viernes, 8 de marzo de 2019

8 DE MARZO: OTRO HITO



Otra vez anda el mundo por las calles, en busca de otro grito igualitario. Si se grita tan fuerte y tan en masa, no puede ser que no haya en todo un eco de razón. Esto se da por hecho y no seré yo aquí quien lo discuta.
No sé si se me alcanza cuál es la mejor forma de articular la imagen de ese grito. Lo he dicho muchas veces: repasar nuestra historia es llorar contemplándola; revisar la historia femenina es aún mucho más triste, por más que se realice con la honradez de explicar cada cosa en su contexto, que es como debe hacerse. Sí sigo convencido de que la forma menos mala de mejorar en la igualdad y en la justicia es atacar estudiando, razonando y exponiendo las causas que nos han traído por estos caminos estrechos de la Historia y que nos mantienen donde nos mantienen. Lo demás está bien, pero se nos puede evaporar como una nube y dejarnos sin poso; incluso se puede volver contra lo que queremos defender si no lo presentamos de manera ordenada y clara.
En este día de marzo, recupero imágenes de mi madre y de las mujeres de su generación y su contexto, de sus costumbres, de los usos que les imponía la sociedad, de la escala de valores en la que se movían, de las libertades recortadas en las que ni siquiera pensaban seguramente, de su labor de hogar y más hogar, de tantas otras cosas… Y le mando en el recuerdo un abrazo agradecido por todo lo que fue y fueron cada una. No sé qué más hacer.  Al menos esto: un beso de cariño y gratitud.
Dedico otro ratito a recordar la vida de pareja, de mi pareja, digo, de esos años vividos al compás y a un ritmo compartido. Ya lo escribí hace un año. No me importa volver a repetirlo. Ahí va. Era tal día como hoy y escribía lo que sigue:
2018-03-08              YO TAMBIÉN SOY MACHISTA
¿Cómo no decir algo en este día, en el que todos andan arreglando el mundo por las calles? Algo habrá que decir que venga al caso. Me gusta mucho más darle reposo y definirme después de la tormenta, pero hoy me salto todo y me dejo llevar por el bullicio.
Hace no más de tres semanas ya dejé algunas notas generales. Hoy diré alguna más mirándome a mí mismo y a mis cosas, a mi círculo próximo, que es el que más me importa porque sobre él puedo ejercer más fuerza.
Antes solo una frase de tipo general. Hay más de mil razones para ponerse en huelga (de la forma que sea, incluso trabajando) si consideramos la historia desde el punto de vista femenino. Y el camino que resta es aún muy largo. Menos claro lo tengo cuando de concretar los pasos se trata. Incluso a veces pienso que hay maneras de plantear las cosas que hacen flaco favor a aquello que tan evidente es como principio.
Pero hoy quiero mirar hacia mí mismo. Y he de reconocer que soy machista, sin precisar el grado en demasía. Miro hacia mi pasado y veo mi niñez, mi adolescencia y mi juventud en los brazos de una generación en la que todo era separación y oficios acotados, todo bajo el dominio de una conjunción de valores religiosos, morales y políticos que anulaban el cambio y favorecían los roles tan distintos entre hombres y mujeres. Ni siquiera en las aulas universitarias se respiraban aires de igualdad. La explicación es larga y el poso hay que buscarlo en tantos siglos de distancias y de costumbres arraigadas en lo más impulsivo y más arcaico: elementos religiosos más entendidos, criterios políticos represivos…
Los que tenemos años sabemos que el avance ha sido mucho en los últimos tiempos. Mas todo eso es historia, lejana o más reciente. Y del pasado no se vive, si no es para el contraste con lo que da el presente. Y hacia el presente vamos.
Han pasado los años, las lecturas constantes, las reflexiones amplias, los contrastes de ideas, los quehaceres diarios, los planes compartidos o distantes, la educación continua de los hijos, los trabajos, las aficiones varias… Todo lo que compone ese quehacer diario en el que nos movemos y nos vamos gastando con el ritmo del tiempo.
Los repaso deprisa y observo claroscuros evidentes, fallos gruesos y, a veces, también alguna cosa complaciente.
Y vuelvo al día a día más cercano. Y vengo a declarar que hay muchas cosas en las que puedo mejorar comportamientos. No voy a enumerar caso por caso, por pudor y por guarda de lo que solo a dos les pertenece. No saco mala nota en todo lo que a ayuda se refiere. Pero siento que es el nivel de ayuda aquel en el que me he instalado y me cuesta saltar la valla para entender que no se trata de la ayuda sino de compartir lo que es de igual obligación. Serán todos los posos y los restos de esa historia repleta de actitudes y de normas cargadas de machismo. Tal vez pueda ser eso. Quién sabe.
Tengo bastante claro que la transformación es labor de todos y que es en el campo de las normas, de la educación y del hogar donde se fraguan los cambios más profundos. Pero yo ya no tengo ni vigor ni edad para empujar con fuerza en esos ámbitos. Tal vez no debería confesarme rendido, lo confieso, pero esto es lo que hay.
Me queda el ámbito de mí mismo, el de yo, me, mi, conmigo. Y el de lo más cercano a mi presencia. Tendré que repasar mis actitudes hasta encontrar el rol igualitario. Venga, vamos a ello.

No tengo mucho más que añadir. Tal vez deba irme al rincón de pensar. Y seguir pensando.

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