miércoles, 12 de junio de 2019

LAS VERDADES



Cada persona tiene su verdad, su forma de interpretar el mundo y parece que todo lo ordena según el esquema que de esa visión se deriva. Las preguntas se desploman es cascada: ¿Existe un referente como verdad única y singular? ¿De qué manera tenemos que defender nuestras verdades, si estas son muchas? ¿Cuál es la manera menos mala de respetar las verdades de los demás? Cualquier mínimo análisis de nuestra realidad más próxima nos confirmará la existencia de estas y de otras muchas preguntas.
Pienso ahora en las conversaciones políticas de estos días apurando los pactos para el gobierno de pueblos, ciudades y comunidades. Cada cual defenderá su verdad (¿o sus derechos, o sus privilegios, o sus beneficios económicos?) y tendrá la tentación de pensar que las verdades de los demás no son tan verdaderas y que no pueden ser tenidas en consideración con la misma fuerza. A las declaraciones de los representantes políticos me remito; en ellas veo casi siempre respuestas que miran solo por el ojo de su visión, sin darse cuenta de que tienen que dialogar con otros representantes, que, a su vez, tienen otras verdades. En tal contexto, los análisis se degradan, cuando no desaparecen, y ambas partes, junto con los que oyen o ven los aparentes argumentos, se quedan a buenas noches.
La realidad no es solo nuestra realidad (o nuestra visión de la realidad, que viene a ser lo mismo porque es con la que tenemos que actuar), y mucho menos son solo nuestros deseos; es algo mucho más amplio y variado. Me parece que no hacemos honor al buen razonamiento cuando igualamos nuestro deseo con el todo. Al revés, cuando tal cosa sucede, nos quedamos sin contraste y solo nos queda el nivel de la pasión y del deseo. De ahí proceden los rechazos absolutos y la constante falta de entendimiento, los malos entendidos y toda suerte de situaciones desagradables.
Alguien podría pensar que se está abogando por la defensa débil de nuestras convicciones y pensamientos, en una concepción postmoderna al uso. En absoluto. Se trata, repito, de no confundir nuestra visión de la realidad y nuestros deseos con la realidad total, pues hay otras maneras de interpretar la vida. Es del contraste y de la comparación, no del rechazo sin análisis, de donde tiene que partir el desarrollo de la convivencia en sus grados mínimos para soportarnos y subsistir dignamente. Y todo ello hecho desde la igualdad de oportunidades, pues -ya se ha dicho muchas veces-, si partimos en desigualdad de condiciones, todo lo demás es mentira.
Me parece que esto sirve para lo que se cuece estos días de manera más visible, pero también, y sobre todo, para cada momento de convivencia en nuestro quehacer diario, ese menos llamativo que nos conforma y nos moldea a todos nosotros. Me parece.

N.B. No creo que este sea el mejor medio para comunicarlo, pero, como varios me han preguntado por los lugares en que se puede comprar mi libro Al paso de los días, responderé un par de veces aquí. Está disponible en Salamanca, librería Víctor Jara. Y en Béjar, librería Malú.

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