jueves, 19 de diciembre de 2019

EL VALOR DE LA COSTUMBRE




EL VALOR DE LA COSTUMBRE
Decía el clásico que cada día tiene su afán. ¿Quién puede negar tal cosa? Sin ese afán, cada fecha del calendario sería intercambiable y todo se convertiría en algo homogéneo, de manera que nos llevaría probablemente a una monotonía insufrible. Tal vez lo que no resulte tan sencillo es interpretar correctamente semejante afirmación.
¿Cómo ha de concretarse ese afán?, ¿en qué intensidad hay que colocarlo para hallarnos satisfechos?, ¿tiene que ser totalmente novedoso?, ¿hay que partir cada mañana de cero y descubrir cada uno su mediterráneo particular? Ufffff. Otro montón de dudas.
Comenzamos ya unas fechas que parecen marcar un cambio de costumbres en las comidas, en los horarios y hasta en los ritmos de trabajo. Otro afán diferente. Pero ¿no es otra imposición más, que vendría a repetir el mismo afán de cada año y la misma costumbre cada fin y principio de año?
A uno le sigue gustando la magia de lo novedoso en cada amanecer y en el transcurso de cada día, pero tampoco entiende ya del todo que cada vez que llega la luz haya que crear el mundo. Será la edad. O la falta de luz del invierno. O tal vez el gustillo al sillón y a esas cosas que no tienen mucho sentido en apariencia, pero que van sazonando, en la dulce caricia de la repetición, las horas de cada día.
Salir todos los días a inventarse el mundo y a comérselo puede producir también alucinaciones, empachos e indigestiones. De vez en cuando, pensar lo más mostrenco también produce satisfacciones, y comerse unos torreznos en el campo, sin más, sienta de maravilla. Incluso a costa del colesterol.
Llegan fiestas en las que el poder de la costumbre se alza por encima de los descubrimientos y de los esnobismos. Pues también habrá que saberles sacar su encanto,   que de todo este material está hecho el ser humano.
Ayer me contaban que en algún restaurante ya estaba todo reservado para la cena de Nochebuena y para la comida de Navidad. Cada uno sabrá cómo organizarse: tiene todo el derecho a hacerlo. También lo tienen aquellos que repiten la costumbre de la intimidad familiar, el caldo de siempre y el brindis de rigor. No descubren nada especial, repiten lo de siempre; pero tampoco tienen espíritu de aventureros. Y no se les ve mala cara.
Y me lo cuento yo, que ando cada día expurgando alguna idea que me dé de comer mentalmente. No me lo tengáis en cuenta.

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