lunes, 3 de febrero de 2020

BREXIT


BREXIT
Lo malo es que no es menos cierto que, al lado de mi mundo particular, sigue existiendo el mundo mundial. Y la teoría de la mariposa sigue mostrándose como gota malaya persistente. En fin, que hoy, por unas líneas, me monto en avión imaginativa y me voy por ahí fuera a arreglar el mundo mundial, con el convencimiento de que volveré con las alforjas vacías y con la mente confusa. Considérese, por tanto, como otro desahogo más o menos controlado. No es poco.
Me costaba mucho pensar que Gran Bretaña terminara saliendo de la Unión Europea. Siempre pensé que quedaría por ahí algún asidero al que aferrarse y con el que disimular tanto desencuentro. Me equivocaba. Ahí están los resultados y las fechas.
Ni causas ni consecuencias de un asunto que tiene dimensiones históricas. Para eso están los tratados y los ensayos sesudos. Apenas algún sentimiento.
Tal solo un hecho genérico que pone fondo a casi todo lo que ha pasado. Gran Bretaña, en realidad, nunca ha estado en la UE. Todas, y siempre, han sido reticencias y recelos, reproches y desconfianzas. Y, sin buena disposición y actitud, poco se adelanta. E incluso por detrás de eso, y entre bambalinas, el dibujo del imperio británico del siglo veinte. Ay, esos aires y ecos de grandeza mal entendidos… A partir de ese hilo, tal vez la madeja…
Hoy y aquí prefiero quedarme solo con las impresiones de esas caras de fiesta y hasta como de victoria en una pelea por parte de algunos ciudadanos y de dirigentes británicos; algo así como si les fuera la vida en ello; como si se liberaran de un yugo que les oprimiera y alzaran la vista hacia un horizonte azul e inmenso.
¿Les suena de algo esto? ¿Encuentran semejanzas con algunos territorios españoles? Estamos ante otro nacionalismo en el que priman los intereses de ricos (o presuntos ricos imperiales –o cavernícolas en otros casos, que los extremos se tocan-) frente a los más pobres, los egoísmos contra la comunidad, el sálveme yo, aunque se hundan los demás. O sea, lo de todos los nacionalismos; que, por eso son egoístas siempre y por siempre. Y, en el fondo, siempre de derechas, por más que algunos se proclamen de izquierdas. ¡Quieren hacer compatibles al aceite y el agua! ¡Qué vergüenza para cualquier pensamiento de izquierdas e internacional!
Tengo la impresión de que, incluso en esta perspectiva, se equivocan los votantes del Brexit, pero está todo por ver. Yo no tengo claro que ahora los más fuertes sean ellos y los menos los de la U. Europea. Habrá que esperar para comprobar cómo se le aprietan las clavijas a este potro y se le doma.
Pero, sea cual sea el resultado, lo peor es la actitud con la que se encara. Yo he creído ver cierta actitud chulesca en manifestaciones y conductas de dirigentes británicos que me ha llenado de preocupación. Los tiempos de los salvadores de las patrias y de los profetas mesiánicos deberían haber pasado ya al baúl de los recuerdos. Parece que no es así y que el adormecimiento de masas sigue contando con venenos muy potentes.
Imaginemos que, en este divorcio, gana cualquiera de los dos separados. ¿Qué más da que sea uno o que sea el otro? ¿No pierde siempre la suma? ¿Y qué hacemos con el espíritu de ayuda y de solidaridad, de apertura y de globalidad? Con la tormenta del Brexit, ¿serán las islas las que han quedado entre nieblas o será el continente el que habrá quedado aislado? Ya sabemos lo que algún periódico de allí afirmaba en circunstancia pasada. Ahora tenemos una nueva ocasión de comprobarlo.
Sea como sea, esa actitud de vencedores, de tierras prometidas y de visiones mesiánicas no augura nada positivo para el progreso de la comunidad internacional. Porque, repito, gane quien gane, la suma habrá perdido siempre.

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