miércoles, 26 de febrero de 2014

ORACIONES COMPLEJAS


Me quedan unos restos de actividad académica: una tarde a la semana acudo a la sede que la UNED tiene abierta en Béjar para ejercer la tutoría de los alumnos que acceden a una carrera universitaria. Les doy clase de lengua española y de comentario de texto. Son solo dos horas pero con ello mato el gusanillo y me siento un poco más en forma y menos olvidado. Los últimos temas de sintaxis analizan la unidad superior de relaciones lingüísticas, la oración, y en su escudriñamiento tienen que ver los alumnos cómo se va tejiendo la red de relaciones que conforman una oración y, lo que es más importante, una idea. En ello andamos. El asunto se complica cuando la oración se hace compleja y se alarga en sus apartados y complementos, hasta llegar a los más mínimos detalles.
Procuro hacer hincapié ante mis alumnos en la correspondencia que existe entre las formas de pensar y sus traslados lingüísticos en general. Siempre les digo que el más brutote y el menos cultivado es el que parece, ante los demás, que todo lo tiene claro y que muy pocas veces transita caminos intermedios. La consecuencia es que usa frases cortas, a veces inacabadas, con escasos complementos y menos composición. Por el contrario, el más cultivado y el más sabio es aquel que duda más, que encuentra más aristas en los razonamientos, que observa los grises entre los blancos y los negros, que aspira a más sutileza, que alcanza más detalles y más perfiles. Después lo vuelca en oraciones más extensas, con más complementos, con más complejidad y subordinación. En definitiva, que la lengua es una de las mejores muestras, si no la mejor, de la personalidad y de la forma de ser de cada ser humano. A mí me sirve, además, para demostrar a los demás y convencerme a mí mismo siempre de que el estudio de cualquier disciplina alcanza su último valor no en sí misma sino puesta al servicio de la vida real del ser humano, eso que olvidan tanto los legisladores de derechas y los profesores de la misma cuerda.
El desarrollo del programa me ha pillado con el asunto este del debate sobre el estado de la nación. Vi algo a primeras horas de la tarde y, por alguna razón, me acordé de mis clases de lengua y de comentario de texto. Comprendo las exigencias del tiempo y del espacio (yo mismo me las impongo en esta ventana cada día), pero, a pesar de todo, parecía como si los oradores se exigieran a sí mismos -tal vez empujados por los electores y por sus propios compañeros sobre todo- el aquí te cojo y aquí te mato, el esquema y el dato escueto, el olvido del contexto, la imposibilidad del matiz, la negación de la mano tendida, el descuido de la bondad de la bajada de tono y la serenidad, la obligatoriedad de la superioridad sobre el contrario y el jugarse el ser o no ser personal ante sus colegas y ante los medios de comunicación.
La realidad tiene muchos matices, los contextos en los que nos movemos  dictan muchas obligaciones, los datos son siempre interpretables… Y vencer o no vencer personalmente tiene escasa importancia; o debería, porque esta sociedad parece que lo fía todo a la apariencia y a la desigualdad, y los medios y los lectores y oyentes parece que andamos como deseosos de ver cómo alguien cae a la lona y es humillado por el vencedor. Ya lo vio muy bien Cervantes cuando nos cuenta las sensaciones de los espectadores en la no cumplida lucha entre don Quijote y el repentinamente enamorado Tosilos.

Una subordinada adverbial de modo, de tiempo o causal puede explicar con exactitud el porqué del valor del verbo de la principal y dar con el quid real y definitivo del mismo. Pues vamos a echar esa subordinada a la calle, en la serenidad y en la buena voluntad, para entender lo que realmente quería decir el verbo y hasta el sujeto. En el debate acerca del estado de la nación y en el debate que diariamente trabamos con nosotros mismos, con los demás y con la vida.

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