicio acerca de elementos técnicos y visuales, me atrevo un poco más a afirmar que el poso, el equilibrio y la voz creadora de cada cual se alcanza con los años. Incluso creo que se puede asegurar que algunos tienen ese no sé qué que dejan balbuciendo y otros apuntan a quedarse por el camino mientras sedimentan, toman poso y abren camino en sus formas de crear.
Siga pues el empeño en estas semanas de cine, en las que habría que propiciar un poco más de participación de los espectadores. Para ellos están hechas las películas y ellos deberían tener la última palabra.

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