lunes, 11 de marzo de 2019

SON (O SOMOS) COMO NIÑOS



Todo el año es carnaval. No sabemos cómo hacerlo, pero no dejamos de buscar excusas para disfrazar todo y disfrazarnos todos de apariencia y de mentira. El mundo es puro teatro y el que no salga en la foto no existe. Andamos como en una realidad gaseosa que necesita reinventarse cada minuto para seguir viviendo, sin darse cuenta de que así no hay nada que sostenga nuestros pies y que, si miramos hacia abajo o hacia el horizonte, no podemos más que ver el abismo. De esta manera, nos hacemos aire, nos dejamos llevar hacia el lado que empuje el viento y no oponemos ni la menor resistencia mental a lo que nos dan enlatado y a la velocidad del rayo. Qué pena.
Me cuentan que el alcalde de mi ciudad, ciudad estrecha y pendulona, nuevamente candidato a alcalde por el PP (¿No se le ocurrirá pensar que ya ha cumplido y que no es bueno que se empeñe en “salvar” a tanta gente?), se desayuna cada día inaugurando todo lo que encuentra a su paso, y que le importa poco que se trate de un simple bolardo o de la torre de Babel, el caso es hacerse fotos y predicar que todo lo ha hecho él. Además, recordará como logros de los últimos cuatro años todo lo que se ha venido consiguiendo de diversas maneras en los últimos veinte o treinta. No me lo invento: lo viene haciendo así siempre.
Lo último parece ser que ha sido un reparto de bolígrafos en la fiesta de la matanza del cerdo. Vaya por Dios, acaso de allí nacieron escritos varios exponiendo la realidad del ganado porcino y del matadero en nuestra ciudad. Menos mal que, al fin y al cabo, se trataba de bolígrafos, que hasta pueden incitar a juntar algunas letras en un papel o a hacer algunos deberes escolares. O sea, que vamos a tener que acabar felicitándolo. Si es que está en todo.
En un plano algo más serio, convendría mirar las formas por las que se prohibiera tanta tontería y exhibición. No mucho más allá llega el regalo de caramelos o globos por las calles en período electoral. ¿Es que no hay algo más serio que ofrecer? ¿Esto no iba de ideas, de programas y de propuestas? Ojo, que esta práctica alcanza a varios partidos políticos.
No se discute la libertad de hacerlo sino la conveniencia o el significado de esos hechos. Y, por supuesto, se rechaza del todo cuando se usan dineros públicos para ello.
A mí, sin embargo, me preocupa mucho más la otra parte contratante, o sea, la cantidad de gente que “se deja llevar” por estos usos y costumbres. Porque, cuando en un mal uso es la minoría la que actúa mal, tenemos menos trabajo para corregir el error; pero, cuando ese hecho afecta a una mayoría, entonces el mal anda más arraigado y el enfermo tiene peor pinta.
Actos como inauguraciones a destiempo y de cualquier minucia tendrían que estar penados con la indiferencia, con el silbido y con el rechazo a la hora del recuento de papeletas de votación; tendrían que provocar un efecto bumerán inmediato: sería la mejor forma de cortarlos de raíz y de gritar a la cara que no nos tomen por tontos. Para ello, claro, hay que sentirse tomados por tontos. Si lo que sentimos es halago inmediato e imbécil, apaga y vámonos.
Pues eso, que quizás apagamos y nos vamos.

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