sábado, 28 de diciembre de 2019

LA VIDA COMO INOCENTADA




LA VIDA COMO INOCENTADA
Anda uno estos días como recogiendo velas, como plegando (que plegar es lo mismo que llegar y eso es lo que hacían los marineros al llegar a puerto: ya veis qué origen tan bonito tiene nuestra palabra llegar) las sábanas de la imaginación para juntar los recuerdos del año y así hacer borrón y cuenta nueva con el comienzo de otro, que ya se atisba en el horizonte. Hacer esto precisamente el día de los inocentes le da un giro especial, pues no puede uno sustraerse de recordar algunas de las inocentadas que nos ha dejado este último año.
Tengo para mí que la principal de todas es la de dejarnos vivir un año más. Porque ¿esto qué es?: ¿es un regalo?, ¿es una inocentada?, ¿es una ilusión?, ¿es un desengaño?, ¿es un peldaño más?, ¿es un peldaño menos?, ¿es una etapa que mira hacia atrás o hacia adelante? En todo caso, sea lo que sea, es evidente que es. ¿O ni siquiera de esto podemos estar seguros?
Siempre hemos pensado que las inocentadas nos las daban los demás a nosotros o nosotros a los demás, en un camino de ida y vuelta en el que el engaño se hacía dueño de todo. Y algo así sigue sucediéndose en toda esa riada de hechos que se han producido en una dirección que tal vez no nos hubiera convenido o alentando una serie de esperanzas que luego no se han visto cumplidas.
Resulta muy sencillo y facilón echar la culpa a los representantes públicos de estos hechos fallidos, de estas inocentadas. Y buena parte de verdad habrá en ello. Pero me parece que olvidamos con demasiada frecuencia el cúmulo de inocentadas que nos hacemos a nosotros mismos y que nos disculpamos con mayor facilidad que la que lo hacemos con las que nos llegan de fuera.
Creo que contra las inocentadas que nos imponen tenemos menos que hacer que contra las que nos regalamos a nosotros mismos. Resulta más sencilla la enumeración de aquellas que nos afectan a todos que la de aquellas que nos tocan directamente a cada uno y solo a cada uno. La lista de las primeras resulta más sencilla y hasta es pública; la lista de las segundas es más interior y más personal. Que cada cual haga la suya en estos últimos días del año.
Yo debería hacer la mía y en ella reconocerme como un ser engañándose a sí mismo con frecuencia, como persona débil y atenta más al egoísmo y a la supervivencia que a hacer frente a las cosas de cara y a pecho descubierto. En fin, humano, sencillamente humano. Debería también saber jerarquizar los hechos y ordenarlos de mayor a menor, para quedarme con lo que tiene importancia, dejando un poco de lado lo menos importante, que es casi todo. Así, haciendo escalas y pirámides, escalonando hechos, reconociendo errores e inocentadas, salvar lo que permanece, si es que permanece algo. Y, con todo ello, entender que he vivido un año más, que el tiempo me ha dado otro respiro entre sus brazos. No sé si, en el fondo, como la mayor inocentada de todas las vividas este año.
No creo que sea malo precisamente que el ser humano se engañe a sí mismo. Tal vez la vida no sería posible sin esos pequeños engaños. Pero hay que engañarse sabiendo que uno se está engañando. No es ningún juego de palabras. La supervivencia lo exige, la compasión lo entiende, la razón y el sentido común lo perdonan. Yo también.

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