jueves, 19 de enero de 2012

"ELIJO SER LLAMADO VENCEDOR"


Se suele recordar el discurso de las armas y las letras (Cap. XXXVIII, Quijote) como punto de partida para la consideración del valor mayor o más pequeño de ciertas ocupaciones. Con menor frecuencia se cita la disquisición que otro de los grandes, Quevedo, hace del mismo asunto en sus “Sueños: La hora de todos y la Fortuna con seso, XXXV”.
“El Gran Señor, que así se llama el emperador de los turcos, monarca, por los embustes de Mahoma, en la mayor grandeza unida que se conoce, mandó juntar todos los cadíes, capitanes, beyes y visires de su Puerta, que llama excelsa, y con ellos todos los morabitos y personas de cargos preminentes, capitanes generales y bajaes…” Y en este concilio de cuerpo diplomático, resulta que un morisco le suelta el discursito de marras. Al final, el Gran Señor no se anda con chiquitas y tira por la calle del medio: “Estos cristianos sean libres; válgales por rescate su generosa bondad, vestidlos y socorredlos para su navegación con grande abundancia de las haciendas de todos los moriscos, y a ese perro quemaréis vivo porque propuso novedades (…) Yo elijo ser llamado bárbaro vencedor y renuncio que me llamen docto vencido: saber vencer ha de ser el saber nuestro, que pueblo idiota es seguridad del tirano.”
Queda claro que el señor Quevedo dispara sin disimulo y no se oculta de quien lo quiera entender. Bastante menos melindroso que Cervantes tan solo unos años después.
Los contextos explican mucho de lo que se escribe en cada momento y los discursos de ambos escritores hay que entenderlos en su época y en sus contestos.
Pienso si en las circunstancias actuales se puede esbozar algo parecido. Las armas no son las  mismas, las letras tal vez no sirvan para lo mismo. Pero ahí siguen estando los dos modelos de vida, las dos formas de levantarse cada mañana y de encarar la actividad diaria. Sospecho que sigue habiendo mucha gente que prefiere ser llamado bárbaro con tal de que haya salido vencedor, con tal de que los medios lo sitúen en el top ten de las diversas listas. Y las hay de todo tipo: políticas, comerciales, religiosas, académicas, laborales, de famoseo, deportivas… Ah, y se juega en diversas categorías: internacional, nacional, regional, local, de barrio, de pandilla, de familia… Con cierta frecuencia, en estas categorías inferiores, las puñaladas son más directas e indisimuladas.
¿Qué otra cosa puede significar el dominio de las letras que imponerse por la razón y no por la fuerza? Y no estará de más recordar que la razón es elemento común a todas las personas, mientras que para las armas, o hay que solicitar permiso o hay quien las toma a mamporrazo limpio (entiéndase, comercialmente, en publicidad, olvidándose de cualquier principio, fijándose solo en el recuento de votos, imponiendo la ley de los mercados…, en fin…).
Inevitablemente me vuelve a la mente esa especie de mantra que se ha apoderado de mí: “todo lo que no son cuentas son cuentos”, dicen ellos.
A mí me gustaría quedarme con los cuentos antes que con las cuentas. Entre otras cosas porque estoy convencido de que es la mejor manera de aumentar las cuentas. Las de todos, no las de los caprichos de unos pocos. Pero ahí seguimos estando.

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