jueves, 5 de diciembre de 2019

OTROS OJOS EXTRAÑOS CON LOS QUE MIRAR EL MUNDO



OTROS OJOS EXTRAÑADOS CON LOS QUE MIRAR AL MUNDO
Por supuesto, esos otros ojos son los míos.
Ayer daba cuenta de la presentación de un libro que recogía la trayectoria vital y de pensamiento de Dorado Montero. Señalé en pocas palabras cuáles son sus líneas maestras a la hora de desarrollar su forma de ver el mundo. No hacía más que recordar lo que tan brillantemente había expuesto en público y en las páginas Laura Pascual Matellán.
No me parece fuera de lugar que hoy eche mi cuarto a espadas y reflexione acerca de alguna de esas ideas básicas. Lo hago siempre condicionado por el formato que adopto. Afirmaba ayer, y confirmo hoy, que las teorías más sesudas y prolijas se suelen sustentar en un puñado escaso de principios, que se desarrollan y se traban hasta configurar toda una teoría completa.
En lo que a Dorado Montero respecta, creo que la base que mantiene todo el razonamiento es el ser humano. A eso me referiré y solo a eso.
¿Es que hay algo que no termine repercutiendo en el ser humano, de una manera directa o indirecta? Parece que no es posible. En nuestro pensador, todo el tiempo se apunta a la mejora de ese ser como objetivo final en el que convergen todos los esfuerzos. También los que se desarrollan en el conocimiento, la codificación y la aplicación en el mundo penal. ¿Cómo no se va a estar de acuerdo en ello? Hasta ahí, todo muy claro.
¿Cómo se configura y se define ese ser humano al que apuntan nuestras ideas y nuestros deseos de mejora? Dorado Montero no pierde de vista la importancia de la comunidad en la que se desarrolla o tal vez se termina definiendo el ser humano. Por ello defiende con entusiasmo la necesidad de mejorar los contextos en los que vive ese ser, para crear los ambientes propicios que traigan como consecuencia la eliminación de los delitos: el problema obrero, la definición y los límites y hasta la anulación de la propiedad privada, las bondades del asociacionismo obrero, el ensalzamiento de la instrucción y la vida pedagógica, la reforma ética y moral del individuo, el freno del poder de los propietarios, y, en definitiva, la desigualdad como causa esencial de la comisión de los delitos. Como se sabe y se ve, nuestro autor echa buena parte de la culpa a la comunidad, a la que hace responsable -por los contextos de desigualdad en los que vive y que ha codificado, en beneficio de los más poderosos- de la existencia de los delitos. Por ello sus exigencias de socorrer a los delincuentes.

Ya se sabe que hay otros pensadores que ponen su acento en la prevalencia del individuo frente a la comunidad. Por ello, la prueba de carga, para lo bueno y para lo malo, la adjudican al individuo más y antes que a la comunidad. Aseguran que el individuo existe antes y que posee derechos individuales que no se le pueden arrebatar. Defienden, además, que el desarrollo de la vida es individual y que cada uno elige su camino y emplea sus esfuerzos de una manera diferente, consiguiendo, de ese modo, resultados distintos. Están convencidos, también, de que la suma de los esfuerzos individuales y egoístas consiguen mayores beneficios para la comunidad que las imposiciones colectivas. En consecuencia, actúan y teorizan a favor de una filosofía y sociología que llaman liberal. Me pregunto cómo ni siquiera se puede concebir la existencia de un ser individual. Y, con el aumento de la población, cada vez menos.

Ya se dibujan en el horizonte las filosofías y las concepciones políticas a las que se les cuelga el marbete de socialista o liberal. Pues claro que sí, aunque sea a grandes rasgos.
Y, en lo que se refiere al Derecho penal, campo que Dorado Montero analizaba, ¿cuál de las dos produce más beneficios? Yo no albergo muchas dudas y estoy del lado de nuestro autor: la desigualdad en una sociedad es lo que produce mayores perjuicios, y la aproximación en la igualdad, que no la homogeneidad, crea tal ambiente de solidaridad y de autoestima en todos que les debería empujar a arrimar el hombro en la corresponsabilidad para mejorar el ambiente social y la vida en general. ¿No se producirían menos delitos en ese ambiente? Parece evidente que así sería.
Ir, pues, a la definición de lo que sea un ser humano condiciona todo lo que posteriormente se organice mentalmente y se codifique después. Claro que la exigencia al individuo tiene que correr pareja con la estima hacia cada ser particular por parte de la comunidad. Si esto no es así, habríamos hecho un pan como unas tortas.
Que cierren esta breve reflexión aquellas palabras de don Antonio Machado: “Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre”.
Y, por supuesto, aplíquense estas divagaciones a la realidad actual, con una población creciente y en el contexto ambiental en el que nos movemos y hacia el que nos encaminamos. Ustedes mismos.

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