lunes, 10 de junio de 2019

PACTAR



Después de las largas campañas en las que hemos estado todos inmersos, llegaron los días de depositar las papeletas, palomas mensajeras de las voluntades concretas de los ciudadanos. A partir de ese momento, comenzaron los dimes y diretes, las llamadas a escondidas, las negociaciones al sol o a la sombra; y todo terminará el próximo sábado cuando, de nuevo, los que hayan obtenido acta de concejal o de diputados depositen sus votos en las urnas. Entonces podremos poner cara a los nuevos alcaldes y presidentes de comunidades autónomas.
Andamos ahora en la vorágine de los pactos, del tú me das para que yo te dé, del era aquello pera ahora tiene que ser esto. Creo que sería bueno que tuviéramos el proceso claro para no perdernos en impulsos y malas palabras. Porque el momento de los pactos no es más que un nuevo eslabón de la cadena. Este es mi esquema:
Los medios de comunicación gastan casi todos sus esfuerzos desde el primer día del período electoral en el morbo de preguntar a todos los contendientes con quién van a pactar. Estos escurren el bulto como pueden y no responden casi nunca con claridad. Me parece que una buena respuesta sería esta: “No voy a pactar con nadie porque salgo con el deseo de recibir incluso los votos de los demás aspirantes”. Esa manía persecutoria de los medios por dar por resueltos los resultados antes de que se produzcan no obedece más que una intención de hacer conjeturas y de atizar el morbo  antes de la hora de las urnas.
Una vez que los ciudadanos se han manifestado, es el momento de recontar y de parcelar la realidad; ha llegado la hora de las conversaciones, de las miradas altas y de los pactos. Porque a  una comunidad hay que hacerla gobernable: los ciudadanos están por encima de los caprichos personales.
En un sistema democrático la votación final la gana quien consigue mayor número de papeletas de los representantes, no quien ha ganado numéricamente las elecciones. Para eso están los pactos.
Parece lógico que quien haya obtenido mejor resultado numérico intente en primer lugar esa mayoría necesaria.
No es nada antidemocrático que los demás exploren sus afinidades e intenten también esa mayoría.
A la hora de las conversaciones para los pactos es cuando tienen que entrar en juego las ideologías y no traicionar los principios (siempre en el caso de que se tengan, claro) que han sustentado el programa con el que cada formación ha concurrido a las elecciones. Se supone que un candidato está ahí porque entiende la prosperidad de una comunidad desde unos principios determinados, no desde ningún contrato redactado en un rato de inspiración, que puede ser cambiado en su raíz en cualquier momento (ya saben: “Estos son mis principios, pero, si no les gustan, tengo otros”).
No se puede conseguir el poder a cualquier precio: una conciencia sensible no permitiría que el trato durara mucho.
Por todo ello, los pactos han de hacerse con base en unos principios mínimos pero claros y con los grupos afines, con aquellos que tengan una concepción de ciudad y de vida parecidas.
La generosidad es siempre mejor que el egoísmo y la rigidez, la serenidad mejor que la exaltación, y la reflexión mejor que el impulso instintivo.
Como la historia es la memoria de las cosas, cada uno tiene sobre sus espaldas un pasado, y, sobre todo en lugares en los que nos conocemos casi todos, cada cual tiene que saber qué comportamientos personales ha tenido y qué trato ha dispensado a los demás en la esfera pública. Como escribo esto en Béjar (aunque la reflexión aspira a servir para cualquier lugar y caso), no hace falta que sea más explícito para saber dónde está la diana. No resulta fácil pedir pan a quien antes le has tirado piedras. Porque las ideologías son creadas por las personas y están al servicio de las personas que las piensan y construyen.
El final se mide en democracia en forma de votos en las urnas. Y así se hará el próximo sábado. De los resultados, si no son fruto del rencor sino del pensamiento sereno y de la buena voluntad, dependerá la distribución y el desarrollo de la legislatura. Sea cual sea, todos deberían pensar que pueden aportar ideas e iniciativas para el mejor desarrollo de la ciudad, en el gobierno y en la oposición; siempre que el gobierno no se interprete como una victoria contra derrotados a los que se pida que no molesten y dejen en paz a los vencedores. Se me entiende, ¿verdad?
 Al lado de estas reflexiones se sitúan los deseos personales. Yo tengo los míos, por supuesto. Pero estos son deseos… Y es tan fácil caer en el error de confundir unas con otros…

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