miércoles, 26 de junio de 2019

TRAUMAS DE LA INFANCIA



“Siempre he creído que es lo que somos… Traumas de la infancia… Lo que te prohibieron, lo que no te dijeron, lo que te obligaron a aceptar y lo que te arrebataron crean carácter”. Albert Espinosa. Brújulas que buscan sonrisas perdidas.
La vida regulada, cuadriculada en horarios, en salarios, en vacaciones y en jubilaciones ha permitido tener tiempo libre para pensar y tener conciencia de lo vivido y de lo que se puede vivir. El ser humano tiene, además, y sobre todo, el potente valor de la palabra para almacenar esos redobles de conciencia y para rescatarlos cuando lo crea oportuno. Qué diferencia con las otras especies. Todos los animales andan pendientes exclusivamente de comer y de que no los coman. Y casi no les queda tiempo para más. Podría parecer un mal sueño proponer esto a tantos que no encuentran la manera de llegar a fin de mes y a los que se les acumula una preocupación antes de haber solucionado la anterior. A pesar de todo, pienso que la afirmación sigue en pie y que el ser humano posee el tesoro casi exclusivo del tiempo libre para la reflexión y la palabra para almacenar esa reflexión.
Tal vez en ese privilegio tome asiento el impulso universal de volver a la infancia, al tiempo en el que todo era nuevo y milagroso, a la época en la que se asentaban las verdades sin pruebas ni refutaciones. Tanto arraigaron todas las verdades, que después todo fue buscarles aristas y mellas cuando la razón venía a indicarnos que no todo era así precisamente y que lo que era blanco y diáfano tal vez se volvía gris y un tanto opaco.
La memoria selectiva nos ayuda a conservar los hitos positivos; por ello la infancia siempre es buena y agradable a los ojos de la memoria y el recuerdo.
Pero lo más importante no es el hecho de que lo que entonces aconteciera fuera lo mejor o lo menos bueno, que lo que se nos anunció y nosotros sentimos por primera vez tuviera bases sólidas o estuviera expuesto al empuje de los vientos; lo fundamental es que todo aquello arraigaba en nuestras mentes como verdad hermosa y absoluta, que la vida iba a ser como era aquello y que no existían otras posibilidades.
Después, solo después, aunque muy pronto, comenzaron los traumas, los consejos, los no debes hacer esto o lo otro, los no siempre es así, las excepciones, los hechos que no encajan y no tienen sentido, los quiero pero no puedo, los no, no, no mezclados con algún que otro pues bueno…
Y cuando fue cambiando el foco de la vida y se nos vino encima la hora de decidir por nuestra cuenta, todos volvimos vista a lo de entonces, a lo que fue sin traumas blanco y bueno. Y en esa confesión sentimos encima las losas de la vida y las costumbres, los pecados de lesa religión las impurezas, el encaje social que tanto oprime, los hábitos comunes y todo lo que impone este diario convivir.
Uno se ve tal vez como resumen de empujones, de acuerdos y de leyes, con los que no siempre se siente complacido. Y siente lo difícil de ajustarse a una mínima convivencia, que siempre ha de ser difícil aun llevándose bien, y que se torna casi imposible cuando uno se lleva mal con el de al lado.
Entre traumas, complejos, enfados y abandonos, buenos propósitos y desengaños, vamos llevando el tiempo de la vida. La vida es, por lo tanto, un complejo de traumas y de enfados en un tira y afloja para ser lo que somos. Tomémonoslo a risa y adelante, aprendamos a engañar a los traumas sin olvidar que siguen ahí al lado, recordando que somos lo que somos y solamente eso. Y, si acaso, mandemos a los traumas a tomar vacaciones y hagamos de nosotros el tiempo y los anhelos del presente. Y luego, al poco rato, otra vez al redil de lo que toca, a llevar con paciencia el duro peso que llevamos a cuestas. Un abrazo.

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